29 de marzo de 2012

Rexnata - II Capítulo: Dominada

Las luces de las farolas se reflejaban en las gafas de Fran, lo que hacía que Rex no pudiera ver sus ojos con claridad y no sabía si iba en serio con su proposición.

—¿Va en serio?... ¿me estás pidiendo sexo?
—Vamos Rex, no vayas de niña buena después de lo que acabo de ver.
—No tengo por norma acostarme con los clientes.
—Mira tú por donde, yo tampoco; pero contigo supe hacer una excepción.
—De eso han pasado dos años y tú acababas de llegar de Colombia.
—Me volveré a ir en una semana y no creo que vuelva a España.
—¿Qué ha pasado?
—Mi padre está enfermo, y si muere tendré que quedarme para ayudar a mi madre.
—Lo siento.
—¿El qué?, ¿qué me vaya o lo de mi padre?
—Lo de tu padre, tú me importas una mierda.
—Está bien, entonces me iré.  —Fran dio media vuelta y comenzó a caminar.
—Bien.

Rex se quedó allí parada, viendo como Fran se alejaba y de repente se arrepintió de sus palabras. Se había montado una historia muy diferente en su cabeza, se había imaginado que Fran quería chantajearla con descubrir su identidad a cambio de sexo. Y ahora que sabía que no había sido así, quería disculparse.

—¿No vas a amenazarme?
—¿Cómo? —dijo Fran dándose la vuelta para ver a Rex de la que se había alejado varios metros.
—¿No viniste a verme aquí para eso?
—Ya sabes a por lo que vine. —dijo Fran mientras se acercaba a Rex.
—Lo siento, pensaba que querías chantajearme con lo de mi trabajo.
—Idiota. —dijo Fran con una sonrisa y acercándose los pocos metros que le separaban de ella y besándola apasionadamente.

Sus labios chocaron deprisa y él la acercó a su cuerpo con dulzura. Ambos tomaron aire por la nariz y empezaron a abrir los labios, dejando escapar algún pequeño suspiro. En ese momento se desató la pasión y sus lenguas salieron en busca de la lengua del otro. Rex agarraba con fuerza el poco pelo de Fran y él la abrazaba con más intensidad a medida que ella se ponía de puntillas para llegar mejor. El beso fue largo e intenso, pero los dos querían más, mucho más.

—Vamos a tu casa. —propuso Rex.
—¿Por qué no a la tuya?
—No quiero que sepas donde vivo
—Ni yo quiero que desconfíes de mí. —contestó Fran algo molesto.
—No desconfío.
—Como quieras, vamos andando que está cerca.

A cada paso que daba Rex sentía que su coraza se debilitaba. No podía seguir caminando sin dejar salir a la chica dulce y tierna que llevaba por dentro, sin dejar salir a Renata. Se controló como pudo al ver que ya quedaba menos. Era verdad eso de que la casa de Fran estaba cerca, más de lo que ella se había imaginado.

—¿Es la primera vez que vienes aquí? —preguntó Rex.
—Sí, tuve lo que se conoce como la suerte del principiante al encontrarte a ti.
—Ya... ¿en serio es la primera vez?
—¿Qué quieres decir?
—Hombre, tienes un local de striptease al cruzar la calle... ¿y nunca habías venido?
—Te he dicho que no.
—¿Y por qué viniste hoy?
—Para darme una buena despedida en España... y parece que lo voy a conseguir.
—Eso tenlo por seguro. —sentenció Rex muy segura de sí misma.

Ya estaban delante de la puerta de un edificio azul oscuro con las ventanas en aluminio blanco. Realmente era bonito, pero le gustó más lo que vio por dentro. Las escaleras estaban totalmente limpias y olía bastante bien. Se notaba que en aquel edificio tenían un buen servicio de limpieza.

