21 de junio de 2012

Red Velvet - III Capítulo: Regreso

—He estado pensando.  —comenzó a decir Agus.  —en que deberíamos hablar sobre esto.
—¿Sobre qué?
—Sobre... lo nuestro, Carla, no me lo hagas más difícil.
—Ah... eso, bueno, yo también lo había pensado y creo que lo mejor es que seamos solo amigos, sí eso, amigos.
—Pero... tú y yo...
—Lo sé, pero apenas nos conocemos, y yo, no quiero otra relación.
—Yo nunca te haría daño como el tipo ese de Brasilia.
—Eso no lo puedes saber, quién me asegura a mí que nunca tendrás tentaciones con otras mujeres en las que acabarás cayendo.
—Nadie, pero si algún día sintiera esa tentación lo hablaría contigo, para buscarle solución.
—No seas infantil Agus, sabes que eso no es tan fácil.
—¡Ya empezamos con la edad! No soy infantil, tengo solo cuatro años menos que tú.
—Agus, no quise decir eso, no te pongas así.
—Tienes razón...
—¿En qué?
—Es mejor que solo seamos amigos, tú eres una señorita con estudios y buen trabajo y yo, yo dejé de estudiar, nunca he trabajado y estoy a la espera de juicio. No estamos hechos el uno para el otro como pensé la noche en la que te quedaste a dormir en mi casa y nos besamos en mi habitación.  —Agus salió del consultorio con los ojos vidriosos.

Carla se quería morir, ella jamás había querido hacerle daño a Agus, pero si le quería, como iba a querer hacerle daño. Entonces, si le quería, por qué le dijo que quería ser solo su amiga. Las dudas sobre sus sentimientos hacia Agus comenzaron a aflorar, en cambio, él había enterrado en lo más profundo de sí esos sentimientos porque ahora debía centrarse en devolver los doscientos reales que Carla acababa de prestarle.

—¡Agus!, ¿a dónde crees que vas?
—A devolverte los doscientos reales como me dijiste.
—¿Eso significa que los traes contigo?
—Sí. —Agus se llevó la mano al bolsillo y sacó el dinero. —Aquí tienes.
—¡Deuda saldada, compañero! Ahora ya puedes seguir en el negocio sin miedo.
—No quiero seguir.
—Nadie sale del negocio con vida.
—Te he devuelto tu dinero, ahora no tengo nada que me ate a ti ni a esta sucia banda.
—¿Cómo te atreves a insultarnos? Tú no eres mejor que nosotros.
—¡Soy mil veces mejor que vosotros!
—¿Mil?, ¿Como los mil reales que le robaste a tu madre y que me acabas de dar a mí para pagarme lo que me debías? —Agus clavó su mirada en la de él, enfurecido, porque escuchar la verdad, le dolía. —¿Ves? Eres igualito que todos nosotros.
—Está bien, no saldré de la banda, pero no volveré a consumir ni a vender, ¿está claro?
—¿Entonces qué harás?
—Puedo servirte de ayuda en un laboratorio improvisado, conseguir rebajar la cantidad de droga mezclándola con otros productos, hará que parezca que tengas más droga.
—Eso es jugar sucio.
—¿Ahora te preocupa eso?
—Está bien, pero de eso me podría ocupar yo, ¿por qué dejarte a ti?
—Porque controlo las cantidades, aprendí mucho mientras me drogaba.
—Como quieras... trabajarás en el garaje de mi viejo, mezclando droga, pero de esto, ni una palabra a nadie.
—No soy tonto.
—Por si acaso... —el cabecilla sonrió con aires de superioridad y se dio media vuelta.

Carla seguía sumida en sus dudas sobre lo que sentía hacia Agus cuando escuchó que alguien tocaba la puerta. Era un señor que venía con dolor de cabeza. Carla le dio un medicamento y el señor marchó contento del consultorio, pero Carla seguía con la cabeza en otro lado. Así pasó todo el día y cuando llegó la hora de la cena, decidió pasarse por casa de Josefina, ya que le quedaba de paso hacia la suya.

—Buenas noches, señorita.
—Buenas noches Josefina, vengo a ver a su hijo, ¿está en casa?
—Sí, en su habitación, pase. —Josefina cerró la puerta cuando Carla entró y fue al cuarto de su hijo a tocarle la puerta. —Hay alguien aquí fuera que quiere verte, sal. —gritó Josefina y se fue a la cocina para dejar a su hijo y a la doctora a solas.
—¿Sí? —dijo Agus abriendo la puerta y cuando vio a Carla dijo: —Ah... eres tú, ¿qué quieres?
—Saber cómo estabas después de lo de esta mañana y saber cómo te había ido con el pago de la deuda.
—Bien, le pagué lo que faltaba, ya no tienes nada de qué preocuparte, y si lo que te preocupaba eran tus mil reales, que sepas que te los devolveré. Gracias por todo.
—Agus, sabes perfectamente que el dinero no es lo que me preocupa, eres tú y lo que esos te puedan hacer.
—No me harán nada, sigo siendo de la banda.
—¿Qué?
—Que sigo trabajando para ellos con la condición de no tener que consumir ni vender.
—Entonces, todo lo que has hecho por salir de ahí, se va a la mierda, ¿no?
—Pues sí, más o menos, sí.
—Pues no me parece justo, ni para ti, ni para mí, ni para tu madre, ni para Martín.
—¿Qué tienen que ver ellos en esto?
—Mucho Agus mucho, piensa, se acercaron a Martín en la plaza para decirle que tenías que pagarles o que te matarían, te vigilaron para saber si estabas consiguiendo el dinero o no o por si te ibas de la lengua con la policía. Esa gente es peligrosa, Agus, lo sabes.
—Lo era, porque le debía dinero, pero ahora no me harán nada.
—¿Y cómo sabes que no intentarán meterte en más líos?
—No creo que unos cuántos líos más me hagan tanto daño como lo que me dijiste esta mañana, además, seguro que tras el juicio voy a la cárcel seguro, así que no me importa tener unos cuántos delitos más en mi historial.
—Estás hablando sin pensar, por favor, sal de esa banda.
—Déjame en paz, Carla, no tienes ni idea de lo que he tenido que vivir, tú eres una niña pija de ciudad y yo un muerto de hambre, cuándo sepas lo que es necesitar pertenecer a una banda para sobrevivir, vuelve y dime que salga.
—Agus... —Agus cerró la puerta de su habitación y la dejó a ella en el salón donde tiempo atrás se dieron su primer beso.

Carla sintió un nudo en su garganta tan fuerte que fue incapaz de respirar por unos segundos, luego, el dolor se alivió con las lágrimas que derramó sin que Josefina o Martín la viesen y salió de la casa sin despedirse para que no preguntaran qué había pasado. Comenzó a correr calle abajo, giró a la derecha y siguió corriendo por toda la calle sin mirar si venía o salía algún coche o si había más personas mirándola, solo se paró delante de la plaza, observó con tristeza el lugar en el que se había escondido para escuchar a Agus hablar con la gente de esa banda y siguió corriendo hasta su casa.

La casa de la familia Almeida era totalmente acogedora, ella alquiló esa casa sin conocer la historia de los que allí vivieron, una familia trabajadora y luchadora por sus derechos cuando el pueblo era gobernado por caciques. Le gustaba observar las fotografías que la familia no se había llevado de la casa con la mudanza y se ponía a inventarse los nombres e historias de cada uno de ellos. Pero esa noche no tenía ganas de historias, solo de llorar y desahogarse. 

Se arrepentía de haberse encaprichado tanto con un joven al que apenas conocía, se arrepentía de haberle prestado un dinero que posiblemente jamás volviera a ver y se arrepentía, incluso, de haber llegado a ese pueblo. Si lo que quería era huir de la capital, podría haberse ido, pero a un lugar más civilizado y con más acceso a otros pueblos. Aunque esos pensamientos se debieran solo al despecho que sentía en esos momentos, sabía que no podía huir de ahí, que no podía huir de más sitios.

Se sentó en la cama y se quedó mirando fijamente al suelo, mientras las lágrimas caían. Lo que Carla no sabía es que la persona por la que lloraba también se encontraba sentada en la cama con la mirada perdida en el suelo dejando caer las lágrimas.

20 de junio de 2012

Coconut - I Capítulo: Confesión

Nuku Hiva tenía hermosas playas de las que Ulani solía disfrutar antes de ir a trabajar. Sus hermanos en cambio preferían dormir hasta el último minuto, madrugar para ellos era algo impensable, sobretodo para Ariki, que siempre se quedaba hasta tarde en algún ritual polinesio que recreaba para los turistas.

El sol todavía no había salido, pero ya olía a comida en la casa de los tres hermanos. Ulani había vuelto de su baño en el mar, se había vestido con el uniforme de trabajo y ahora cocinaba para sus hermanos un delicioso plato de sopa caliente y pescado frito.

Una vez que despertó a sus hermanos y desayunaron, fueron caminando al Hotel Hanakee. Entraron por la cocina y saludaron al resto de personal que estaba todavía desayunando, como siempre. Ariki atravesó la cocina seguido de Hori, dejando a su hermana trabajar. Cuando llegó a la recepción, comenzó a recibir a los huéspedes, junto a Hori, que se encargaba de enseñarles el hotel y llevarles las maletas a sus habitaciones y de mantener siempre la limpieza al día, controlando que ninguna habitación se quede sin limpiar al finalizar la jornada.

Esa mañana estaba comenzando a llegar un montón de gente que ocuparía casi todo el hotel y que se quedaría por más de una semana, sin duda, eso ayudaría a la economía de los tres hermanos. Ulani ya tenía su delantal puesto y comenzaba a preparar las mesas del comedor para servir el desayuno, su trabajo en el hotel consistía en servir la comida, un trabajo que hacía sin quejarse y sin descansar.

Cuando el desayuno estuvo listo, Ulani se apresuró a servirlo. Los huéspedes tenían la opción de servirse ellos mismos, lo cual hacía que cada uno se sirviera grandes cantidades de comida en el plato que luego desperdiciaban, así que la bandeja de comida tenía que ser respuesta cada veinte minutos, o menos. Al no tener contacto directo con los clientes, Ulani no se fijaba mucho en los huéspedes, pero esa mañana, había tanta gente, y era tan inusual, que se quedó mirando fijamente las mesas llenas de turistas. Al fijarse en los clientes se quedó con la cara de una guapísima turista rubia de ojos verdes, pelo corto y risueña. Era encantadora y Ulani se quedó inmóvil al verla.

—¿Qué haces ahí parada?
—Perdone, es que nunca había visto el comedor tan lleno.
—Sí, es cierto, hace años que yo no veía algo así, pero sigue trabajando.
—Sí señora.  —Ulani obedeció a la jefa de cocina y siguió llevando y trayendo bandejas de comida.

