7 de abril de 2012

Rexnata - IV Capítulo: Enamorada

Renata abrió los ojos poco a poco. Era una habitación muy luminosa, con las paredes pintadas de verde hasta la mitad y de blanco la otra mitad. Tenía una puerta enfrente de la cama y... no reconocía ese lugar. Se comenzó a desesperar y se quiso levantar, pero alguien que tenía a su izquierda y que no había visto, se lo impidió.

—¿Qué haces?
—¿Dónde estoy?  —preguntó Rex mirándole a los ojos.
—Cálmate, estás en el hospital.
—¿Qué me ha pasado?, ¿por qué estoy aquí?  —preguntó Rex de nuevo tocándose la cabeza y haciendo una mueca de dolor.
—Alguien te atracó y se llevó tu bolso.
—¿Cuándo?
—Anoche, cuando salías del local.
—¿Y Thaïs?
—Estaba aquí hace un rato, pero ha tenido que irse para recoger a su hijo del colegio.
—Cuéntame como pasó todo, Pam.
—A ver, Rex, estabas en el suelo con mucha sangre alrededor de la cabeza.
—Por eso me duele tanto...
—Sí, pero estás bien. El  médico dijo que la herida era muy grande y que tuvieron que darte muchos puntos y que por eso había tanta sangre. Pero no es grave, ¿entiendes? Los golpes en la cabeza son peligrosos, pero en tu caso no hay peligro.
—Menos mal, así podré irme a casa ya.
—No te pueden dar el alta todavía.
—¿Por qué no?
—Necesitan tenerte un par de horas en observación.
—¡Mierda! Tengo cosas que hacer. Mis padres se preocuparán.
—Tranquila, el hombre que te trajo al hospital dice que se va a encargar de todo.
—¿Hombre?
—Sí, un tal Franklyn.
—Fran...  —dijo Renata dejando escapar una lágrima.
—Es de confianza, ¿no?
—Sí, ¿y cómo se supone que él se va a encargar?
—Te quitó el móvil del bolsillo en la ambulancia y llamó a tus padres esta mañana.
—¿¡Qué?!  —gritó Renata mientras intentaba incorporarse.
—¡Quédate en la cama, Rex!
—No me llames Rex, no aquí. Verás Pam, fuera del local utilizo mi nombre completo, sin abreviaturas, para que nadie sospeche.
—Tranquila, no volveré a llamarte Rex, ¿cómo te llamo?
—Renata.
—Está bien, Renata. Te dejo sola, no hagas tonterías.
—Tranquila, con este dolor, no puedo moverme mucho.
—Bueno, vendré esta noche para cuando te den el alta.
—Gracias...

Pam se fue mientras negaba con la cabeza. Cuántas mentiras y cuántos problemas solo por dedicarse a esto. Ella había vivido en sus propias carnes el rechazo de su familia cuando se enteraron de que era prostituta, pero Rex o Renata, no lo era. Solo bailaba y se desnudaba algunas noches para conseguir dinero. Pero Pam, en su época, lo necesitaba para comer y ayudar a su familia y meses más tarde, para criar a Circe, pero no entendía para qué quería Rex el dinero.

Cuando Pam se acercaba a las escaleras del hospital para irse de allí, se cruzó con Fran, y aunque lo reconoció, no quiso saludarlo. Fran se dio cuenta de que Pam bajó la mirada, pero no le dio importancia y siguió caminando. Cuando pasó por delante de los ascensores pudo ver a unos señores algo avejentados, pero que no tendrían más de cincuenta años, saliendo del ascensor. Les costaba salir por culpa de la silla de ruedas en la que iba sentada la señora. Y Fran se dio la vuelta para ayudarles.

—Gracias, eres muy amable. —agradeció la señora.
—Mi mujer ya no tiene fuerzas para mover la silla, ni yo para empujar. —se disculpó el señor. —Desde el dichoso accidente, vivimos gracias a nuestra hija.
—Y ahora ella está aquí, en una cama, igual que lo estuve yo hace dos años. —dijo la señora mirando al suelo.
—¿Su hija? —preguntó Fran.
—Sí, se llama Renata. —contestó el señor que ahora empujaba con dificultad la silla de su mujer.
—¡Conozco a Renata! Soy... soy un amigo suyo. Yo fui quién os llamo.
—Ahh, qué bien. Gracias por avisarnos. —dijo la señora con una sonrisa. —¿Así que tú eres Fran?
—Sí, vosotros sois Enrique y Natalia, ¿verdad?
—Así es. —dijo Enrique.