Fran llamó al ascensor mientras Rex inspecionaba con la mirada cada rincón. El ascensor llegó y se abrió ante ellos. La luz de dentro era tenue y aunque no tenía música de fondo, recordaba a los de las películas: anchos, iluminados y con espejos a cada lado.

Rex aprovechó el detalle de los espejos para mirarse y comprobar que seguía impecable. Se acarició el pelo para colocárselo luego detrás de la oreja y sonrió al ver que Fran la miraba con más ternura que deseo.

Se bajaron del ascensor, primero Rex y luego Fran que sacó las llaves de su bolsillo izquierdo del pantalón y abrió con cuidado, para no hacer ruido y no molestar a sus vecinos.

Entraron, la casa también olía bien, para sorpresa de Rex. Había un comedor a la izquierda con una amplia mesa de madera. Detrás de ella, un armario donde se guardaba la vajilla y las cosas típicas. Frente a ella, una pecera llena de agua, pero sin peces. A la derecha la cocina, puertas blancas y encimera gris. Pero lo importante estaba al entrar en el pasillo.

Una habitación de invitados que Fran tenía cerrada; el baño con azulejos azules y con una bañera enorme; y por último, la habitación principal.

—¿No tienes salón?
—Era el comedor.
—¿Lo has decorado tú todo?
—¿Has venido a ver cómo tengo mi casa o...? —Rex le cortó.
—Sí, he venido a eso último que ibas a decir, pero calla.
—Entra. —le ordenó Fran haciendo un gesto con la mano que indicaba que debía pasar.

Rex entró obediente y sonrió al ver la cama donde iban a pasar la noche. La primera vez lo hicieron sobre la camilla de tatuajes, en el local de tatuajes. Pero esta vez sería diferente.

Fran, al ser su casa y tener confianza en sí mismo de sobra, se quitó la camiseta nada más entrar en la habitación. Unos pectorales perfectamente marcados, una piel morena y atractiva a más no poder que Rex no dudó en tocar. Era suave, delicada y cálida.

Aprovechando el acercamiento de Rex, Fran le besó la frente y la abrazó cariñosamente mientras le subía la camiseta por la espalda. Rex se separó para que Fran le terminara de quitar la camiseta negra de lentejuelas que llevaba. Su espalda delgada, blanca y llena de pequeños lunares negros le hechizaba. En realidad, todo su cuerpo le volvía loco. Y a ella el de él.

Los recuerdos de la primera vez que se vieron le llegaron a ambos a la mente.

—He terminado el tatuaje, ¿quieres verlo?
—Sí, claro.
—¿Por qué el símbolo de Leo?
—Para recordarme que debo ser fuerte en esta nueva etapa de mi vida.
—¿Y la flor?
—Para no olvidarme de quién soy.
—Parece una historia triste.
—Lo es, en parte.
—¿En parte?
—Pudo haber sido peor, yo impedí que lo fuera.
—No te sigo.
—Ocurrió algo, hace muy pocos meses, una desgracia. Yo tuve que trabajar para sacar adelante a mis padres, gracias a ese dinero más todos los ahorros que teníamos, logré salvarles. Ahora no tenemos  nada.
En ese momento Fran se quedó callado y ella lo besó. Sintió el impulso de hacerlo y no quería seguir hablando de aquella desgracia. Él le correspondió el beso y acabaron haciéndolo sobre la camilla de tatuajes. La puerta del local cerrada y las luces apagadas para que nadie pudiera mirar desde fuera. Era de noche, ya no había clientes y pudieron quedarse hasta la madrugada abrazados en la camilla contándose sus vidas.

Pero esta vez sería diferente, esta vez sería mucho más romántico. Una casa y no un local de tatuajes; una cama de matrimonio y no una camilla estrecha e incómoda; y lo más importante para Rex, que todo estaba limpio. Era una maniática de la limpieza y más si se trataba del lugar donde iba a tener sexo.

