4 de abril de 2012

Rexnata - III Capítulo: Golpeada

Los rayos del sol entraban por la ventana como si quisieran taladrarle la cabeza a Rex. No había dormido en toda la noche y Fran tampoco, pero él estaba tapado hasta arriba y de espaldas a la ventana, ni siquiera se había despertado. En cambio, Rex ya no pudo conciliar el sueño aunque se diera la vuelta. Se levantó y sonrió al escuchar un pequeño ronquido de Fran.

Fue a la cocina, vestida con una camiseta que Fran le había dejado para dormir. Abrió la nevera y sacó un refresco sin gas de naranja. Se lo sirvió en un vaso y luego buscó entre las repisas del armario algunas galletas o cereales. Cuando encontró un paquete de galletas, lo abrió y se sentó en la mesa con su refresco. Cuando se estaba terminando las galletas, llegó Fran sin hacer ruido y dándole un susto de muerte.

—¡Eres idiota!  —exclamó Rex simulando un enfado.
—¡Dios! No sé quién va a asustar a quién, ¿te has visto en el espejo?
—No... ¿qué tengo?
—Nada... solo pareces sacada de una película de miedo.
—Serás...  —Rex tiró un pequeño trozo de galleta al pecho de Fran que estaba observándola mientras se reía sin parar.
—No te enfades, anda.  —dijo Fran sentándose a su lado y besándole el antebrazo que tenía apoyado sobre la mesa.
—No me enfado, además, tú no estás mucho mejor.  —dijo Rex entre risas.
—¿A qué hora tienes que irte?
—Antes del mediodía. Lo que viene siendo dentro de muy poco.  —dijo Rex mirando el reloj de la pared.
—¿Te llevo en la moto?... ¡Ah, no! Es verdad, no quieres que sepa donde vives.
—Ya me da igual, anoche desconfiaba de ti. Ahora no.
—¿Y eso?
—No sé, y además, te vas en una semana a Colombia y no vas a regresar, ¿qué más da que sepas donde vivo?
—Das por supuesto que mi padre va a morir y que me tendré que quedar a vivir allí, ¿es por eso por lo que ahora confías en mí?
—Puede ser... ¡pero no te enfades! Lo que pasa es que no nos conocemos lo suficiente.
—Rex, podría haberte delatado con lo de tu trabajo y no lo hice, ni lo pienso hacer. No desconfíes de mí, porque...
—¿Qué?
—Porque creo que me estoy enamorando de ti.  —Fran la miró a los ojos y Rex apartó la mirada avergonzada.
—Yo...  —Rex tomó aire.
—Dime.  —imploró Fran con una sonrisa.
—Yo no estoy enamorada de ti, Fran. Creo que lo mejor es que me vaya a casa.

Rex se levantó de la mesa sintiendo un gran vacío dentro de ella. Corrió hasta la habitación y recogió su ropa del suelo a medida que se la iba poniendo. Se colgó el bolso y salió de la habitación esperando verse allí a Fran, pero no. Siguió caminando por el pasillo hasta llegar al comedor. Se paró frente a la cocina, pero sin entrar en ella, y solo pudo decir lo siento.

Había visto a Fran  sentado sobre la silla con su cuerpo girado hacia la otra silla donde minutos antes había estado sentada ella. No se había movido, se había quedado inmóvil ante la respuesta de Rex. Rex abrió la puerta y se metió en el ascensor. Comprobó lo horrible que estaba en los espejos y se acordó de la última vez que se había retocado el pelo en él. Solo que esta vez, Fran no estaba mirándola con ternura mientras lo hacía. Suspiró ante el recuerdo y siguió peinándose con los dedos. Cuando el ascensor llegó abajo y se abrió, ella se giró y salió de ahí como si nada hubiera pasado, con naturalidad.

Sacó de su bolso unas gafas de sol oscuras que tapaban aquellas ojeras negras y comenzó a caminar hasta la parada de taxi más cercana. Se subió en el primero que vio y le dio la dirección de su casa. El taxista, que olía a tabaco, le recordó que guardaba una caja de cigarrillos en el bolso. La sacó y comenzó a fumarse el primero de los cinco cigarrillos que se fumó esa mañana.

Al entrar en su casa, una pequeña gata color marrón la sorprendió. Era Alelí, la gata de la vecina de al lado. Rex, le acarició el lomo y la cogió en brazos para llevársela a Aurora, la vecina.

—¡Alelí! Siempre estás molestando a Renata.
—No te preocupes, me gusta que se cuele en casa.
—¿Sí?
—Sí, estoy pensando adoptar algún perro.
—Mi Alelí se lleva muy bien con los perros, así que no habría problema.
—Bien, bueno estoy cansada, me voy a casa.
—La verdad es que no tienes buena cara.
—Ya bueno, cosas de estudiantes. Nos pasamos las noches repasando temarios, haciendo trabajos y preparando exámenes.
—La verdad es que sí, te dejo que descanses entonces. Hasta luego Renatita.
—Hasta luego Aurora, adiós Alelí.