Una de las veces, Ulani volvió a mirar a ver si veía a esa chica tan guapa, pero no la encontró porque esa chica tan guapa que Ulani había visto estaba hablando en ese momento con Hori.

—Ha habido un error, él y yo, —dijo la chica rubia de ojos verdes señalando a su acompañante. —no somos pareja.
—¡Disculpe!, enseguida hago que traigan dos camas separadas.
—Vamos Morelia, vas a hacer trabajar a este chico desde tan temprano. —dijo el acompañante.
—Jarek, no vamos a compartir cama, lo sabes. —dijo ella tajante.
—Como quieras... —Jarek agachó la cabeza avergonzado.
—Entonces, dos camas individuales, ¿verdad?
—Así es. —dijo Morelia.

Morelia siempre había sabido que su compañero de clase sentía algo más por ella de lo que él quería aceptar. Estaba locamente enamorado de ella desde el primer día, pero ella jamás había sentido nada por él, ni siquiera había sentido algo por otro chico, simplemente, nunca había tenido novio ni nunca lo había necesitado.

El desayuno había terminado y era hora de recoger el comedor, lavar los platos y preparar el almuerzo. Había carne de cerdo y de ternera, había lasaña, había arroz, había ensalada y mucha comida más que preparar antes de dos horas, que era cuando abrían de nuevo el comedor. Pero Ulani trabajaba tanto y tan rápido que sus compañeras acababan pidiéndole ayuda mientras ella descansaba esperando a que la comida se gratinara o a que se terminara de freír, ella siempre tenía algo que hacer.

—Ulani, prepara las mesas y pídele a tu hermano que te busque a alguien para limpiar el suelo, que los huéspedes lo han dejado todo sucio.
—Ahora mismo. —dijo Ulani y salió en busca de Hori.

Ulani sabía perfectamente que su hermano pequeño estaría ocupado, pero necesitaba que alguien la ayudara a limpiar porque sino no terminaría nunca de limpiar. Cuando se lo encontró en recepción, corrió hacia él para pedirle ayuda.

—¡Hori!, menos mal que te encuentro.
—¿Qué pasó?
—Nada, nada, pero necesito a alguien que baje conmigo al comedor y me ayude a limpiarlo.
—Uli... —así le decían Ariki y Hori a su hermana. —estoy liado con una huésped que quiere dos camas individuales y no una de matrimonio, y encima no encuentro a nadie que me pueda ayudar a mí, me verás cargando las camas por el ascensor como no encuentre a alguien.
—Y a mí me verás limpiando el comedor mientras Inas lo abre para que entren los clientes.
—Está bien, me ocuparé de ti, mientras, ve a limpiar y enseguida baja alguien a ayudarte.
—Gracias Hori, te debo una.
—Más bien mil, pero bueno... —Hori se echó a reír y luego salió corriendo en busca de alguien que pudiera ayudar a su hermana y de alguien que pudiera ayudarle a él.

Mientras tanto, Jarek buscaba a alguien que también lo pudiera ayudar a él a organizar una cena romántica en el comedor del hotel dónde pretendía declararle su amor a Morelia.

—¿Ulani?
—Sí, soy yo, ¿eres la que me va a ayudar con este desastre?
—Sí, tu hermano me ha encargado que baje, la verdad es que me lo hubiera pensado de saber que esto estaba así —la chica sonreía mientras miraba las mesas.
—¡No hay ni un mantel limpio!
—Tranquila, empezaremos por el suelo, los manteles los lavaremos y si no se secan antes del almuerzo, pondremos otros limpios.
—No hay tantos, siempre hay una docena o poco más de repuesto, pero no da para todas las mesas.
—Bueno, ya veremos cómo lo hacemos, ahora vamos a ponernos manos a la obra.

Ulani obedeció y entre las dos consiguieron dejarlo todo limpio antes de la hora del almuerzo, con la ayuda de Inas, consiguieron un juego de manteles que estaba guardado y que bastaba para todas las mesas. Las bandejas con comida ya estaban sirviéndose y solo faltaba rellenar la máquina de refrescos de la entrada.

—Menudo día, estoy agotada. —se quejó Ulani sentándose en una silla.
—Pues lo siento. —dijo Inas, la jefa de cocina. —Esta noche tendrás que hacer turno doble para atender a unos clientes que quieren un poco de intimidad en la cena.
—¿Intimidad?
—Por lo visto él le quiere pedir matrimonio a ella, así que estaremos todos aquí  para celebrarlo cuando la chica dé el sí.
—Está bien, ¿mis hermanos también se quedarán?
—No, ellos no son camareros. —dijo Inas antes de darse media vuelta y salir por la puerta.

El almuerzo se sirvió con tranquilidad, pero Ulani no pudo salir de la cocina porque tenía que seguir trabajando. Se encargaba de cocinar más comida para reponer las bandejas dentro de unos minutos y no daba abasto, así que no pudo ver de nuevo a Morelia que comía en una mesa cercana a los ventanales del comedor junto a Jarek que no paraba de mirarla imaginándose lo feliz que sería si esa noche ella le correspondía.

Los huéspedes que entraron a comer los primeros se fueron yendo y comenzó a entrar el resto. El comedor volvió a llenarse en segundos y las bandejas tuvieron que ser repuestas con rapidez. Cuando los últimos huéspedes salieron del comedor, llegó la hora del almuerzo de los trabajadores. Todos los camareros se reunieron alrededor de una mesa y comieron de la comida que había sobrado de la segunda tanda de bandejas. Ulani y todos los que se quedarían esa noche hasta tarde debían comer bien porque no tendrían tiempo de cenar a la noche.

—Estoy cansadísima Jarek, esta noche no me apetece fiesta.
—Pero vamos Morelia, estamos de viaje en Nuku Hiva, tenemos que disfrutar.
—Disfrutaré durmiendo, créeme.
—¿Pero no lo entiendes? Cuando regresemos a Polonia ya tendrás tiempo de dormir, ahora tenemos que bailar, beber, reír y.... —Jarek enmudeció.
—¿Qué más?
—Enamorarse, este lugar es idóneo para enamorarse.
—No digas chorradas Jarek y si quieres que baje esta noche a la fiesta del hotel, tendrás que dejarme dormir toda la tarde.
—Está bien, te despertaré para la fiesta.
—Gracias. —Morelia se abrigó con una fina sábana y se quedó dormida en segundos.

Llegó la noche y la cena de los huéspedes ya estaba servida. Ulani se encargaba de preparar una mesa especial, con velas y apartada del resto. Incluso había un pequeño jarroncito con rosas recién cortadas del jardín de al lado de la piscina. Cuando los huéspedes terminaron de cenar, Inas se encargó de cerrar el comedor hasta la llegada de la, según ella, feliz pareja.

Era el momento de elegir al camarero o camarera que se encargaría de quedarse a la vista de los enamorados para servirles en todo, mientras, el resto, se quedaría en la cocina terminando la jornada. Entre las camareras con más experiencia estaba Ulani que llevaba más de siete años siendo camarera y, como ese día, había trabajado tanto, Inas decidió recompensarla dejándola al cargo de la feliz pareja y no limpiando platos en la cocina.

Así que Ulani se quitó el delantal y la rejilla del pelo que usaba para cocinar. Inas y el resto de camareros y camareras se fueron a la cocina y en cinco minutos, bajaron al comedor Jarek y Morelia.

—Buenas noches. —dijo Jarek con una amplia sonrisa.
—Bue... nas noches. —respondió Ulani con dificultad tras ver quién era la feliz enamorada. —Vuestra mesa es esta de aquí.
—Gracias. —respondió Jarek de nuevo con una sonrisa.
—Jarek, dame un motivo para no enfadarme contigo y salir de aquí corriendo.
—El motivo es que te amo, Morelia, desde que te conocí. —respondió Jarek en voz baja, pero lo suficientemente alto como para que Ulani lo escuchara.
—¡Pero yo a ti no!, ¡Jamás te he dado motivos para que pienses eso!
—¿Cómo qué no? Sé que intuías que me gustabas y aún así dejaste que siguiéramos siendo amigos y aceptaste venir aquí conmigo de viaje.
—Porque era un viaje entre dos amigos que querían celebrar que habían acabado la carrera, no un viaje de enamorados, Jarek, porque yo no estoy enamorada de ti.
—Pero, ¿por qué?
—¡Porque no puedo!
—¿Qué?
—No puedo enamorarme de ningún hombre, prefiero... prefiero a las mujeres. —Morelia se ahogó en sollozos y salió corriendo del comedor.

Ulani la vio marchar entre lágrimas y su corazón se encogió de tristeza, sabía lo duro que tenía que ser para ella confesar eso porque ella también conocía ese dolor, el de esconder lo que sientes por miedo a ser rechazada o a quedarte sola para siempre.

18 de junio de 2012

Tropical fantasy - Epílogo

Cuatro años más tarde

Ethan estaba muy nervioso, era la primera vez que Chloé tocaría una canción propia delante de un público tan exigente, pues eran ni más ni menos que pianistas profesionales, pero ella no parecía asustada, todo lo contrario. Chloé siempre había sabido ponerse metas a sí misma y cumplirlas a la perfección, era un persona muy tranquila y si estaba nerviosa, no lo dejaba ver.

Esa tarde hacía frío y Chloé estaba mirando qué abrigo ponerse con el conjunto que tenía elegido desde hacía semanas. Su vestido era rojo de pedrería y tenía un bonito escote por la espalda, Chloé lo sabía conjuntar con unos preciosos zapatos también rojos y con su larga melena anaranjada peinada a un lado y recogida en un bonito lazo. Pero de todos los abrigos que tenía, no sabía cuál podía combinar con el vestido.

La casa en la que vivían ahora Ethan y Chloé estaba en Miami, el lugar donde se conocieron y dieron rienda suelta a su pasión por primera vez. Paseaban a menudo por el mismo paseo marítimo y tomaban siempre los mismos refrescos en los mismos bares. Parecía que el tiempo no hubiese pasado para ellos y que siguieran viviendo como hacía cuatro años, pero ahora lejos del bullicio de la ciudad de Nueva York.

Chloé por fin dio con un abrigo negro de piel sintética que quedada muy bien porque le cubría todo el cuerpo, así nadie vería su espectacular vestido hasta que no se lo quitara para salir al escenario.

Ethan estaba esperando en el coche a que Chloé acabara de arreglarse y bajara, mientras tanto, escuchaba música en la radio y cantaba en voz baja para olvidar sus nervios. Cuando Chloé tocó la ventanilla del coche, Ethan se sobresaltó y abrió los ojos.