Fran deslizó sus manos por el cuello de Rex, las bajó hasta sus pechos y los acarició aún con el sujetador puesto. Se lo desabrochó con maestría en un segundo. Rex sonrió y bajó los brazos para que el sujetador cayera al suelo. Fran tomó una mano de Rex y la llevó a su pecho, ella cerró los ojos y dejó que él la guiara. Fran deslizo la mano de Rex por su pecho hasta llegar a su ombligo y cuando la miró para saber si estaba preparada, la encontró sonriendo con los ojos cerrados. No dudó en seguir bajando esa mano hasta dejarla en su abultado paquete.

Rex abrió los ojos de repente. No sabía si había crecido o la recordaba más pequeña, pero sin duda se sorprendió. Fran no pudo reprimir una sonrisilla pícara al ver la cara de asombro de Rex y la tumbó en la cama. Se acostó sobre ella y le besó el cuello con delicadeza, para no hacerle daño con la barba de tres días que tenía. Bajó del cuello hasta sus pechos y se detuvo largo tiempo en ellos.

—No tardes tanto.
—¿Qué?
—Que me desnudes ya, me vas a matar.
—Qué impaciente...
—¡Ya!, ¡Hazlo!

Fran sonrió al ver como Rex le suplicaba que la desnudara. Así lo hizo. Le desabrochó los dos botones de su pantalón vaquero y le bajó la pequeña cremallera. Le costó un poco quitarle los pantalones, porque eran muy ajustados y Rex tenía las piernas pegajosas por la crema hidratante que se había echado antes de salir del camerino y por el sudor. Cuando le logró quitar el dichoso pantalón, dejó al descubierto un pequeño tanga. Acarició el encaje haciendo que Rex suspirara e hiciera una mueca de desesperación. Lo que Fran comprendió perfectamente y le bajó el tanga en un segundo. Rex volvió a suspirar de alivio y de placer cuando vio a donde se estaba acercando Fran.

Le abrió las piernas y comenzó a lamer. Rex no pudo reprimir un pequeño grito de placer que hizo que Fran lamiera con más rapidez. Jamás había sentido eso, en su primera y única relación sexual, todo había sido diferente. Esta vez Fran se tomaba su tiempo, la hacía disfrutar y no se preocupaba de sus orgasmos, sino de los de ella. No podía creerse que pudiera sentirse tan dominada por un hombre, ella, la que los dominaba a todos con sus bailes, estaba siendo dominada ahora por uno de ellos. Fran quería verla gozar y lo estaba consiguiendo con cada movimiento de su lengua. Sabía perfectamente donde le causaría mayor placer y sabía también cómo intensificarlo. Y al hacerlo, Rex no tardó nada en llegar al orgasmo. Gritó de placer y dejó que sus piernas se contrajeran mientras apartaba la cabeza de Fran que no quería dejar de lamer.

—Y yo intentado no hacer ruido con las llaves al llegar.
—Lo siento por tus vecinos, pero eres increíble, ¿qué fue eso que hiciste al final?
—Secreto.
—Venga, dímelo.
—Otro día, ahora me toca a mí.
—¿No vas a esperar a que recupere el aliento?
—No puedo esperar.

Fran se levantó de la cama para quitarse mejor los pantalones y Rex sonrió de nuevo imaginando lo que iba a hacer. Se sentó en la cama y le ayudó a bajarse los pantalones. Rex soltó una carcajada al ver los calzoncillos, eran de Superman. Un hombre de casi treinta años con calzoncillos de Superman. Se recuperó de la risa que le había entrado y abrió la boca para hacer gemir a Fran tanto o más de lo que él había hecho con ella. Fran le puso una de sus manos en la cabeza para dirigir mejor la boca de Rex, pero a ella no le gustó y le apartó la mano. Era un gesto algo desagradable, se sentía como lo que nunca había querido ser desde que trabajaba en el local, como una puta.

