25 de marzo de 2012

Rexnata - I Capítulo: Desenmascarada

Era sábado noche, todos los jóvenes de la ciudad estaban como locos saliendo y entrando de las discotecas, las chicas coqueteaban con ellos y la carretera estaba llena de coches con la música a tope. El alboroto de la ciudad siempre había molestado a la preciosa chica de pelo negro, ondulado y corto que caminaba ensimismada por la acera. Era Rex.

En su mano derecha llevaba un cigarro encendido al que le daba caladas de vez en cuando. En el bolsillo derecho de su apretado pantalón vaquero llevaba su móvil de última generación lleno de fotos de ella con sus amigas. En su hombro izquierdo llevaba colgando un brillante y negro bolso donde guardaba su peluca favorita y una máscara del estilo veneciana. De su cuello colgaba un precioso collar de plata con la silueta de un cisne que reposaba en su generoso escote. Llevaba una camiseta de manga corta muy ceñida y con lentejuelas que brillaban gracias a las luces de neón de las discotecas por las que Rex pasaba sin interés.

Su destino no eran esas discotecas, era otro sitio peor. Sus tacones de más de diez centímetros anunciaba su llegada y Rex, con un gesto de femme fatale, se paró y levantó su cabeza para darle la última calada a su cigarrillo que luego dejó caer al suelo. Cruzó el paso de peatones que la separaba del local donde trabaja y entró por la puerta trasera.

—¡Rex!
—Circe...
—No te esperábamos esta noche.
—¿Por qué no?
—Porque hoy debutaré en el escenario.
—¿Tú? Hazme el favor Circe, Pam jamás ha querido que salgas ahí fuera.
—Ha cambiado de opinión, esta noche saldré la primera de todas y me ganaré al público.
—Eso habrá que verlo.  —contestó Rex con desprecio mientras se dirigía a su camerino.

Cerró la puerta detrás de sí y comprobó que su maquillaje seguía intacto. Abrió el armario y se desnudó delante de él mientras miraba qué ponerse. Eligió una falda rosa con muchos volantes, unos tacones negros y un corsé rosa y negro que resaltara su estrecha cintura y marcara sus pechos. Guardó la ropa con la que había llegado en el armario y lo cerró para dirigirse al sofá donde había dejado el bolso.

—¡Rex!, ¿Puedes salir un momento?
—Pam, ¿qué ocurre?
—Me ha dicho Circe que la has amenazado.
—Yo no he amenazado a nadie, solo que no me voy a dejar pisotear por tu hija. Soy la mejor y lo seguiré siendo.
—¿Tienes envidia? Sabes que con ese cuerpo mi hija puede competir contigo y proclamarse la mejor ella solita. Y tú te quedarías sin trabajo.
—Eso sí que me suena a amenaza, pero tranquila. Tu hija podrá triunfar esta noche, pero antes quiero hablar con las dos.
—Muy bien.

Pam y Rex caminaron hacia el camerino de Circe. Circe siempre había sido la niña mimada de Pam, por algo era su hija, pero Pam sabía lo difícil que era este trabajo, Rex no entendía porqué entonces la había dejado dedicarse a esto. Cuando llegaron Circe abrió la puerta en ropa interior y Rex se sorprendió aún más.

—Cariño, Rex tiene algo que contarnos.
—Sí. Si Circe sale antes que ninguna al escenario los clientes se gastarán todo su dinero en ella, no pararán de soltar billetes. —dijo Rex.
 —Eso es lo que queremos. —replicó Pam.
—¿Puedo terminar? —preguntó Rex cortante.
—Claro, sigue.
—En cambio, si salgo yo antes, los clientes también se dejarán grandes sumas de dinero y como piensan que detrás de mí no va a salir ninguna otra chica, no dudarán en soltar todo lo que tengan.
—¿Ese es tu plan? —preguntó Circe con cara de fastidio.
—Sí, porque luego te verán a ti, no te esperarán y les llamarás la atención porque eres nueva y no tienes peluca ni máscara. Entonces tendrán que terminar de gastarse lo poco que les queda, y que no se gastaron en mí, en ti.
—Ya te entiendo. —dijo Pam. —Si mi hija sale antes que tú, nadie querrá darte dinero a ti después. En cambio, si sale ella la segunda, los clientes no tendrán más remedio que soltar todo los que les queda porque mi hija les gustará más que tú.
—Algo así. —dijo Rex con una sonrisa forzada.
—¡Hecho!, Rex, tú saldrás la primera.
—¡Mamá! No es justo. —gritó Circe.
—En este mundo, y más en esta profesión, la vida es muy injusta.