—¿Te habías quedado dormido?
—No, estaba intentando relajarme con la música.
—Pues parecía que estabas en el quinto sueño, oye, ¿te gusta el abrigo?
—Sí, te queda bien. —Ethan arrancó el coche y dio marcha atrás para salir del aparcamiento.
—¿Sigues nervioso?
—Sí, ¿tú no?
—Creo que no lo estaré realmente hasta que no vea a toda la gente del público.
—Bueno, cuando estés allí, será tarde para tener nervios, en ese momento tienes que tener la mente en blanco y solo pensar en tu canción y en hacerla tan bien como hasta ahora.
—Lo sé, lo sé, tranquilo.

El piano estaba listo, Chloé era la primera en actuar y salió al escenario con su vestido rojo. Tras el aplauso, se sentó en la butaca y comenzó a acariciar el piano con los ojos cerrados, era su modo de concentrarse. En seguida tocó la primera tecla y se dio cuenta de que ya no había marcha atrás, ahora tenía que seguir tocando hasta el final con concentración y, como había dicho Ethan, mente fría.

El sonido del piano envolvía toda la sala, los más críticos fruncían el ceño y los demás disfrutaban con la melodía. Minutos más tarde, Chloé se levantó de la butaca e hizo una reverencia de agradecimiento al público, seguidamente el público la aplaudió y una mujer de unos treinta años salió al escenario a presentar al siguiente pianista. Mientras, Chloé salía del escenario por un lateral para encontrarse con su profesora, que había ido a verla. Ésta la felicitó y Chloé pudo darse por satisfecha, su debut como pianista había sido un éxito.

Ethan esperaba a su novia sentado entre el público de las cinco primeras filas, pero Chloé no recordaba cuál. Cuando lo encontró, se sentó a su lado y le cogió la mano muy fuerte. Escucharon al resto de pianistas y por fin, cuando todos habían tocado, volvieron a subir al escenario para escuchar quién sería el ganador y por tanto quién se llevaría un premio: tocar en el mejor anfiteatro de Londres acompañado del mejor pianista del mundo, Lang Lang.

Y nerviosa, Chloé miró a la pantalla donde aparecería el nombre del ganador y pudo leer el nombre de otro concursante, y no el de ella. Una lágrima de frustración recorrió todo su rostro, pero nadie pudo percatarse porque ella seguía aplaudiendo y sonriendo por su compañero. Y cuando estuvo fuera del escenario, Ethan corrió a consolarla.

—No tenía que haberme hecho ilusiones con Londres.
—Te equivocas, has logrado actuar aquí y eso ya es mucho.
—No lo es.
—Sí lo es, además, el hombre que estaba sentado al lado mío, me dijo que el ganador lleva presentándose cinco años consecutivos a este concurso.
—¿Cinco años?
—Sí, ¿lo entiendes? Tú hace cinco años no sabías tocar el piano, y en todo ese tiempo has logrado más que él.
—Aún así, yo quería conocer a Lang Lang y trabajar con él en Londres.
—Tendrás más oportunidades, de momento, puedes seguir trabajando desde casa con tu profesora y si quieres, podemos contratar a más gente para que practiques.
—Gracias, pero no hace falta, además, tampoco podré presentarme el año que viene.
—¿Por qué?, ¿estás pensando dejarlo?
—No lo pienso, tengo que hacerlo.
—No te entiendo.
—Ethan, ¿tú me quieres?
—Claro, ¿a qué viene eso?
—¿Te acuerdas de hace tres años cuando me quedé embarazada?
—Cariño, eso fue muy triste, no lo recuerdes.
—Sí lo recuerdo, aborté porque pensaba que no podía hacerme cargo de ese bebé y llevo tres años arrepintiéndome de esa decisión.
—¿Es por eso por lo que necesitas un descanso?
—No, no es por eso.
—¿Entonces?
—Vuelvo a estar embarazada, Ethan.
—¡¿Qué?!, ¿por qué no me habías dicho nada antes?
—Porque lo supe hace dos semanas, y estabas nervioso con lo de esta noche y no quería darte más preocupaciones.
—No hubiese sido una preocupación.
—Da igual, el caso es que este bebé quiero tenerlo, Ethan, lo quiero. —Chloé rompió a llorar.
—Vale, tranquila, lo tendremos, si yo estoy feliz.
—Por eso quiero tomarme un descanso, para poder cuidar a mi hijo como se merece, ya que sus abuelos maternos no están y los paternos viven a kilómetros de aquí...
—Está bien, pero siempre podemos trabajar desde casa. Yo puedo pintar en mi despacho y tú tocar el piano en el salón, incluso modelar, en las fotos saldrías muy atractiva embarazada.
—Ya... es una pena que Tom no esté con nosotros para celebrarlo, le hubiese gustado ver nacer a mi hijo.
—Sí, pero las enfermedades del corazón son muy peligrosas, y más si eres una persona tan nerviosa como Tom.
—Aún así, siempre se portó bien con nosotros, y cuando nos sacaron aquellas fotos en el Central Park, se enfadó muchísimo, ¿recuerdas?
—Como para olvidarlo.
—Pero nos pidió disculpas, nos admitió de nuevo en su equipo y se encargó de limpiar nuestra imagen, por segunda vez y nos ayudó cuando se enteró de que había abortado.
—Lo sé, oye, ¿qué te parece si le ponemos Tom al bebé?
—¿Y si nace niña?
—Si nace niña no sé, pero, ¿te gusta la idea?
—Me encanta.

Ethan y Chloé salieron cogidos de la mano hacia el coche y regresaron a su casa. Comenzaba a llover y tenían frío, así que se abrigaron con un edredón y dejaron escapar algunas risas antes de comenzar a desnudarse. Las risas se convirtieron en gemidos cada vez más fuertes, Chloé estaba feliz, pese a no haber ganado el concurso y se notaba. Ethan estaba también feliz, saber que iba a ser padre le encantaba, aunque tres años atrás, tuviera que aceptar la decisión de Chloé porque no tenían dinero ni trabajo.

Chloé se agarró con fuerzas a las sábanas de su cama y siguió moviendo sus caderas hacia arriba y hacia abajo, manteniendo el ritmo y la constancia, y Ethan, encantado de no tener ni que moverse, porque Chloé lo hacía todo.

Al amanecer, Chloé estaba en el baño limpiándose la boca después de vomitar, Ethan dormía profundamente ajeno a todo y Tom crecía dentro de su madre a gran velocidad. En el despacho de Ethan había varias obras valoradas por muchos miles en las grandes galerías de arte que Ethan presentaría dentro de dos días. El piano de Chloé seguía esperando que ella lo tocara, pero en esos momentos, Chloé prefería modelar y sentirse guapa después de verse vomitando a cada hora.

Cuando Ethan presentó las obras a subasta, ganó tantísimo dinero que en seguida contrató a un carpintero para que hiciera una cuna a su bebé que fuera sorpresa para Chloé. La cuna era única, una cuna de gran tamaño y pintada de varios colores. Le compró a Chloé algunas joyas y encargó para él las mejores pinturas del mercado.

El éxito de las fotos de Chloé con su barriga de pocos meses de embarazo fue un hecho, tal y como había predicho Ethan. Su casa había sido remodelada y ahora parecía de revista. El cuarto de su pequeño Tom, estaba siendo pintado con dibujos en las paredes y en el techo. El armario ocuparía gran parte de una de las paredes y el niño tendría escondite propio con un pasadizo "secreto" dentro del armario.

Los meses siguieron pasando y Chloé ya estaba a punto de parir, Ethan, como siempre nervioso y su casa, por fin parecía una casa. No eran solo muebles en cuatro paredes, eran los colores de esas cuatro paredes, la fotografías que colgaban en ellas, los recuerdos de cuando compraron los muebles, etc. Era toda una casa personalizada, al gusto de Ethan, mayoritariamente.

—Estoy nervioso, Chloé.
—Lo sé, siempre lo estás.
—¿Estás segura de que estás bien?
—Ethan, solo me cuesta levantarme del sillón, pero porque la barriga me pesa tres kilos y medio más.
—¿Te ayudo?
—No, ya puedo sola. —Chloé hizo un esfuerzo y se puso de pie.
—¿Qué es esto? —Ethan señaló a una mancha roja del sofá. —¿Es sangre?
—¡Mierda!, Ethan, he roto aguas.
—¿Ya? Pero si el médico dijo...
—¡Ethan!, se adelantó, ¿no ves? Date prisa.
—¿Qué quieres que haga?
—¿Llevarme al hospital?
—Claro...

Los nervios de Ethan ponían más nerviosa a Chloé, por eso, Chloé prefirió que Ethan se quedara fuera a la hora del parto.

—Esto no va a salir bien si no empujas más fuerte.
—¡No puedo más!
—Sí que puedes, venga. —Chloé hizo el último esfuerzo y cayó inconsciente en la camilla.
—El bebé está fuera, reanimad a la madre, vamos.
—No reacciona, ¿qué hago?
—Llama al doctor, no la podemos perder. —la matrona salió de la habitación donde estaba Chloé y Ethan la interrumpió.
—¿Mi novia está bien?, ¿y el bebé?
—El bebé está bien, pero ella se ha desmayado y no reacciona, aunque no es grave.
—¿Puedo verla?
—No, usted quédese aquí. —Ethan obedeció aunque se moría de ganas por saber cómo estaba Chloé.
—Doctor, lo siento mucho, ya ha vuelto en sí.
—Bueno solo fue un susto, me alegro de que esté todo bien. —dijo el doctor antes de marcharse de nuevo.
—¿Doctor?, ¿qué ha pasado?, ¿por qué sale tan rápido?
— Su mujer ha vuelto en sí, tranquilo. —Ethan sonrió y la matrona de antes salió con el bebé en brazos.
—Hola Tom... llevaba meses queriendo conocerte.
—¡Ethaaan!, ¡Ethaaan! —Chloé gritaba de dolor a la única persona que tenía en el mundo.
—Cariño, tranquila, ya está todo bien, ¿vale?
—Sí, pero quédate conmigo.
—Siempre.

17 de junio de 2012

Disunity - Introducción

Soraya es una madre de familia que ha tenido que cuidar siempre sola de su única hija, Nadia. Durante muchos años, Soraya siempre estuvo sola, pero cuando su hija cumplió catorce años, decidió mudarse de casa y al hacerlo, conoció a un hombre del que se enamoró perdidamente. Ilusionada de nuevo por la vida, Soraya se dejó engañar por Alexis, un guapo policía que sacaría a su hija adolescente de muchos líos.

Nadia estaba cansada de sus estudios, de su novio, de sus amigas superficiales, de sus profesores y de que su madre no la comprendiera, ni hiciera el esfuerzo en comprenderla. En cambio, Alexis era tan amable, la ayudaba siempre a salir de tantos líos y la trataba siempre como si fuera ella su novia y no su madre, que se sintió atraída por él. Muy joven, enfadada con el mundo, llena de problemas y de resentimiento hacia su madre, se dejó llevar y juntos, Alexis y Nadia, cruzaron una línea muy peligrosa.