Pasaron unos minutos y Rex se comenzaba a cansar, le dolía la mandíbula y Fran no parecía tener ganas de terminar. Así que apartó su boca y se dejó caer hacia atrás, se dio media vuelta y levantó las piernas. Dejó que Fran las levantara un poco más y se acercara a ella para hacer la postura conocida como "La carretilla". Cogió un condón de su mesilla de noche y comenzó a penetrarla.

Nada más hacerlo Fran comenzó a gemir, Rex sonrió y pensó que quizá le faltaba práctica con lo de antes hasta hacerlo tan bien como lo había hecho Fran con ella. En ese momento no pudo evitar pensar con cuántas mujeres no habría necesitado practicar Fran para hacerlo así de bien e inmediatamente sintió celos de todas ellas.

Olvidó sus celos para concentrarse en el placer que estaba sintiendo y cuando notó que Fran se acercaba a su espalda y metía una mano entre sus piernas para tocarla mientras la penetraba, no pudo contener su segundo orgasmo. Y justo en ese momento, cuando Fran sintió las contracciones de Rex, tomó un poco de aire y se corrió mientras la rodeaba con sus brazos y expulsaba el aire que había retenido en sus pulmones.

Rex se levantó y le acompañó al baño que tanto quería estrenar. Le hacía ilusión bañarse en una bañera tan grande. La llenó de agua mientras Fran se lavaba los dientes y luego ella enjuagó su boca con enjuague bucal. Echaron jabón en el agua para hacer espuma y encendieron unas velas que había en un armario. Un ambiente demasiado romántico para dos personas que hacía dos años que no se veían y que muy pronto tendrían que despedirse. Y allí, en aquella enorme bañera, se abrazaron y se hicieron caricias mientras se besaban.

25 de marzo de 2012

Rexnata - I Capítulo: Desenmascarada

Era sábado noche, todos los jóvenes de la ciudad estaban como locos saliendo y entrando de las discotecas, las chicas coqueteaban con ellos y la carretera estaba llena de coches con la música a tope. El alboroto de la ciudad siempre había molestado a la preciosa chica de pelo negro, ondulado y corto que caminaba ensimismada por la acera. Era Rex.

En su mano derecha llevaba un cigarro encendido al que le daba caladas de vez en cuando. En el bolsillo derecho de su apretado pantalón vaquero llevaba su móvil de última generación lleno de fotos de ella con sus amigas. En su hombro izquierdo llevaba colgando un brillante y negro bolso donde guardaba su peluca favorita y una máscara del estilo veneciana. De su cuello colgaba un precioso collar de plata con la silueta de un cisne que reposaba en su generoso escote. Llevaba una camiseta de manga corta muy ceñida y con lentejuelas que brillaban gracias a las luces de neón de las discotecas por las que Rex pasaba sin interés.

Su destino no eran esas discotecas, era otro sitio peor. Sus tacones de más de diez centímetros anunciaba su llegada y Rex, con un gesto de femme fatale, se paró y levantó su cabeza para darle la última calada a su cigarrillo que luego dejó caer al suelo. Cruzó el paso de peatones que la separaba del local donde trabaja y entró por la puerta trasera.

—¡Rex!
—Circe...
—No te esperábamos esta noche.
—¿Por qué no?
—Porque hoy debutaré en el escenario.
—¿Tú? Hazme el favor Circe, Pam jamás ha querido que salgas ahí fuera.
—Ha cambiado de opinión, esta noche saldré la primera de todas y me ganaré al público.
—Eso habrá que verlo.  —contestó Rex con desprecio mientras se dirigía a su camerino.

Cerró la puerta detrás de sí y comprobó que su maquillaje seguía intacto. Abrió el armario y se desnudó delante de él mientras miraba qué ponerse. Eligió una falda rosa con muchos volantes, unos tacones negros y un corsé rosa y negro que resaltara su estrecha cintura y marcara sus pechos. Guardó la ropa con la que había llegado en el armario y lo cerró para dirigirse al sofá donde había dejado el bolso.