Fran les acompañó hasta la habitación de Renata y les abrió la puerta desde dentro para que Enrique pudiera empujar sin problemas la silla de su mujer. Renata se quedó de piedra, tenía sobre ella un plato con comida que una enfermera acababa de dejarle, y tuvo que hacer un esfuerzo para tragar el macarrón que se había echado a la boca antes de que Fran abriera la puerta.

—¡Cariño mío! —dijo Natalia.
—¡Mamá, papá!, ¿Qué hacéis aquí?
—Venir a verte, como es normal si estás en un hospital.
—Ya pero...
—Pero nada. —dijo serio Enrique. —Tu amigo nos ha dicho que salías del cine cuándo alguien te atracó y te golpeó en la cabeza.
—Ehh, sí, en el cine. —Rex se puso pálida.
—¿Qué pasa?  —preguntó Natalia.
—Nada, es que no recuerdo bien lo que pasó y estoy algo confusa.
—Es normal, por el golpe. —dijo Fran atrayendo todas las miradas.
—Tienes un amigo muy atento, Renata. —dijo Natalia.
—Hasta te ha traído flores. —dijo Enrique sonriendo, parecía que le gustaba Fran para su hija.
—¿Flores? —preguntó Renata arqueando una ceja.
—Son para decorar esta habitación, que es un poco cutre. —dijo Fran colocando un pequeñísimo ramo en la mesita de la habitación.
—Ya... bueno, gracias Fran. Soy muy bonitas.
—Verás hija, tu madre y yo tenemos cita con el médico en unos minutos y como el hospital está al lado del Centro de Salud, hemos aprovechado para visitarte y ya nos vamos.
—Pero te dejamos bien acompañada.
—Pasaos luego a verme, que aquí me aburro. —suplicó Renata sacando los brazos de debajo de las sábanas.
—No creo que te vayas a aburrir mucho, pero si es lo quieres... —dijo Enrique mientras miraba a Fran y tiraba de la silla de su mujer.
—¿Qué pasó realmente anoche? —preguntó Renata cuando sus padres salieron de la habitación.
—Había ido a verte al local y cuando terminaste de actuar me tomé una copa y salí a la puerta de atrás para verte y hablar contigo. Cuando llegué estabas tirada en el suelo con sangre en toda la cabeza. Me asusté y llamé a tus amigas. Enseguida salió una chica que me dijo que se llamaba Thaïs y luego otras más.
—¿Quién me golpeó?
—No se sabe, ¿pudo haber sido un cliente?
—Sí, pudo. Pero si era un cliente debía saber que esa noche no había ganado mucho.
—Lo sé, no te llegaste a desnudar.
—No... quién sí lo hizo fue Thaïs.
—Sí, a ella la vi mientras me tomaba mi copa. ¿Crees que te confundieron con ella?
—Puede. Además, ganó mucho más que yo, ochocientos para ser exactos.
—¡Vaya! Entonces debemos decirle que tiene que tener cuidado, ¿no crees?
—No sé, me parece apresurado, no estamos seguros.
—Como quieras.
—¿Qué habías ido a decirme?
—Nada importante.
—Yo si tengo algo importante que contarte, Fran.
—No, no lo hagas. Ya fuiste muy clara conmigo en mi casa.
—Te mentí. Lo cierto es que no sé si estoy o no estoy enamorada de ti. Lo único que sé es que  me gustas, me importas y te quiero a mi lado.
—¿De verdad te importo?
—Muchísimo.
—¿Entonces por qué me dijiste eso en mi casa?
—Porque estaba asustada. Nadie me había dicho eso, nunca me había enamorado, nunca. Y de repente, sentir todo esto por ti y no saber qué es, me confundió.
—Está bien, tranquila. Ahora descansa.
—No, no quiero descansar. Quiero que te quedes aquí a mi lado y... —Fran la interrumpió.
—Te quiero.
—Fran, ya no estoy confundida. Estuve pensando en nosotros toda la noche después de llegar de tu casa, mirando a las estrellas e imaginándome qué pasaría si acepto tener algo contigo y qué pasaría si no. Intentando aclarar mis sentimientos.
—¿Y a qué conclusión llegaste?
—A que yo también estoy enamorada de ti.