10 de junio de 2012

Red Velvet - II Capítulo: Pago

La luz de la habitación contigua al salón se encendió y Carla y Agus se separaron automáticamente. De la habitación salió Josefina con una bata y descalza, en busca de un vaso de agua a la cocina.

—¿Todavía aquí señorita?
—Sí, nos entretuvimos, pero ya me voy.
—Bueno, pero ya es tarde, ¿dónde vive usted?
—En la antigua casa de los Almeida.
—No, pero eso está muy lejos para ir sola y de noche.
—Bueno, no me queda de otra.
—Le diría a mi hijo que te acompañe pero no está él en condiciones, así que le pido a usted que se quede en mi casa. Somos pobres, pero dormirá bien y estará cómoda con nosotros.
—No lo dudo, pero en mi casa tengo mi ropa y mis cosas, y pretendía darme una ducha...  —Josefina la interrumpió.
—Señorita, yo no la voy a obligar a nada, pero no me gustaría que le pasase nada malo de camino a casa. Aquí todos los mayores somos buena gente, pero los jóvenes ya va viendo cómo son.
—Bueno, está bien. Tiene usted razón, aunque en Brasilia iba sola por la calle de noche y nunca tuve problemas.
—Como usted quiera, pero si decide quedarse, aquí tiene una cama, una ducha y lo que quiera. Mi hijo se encargará de enseñarle dónde dormirá, yo me voy a descansar.  —Josefina se dio media vuelta y entró en su habitación.
—Si quieres puedes dormir en mi habitación...  —Carla se puso roja.  —Hay dos camas.
—Bueno, ¿pero no hay otro lugar?
—A no ser que quieras dormir en el garaje con Nano.
—Vale, dormiré contigo.  —Carla agachó la mirada.
—Prometo que no ronco.  —Agus hizo que Carla sonriera levemente.
—Eso espero, me muero de sueño, no me gustaría tener que soportar a alguien roncando a mi lado.
—¿Todavía te gusta estar en este pueblo?  —preguntó Agus cuando ya habían entrado en la habitación.
—Sí, no se está mal. Me gusta la amabilidad de la gente, puedo sentirme acogida en este pueblo como si llevara en el media vida y solo llevo dos días.
—Sí, somos así siempre, lo único, lo que dijo mi madre sobre la juventud. Las drogas destruyen a cualquiera, si a eso le sumamos la pobreza, es una bomba de relojería.
—Lo sé, pero yo no tengo miedo, me he quedado para no hacerle el feo a tu madre.
—Mentirosa, te has quedado por mí.
—¡Claaro! Será eso.  —Carla sonrió por fin y Agus la abrazó inesperadamente. Acarició sus rizos negros y su espalda morena y se acercó a su oído para susurrarle.
—Me gusta que te hayas quedado aquí a dormir.
—Creo que a mí también me va a gustar.  —Carla sonrió y tomó ella la iniciativa de dar el segundo beso.

El beso cada vez fue más intenso y sus lenguas, tímidas, se encontraron por fin desatando la pasión de ambos. Agus la acercó a su cuerpo por la cintura y ella le agarró el pelo. La piel se les erizó y la mirada se les iluminó, felices y ansiosos por conocerse más íntimamente, Carla bajó sus manos a su cintura y agarró su camiseta tirando de ella hacia arriba. Cuando la tiró al suelo, su piel morena brillaba con la luz de la lámpara de la mesa de noche que Agus tenía encendida. Agus tocó su espalda, una y otra vez, suave, delicada y sensual. Agus siguió bajando sus manos hasta la cadera de Carla donde tocó el pantalón vaquero y ceñido de ella. Carla se moría de ganas por saber cómo era el tacto de la piel de Agus, le quitó la camiseta y vio la herida que seguía tapada con unas gasas y se preocupó por si lo que iba a pasar podía hacerle daño.

—¿Te encuentras bien?
—Claro, estoy estupendamente. —mintió Agus con poco éxito.
—Es que tienes la herida todavía muy reciente, no ha cicatrizado y los puntos podrían...
—Lo sé, lo sé, pero no va a pasar nada. —Agus volvió a posar sus manos en la cintura de ella.
—Lo siento, no quiero arriesgarme a tener que operarte de nuevo por mi culpa.
—Pero...
—Pero nada, esta noche solo dormiremos.
—¿Eso significa que habrá otras noches? —preguntó él con una sonrisa.
—Todo depende de lo que pase mañana en el pago de los ochocientos reales.
—No me asustes más de lo que estoy.
—Perdón, ¿puedo dormir a tu lado?
—¡Claro!

La cama era estrecha, para una sola persona, pero Carla se acostó de lado y posó su cabeza sobre el hombro de Agus, su mano izquierda en su pecho y su pierna izquierda la levantó levemente y la dejó encima de las piernas de Agus. Él, levantó su mano derecha y alcanzó el interruptor de la luz, la apagó y se dejaron dormir.

A la mañana siguiente, todos estaban nerviosos. Agus y Carla desayunaron unas tostadas con miel de palma y leche caliente que había preparado Josefina. Martín se levantó más tarde y se dio una ducha antes de desayunar. Cuando Martín salió de la ducha, Agus y Carla ya salían de la casa.

—Mamá, voy a acompañar a Carla a su casa. —mintió de nuevo Agus.
—Vale, hijo. Vaya con Dios señorita, espero que haya pasado buena noche.
—Sí, una casa muy acogedora. —Carla sonrió amablemente.
—Bueno, tenemos que irnos ya que Carla tiene mucho trabajo.
—Adiós. —dijo Martín mientras se despedía con una mano y con la otra se llevaba una tostada a la boca.
—Adiós Nano. —dijo Agus y tiró de Carla hacía el exterior.
—¿Dónde tenemos que ir ahora?
—¿Tenemos? Ya te dije anoche que iré yo solo.
—Pero te puede pasar algo.
—Pues que me pase a mi solo, ¿entendido? Y si no nos pasa nada, pero te ven a mi lado, la próxima vez que quieran algo de mí, irán a por ti.
—Como hicieron con Martín en la plaza.
—¿Con Nano?, ¿qué pasó en la plaza? —Carla enmudeció. —¡Dime!
—Nada... le dijeron que si no pagabas hoy, te matarían. —Agus maldijo en voz baja. —Pero no lo amenazaron a él.
—Lo mismo me da, lo asustaron y solo es un niño de doce años.
—Lo entiendo... pero tranquilízate. Ahora tenemos... tienes... que ir al punto de encuentro, ¿dónde es?
—Me imagino que en la plaza donde casi me matan.
—Suerte. Ya sabes que tienes que convencerles de que serás capaz de devolverles el resto en poco tiempo.
—Sí, lo sé. Ahora marcha a tu casa, nos vemos esta tarde.
—Está bien, adiós.
—Adiós. —y Agus marchó dejando a Carla sola, esperando un beso de despedida.

A pesar de las advertencias de Agus, Carla tenía pensado seguirle hasta la plaza. Caminó hacia la calle de enfrente donde había un solar vacío, se escondió y esperó. Cuando Agus cruzó la calle hacia la derecha, Carla salió del solar y siguió el mismo camino que había seguido Agus, pero se detuvo en la esquina a mirar si tenía sitio donde esconderse. Encontró un coche detrás del cuál no sería vista porque era muy grande. Cuando Agus parecía diminuto de lo lejos que estaba, volvió a girar a la derecha y llegó a la plaza. Entonces Carla salió de detrás del coche y comenzó a correr hacia allí.

—¿Tienes el dinero? —escuchó Carla detrás de un muro de una casa abandonada.
—Tengo ochocientos reales.
—¡Me tienes que pagar mil!
—Lo sé, pero cuando me apuñalaste no tenía ni medio real. Puedo conseguir el resto en poco tiempo.
—¿Y qué has hecho para conseguir el dinero tan rápido? —Carla se asustó con la pregunta, ¿la nombraría a ella?
—Mi madre tenía unas joyas que fueron de mi abuela y las vendí, con eso conseguí la mitad y la otra mitad la conseguí vendiendo algunos medicamentos que robé en el consultorio cuando la doctora me dejaba solo.
—¡Vaya! le robas en su consultorio y luego la invitas a que pase la noche en casa, ¿no?
—¿Tú como sabes eso?
—Porque te vigilamos, y sabemos que no te has movido de tu casa ni del consultorio para vender ninguna joya.
—Está bien... no quería admitirlo, pero lo he robado del bolso de mi madre.
—¿Para qué tenía tu vieja tanto dinero en el bolso?, Si sois pobres. —todos rieron.
—Sí, pero tenía que pagarle el colegio a mi sobrino y... se lo robé.
—¡Vaya, vaya con Agustín! Nos ha salido ratero de verdad.
—No tenía otra opción, ¿o sí?
—Pues lo cierto es que no... ¿y los doscientos que faltan?
—No los verás si me sigues vigilando, a mí y a mi familia.
—Ratero y gallito, eres toda una caja de sorpresas. —todos se rieron de Agus por su atrevimiento, pero el cabecilla cedió.
—Está bien, no te vigilaré más. Pero los doscientos los quiero ver pasado mañana.
—Así será. —el cabecilla de la banda se dio la vuelta y comenzó a andar y los chicos que le acompañaban, salieron detrás de él, en dirección contraria a Carla, en cambio Agus, se echó a andar hacia la casa abandonada.
—¿Qué haces aquí?
—Tenía que saber lo que pasaba, estaba preocupada.
—¡No te das cuenta de que podrían haberte visto!
—Pero no lo hicieron, y ahora sí puedo irme a casa tranquila. —Carla se fue y lo dejó solo.
—¡Espera!, ¡espera! —Agus comenzó a gritar y a correr detrás de ella.
—¿Qué quieres?
—Saber por qué estabas tan preocupada por mí.
—¿No es obvio? Después del beso en el salón, de la noche que pasamos juntos... ¿no te das cuenta?
—Es que... me resisto a creer que haya una persona interesada en mí.
—Pues acostúmbrate- —y Carla le besó cariñosamente en los labios.
—Vamos, te acompaño a casa.
—Vale. —ambos sonrieron y comenzaron a caminar cogidos de la mano.