—¡Rex!, ¿Puedes salir un momento?
—Pam, ¿qué ocurre?
—Me ha dicho Circe que la has amenazado.
—Yo no he amenazado a nadie, solo que no me voy a dejar pisotear por tu hija. Soy la mejor y lo seguiré siendo.
—¿Tienes envidia? Sabes que con ese cuerpo mi hija puede competir contigo y proclamarse la mejor ella solita. Y tú te quedarías sin trabajo.
—Eso sí que me suena a amenaza, pero tranquila. Tu hija podrá triunfar esta noche, pero antes quiero hablar con las dos.
—Muy bien.

Pam y Rex caminaron hacia el camerino de Circe. Circe siempre había sido la niña mimada de Pam, por algo era su hija, pero Pam sabía lo difícil que era este trabajo, Rex no entendía porqué entonces la había dejado dedicarse a esto. Cuando llegaron Circe abrió la puerta en ropa interior y Rex se sorprendió aún más.

—Cariño, Rex tiene algo que contarnos.
—Sí. Si Circe sale antes que ninguna al escenario los clientes se gastarán todo su dinero en ella, no pararán de soltar billetes. —dijo Rex.
 —Eso es lo que queremos. —replicó Pam.
—¿Puedo terminar? —preguntó Rex cortante.
—Claro, sigue.
—En cambio, si salgo yo antes, los clientes también se dejarán grandes sumas de dinero y como piensan que detrás de mí no va a salir ninguna otra chica, no dudarán en soltar todo lo que tengan.
—¿Ese es tu plan? —preguntó Circe con cara de fastidio.
—Sí, porque luego te verán a ti, no te esperarán y les llamarás la atención porque eres nueva y no tienes peluca ni máscara. Entonces tendrán que terminar de gastarse lo poco que les queda, y que no se gastaron en mí, en ti.
—Ya te entiendo. —dijo Pam. —Si mi hija sale antes que tú, nadie querrá darte dinero a ti después. En cambio, si sale ella la segunda, los clientes no tendrán más remedio que soltar todo los que les queda porque mi hija les gustará más que tú.
—Algo así. —dijo Rex con una sonrisa forzada.
—¡Hecho!, Rex, tú saldrás la primera.
—¡Mamá! No es justo. —gritó Circe.
—En este mundo, y más en esta profesión, la vida es muy injusta.

Rex se dio media vuelta triunfante dejando a madre e hija discutiendo. Volvió a su camerino para peinarse, pero la pequeña discusión le había puesto de los nervios y necesitaba algo de agua. En el momento en el que salió de su camerino vio a Pam yéndose del de Circe. Rex giró a la izquierda para ir a la cafetería que compartían todas las chicas. Se sirvió un vaso de agua fría y se lo bebió con calma mientras miraba a sus compañeras. Las envidiaba. No por su cuerpo, pues ella tenía el mejor, sino por poder mostrar su rostro al público sin temor a que las reconocieran. Aunque claro, esas chicas trabajaban por y para el negocio, ella era diferente. Rex tenía sueños de futuro que le gustaría cumplir algún día.

Terminó de beberse su vaso de agua y se fue de nuevo a su camerino. Nada más entrar en el estrecho y oscuro pasillo donde se encontraban los camerinos, pudo ver como la puerta de Circe se cerraba. No le dio importancia y abrió la puerta del suyo. Cuando entró pudo ver cómo su bolso estaba abierto sobre el sofá y no tenía dentro ni su peluca ni su máscara.

Salió de su camerino dispuesta a arrancarle los pelos a Circe, pero quedaban diez minutos para el espectáculo y prefirió ir al despacho de Pam.