Fran la besó al instante. No fue un beso cargado de pasión como los anteriores, fue un beso tierno, en el que ambos disfrutaban del contacto de sus labios más allá del placer sexual. Era casi una necesidad. Cuando sus lenguas se encontraron, ese placer que va más allá del sexual, les hizo sentir unas cosquillas en todo el cuerpo indescriptibles, sus manos sudaban y su corazón parecía querer salir corriendo. Renata sonrió sin dejar de besarle y Fran hizo lo mismo. Al final dejaron de besarse para quedarse el uno frente al uno riéndose y mirándose a los ojos con amor.

Los besos dieron paso a las caricias. Comenzó Fran porque Rex no se podía mover del dolor. Bajó su mano hasta la cintura de ella y allí empezó a hacer círculos suavemente con la yema de los dedos, provocando que Rex se erizara y sonriera. De la cintura pasó a su ombligo donde Rex tenía más cosquillas y Fran tuvo que parar.

Mientras le acariciaba el resto de su barriga, Fran no pudo evitar reposar su cabeza sobre el pecho de Rex para luego rodearle la cintura con sus brazos. Ella le acarició el pelo de la cabeza y lo apretó contra su cuerpo fuertemente.

Ante esa escena tan romántica, los padres de Rex que acababan de volver, se dieron media vuelta. Pero la silla de ruedas hace mucho ruido y al salir, chirrió. Rex se sobresaltó, pero al ver alegría en el rostro de sus padres y no reproche, se tranquilizó. Dejó que sus padres se fueran y les agradeció con una sonrisa el hecho de que lo hicieran, porque la verdad es que solo le apetecía estar con Fran.

—¿Te quedarás hasta que me den el alta?
—Me quedaré hasta que te aburras de mí.
—Entonces no te irás nunca de mi lado.
—Depende, me vibra el móvil, salgo fuera a contestar que aquí la cobertura es pésima.
—¿Seguro que es el móvil? —preguntó Rex con una sonrisa pícara.
—Espero que sí, hasta ahora lo otro nunca me ha vibrado y cantado a la vez. —contestó Fran en tono burlón.
—Jaja, vale. —dijo sonriendo de nuevo Rex.

Fran salió, pero dejó la puerta lo suficientemente abierta como para que Rex escuchara algo de la conversación.

—¿Qué ha pasado? Te escuché gritar. —preguntó Rex intentando incorporarse en la camilla.
—Era mi madre, me ha dicho que mi padre está fuera de peligro.
—¿No tienes que volver a Colombia?
—No.
—Es un alivio.
—¿Por qué?
—No me gustaría separarme de tu lado.
—Eres un encanto.
—Tú más.

Fran sonrió y comenzó a besar a Rex, esta vez con pasión. Los besos cada vez eran más intensos y Fran se separó de Rex para bajar las persianas y asegurarse de que la puerta estaba bien cerrada.

—¿Qué vas a hacer?
—¿Tú qué crees?
—Fran, que estoy en la camilla de un hospital. Y fuera hay gente.
—Está todo cerrado, tranquila.
—¿Y si alguien intenta entrar? —Fran la calló con otro beso.

Levantó la bata de hospital que Rex llevaba y le acarició las piernas dulcemente. Rex le miraba confusa y algo mareada por los calmantes. Fran comenzó a acariciar los muslos de Rex, cada vez con más ganas de llegar a aquel tanga verde que llevaba.

—Normal que no te quisieras desnudar anoche con este tanga tan feo. —dijo Fran riéndose y sin obtener respuesta. Levantó la mirada y comenzó a gritar desesperado. —¡Rex!, ¡Renata!, ¡Renata!