8 de junio de 2012

Tropical fantasy - VI Capítulo: Juntos

[Capítulo final]

Una semana después

—Chloé, ¿cómo te sentiste después de ver las fotos en Internet?  —preguntó la presentadora.
—No lo sabría explicar, la verdad es que es difícil para cualquier persona que tenga un poco de fama, tener vida privada. Yo ni siquiera me considero famosa, soy una chica cualquiera que posa para revistas de moda, y, aún así, me persiguen por medio país, me sacan fotos a escondidas y las publican sin mi consentimiento. Así que se puede decir que me sentí y me siento acosada.
—¿Es cierto que después de que esas fotos fueran colgadas en Internet, Tom, el fotógrafo más prestigioso del país con una larga carrera en todo el mundo, te dijo que ya no quería trabajar contigo?
—Sí, es cierto. Tom es un hombre que como bien has dicho, tiene un alto prestigio y no podía correr el riesgo de quedar en ridículo por mi culpa, una vez más.
—Me gusta que hayas sacado tú el tema, Chloé, con eso de "una vez más". Todos aquí recordamos lo mal que lo pasaste cuando otras fotos tuyas, esa vez en un desnudo integral, fueron publicadas en una red social muy conocida.
—Sí, lo pasé mal y el único apoyo sincero que tuve fue el de Tom, pero esto es diferente. Si todos recuerdan las fotos me imagino que también recordarán que permití que me las sacara mi novio porque era mi novio y porque iban a ser totalmente privadas, pero él me traicionó. Esto es cambio, es muy distinto, se trata de una persona ajena a mí que me ha estado persiguiendo por todo Nueva York con el único propósito de sacarme una foto comprometida y cuando lo consiguió, permitió que todos pudieran verlas.
—Aún así, ¿no crees que fue imprudente lo que hiciste?
—No, para nada. Estábamos en un parque a oscuras, a mitad de la noche, sin nadie alrededor, o eso creíamos nosotros, y con ganas de pasar un momento íntimo y romántico en un lugar tan bonito como Central Park.
—Es cierto, es un lugar bonito y romántico, pero aunque tú no te creas famosa, lo eres, ¿no piensas que quizá deberías haber esperado a llegar a un lugar privado para hacer eso?
—No, sigo pensando lo mismo que antes. Si estábamos solos y era de noche, ¿por qué no? Nadie iba a molestarse porque nadie nos estaba viendo. Además, solo fueron unas cuantas caricias, unos besos apasionados y poco más. Lo que me parece mal es que alguien se dedique a perseguir a las personas y a sacarles fotos en sus momentos de intimidad.
—Bueno Chloé, nos ha quedado claro tu punto de vista, hacemos pasar ahora al otro perjudicado, al ya conocido pintor y modelo, Ethan.  —Ethan entró en plató y se sentó al lado de Chloé cogiéndola de la mano.  —Bienvenido Ethan, ¿cómo te sientes después de todo lo que ha pasado?
—Bien, bueno, esto ha sido difícil para Chloé porque ha perdido su trabajo, pero, yo le he prometido que siempre podrá contar conmigo y que yo nunca la traicionaré, y así será.
—¡Qué romántico!, pero Ethan, cuéntanos qué tal tu experiencia como modelo.
—Muy buena, sinceramente, inmejorable. Conocí a una bella modelo y bella persona que está sentada aquí a mi lado y tuve la oportunidad de darme a conocer en esas revistas, y, afortunadamente, las ventas de mis obras en las galerías de arte están siendo muy buenas.
—¿Podríamos afirmar que las fotos en el parque con Chloé son las que te han dado la fama?
—Espero que no, me gustaría más pensar que han sido las fotos de la revista. Quiero que la gente me conozca y vea cómo soy de verdad y que cuando vea un cuadro mío sepa sin ver la firma que lo he pintado yo y que lo compre. Y si compran mis cuadros por las fotos en el parque, es que no están conociéndome tal y cómo soy.
—Pues cuéntanos cómo eres, Ethan.
—Soy sencillo, trabajo duro para conseguir terminar los cuadros, paso noches en vela retocando algunos detalles e intento ser crítico conmigo mismo. Soy perfeccionista y minucioso en mi trabajo, y eso es lo que cuenta. Soy algo bohemio y nostálgico y lo reflejo en mis cuadros inspirándome en mi adolescencia, pero también intento no mirar mucho hacia el pasado y centrarme en crear cuadros modernos y frescos que la gente quiera comprar.
—Vives por y para tu trabajo, se puede decir, ¿no?
—Exacto, amo mi profesión al igual que Chloé ama la suya y no es justo que se haya quedado sin trabajo por dejarse llevar en un momento de pasión.
—Vaya, has tenido mucha suerte conociendo a este chico, querida.  —la presentadora se dirigió a Chloé y ella le dedicó una sonrisa falsa.
—Yo también la tuve al conocerla a ella: es noble, inteligente y guapa. Creo que cualquier diseñador o fotógrafo la querrá trabajando para él, porque es muy buena frente a las cámaras.
—No lo dudo.  —la presentadora sonrió de una manera al decir eso que a Chloé le pareció ofensivo.
—Además,  —prosiguió Ethan.  —no es la primera ni será la última modelo en tener problemas de este tipo, incluso las ha habido con problemas peores, y siguen modelando para las mejores firmas de ropa.
—Ahí tienes razón, Ethan. Creo que Chloé tiene mucho potencial que explotar y desde aquí reitero tus palabras de que cualquier diseñador, fotógrafo, o apasionado de la moda, querrá tenerla trabajando para él, al igual que estoy segura de que cualquier apasionado de la pintura y del arte en sí, querrá tener una obra tuya en su salón o despacho.
—Muchas gracias.  —concluyó Ethan.
—Muchas gracias a ti. Chloé, un placer tenerte aquí.
—Gracias, el placer ha sido nuestro, que por fin hemos podido explicarnos con claridad.

Chloé salió del plató junto a Ethan y después de atravesar un largo pasillo lleno de cámaras de televisión, cables y cajas de cartón, llegó a las escaleras que la conducirían hasta la calle. Andaba deprisa, con ansias de salir de aquel lugar y Ethan la seguía como podía, sin atreverse a preguntarle si estaba bien, porque conocía la respuesta: no.

Una vez en la calle, caminaron poco más de un minuto hasta llegar al coche de Ethan y se subieron dentro, todavía sin hablar. Ethan arrancó el coche y se incorporó a la carretera. El tráfico era fluido, pero había una gran cantidad de semáforos. En el segundo semáforo, Ethan se atrevió a hablar:

—¿Cómo estás?
—Relajada, aunque no lo parezca.
—Te sentó bien dar tu punto de vista, ¿verdad?
—Sí, decir que simplemente era un momento íntimo, nuestro y nada más que nuestro, me sentó bien. Y también decir que ese paparazzi no tenía derecho a sacarnos fotos sin nuestro permiso y publicarlas en Internet.
—Ahora la gente te comprenderá, no toda, siempre habrá un grupo de personas que te criticarán, pero la mayoría ahora lo verá todo con tus ojos.
—Si no es el público el que me preocupa, son los que me van a contratar. Tengo miedo de que jamás lo hagan.
—Lo harán, hay modelos a las que se les ha visto drogarse, y siguen modelando. Tú, por esas fotos, no vas a tener problemas.
—Eso espero, sabes que modelar es mi pasión, y lo único que sé hacer.
—Oye, eso no es cierto, has avanzado mucho en tu curso de piano, la profesora que tienes dice que tienes buen oído para la música y que aprendes canciones difíciles en menos de dos horas, canciones que otros que se dedican a eso, tardan tres días.
—Estaba exagerando...
—No lo hacía cariño, tienes buen oído para la música y has avanzado un montón, es un hecho, no una exageración.
—¿Crees que podría dedicarme a eso si fracaso como modelo?
—No solo lo creo sino que lo sé, y además, no vas a fracasar en nada. 
—Gracias por apoyarme, necesitaba a alguien a mi lado que confiara en mí de verdad.

Cuando por fin llegaron al apartamento, Chloé se quitó los incómodos tacones y dejó que sus pies se acostumbraran de nuevo a pisar sin llevar diez centímetros debajo de ellos, mientras, Ethan se quitaba la corbata que le hacía sentir que se asfixiaba y comenzó también a desbotonarse la camiseta color ciruela. Chloé se bajó la cremallera de su vestido azul celeste y lo dejó caer mientras se masajeaba el cuello.

—¿Estás cansada?
—Sí, y me duele un poco la espalda.
—Ven, te hago un masaje.
—Oh... gracias. —Chloé se sentó de espaldas a Ethan y él le desabrochó con cuidado el sujetador.
—Me encanta tu espalda... —Ethan acarició la espalda de Chloé lentamente y luego acercó su pecho a la espalda de ella, abrazándola por detrás. Al hacerlo, Ethan tuvo a mano los pechos de Chloé, que no dudó en acariciar y ver cómo se erizaban.
—A mí me encantas tú, entero. —Ethan siguió deslizando sus manos, ahora lo hacía por el ombligo de Chloé.
—Tienes un cuerpo precioso, pero lo que más me gusta es tu cara.
—¿Mi cara?
—Sí, tus ojos mitad azules mitad verdes, tu pelo anaranjado y largo y tu sonrisa perfecta.
—Tonto... —Chloé sonrió mientras Ethan comenzaba a acariciarla por encima de sus braguitas color violeta.
—¿Yo también te gusto?
—Sí, mucho. Tus ojos verdes claros, tu media melena rubia, tu barba de tres días, tu nariz puntiaguda y el hoyuelo que se te forma cuando sonríes... —Chloé le acarició la cara mientras Ethan seguía acariciándola a ella, esta vez por dentro de sus braguitas.
—Me apetece hacerte el amor toda la noche, mi pequeña Mozart.
—Jaja, soy más de autores modernos que de Mozart o Beethoven.
—Lo sé, te escucho interpretar las bandas sonoras de películas preciosas, como la que tocaste ayer toda la tarde, no la conozco pero era muy bonita.
—La compuse yo con trece años, ayer me atreví a tocarla porque pensaba que no me estabas escuchando.
—Siempre te escucho, pero ahora, a lo que íbamos. —Ethan se acostó encima de ella y comenzó a besarle el cuello y los pechos para luego entretenerse en su ombligo antes de llegar a dónde debía.

A la mañana siguiente, Ethan estaba totalmente desnudo, sin sábanas que lo cubriesen, con el corazón todavía agitado y la mente pidiendo un descanso. Llevaba toda la noche sin dormir entre besos, palabras bonitas y orgasmos. Chloé en cambio estaba tapada con una fina sábana, descansaba tranquila después de tanta agitación y Ethan no quiso despertarla cuando se dio cuenta de que eran las nueve de la mañana. Se fue a la cocina, se preparó el desayuno y se puso a pintar, inspirado en su noche de pasión. Al mediodía se despertó por fin Chloé con la cara hinchada y unas ojeras muy feas, pero con una sonrisa. Ethan le preparó algo de comer mientras ella se duchaba y al salir de la ducha se vistió para ir a clase de piano esa tarde. Ethan, como siempre, la acompañó, pero esta vez no se quedó escuchando como él siempre decía que hacía, sino que se fue al banco a retirar algo de dinero y allí se enteró de que la cuenta asociada con la galería de arte donde exponía sus obras, acababa de recibir un importante ingreso. 