—Tu hija me ha robado la peluca y la máscara. Me vas a preguntar que si tengo pruebas, así que te adelanto que no, pero puedes ir a su camerino a comprobarlo.
—¿Crees que lo ha hecho para que no actúes esta noche?
—Estoy más que segura, pero guardo más pelucas y más máscaras.
—Bien, iré a ver a mi hija. Tú prepárate ya.
Rex corrió a su camerino dejando atrás a Pam que caminaba despacio. En el camino se topó con Circe que abrió los ojos como platos, pero Rex le sonrió cínicamente y entró en su camerino. Cerró la puerta, abrió de nuevo el armario y sacó un baúl donde guardaba las máscaras. Casualmente tenía una rosada con los bordes negros, igual que su corsé. La dejó sobre el sofá y abrió una gaveta del armario con una llave antigua que guardaba en una cómoda que hay a la entrada de cada camerino.

En esa gaveta guardaba alrededor de una veintena de pelucas. Escogió una rubia con trenzas y la dejó al lado de la máscara. En la puerta estaba Pam, tocando para avisar a Rex de que debía salir. Cerró la gaveta con la llave que escondió de nuevo en la cómoda. Guardó el baúl de las máscaras y cerró el armario. Cogió sus cosas del sofá y se plantó delante del espejo de la cómoda para arreglarse la peluca. Gracias a su pelo corto no tenía ninguna complicación. Se puso la máscara encima de la peluca y se la ajustó bien para poder ver por los pequeños agujeros.

—Ya estoy lista. —dijo Rex saliendo del camerino.
—Preciosa Rex, como siempre. No te preocupes por Circe, está en su camerino. Esta noche no actuará.
—Gracias Pam, ¿mi peluca y mi máscara?
—En mi despacho.
—Las iré a buscar cuando termine.

Rex corrió hacía el escenario. Tenía que pasar por delante de la cafetería para llegar hasta unas escaleras de madera vieja y maloliente. Las subió mientras sonreía forzosamente para el público que comenzaba a verla subir. Todos aplaudieron y Rex se plantó en la mitad del escenario observando a cada uno de los hombres que babeaban por ella. Eso le encantaba, se sentía viva, sexy, mujer...

La canción Mambo italiano comenzó a sonar y Rex se acercó al público para pedir que aplaudieran. Los hombres, hipnotizados ante los movimientos de cadera de Rex, obedecieron y aplaudieron hasta que las manos se le quedaron rojas. Rex se contoneaba frente a la barra de striptease. Muy pocas veces se había quitado todo hasta quedarse en ropa interior y pensó que hoy sería una buena ocasión para demostrarle a Pam hasta donde estaba dispuesta a llegar por conservar su trabajo y no dejarse pisotear por ninguna, y menos por Circe.

Comenzó por descalzarse para poder bailar mejor en la barra y subió hasta lo más alto ayudada de sus fuertes brazos. Una vez allí se abrazó a la barra con sus piernas y con cuidado separó ambas manos de la barra para dirigirlas a su espalda. Bajó la cremallera de su corsé y se lo quitó con cuidado, para darle tiempo a ponerse la mano izquierda en sus pechos y no dejar ver nada. Con la mano derecha dejó caer el corsé y con sus piernas comenzó a girar en la barra hasta darle la espalda al público.

Todos estaban nerviosos porque sabían lo que iba a pasar. Rex se iba a quitar la mano izquierda de los pechos y se iba a dejar caer hacia atrás, agarrándose únicamente a la barra con las piernas. Y así lo hizo. Los hombres empezaron a aplaudir más fuerte y algunas mujeres se excitaron al ver aquellos pechos tan blancos y llenos de lunares.

Pam sonrió desde su despacho, donde podía ver el escenario del local. Rex comenzó a bajar de la barra y cuando llegó abajo se acercó a los hombres. Sentía cómo la adrenalina recorría todo su cuerpo, nunca había estado tan alto en la barra ni nunca un hombre le había visto los pechos tan de cerca. Bueno sí, pero aquel hombre no contaba para ella, a pesar de haber sido su primer y único hombre.

La falda rosa de volantes sobraba y se la bajó con un simple movimiento. Cuando la tenía en los tobillos, le dio una patada y la lanzó al público. El afortunado en cogerla salió del local emocionado y Rex se rió a carcajadas al imaginar lo que haría ese hombre con esa falda.