La mentira había hecho que Renata sonriera de nuevo, ya era de día. Rex había muerto desde que había salido del edificio de Fran. Ahora debía ser la vecina de buenos modales, la alumna ejemplar, la hija encantadora y la ama de casa imparable.

Antes de acostarse a dormir, Renata llamó a sus padres para decirles que hoy no podía visitarles porque tenía un examen el lunes y quería estudiar todo el día. Otra mentira más. El día pasó largo, parecía que la noche no quería llegar, pero Renata no se dio ni cuenta porque dormía plácidamente, olvidando aquellas palabras que había dicho sin sentirlas. Realmente no sabía si estaba o no estaba enamorada de Fran, pero decir que no sin dudarlo, la hacía sentirse mal. No quería hacerle daño a Fran, pero tampoco quería sufrir ella si Fran se marchaba a Colombia y no volvía más.

Cuando el teléfono sonó se dio cuenta de que había perdido todo el día en dormir. Era domingo, no tenía ni clases ni trabajo. Odiaba los domingos. Su casa estaba limpia, llevaba sus estudios al día y no tenía nada que hacer, más que seguir durmiendo. Cuando el sueño le permitió identificar que aquel sonido que la había despertado era el teléfono de su casa, se levantó corriendo de la cama, pero no logró salir de su habitación cuando el teléfono dejó de sonar. Buscó en llamadas perdidas y vio el número de Martina. Martina era su compañera de clase, seguramente la llamaba para salir a dar una vuelta, pero no le apetecía salir, así que no se molestó en llamarla para saber qué quería.

Se preparó una buena merienda para recuperar fuerzas y abrió su portátil en busca de alguna película que ver. Cansada de películas románticas que le recordaran lo idiota que había sido esa misma mañana; cansada de películas de suspense donde el asesino siempre es el vecino de al lado; cansada de todo tipo de películas que ella llamaba "el mismo perro, pero diferente collar" para decir que tenían todas el mismo argumento y que lo único que cambiaba era el nombre; eligió E.T. El extraterrestre.

Esa película le recordaba a su infancia y no podía evitar llorar con algunas partes como tampoco podía evitar reír en otras. Cuando la película terminó, la noche ya era cerrada. Oscuridad absoluta, salvo por las luces de las farolas. No había coches, no había letreros, nada. Eso era lo que le gustaba de su ciudad, que no había contaminación lumínica por las noches y podían verse todas las estrellas desde la azotea. Eso le recordó que hacía tiempo que no lo hacía y cogió una manta de su habitación, se la enredó en su cuerpo y subió para contemplar las estrellas acompañada por Alelí, a la que se encontró subiendo las escaleras a escondidas de Aurora.

"Normal que quieras huir siempre" se dijo Renata mientras la cogía en brazos para darle calor. Y allí, sola y triste pasó gran parte de la noche, pues había dormido bien por el día y no le apetecía irse a la cama todavía.

Cuando de madrugada bajó las escaleras, se acordó de Aurora y le dejó una nota por debajo de la puerta avisándole de que Alelí estaba con ella. Le dio de beber a la pobre gata y la dejó sobre el sillón mientras ella se fue a dormir, de nuevo, a su habitación.

A las ocho de la mañana el despertador sonó y Renata se levantó ilusionada con la idea de que ese sí sería un día productivo. Se dio una ducha con agua fría y desayunó bastante. Abrió la puerta cuando escuchó a Aurora al otro lado abrir la suya. Ambas se miraron y Alelí salió de casa de Renata. Después de que Aurora se disculpara, por enésima vez, con Renata, cerró la puerta y se sentó en el sillón para planificar lo que haría durante el día. Lo primero es ingresar el dinero en el banco, lo segundo visitar a sus padres, lo tercero ir al supermercado y preparar el almuerzo, luego iría a clases y por último a trabajar.

En el banco la atendieron con la misma amabilidad de siempre y Renata salió contenta al comprobar que tenía ahorrados casi dos mil euros en su cuenta corriente.

En casa de sus padres, Natalia y Enrique, Renata se sintió algo incómoda, pues tuvo que mentir. Mintió sobre todo lo que había estudiado el domingo y sobre el supuesto examen que tenía esa tarde. Odiaba mentirles a sus padres, pero no le quedaba de otra, no podía contar que no había ido a visitarles porque la noche del sábado la pasó en casa de un hombre al que solo había visto una vez. Su padre jamás aceptaría que su hija tuviera ese tipo de relaciones con hombres desconocidos. Y su madre mucho menos. Eran unos padres estrictos en cuanto a la educación y a los valores morales. Por eso Renata temía de que se enteraran de su profesión de bailarina de striptease. Aunque a veces deseaba que lo supieran para dejar de mentir, para dejar de utilizar dos nombres y para dejar de vestirse con esas pelucas y esas máscaras ridículas.