Rex se dio media vuelta triunfante dejando a madre e hija discutiendo. Volvió a su camerino para peinarse, pero la pequeña discusión le había puesto de los nervios y necesitaba algo de agua. En el momento en el que salió de su camerino vio a Pam yéndose del de Circe. Rex giró a la izquierda para ir a la cafetería que compartían todas las chicas. Se sirvió un vaso de agua fría y se lo bebió con calma mientras miraba a sus compañeras. Las envidiaba. No por su cuerpo, pues ella tenía el mejor, sino por poder mostrar su rostro al público sin temor a que las reconocieran. Aunque claro, esas chicas trabajaban por y para el negocio, ella era diferente. Rex tenía sueños de futuro que le gustaría cumplir algún día.

Terminó de beberse su vaso de agua y se fue de nuevo a su camerino. Nada más entrar en el estrecho y oscuro pasillo donde se encontraban los camerinos, pudo ver como la puerta de Circe se cerraba. No le dio importancia y abrió la puerta del suyo. Cuando entró pudo ver cómo su bolso estaba abierto sobre el sofá y no tenía dentro ni su peluca ni su máscara.

Salió de su camerino dispuesta a arrancarle los pelos a Circe, pero quedaban diez minutos para el espectáculo y prefirió ir al despacho de Pam.

—Tu hija me ha robado la peluca y la máscara. Me vas a preguntar que si tengo pruebas, así que te adelanto que no, pero puedes ir a su camerino a comprobarlo.
—¿Crees que lo ha hecho para que no actúes esta noche?
—Estoy más que segura, pero guardo más pelucas y más máscaras.
—Bien, iré a ver a mi hija. Tú prepárate ya.
Rex corrió a su camerino dejando atrás a Pam que caminaba despacio. En el camino se topó con Circe que abrió los ojos como platos, pero Rex le sonrió cínicamente y entró en su camerino. Cerró la puerta, abrió de nuevo el armario y sacó un baúl donde guardaba las máscaras. Casualmente tenía una rosada con los bordes negros, igual que su corsé. La dejó sobre el sofá y abrió una gaveta del armario con una llave antigua que guardaba en una cómoda que hay a la entrada de cada camerino.

En esa gaveta guardaba alrededor de una veintena de pelucas. Escogió una rubia con trenzas y la dejó al lado de la máscara. En la puerta estaba Pam, tocando para avisar a Rex de que debía salir. Cerró la gaveta con la llave que escondió de nuevo en la cómoda. Guardó el baúl de las máscaras y cerró el armario. Cogió sus cosas del sofá y se plantó delante del espejo de la cómoda para arreglarse la peluca. Gracias a su pelo corto no tenía ninguna complicación. Se puso la máscara encima de la peluca y se la ajustó bien para poder ver por los pequeños agujeros.

—Ya estoy lista. —dijo Rex saliendo del camerino.
—Preciosa Rex, como siempre. No te preocupes por Circe, está en su camerino. Esta noche no actuará.
—Gracias Pam, ¿mi peluca y mi máscara?
—En mi despacho.
—Las iré a buscar cuando termine.

Rex corrió hacía el escenario. Tenía que pasar por delante de la cafetería para llegar hasta unas escaleras de madera vieja y maloliente. Las subió mientras sonreía forzosamente para el público que comenzaba a verla subir. Todos aplaudieron y Rex se plantó en la mitad del escenario observando a cada uno de los hombres que babeaban por ella. Eso le encantaba, se sentía viva, sexy, mujer...

La canción Mambo italiano comenzó a sonar y Rex se acercó al público para pedir que aplaudieran. Los hombres, hipnotizados ante los movimientos de cadera de Rex, obedecieron y aplaudieron hasta que las manos se le quedaron rojas. Rex se contoneaba frente a la barra de striptease. Muy pocas veces se había quitado todo hasta quedarse en ropa interior y pensó que hoy sería una buena ocasión para demostrarle a Pam hasta donde estaba dispuesta a llegar por conservar su trabajo y no dejarse pisotear por ninguna, y menos por Circe.