Ahora Rex solo tenía un tanga blanco de encaje. Se dio la vuelta para mostrar sus nalgas igual de blancas y llenas de pequeños lugares que sus pechos. Marcó el ritmo de la canción con sus caderas dejando que sus nalgas se movieran hacia los lados y volvieran loco al más santo. Levantó la vista y vio el despacho de Pam, sabía que ella estaba detrás de ese espejo que hacía de pared. Era un espejo como el de las salas de interrogatorios.

Rex le sonrió al espejo mientras movía sus manos a sus caderas donde capturó entre sus dedos a los pequeños hilos de su tanga. Los separó de su cuerpo y empezó a bajarlos poco a poco. Se dio la vuelta para mirar al público y sin complejos ni vergüenzas, se bajó el tanga.

Los piropos, los silbidos, los aplausos, las risas, los suspiros, los orgasmos de los hombres que tenían su mano dentro del pantalón. Todo eso junto hacía imposible escuchar la música de fondo. Se había montado un buen espectáculo y el escenario estaba lleno de billetes grandes.

Cuando la música terminó, Rex se despidió con una sonrisa y bajó, totalmente desnuda, las escaleras de madera antigua y maloliente.

—Espectacular, Rex.
—Gracias Thaïs, ¿dónde está Pam?
—En su despacho.
—Como me imaginaba.
—Es mi turno, aunque todavía está Esther recogiendo todo el dinero que te tiraron y todas tus cosas.
—Creo que esta noche he ganado más dinero que en el último mes. —dijo Rex sonriendo.
—Seguro. Ya viene Esther, a ver cuánto dinero trae.
—Lo conté mientras lo recogía. —dijo Esther. —Hay cerca de setecientos euros.
—Los has dejado secos. Ahora a mí no me tiraran nada. —dijo Thaïs algo molesta.
—Sabes que siempre lo comparto contigo, no seas tonta y sal a triunfar.

Mientras Thaïs salía al escenario, Rex se quitaba su máscara y se dirigía a su camerino. Metió todo el dinero en su bolso y lo escondió para que nadie lo encontrara. Salió del camerino con un albornoz blanco que le cubría todo el cuerpo y entró en el baño que está frente a la cafetería. Al entrar todas la felicitaron y ella sonrió amablemente, aunque no le gustaba nada hacer vida social y menos allí. Se metió en una ducha y dejó que el agua caliente la relajara, pero no lo suficiente, todavía tenía que hablar con Pam.

Salió del baño con el albornoz de nuevo y el pelo totalmente mojado. El jabón con el que se había duchado no era especialmente bueno y le resecaba la piel, así que se tomó un tiempo para ponerse crema hidratante. El suficiente como para que Thaïs entrara en su camerino con un tanga negro.

—Yo no pude, pero gané algo.
—¿Cuánto?
—Cien...
—Lo siento Thaïs, pero esta noche iba a debutar Circe, ¿lo sabías?
—Sí.
—Pues Pam quería quitarme el primer puesto que siempre he tenido y no se lo iba a permitir. Tenía que demostrarle a Pam que soy mejor que su hija, ¿lo entiendes?
—Sí, si yo no te juzgo, solo que con el niño... necesito más dinero.
—Por eso siempre te ayudo con lo que yo gano, ¿no? Yo necesito el dinero para mis estudios y tú para un niño. Por eso te llevas casi tanto dinero como yo por noche.
—Lo sé, y te lo agradezco, pero no puedo ser bailarina de striptease toda la vida y más cuando no puedo desnudarme del todo.
—¿Qué vas a hacer?
—No lo sé.
—Mientras, vamos a dividir esos setecientos euros.

Rex sacó su bolso de debajo del sofá y le dio trescientos cincuenta euros a su amiga. Thaïs salió contenta del camerino de Rex y dejó la puerta abierta. Ocasión que Circe aprovechó para entrar.