Cuando salió de casa de sus padres fue a comprar algo para el almuerzo y fue a su casa a prepararlo. Durante el camino Renata no hacía más que pensar en Fran. La imagen de él sentado en la silla, en la misma postura en la que se había quedado cuando ella se levantó y con la mirada perdida en el suelo de la cocina, no se le borraba de la mente. Tampoco la de él besándola en la cama o la de él acariciando sus brazos en la bañera.

Se preparó la comida y se sentó en la mesa del comedor mientras veía las noticias en la televisión y soplaba la sopa de pollo que se había hecho. Nada interesante. Cambió de canal y encontró una serie. Terminó de comer y puso los platos en el fregadero mientras la televisión seguía sonando detrás. Fue a su habitación y preparó su maleta con sus libros. La llevó al salón y la dejó sobre el sillón para sentarse al lado y ponerse a ver la serie hasta las tres.

A esa hora, empezaban sus clases. Allí vio a Martina que le contó lo bien que lo había pasado la tarde anterior con el resto de amigas de su grupo. Renata sonreía aunque le importaba poco todo lo que Martina le estaba contando. Atendió en sus clases, pero no participó ni con preguntas ni añadiendo comentarios sobre el tema. Era inusual, pero nadie le dio importancia.

A las ocho terminaron sus clases y Renata salió corriendo a casa para vestirse como Rex. Con su ropa sexy ajustada y su maquillaje impecable, salió del edificio en el que vivía hasta su trabajo. De alguna manera u otra, esperaba verse allí a Fran, pero no estaba. Actuó de nuevo la primera, pero esta vez no se desnudó del todo, solo hizo un espectáculo con un precioso baile acompañado de movimientos sensuales y se quedó en ropa interior.

La siguiente en salir, esta vez, fue Circe. Su debut fue catastrófico, comenzó a desnudarse al minuto de haber empezado, sin haber bailado casi nada antes. Su madre, Pam, casi que la sacó a rastras del escenario. Circe había salido sin permiso, dejando a Thaïs encerrada en su propio camerino, de ahí su prisa en desnudarse.

—¡Inconsciente! —pudo oír Renata a lo lejos. Pam estaba gritando. —Vas a arruinarme el negocio como sigas así.
—Pero mamá...
—¡Silencio!

De repente el silencio se hizo para todas. Los pasillos estaban llenos de bailarinas, pero ninguna decía nada. Se miraban entre ellas y soltaban alguna sonrisilla cómplice, pero nada más. Pam volvió a su despacho y Thaïs pudo salir a bailar sin impedimentos.

Renata, que volvía a ser Rex, contaba el dinero que Esther había recogido del escenario. Ella era la encargada de salir a recoger el dinero de cada chica en el escenario después de las actuaciones. También limpiaba el local y conocía a Pam desde hacía muchos años.

Cien, ciento cincuenta y doscientos. Solo doscientos euros esa noche, comparado con el sábado eso no era nada. Pero lo necesitaba igualmente. Se lo guardó en el bolso, y se despidió de Thaïs que acababa de volver del escenario.

—¡Lo he hecho! Por mi niño...
—¿Qué cosa?
—Desnudarme.
—¡Vaya! ¿No tenías complejos por la barriga que te había quedado del embarazo?
—Sí, pero los he superado. Y no veas cuánto dinero he ganado.
—Me alegro muchísimo por ti, y por mí también.
—¿Cómo?
—Verás, esta noche a mí no me apeteció desnudarme y solo conseguí doscientos.
—Bueno, lo que conseguía yo antes. Con eso se vive bien, créeme.
—Ya, pero estoy ahorrando y si lo dividía contigo más el 15% que se lleva Pam.
—Tranquila, que ya viene Esther.
—Ochocientos euros, niña. —dijo Esther dejando los billetes en las manos de Thaïs.
—¡Felicidades! Más que yo el otro día.  —dijo Rex con una sonrisa.
—¡Qué ilusión!
—Te lo mereces, yo ya me voy. Nos vemos mañana.
—Gracias Rex, hasta mañana.
—Adiós.

Rex realmente se alegraba por su amiga, era la única que tenía de verdad. Salió por la puerta trasera, como tantas veces y sintió que alguien la golpeaba fuertemente en la cabeza y se llevaba su bolso.

4 comentarios:

  1. Me tiene enganchada esta historia Tahis! jajaja

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    1. A mí también, jaja. En serio, estoy siempre pensando en escribir más de esta historia. Tenía pensada acabarla en dos capítulos más, pero luego haré un epílogo algo largo para acabar. Ahora tengo otra historia más aparte de Tropical fantasy, creo que a esa la llamaré Skin to skin. Tengo que pensármelo un poco, pero le pega.

      Besos, espero próximos capítulos de LEDO, que esa también engancha! :)

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  2. Nooooo, no la acabes aúun!! :( (odio a Circe) jajaja

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    1. Mi Hari hermosaaa! Tengo que acabarla, lo siento. Si no me marco un número concreto de capítulos, acabo con una historia enorme de treinta capítulos. Y lo que es peor, la acabo el año que viene xD.

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Hello, hello ~ Espero que tu comentario sea igual de picante que mi entrada.

¡Gracias!