Los gritos se oyeron fuera de la habitación y una enfermera quiso entrar, pero se encontró con la puerta cerrada. Fran corrió a abrirla y la enfermera inmediatamente se dio cuenta de que las persianas también estaban cerradas. Miró fijamente a Fran a los ojos y corrió a auxiliar a Renata.

Dos minutos más tarde, todo estaba en orden. Había sido un desmayo, pero la enfermera sospechó otra cosa y se lo contó al médico que sería el encargado de juzgar si se avisaba o no a la policía. El médico puso cara seria y asintió con la cabeza.

—¿Qué pasa? —preguntó Rex.
—La enfermera se pregunta porqué estaba usted encerrada en la habitación con este señor y con las persianas cerradas.
—Somos pareja. —dijo Fran.
—¿Es eso cierto? —preguntó el médico dirigiéndose a Renata.
—Sí, doctor. Ya sabe, estábamos solos y...
—Lo entiendo, no se preocupe. He visto más casos como este en los veinte años que llevo aquí. Les deseo buenas tardes y espero nos disculpen.
—No se preocupe. Buenas tardes. —dijo Renata.
—Buenas tardes. —secundó Fran.
—¡Qué corte! —dijo Renata cuando el médico y la enfermera salieron.
—Sí, pero bueno. El desmayo no fue nada.
—Pero yo sigo teniendo mucho sueño.
—Duerme, cuidaré de ti.

Unas horas más tarde apareció el mismo médico con la noticia de que Renata ya podía irse a casa. Llamó a sus padres para darles la noticia y dejó que Fran la llevara a su casa.

—Quédate a dormir esta noche conmigo. —suplicó Rex con cara cansada.
—Está bien, ¿ya estás mejor?
—Sí, sí.
—Si te encuentras mal me avisas.
—Claro, pero acompáñame a mi cama.
—¡Cuánta prisa, yo quería cenar algo!
—Después...
—¿De qué?
—De esto...

Rex empujó a Fran en la cama y se acostó sobre él. La cabeza había dejado de dolerle gracias a los calmantes y lo mejor que podía hacer era acostarse con Fran. Así que, le desabrochó la camisa la tiró al suelo sin ver dónde caía, estaba más ocupada en observar los pectorales de Fran. Mientras le seguía mirando, recogió su pelo en un moño y se quitó su camiseta. Fran la miraba mientras se mordía el labio, pero luego la volvía a mirar preocupado por si se encontraba mal.

Rex se acostó a su lado y esta vez Fran se puso encima para terminar de desnudarla. Luego se levantó él y se desnudó también ante la atenta mirada de Rex que no dejaba de sonreír. Fran se subió encima de ella, pero sin dejar de tener los pies en el suelo. Cogió las dos piernas de Rex y las levantó mientras las iba juntando. Cuando Rex tenía sus piernas juntas y arriba, Fran se agachó un poco y la penetró con suavidad. Rex se agarró del edredón para no salir disparada contra la pared que tenía detrás ante las envestidas de cadera de Fran. Él aprovechaba su posición para verla gemir de placer y agarraba con fuerza las blancas piernas de ella para no dejarla moverse.

Bastaron unos minutos para que los músculos de Fran comenzaran a cansarse, pero no quiso cambiar de postura al ver lo entregada que estaba Rex. Cuando sintió las contracciones de Rex, supo que ella había terminado y luego lo confirmó a escuchar un último gemido de satisfacción. Fran tardó solo unos segundos más en acabar. Cuando lo hizo, se sintió relajado y se acostó rápidamente al lado de Rex.

Hacía algo de frío, así que taparon con el edredón y se quedaron durmiendo profundamente el uno al lado del otro. Abrazados, entre besos y palabras bonitas.

2 comentarios:

  1. ¡Pobrecitos los vecinos de habitación de Rex! jajaja
    Aww, me ha gustado mucho y ahora me leeré los siguientes capis, que como no me salen las actualizaciones de este blog no me había enterado :(

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  2. Es raro, ¿será que no te salen por que es privado? Ni idea. Me alegra que te guste, ya decía yo que era raro no ver un comentario tuyo por aquí, jaja.

    Besos!

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Hello, hello ~ Espero que tu comentario sea igual de picante que mi entrada.

¡Gracias!