A eso de las seis de la tarde, Chloé salió de su clase de piano y al no ver a Ethan, lo llamó, pero él no le cogió el teléfono, sino que se le acercó por detrás.

—Acabo de recibir una noticia importante.
—¿Cuál?
—Acaban de vender uno de los cuadros más caros que tenía expuestos y quieren que presente una nueva colección el próximo mes. Y habrá una subasta benéfica en la galería y quieren que done una de mis obras para la subasta.
—Eso es una muy buena noticia, Ethan, ¿cuándo te enteraste?
—Ahora, hace un rato.
—Vamos a celebrarlo... —Chloé lo abrazó emocionada.
—¿A dónde?
—A dónde tú quieras, pero no me lleves al Central Park, no vaya a ser que no sea capaz de controlar mi pasión... —Chloé rió.
—Vaya, sí que lo tienes superado.
—Sí, porque yo también tengo una buena noticia.
—¿Cuál?
—Mientras estaba en clase me llamaron y cuando vi el número supe que era Tom y lo cogí.
—¿Quiere que vuelvas?
—Sí, pero le dije que no.
—¿Por qué?
—Porque ya no lo necesito, antes sí, ahora no.
—Bueno, pero sigues sin trabajo...
—No del todo, mi profesora ha dicho que quiere que le ayude a dar clases.
—¿Pasas de alumna a profesora en una semana?
—Sí, ¿no es guay? Quiere que la ayude con un grupo de principiantes y como mi nivel es medio, los puedo ayudar y así le quito trabajo a ella y puede descansar más que está muy agobiada. Además, ganaré un buen dinero.
—Me alegro, en serio, estás consiguiendo lo que querías y más. ¿Cuándo empiezas?
—Mañana mismo, ¿y tú?, ¿cuándo empezarás a pintar?
—Ya he empezado, esta mañana hice un cuadro inspirado en ti. El cuadro más bonito que he hecho en toda mi carrera.
—Quiero verlo.
—Imposible, será sorpresa.
—Te odio...
—Sé que no. —Ethan sonrió.
—Vale, no te odio, pero me caes mal cuando no me dejas ver tus cuadros hasta que no los acabes.
—Jaja, pues me da igual, este es especial y quiero que lo siga siendo hasta el momento en el que lo veas.
—Te quiero. —Chloé suspiró.
—Y yo a ti, pequeña Mozart.
—¡Déjalo ya!, pequeño.... no me sé ningún pintor. —Ethan rompió a reír y Chloé le golpeó el hombro. —pequeño Renoir... —Ethan la miró atentamente.
—¿Cómo sabes que me gusta?
—Por los cuadros del salón del hotel, eran de él, y no parabas de mirarlos.
—¿Cómo supiste que eran de él?
—Porque estaba escrito en una esquina. —Chloé puso los ojos en blanco y comenzó a caminar.
—¿Te he dicho ya que te quiero?
—Que sí, pesado. Y yo a ti también. Chloé sonrió y le besó tiernamente. Ethan la cogió de la mano y comenzaron a caminar juntos.

4 de junio de 2012

Red Velvet - I Capítulo: Deuda

Carla deshacía su maleta mientras escuchaba las risas de unos niños a través de la ventana. La habitación era pequeña, pero acogedora. Y la casa en sí era bonita, llena de detalles y de recuerdos de la familia que vivió allí durante tantos años antes de que el propietario decidiera volver a alquilarla cuando la familia encontró un lugar más barato donde poder vivir.

Después de guardar con cuidado su ropa en el armario, se dirigió a su consultorio donde debía mandar a pedir varios medicamentos que el antiguo médico no dejó. Era un lugar oscuro y parecía sucio, algo que a Carla le desagradaba, pero sabía que era mejor ese lugar que la decena de hospitales para los que trabajó en la capital.

Se colocó su bata de médico y comenzó a hacer llamadas telefónicas para pedir esos medicamentos lo antes posible. Le confirmaron que los medicamentos llegarían antes de dos días como máximo porque las carreteras principales estaban cortadas y el acceso al pueblo era más difícil. Cuando colgó el teléfono de la última persona a la que tenía que llamar, reposó su espalda contra la silla y cerró los ojos pensando lo duro que sería trabajar allí, pero a la vez, lo gratificante que sería no recibir críticas ni insultos por ser mujer.

—¡Rápido! Se desangra. —gritó un chaval de unos trece años que traía a su amigo a punto de desmayarse.
—Ayúdame a tumbarlo en la camilla, vamos. —Carla se dio prisa en levantarse de la silla y ayudó al chico a poner a su amigo en la camilla. —¿Qué ha pasado?
—Le han apuñalado, unos chicos mayores.
—Esto tiene muy mala pinta, trae gasas y ese maletín que hay sobre la mesa. —El chico obedeció. —Gracias, ¿cómo te llamas?
—Martín, como mi padre, pero todos me llaman Nano porque soy el más pequeño de la familia.
—¡Naaano! —el chico de unos veinte años estiró su mano al escuchar la voz de su sobrino.
—Tranquilo tío Agus, todo saldrá bien.
—Muy bien Martín, te voy a pedir que salgas fuera para poder terminar de trabajar. —Carla se colocó los guantes de látex y comenzó a examinar la herida. Martín salió, pero se quedó escuchando al lado de la puerta. —Increíblemente, la herida no ha ni rozado ningún órgano vital, ni siquiera es tan profunda como pensaba por la cantidad de sangre de la camisa. —se decía Carla para sí en voz alta.
—¡Martín!, ¿Qué ha pasado? —gritó preocupada la madre de Agus.
—Nada tía, Agus estaba en la calle lleno de sangre y lo traje para que la doctora lo viera, pero no podemos pasar.
—¿Cómo que no? —la señora empujó la puerta y entró dentro del consultorio.
—¿Quién es usted? —preguntó Carla.
—La madre de Agus, me llamo Josefina.
—Está bien Josefina, su hijo ha perdido mucha sangre, pero la herida no es grave.
—Gracias a Dios.
—No señora, gracias a Martín que lo trajo como pudo hasta aquí. Ahora por favor, necesito terminar en paz.
—Sí señorita. —Josefina salió del consultorio y abrazó a Martín mientras Carla ya estaba cosiendo la herida.

14 horas más tarde

El sol brillaba con intensidad, Carla jamás podía haber imaginado un día tan soleado en la ciudad, era increíble lo bien que se respiraba sin contaminación y lo feliz que se sentía en ese lugar. Al darse cuenta de que el sol significaba que ya era de día, se levantó corriendo al consultorio. Antes pasó por el baño y se dio una ducha fría y se puso ropa limpia, pero temía llegar cuando Agus ya estuviera despierto y que el pobre no encontrara a nadie a su lado que le explicara que no podía moverse. Carla se apresuró y llegó exhausta al consultorio donde Agus seguía durmiendo sobre la camilla con las manos sobre el pecho, como si tuviera frío.

—¿Qué me ha pasado? —dijo Agus abriendo los ojos.
—Que ayer debiste de meterte en un buen lío y, según tu sobrino Martín, unos chicos mayores te apuñalaron.
—¡Nano!, ¿dónde está?
—Él está bien, en su casa.
—¿Y los que me hicieron esto?
—Llamé a la policía después de curarte la herida y ellos se encargaron de vigilarte toda la noche y de vigilar también a tu familia.
—Gracias, pero no hace falta, ya puedo cuidar yo de ellos sin ayuda. —Agus se intentó incorporar y soltó un grito de dolor.
—No puedes moverte todavía, estás muy débil por la pérdida de sangre, tienes que comer algo.
—Sí, tengo hambre.
—Eso está bien, ahora mismo te traigo algo de mi casa. ¡No te muevas!
—Que no... si no podría de todas maneras.
—¡Señorita! —dijo Josefina cuando Carla abrió la puerta del consultorio. —Traigo comida para usted y para mi hijo.
—Ahora mismo iba a por comida, su hijo ya está despierto.
—¿Puedo pasar a verlo?
—Pues claro, pase. —Carla la dejó pasar y los dejó solos. Aunque pudo oír cómo Josefina regañaba a su hijo por meterse en líos.

Mientras dejaba a madre e hijo discutir, ella se comía un plato caliente de arroz y plátano frito que le encantaba. Hacía años que no lo probaba y a Josefina le había quedado para chuparse los dedos. Cuando terminó, escucho a Agus quejarse y entró para interrumpirles.

—Señora su hijo está débil, no puede discutir con él.
—Soy su madre y sé lo que es bueno para él, y esas peleas no lo son...
—Y yo soy su médico y le digo que no puede gritarle de esa manera, ni siquiera le ha acercado el plato de comida a su hijo.
—Antes de comer necesita entender que no puede darnos esos sustos, pudo haber muerto.
—Pero no está muerto, ahora si es tan amable por favor... —Carla levantó su brazo y señaló la puerta para que Josefina saliera cuanto antes.
—Lo siento, mi madre siempre es igual. —dijo Agus incorporándose.
—Tranquilo, toma aquí tienes arroz con plátano frito y también hay agua fresca.
—Gracias, ¿me puedes ayudar? No tengo fuerzas ni para levantar el tenedor.
—¡Claro! —Carla se acercó. Con su brazo derecho rodeó el cuello de Agus para levantarle un poco la cabeza y con la mano izquierda le dio de comer.
—No me llevo bien con mi familia. —dijo Agus después de terminar de comer.
—¿Y eso?
—Me metí en las drogas, después en peleas intentando salir de ellas porque le debo pasta a mucha gente y luego porque robé un coche de la familia para huir y la policía me detuvo. Estoy a espera de juicio.
—Vaya, ¿cuánto le debes a esos tipos?
—Cerca de mil reales.
—Eso es muchísimo dinero, ¿cómo piensas devolverlo?
—Robando.
—Esa no es la solución, Agus.
—¿Qué quieres que haga?
—No sé, trabaja como alguien honrado y con lo que ganes en dos meses, podrás pagarlo.
—Dos meses... —Agus se echó a reír. —Eso es mucho tiempo.
—Bueno, yo tengo mucho dinero de lo que gané trabajando en la capital y todavía no me lo he gastado. —Podría prestarte algo.
—No, no hace falta.
—Sí que la hace, es mejor que robar y a mí sí puedes devolvérmelo en dos meses. —Esta vez fue Carla la que rió.
—Está bien, acepto. ¿Cuánto podrías darme?
—Cerca de ochocientos reales mañana mismo.
—¿¡Tanto!?
—¿Lo quieres o no?
—Pues claro.
—Pues mañana los tendrás, ahora sigue acostado que tengo que salir a buscar unos medicamentos. No te muevas.
—¡Espera! ¿El policía sigue ahí?
—Sí, el de anoche ya se fue y vino otro, ¿tienes miedo?
—¿Yo?... Nunca tengo miedo. —Agus se acostó de nuevo y Carla sonrió mientras cogía su bolso y salía del consultorio.