Comenzó por descalzarse para poder bailar mejor en la barra y subió hasta lo más alto ayudada de sus fuertes brazos. Una vez allí se abrazó a la barra con sus piernas y con cuidado separó ambas manos de la barra para dirigirlas a su espalda. Bajó la cremallera de su corsé y se lo quitó con cuidado, para darle tiempo a ponerse la mano izquierda en sus pechos y no dejar ver nada. Con la mano derecha dejó caer el corsé y con sus piernas comenzó a girar en la barra hasta darle la espalda al público.

Todos estaban nerviosos porque sabían lo que iba a pasar. Rex se iba a quitar la mano izquierda de los pechos y se iba a dejar caer hacia atrás, agarrándose únicamente a la barra con las piernas. Y así lo hizo. Los hombres empezaron a aplaudir más fuerte y algunas mujeres se excitaron al ver aquellos pechos tan blancos y llenos de lunares.

Pam sonrió desde su despacho, donde podía ver el escenario del local. Rex comenzó a bajar de la barra y cuando llegó abajo se acercó a los hombres. Sentía cómo la adrenalina recorría todo su cuerpo, nunca había estado tan alto en la barra ni nunca un hombre le había visto los pechos tan de cerca. Bueno sí, pero aquel hombre no contaba para ella, a pesar de haber sido su primer y único hombre.

La falda rosa de volantes sobraba y se la bajó con un simple movimiento. Cuando la tenía en los tobillos, le dio una patada y la lanzó al público. El afortunado en cogerla salió del local emocionado y Rex se rió a carcajadas al imaginar lo que haría ese hombre con esa falda.

Ahora Rex solo tenía un tanga blanco de encaje. Se dio la vuelta para mostrar sus nalgas igual de blancas y llenas de pequeños lugares que sus pechos. Marcó el ritmo de la canción con sus caderas dejando que sus nalgas se movieran hacia los lados y volvieran loco al más santo. Levantó la vista y vio el despacho de Pam, sabía que ella estaba detrás de ese espejo que hacía de pared. Era un espejo como el de las salas de interrogatorios.

Rex le sonrió al espejo mientras movía sus manos a sus caderas donde capturó entre sus dedos a los pequeños hilos de su tanga. Los separó de su cuerpo y empezó a bajarlos poco a poco. Se dio la vuelta para mirar al público y sin complejos ni vergüenzas, se bajó el tanga.

Los piropos, los silbidos, los aplausos, las risas, los suspiros, los orgasmos de los hombres que tenían su mano dentro del pantalón. Todo eso junto hacía imposible escuchar la música de fondo. Se había montado un buen espectáculo y el escenario estaba lleno de billetes grandes.

Cuando la música terminó, Rex se despidió con una sonrisa y bajó, totalmente desnuda, las escaleras de madera antigua y maloliente.

—Espectacular, Rex.
—Gracias Thaïs, ¿dónde está Pam?
—En su despacho.
—Como me imaginaba.
—Es mi turno, aunque todavía está Esther recogiendo todo el dinero que te tiraron y todas tus cosas.
—Creo que esta noche he ganado más dinero que en el último mes. —dijo Rex sonriendo.
—Seguro. Ya viene Esther, a ver cuánto dinero trae.
—Lo conté mientras lo recogía. —dijo Esther. —Hay cerca de setecientos euros.
—Los has dejado secos. Ahora a mí no me tiraran nada. —dijo Thaïs algo molesta.
—Sabes que siempre lo comparto contigo, no seas tonta y sal a triunfar.

Mientras Thaïs salía al escenario, Rex se quitaba su máscara y se dirigía a su camerino. Metió todo el dinero en su bolso y lo escondió para que nadie lo encontrara. Salió del camerino con un albornoz blanco que le cubría todo el cuerpo y entró en el baño que está frente a la cafetería. Al entrar todas la felicitaron y ella sonrió amablemente, aunque no le gustaba nada hacer vida social y menos allí. Se metió en una ducha y dejó que el agua caliente la relajara, pero no lo suficiente, todavía tenía que hablar con Pam.

Salió del baño con el albornoz de nuevo y el pelo totalmente mojado. El jabón con el que se había duchado no era especialmente bueno y le resecaba la piel, así que se tomó un tiempo para ponerse crema hidratante. El suficiente como para que Thaïs entrara en su camerino con un tanga negro.