—No te vas a salir con la tuya, ese dinero un día lo conseguiré yo.
—Mientras sigas defraudando a tu madre; robándome mis pelucas y mis máscaras; y teniendo esa actitud tan arrogante con los clientes y con tus compañeras... seguirás siendo una segundona, y ni siquiera eso, porque hoy el segundo puesto fue para Thaïs.
—Todo va a cambiar.
—Seguro.

Rex terminó de ajustarse el pantalón vaquero que no le terminaba de subir por culpa de la crema hidratante y se puso la camiseta de lentejuelas de nuevo. Circe la seguía mirando desde la puerta y Rex no le hacía caso, solo lo hacía para ponerla más nerviosa.

—Ya terminé de vestirme. —dijo Rex cogiendo su bolso. —¿También quieres acompañarme a ver a tu madre?
—¿Por qué no? Le gustará lo que tengo que contarle.
—¿Qué?
—Que ya no eres Rex, alguien a descubierto tu verdadero nombre... ¡Renata!
—¿Tú como sabes eso?
—Ya te lo dije, alguien te descubrió. Por lo visto ese tatuaje que tienes al final de la espalda es de diseño único y hay un hombre preguntando por Renata en la entrada del local.
—¿Bueno y qué?
—Nada, solo dejo volar mi imaginación y te veo yéndote de aquí avergonzada para que nadie más te descubra y todo por quererle demostrar a mi madre que eres mejor que yo.
—Lo soy.
—Eso habrá que verlo. —dijo Circe repitiendo las mismas palabras que había usado Rex con ella antes.

Cuando llegaron al despacho de Pam, Rex entró primero y después Circe. La conversación fue corta pero intensa, y Rex, como siempre, salió triunfante. Recogió lo que Circe le había robado y fue hasta el camerino de Thaïs para despedirse.

—¿Qué te dijo Pam?
—Nada, ella estaba contenta.
—¿Y Circe?
—Dice que un hombre me reconoció por el tatuaje que tengo en la espalda y que saben mi nombre real. Pero eso no es ningún problema, el único que conoce ese tatuaje es mi tatuador y podré negociar con él para que no cuente nada.
—¿Negociar?
—Sí, resulta que está en España sin papeles desde hace dos años.
—Dios Rex, me encantas. Siempre sales de todos los problemas sin pestañear ni dejarte pisotear.
—Es la única forma de sobrevivir aquí. Yo ya me voy. Nos vemos mañana.

Rex salió del local de nuevo por la puerta trasera y se encontró de golpe con aquel hombre de musculosos brazos y mirada sensual que dos años atrás la había hecho gritar de placer hasta quedarse media ronca.

—Otra chica me dijo que podía encontrarte saliendo por aquí.
—¿A qué has venido?
—A divertirme, como todos los hombres que vienen aquí.
—Pero no todos conocen a las bailarinas.
—Exacto, yo he tenido suerte de conocer a una y de que encima seas tú.
—¿Qué quieres?
—¿Tú qué crees?
—Sexo...
—Siempre has sido muy lista.

24 de marzo de 2012

Rexnata - Introducción

Soy malvada y sexy. Los hombres se pelean por mí y yo disfruto viéndoles cada noche en el mismo lugar esperando mi triunfal llegada. Las mujeres no lo reconocen, pero me miran con deseo mientras me ven desnudarme. Fumo y bebo hasta que sale el sol. No tengo límites, no tengo ataduras, no tengo corazón. Yo, soy Rex.


Soy estudiante de matrícula de honor. Vivo en un pequeño apartamento cerca de la universidad. Visito a mis padres varias veces a la semana y les llevo comida hecha por mí. Todos me conocen por lo reservada y tímida que siempre he sido. Nunca tengo tiempo para nada más que no sean mis estudios y mi pequeña familia. Yo, soy Renata.