Caminó por un camino embarrado hasta llegar a un camión blanco y verde que traía los medicamentos en cajas de cartón más grandes y pesadas de lo que Carla se imaginaba. Le pagó al hombre que la acompañó en coche hasta la entrada del pueblo y luego se bajó del camión cargada con las tres cajas. Afortunadamente para ella, en ese pueblo la gente es buena y amable, un grupo de cinco hombres se acercaron a ayudarla, uno de ellos llevó las dos más pequeñas y otro la más grande, los demás se retiraron después de darle los buenos días a Carla. Ella se sintió acogida y querida por sus nuevos vecinos, algo que jamás hubiera pasado en la capital. Allí podría haber caminado horas cargada con las cajas bajo un sol cegador, que nadie se hubiera acercado a ayudarla.

Cuando los hombres entraron al consultorio con ella le dejaron las cajas en el suelo y salieron despidiéndose muy amablemente. Carla les correspondió en el saludo y les agradeció que la ayudaran con las cajas.

—¿Qué es todo eso?
—Medicamentos. A ti te daré unos pocos para que no te duela tanto.
—Gracias, será un alivio.
—Oye, ¿ha venido alguien a verte?
—No, mi sobrino debe estar en el colegio y mi madre no habrá querido volver a pasarse por aquí.
—¿Y tu padre?
—Murió cuando tenía diecisiete.
—Lo siento, yo soy huérfana desde los nueve. Sé lo que es ser pobre y no tener a nadie.
—No lo parece... quiero decir, no pareces pobre ni triste.
—De la pobreza me sacaron los estudios y de la tristeza, este lugar.
—¿Este pueblo?
—Sí, me ha devuelto la felicidad. En la capital era objeto de burla por ser mujer.
—Machistas... tienen la mentalidad de que las mujeres solo sirven para cuidar de la casa y que cosas como ser médico, están prohibidas.
—Así es, por eso huí de allí cuando reuní el dinero suficiente.
—Hablando de dinero, lo he pensado mejor y me da pena que tengas que ayudarme sin conocerme...
—No necesito conocerte, he visto como sufre tu madre y tu sobrino. Ellos no pueden ayudarte, pero yo sí. —Déjame hacerlo, por ellos.
—Está bien. Por cierto, ¿cómo te llamas?
—Carla.
—Un nombre muy bonito, ¿sabes lo que significa?
—Significa "la que es fuerte". —Agus sonrió y cerró los ojos dejándose dormir.

Carla aprovechó para ponerse a colocar los medicamentos en las estanterías y para limpiar un poco el consultorio. También pensó en darle una mano de pintura blanca a las paredes para hacer el lugar más acogedor, pero se acordó del dinero de Agus y decidió coger un coche y viajar al pueblo vecino, a una media hora. Allí había un banco donde sacó dinero y volvió en coche hasta el consultorio donde Agus seguía dormido.

La tarde había traído lluvias y un grupo de diez hombres que bajaba por uno de los caminos de tierra, resbaló y cayó por un barranco. No había ningún herido grave, pero eran tantos que el consultorio debía desocuparse y el policía de guardia que velaba por la seguridad de Agus, lo acompañó hasta casa.

Carla le dio calmantes que acababa de traer a los hombres con heridas más graves para aliviar su dolor. Luego revisó uno por uno a los heridos menos graves e inmovilizó cuatro brazos y tres piernas que estaban rotas. Lo peor se lo llevó un hombre que tenía tres costillas rotas y que el mínimo movimiento o la mínima tos, risa o llanto, le provocaba un gran dolor.

Al anochecer ya había atendido a los hombres, les había dado un bote con calmantes para que no pasaran una noche muy dura y había cogido el dinero de Agus para llevárselo a su casa. Pero Carla no tenía ni idea de dónde vivía. Al salir del consultorio se vio a Martín hablando con un grupo de chicos y pudo oír que uno de ellos le amenazaba.

—¡Martín!, ¿qué ha pasado?
—Eran los que apuñalaron a mi tío Agus, querían que le dijera que mañana por la mañana sino tenían el dinero, lo iban a matar.
—Mañana por la mañana... —Carla se quedó pensativa. —Tranquilo Martín, no le va a pasar nada malo a tu tío.
—¿Cómo está usted tan segura, señorita?
—Dime cómo llegar a su casa, necesito hablar con él.
—Vamos, es por aquí.

La casa era pequeña, con humedades por las esquinas y pintada de blanco. Tenía un garaje que la familia usaba como salón y como dormitorio, un balcón con varias macetas y una puerta de entrada de madera.

—Buenas tardes, vengo a ver cómo se encuentra Agus, ¿puedo pasar?
—Claro, señorita. —dijo Josefina levantándose de una silla de mimbre.
—¿Dónde está?
—Aquí, pase... —Josefina alzó el brazo y señaló una pequeña habitación.
—Agus... ¿cómo te encuentras?
—Mucho mejor.
—Me alegro, ¿puedo ver la herida?
—Sí. —Agus se levantó la camiseta.
—Muy bien, esto ya está mucho mejor. —Carla hizo el amago de bajarle la camiseta y Agus le cogió la mano. —¿Qué haces?
—Lo siento. —Agus apartó la mano y bajó la mirada.
—No tienes que pedir disculpas por nada. —Carla acarició el ombligo de Agus y él la miró sorprendido.
—Oye, ¿lo del dinero...?
—Lo tengo, mañana por la mañana tienes que dárselo. Tienes que convencerles de que serás capaz de devolverles lo que te falta.
—Lo haré. —Agus bajó su mano hacia la mano de Carla y cerró los ojos quedándose dormido.
—Señorita, ¿quiere cenar? —preguntó Josefina entrando en la habitación de golpe y viendo como su hijo tenía la mano de la doctora agarrada.
—No... bueno sí, no sé. —Carla se sonrojó y Josefina decidió por ella.
—En cinco minutos estará la cena servida, quédese.

Carla recogió todo lo que había usado al curar a Agus y lo despertó con cuidado para la cena. Lo ayudó a ponerse en pie y lo llevó a la cocina donde su madre ponía los platos de sopa caliente sobre la mesa.

—Estaba todo delicioso.
—Gracias. —contestó Josefina. —Oiga señorita, ¿usted cuántos años tiene?
—Veintiséis, ¿por qué?
—Curiosidad... mi hijo tiene veintidós.
—Lo sé, miré su expediente médico para saber si tenía alergias a algún medicamento.
—¡Claro! Oiga, ¿y su familia?
—Mis padres murieron cuando tenía nueve años. ¿Qué mas quiere saber?
—Disculpe, no quería molestarla.
—No me molesta, tranquila. —Carla calmó sus nervios y sonrió.
—Me voy a dormir, buenas noches. —dijo Josefina avergonzada.
—Buenas noches. —dijeron a la vez Agus y Carla.
—Mañana por la mañana no quiero que estés aquí  —dijo Agus.
—¿Qué?, ¿por qué?
—Porque no quiero que te relacionen conmigo... es peligroso.
—Está bien. —Carla se quedó mirando fijamente a Agus a los ojos.
—No quisiera que te pasara nada malo.
—¿Por qué? Apenas nos conocemos.
—Lo mismo podría decirte yo a ti, apenas me conoces y me estás ayudando a pagarle a unos delincuentes.
—Tienes razón, pero no pude evitar preocuparme.
—¿Por mí?
—Por quién si no.
—¿Y por qué te preocupaste por mí?
—Por la misma razón por la que tú no quieres que venga mañana. —Agus se acercó un poco más al escuchar la respuesta de Carla y sus caras quedaron a menos de cinco centímetros de distancia. —Tengo que volver a mi casa, es tarde. —Carla se levantó de la silla y se dio media vuelta para dirigirse a la puerta.
—¡Carla! —ella se paró en seco y se dio la vuelta despacio.
—¿Qué?
—El dinero...
—Claro que otra cosa iba a ser. —Carla abrió su bolso y sacó un sobre blanco con los bordes azules y Agus se acercó a cogerlo.

Los dos volvían a estar muy cerca el uno del otro, pero ahora de pie, sujetando el sobre cada uno por un lado. Con la mano que Agus tenía libre sujetó el brazo de Carla y la acercó a él y ella se dejó acercar con la mirada fija en el suelo.

—Quiero besarte. —dijo Agus y Carla levantó la mirada.
—¿Y a qué estás esperando? —ambos cerraron los ojos y se besaron lentamente en la oscuridad del salón.

1 de junio de 2012

Tropical fantasy - V Capítulo: Pillados


La habitación en la que había entrado Chloé tenía una cama muy grande en el centro cubierta por un edredón rojo pasión que llamaba la atención nada más entrar. También había dos almohadas blancas con los bordes en rojo que no tenían ni una sola arruga.

—¡Menuda cama! —exclamó Chloé después de besarlo.
—¿Quieres probarla?
—Por supuesto... —dijo ella sonriendo.

Ethan la tumbó sobre la cama y le quitó el vestido que estaba empapado. Ella lo miraba con ternura mientras le quitaba la camiseta y luego dejó que él se quitara los pantalones mientras ella deshacía la cama para abrigarse. Él la besó y luego hundió su cabeza en su cuello mientras la penetraba, Chloé le ayudaba con sus pies, con los que empujaba a Ethan dentro de ella. De repente Ethan levantó la cabeza y cogió de su mesa de noche un mando a distancia con el que activó un equipo de música que estaba frente a la cama. Al hacerlo, comenzó a sonar una romántica balada que le dio un toque más íntimo a la habitación y que hizo que Chloé se sintiera más cómoda.

Cuando terminaron, Ethan se dejó caer, agotado y sudado, sobre el otro lado de la cama. Se quitó las sábanas de encima y las apartó para dejar que el aire fresco de la habitación le quitara el calor. Se levantó de la cama  junto a Chloé para ir a la cocina a por algo de beber y Chloé se fue al baño, que también era acogedor.

—Para ser un apartamento de un artista medio bohemio, esto está bastante limpio.
—¿Qué insinúas? —dijo Ethan haciéndose el sorprendido.
—Nada, solo la verdad. Los artistas sois unos cochinos y los pintores más, que podéis vivir en una pocilga que mientras tengáis un lienzo y pinturas, sois felices.
—Y una musa. —Chloé sonrió y se metió en el baño. Al salir Ethan ya tenía las bebidas listas. —Marchando un refresco de limón sin gas con un poco de Vodka y mucho hielo. —Chloé lo probó.
—¡Vaya! Esto está riquísimo.
—¿Lo dudabas?
—Jaja, eres una caja de sorpresas... Ojalá yo fuera como tú.
—¿A qué te refieres?
—Sabes hacer muchas cosas a parte de pintar, yo solo sé modelar.
—Que ya es bastante.
—Te equivocas, no quiero ser solo modelo.
—¿Qué quieres ser?
—Me gustaría saber tocar el piano profesionalmente y dar conciertos.
—¿Qué te lo impide? —Chloé se quedó pensativa.
—No lo sé, supongo que es la primera vez que me lo planteo en serio.