—Yo no pude, pero gané algo.
—¿Cuánto?
—Cien...
—Lo siento Thaïs, pero esta noche iba a debutar Circe, ¿lo sabías?
—Sí.
—Pues Pam quería quitarme el primer puesto que siempre he tenido y no se lo iba a permitir. Tenía que demostrarle a Pam que soy mejor que su hija, ¿lo entiendes?
—Sí, si yo no te juzgo, solo que con el niño... necesito más dinero.
—Por eso siempre te ayudo con lo que yo gano, ¿no? Yo necesito el dinero para mis estudios y tú para un niño. Por eso te llevas casi tanto dinero como yo por noche.
—Lo sé, y te lo agradezco, pero no puedo ser bailarina de striptease toda la vida y más cuando no puedo desnudarme del todo.
—¿Qué vas a hacer?
—No lo sé.
—Mientras, vamos a dividir esos setecientos euros.

Rex sacó su bolso de debajo del sofá y le dio trescientos cincuenta euros a su amiga. Thaïs salió contenta del camerino de Rex y dejó la puerta abierta. Ocasión que Circe aprovechó para entrar.

—No te vas a salir con la tuya, ese dinero un día lo conseguiré yo.
—Mientras sigas defraudando a tu madre; robándome mis pelucas y mis máscaras; y teniendo esa actitud tan arrogante con los clientes y con tus compañeras... seguirás siendo una segundona, y ni siquiera eso, porque hoy el segundo puesto fue para Thaïs.
—Todo va a cambiar.
—Seguro.

Rex terminó de ajustarse el pantalón vaquero que no le terminaba de subir por culpa de la crema hidratante y se puso la camiseta de lentejuelas de nuevo. Circe la seguía mirando desde la puerta y Rex no le hacía caso, solo lo hacía para ponerla más nerviosa.

—Ya terminé de vestirme. —dijo Rex cogiendo su bolso. —¿También quieres acompañarme a ver a tu madre?
—¿Por qué no? Le gustará lo que tengo que contarle.
—¿Qué?
—Que ya no eres Rex, alguien a descubierto tu verdadero nombre... ¡Renata!
—¿Tú como sabes eso?
—Ya te lo dije, alguien te descubrió. Por lo visto ese tatuaje que tienes al final de la espalda es de diseño único y hay un hombre preguntando por Renata en la entrada del local.
—¿Bueno y qué?
—Nada, solo dejo volar mi imaginación y te veo yéndote de aquí avergonzada para que nadie más te descubra y todo por quererle demostrar a mi madre que eres mejor que yo.
—Lo soy.
—Eso habrá que verlo. —dijo Circe repitiendo las mismas palabras que había usado Rex con ella antes.

Cuando llegaron al despacho de Pam, Rex entró primero y después Circe. La conversación fue corta pero intensa, y Rex, como siempre, salió triunfante. Recogió lo que Circe le había robado y fue hasta el camerino de Thaïs para despedirse.

—¿Qué te dijo Pam?
—Nada, ella estaba contenta.
—¿Y Circe?
—Dice que un hombre me reconoció por el tatuaje que tengo en la espalda y que saben mi nombre real. Pero eso no es ningún problema, el único que conoce ese tatuaje es mi tatuador y podré negociar con él para que no cuente nada.
—¿Negociar?
—Sí, resulta que está en España sin papeles desde hace dos años.
—Dios Rex, me encantas. Siempre sales de todos los problemas sin pestañear ni dejarte pisotear.
—Es la única forma de sobrevivir aquí. Yo ya me voy. Nos vemos mañana.

Rex salió del local de nuevo por la puerta trasera y se encontró de golpe con aquel hombre de musculosos brazos y mirada sensual que dos años atrás la había hecho gritar de placer hasta quedarse media ronca.

—Otra chica me dijo que podía encontrarte saliendo por aquí.
—¿A qué has venido?
—A divertirme, como todos los hombres que vienen aquí.
—Pero no todos conocen a las bailarinas.
—Exacto, yo he tenido suerte de conocer a una y de que encima seas tú.
—¿Qué quieres?
—¿Tú qué crees?
—Sexo...
—Siempre has sido muy lista.

2 comentarios:

  1. ¡Dios me encanta! Es genial, en serio, de cada vez me gustan más tus relatos Tahis!

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    1. Graciaas! :) Me alegro de que te guste Kat, a ver cuándo publico el próximo, jaja. Ese promete.

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Hello, hello ~ Espero que tu comentario sea igual de picante que mi entrada.

¡Gracias!