Nueva York era más grande de lo que Chloé se hubiera imaginado jamás. Esa mañana había salido con Ethan en busca de clases de piano que no fueran muy caras, y encontraron una. Luego pasearon por las calles y vieron que estaban en primera portada de una revista de moda. Se acercaron al kiosco donde la habían visto y la compraron emocionados.

—Nuestro primer trabajo juntos como modelos. —dijo Ethan mirando con cariño la portada.
—Ojalá no sea el único. —Chloé comenzó a caminar hacia un restaurante.
—En este restaurante pinté muchos de los retratos que tengo en mi apartamento.
—¿Aquí?
—Sí, me sentaba en una mesa alejada y observaba a las personas, comenzaba a dibujarlas y antes de que pagaran y se fueran, les regalaba el retrato.
—¡Qué horror!, saber que mientras comías había un loco mirándote atentamente para retratarte en un papel.
—Oye, deja ya de meterte con los pintores, no es nada raro, yo solo buscaba inspiración.
—Ya... ¿si los regalabas como es que guardas todavía algunos?
—Porque algunos me miraban raro y se iban.
—Lo que yo decía, te veían cara de loco o de psicópata. —Chloé rió a carcajadas y entró en el restaurante.

Una semana más tarde

—Hoy es el último día.
—¿El último día?
—Sí, cuando en Miami te pedí que vinieras a vivir conmigo te dije que lo harías por una semana y que luego elegirías si seguir aquí o volver a Carolina del Sur.
—Cierto, bueno Ethan, lo cierto es que aquí me lo estoy pasando muy bien, pero tengo que volver a casa. —Ethan se quedó serio con los ojos clavados en los de Chloé. —Tengo que volver porque hay un par vestidos y zapatos que me hacen falta y claro, tengo mis cosas personales allí, no puedo estar viviendo más tiempo con tus camisetas. Y menos cuando en una semana tengo que dar una entrevista en televisión.
—Me habías asustado, ven aquí. —Ethan abrió los brazos y la abrazó.
—¿Irás tú a la entrevista?
—A mí no me han llamado.
—Pues me acompañas, no quiero ir sola a ese sitio.
—Por supuesto.

Ethan y Chloé comieron antes de salir a comprar un billete de avión para ella. Chloé tenía pensado hacerle una visita a Tom y dejarles una carta a sus padres quiénes todavía no sabían nada de Ethan. Chloé llegó a casa y metió sus cosas en una maleta. Dejó un sobre sobre la mesa de la cocina donde les explicaba a sus padres que vivía en Nueva York con su novio y salió de allí con una maleta enorme y otra sonrisa igual de grande. Caminó un largo rato hasta salir del denso bosque y pisar el asfalto de una carretera secundaria que le conduciría al centro. El sol brillaba con fuerza y el calor, más el peso de la maleta, hacían que Chloé se sintiera fatigada, pero tenía que llegar caminando, pues por allí nunca pasaban coches que la pudieran alcanzar.

Finalmente llegó. La ciudad era enorme pero tenía algo de dinero para llegar en taxi hasta casa de Tom y cuando llegó él le recibió con un largo abrazo.

—Sabía que ese Ethan no era para ti, cuéntame, ¿qué te hizo?
—Nada Tom, he venido a buscar mis cosas para mudarme definitivamente a su apartamento.
—¿Qué?, ¿estás loca?
—He venido a verte pensando que te alegrarías, pero veo que no. Mejor me voy.
—Espera... lo siento. Siéntate que tenemos que hablar. —Chloé obedeció. —Resulta que las fotos han tenido mucho éxito, más del esperado. Y ya hay cuatro cadenas de televisión más esperando una respuesta.
—¿A qué pregunta?
—A si irás a sus programas.
—¿Qué quieren preguntarme?
—Seguramente saquen el tema de Nathan y quieren que vayas con Ethan, ¿estarías dispuesta?
—Sí, lo estoy. —dijo muy firme.
—Bien, así me gusta, entonces confirmo todo, ¿no?
—Exacto. —Chloé salió por la puerta pensando cómo se vengaría por televisión de su ex novio y se despidió de Tom con dos besos.

Al llegar al aeropuerto se encontró con que su avión despegaría dentro de veinte minutos más tarde de lo que tenían previsto por problemas técnicos. Chloé puso los ojos en blanco y se dejó caer sobre una silla. Ya había facturado la maleta y no tenía nada con lo que entretenerse, así que abrió su móvil y vio que tenía notificaciones en sus redes sociales. Amigas con las que hacía meses que no hablaba tenían su foto, la de ella y la de Ethan, en esa red social. La misma red social y las mismas amigas que habían comentado durante meses la foto de ella desnuda, ahora le hacían cumplidos por lo guapa que estaba. La pobre Chloé jamás había sentido tanta rabia, antes la criticaban y la despreciaban y ahora que roza el mundillo de la fama con la punta de los dedos, pretenden ser sus amigas de nuevo.

Se armó de valor y quiso comentar su propia foto para contestarle a sus amigas, pero pensó que podría llamar a Tom para pedirle ayuda con eso. Tom conoce a muchas personas capaces de hacer lo que sea por un buen pellizco de dinero, y Chloé estaba dispuesta a gastarse lo que fuera con tal de que esa persona hiciera lo que ella quería. Así que llamó a Tom y Tom llamó a alguien que se encargaría de borrar una por una las cuentas de usuario de las "amigas" de Chloé. Eliminando así cada foto y comentario.

Pasaron los veinte minutos y Chloé pasó al avión rodeada de un grupo de chicos y chicas que iban a Nueva York de viaje de fin de curso. En el avión, una de esas chicas, la reconoció y le pidió un autógrafo porque decía que también quería ser modelo como ella y salir en las revistas. Chloé estaba abrumada, jamás había pensado que una chica de su edad pudiera decirle abiertamente que la admiraba por su trabajo, hasta ahora todas las chicas la envidiaban y su orgullo no les permitía reconocer el talento de Chloé delante de las cámaras.

Cuando el avión despegó, Chloé cerró sus ojos y apoyó su cabeza en el asiento. Odiaba los despegues. El resto del viaje se le hizo corto y agradable porque se compró unos auriculares con los que escuchar música y distraerse. Y al llegar a Nueva York, Ethan la esperaba con un ramo de rosas. Los dos enamorados se besaron y se abrazaron entre la multitud, sin saber que entre esas personas, había alguien que llevaba días espiándoles.

—Estás preciosa.
—Gracias. Oye, visité a Tom y me dijo que hay cuatro cadenas de televisión más interesadas en mí.
—¡Vaya! Lo has conseguido, una vez pises esos platós de televisión, miles de personas te conocerán y compraran las revistas en las que salgas y todos querrán trabajar contigo.
—Ey, no me ilusiones que si luego fracaso será peor.
—¿Fracasar? Tú solo podrías triunfar.
—Gracias, por cierto, Tom me dijo que tú también debías ir.
—¿Y qué me quieren preguntar a mí?
—A ti ni idea, pero a mí sobre Nathan.
—¿Y aceptaste?
—Sí. Es mi oportunidad para contar en la televisión lo que ocurrió realmente.
—Vale, como quieras. Vamos a casa.

Chloé entró dentro del coche y Ethan condujo hasta su apartamento. Se había comprado un coche de segunda mano gracias al dinero que había ganado como modelo y ahora podía pagar el alquiler atrasado del apartamento, comida nueva y lo más importante, pinturas y pinceles nuevos.

—Tengo ganas de ir a una fiesta. —dijo Chloé.
—Yo también, ¿una discoteca?
—Perfecto.
—Sé de unas cuántas que te gustarán. Tienen música moderna y bebidas gratis hasta medianoche.
—Me gusta, ¿vamos esta noche?
—Esta noche será. ¿Te has traído ropa de fiesta?
—Muchísima ropa de fiesta.
—Pues tendrás que darle uso, en Nueva York nos sobran las fiestas.

Esa noche Chloé vestía un precioso vestido amarillo con brillantes y ceñido a la cintura con unos tacones dorados. Se había soltado su melena pelirroja y se la había ondulado un poco y peinado hacia un lado. Se había colocado unas horquillas doradas a juego con los zapatos y se había maquillado los ojos muy poco porque lo que quería destacar eran sus labios con una pintura roja muy intensa.

—Estás increíble. —dijo Ethan boquiabierto. Él llevaba unos pantalones negros, camisa verde y encima un suéter negro con escote en pico del que sobresalía el cuello de la camisa.
—Y tú también. Hasta te has afeitado.
—Me hacía falta.
—Sí, melena corta y barba era demasiado pelo... —Chloé rompió a reír y Ethan se acercó. —También te has perfumado. Vamos a una discoteca, ¿no?
—No.

Ethan cogió a Chloé de la mano y la sacó de la casa sin contestar a ninguna de sus palabras. Al salir, notaron un ligero reflejo de luz en la oscuridad, como si alguien les acabara de sacar una foto, pero no le dieron importancia. Durante el trayecto hasta un restaurante de lujo, Ethan y Chloé no pararon de ser fotografiados sin saberlo por un paparazzi que quería vender la exclusiva de que Chloé mantenía una relación con el modelo que posaba con ella para la revista y luego sacar eso en directo mientras les entrevistaban.

La noche pasó muy lentamente: vino, platos llenos de comida, postres de chocolate y helado de vainilla, besos y caricias por debajo de la mesa. Después de pagar, Ethan abrazó a Chloé por la espalda y fueron caminando así hasta el coche. Se subieron y Ethan condujo hasta el Central Park.

—No puedes vivir más tiempo en Nueva York sin conocer este lugar.
—¿Cuál?
—¡El Central Park! —Chloé se sorprendió. —Hay un árbol, situado frente al lago, en el que me gusta mucho venir a descansar y a pintar. Quiero que lo conozcas.

Cuando llegaron Chloé se dio cuenta por ella misma de que el lago era precioso y que el árbol debía de hacer mucha sombra por el día y que debía de ser un lugar muy tranquilo. Se acostaron en el césped para descansar y Chloé se quitó los zapatos y los apartó. De repente, Ethan sintió como si alguien les observase, pero no quiso preocupar a Chloé y se relajó para no estropear el momento. Ella empezó a besarlo y él le acarició la pierna suavemente. Después del beso, Chloé arqueó su espalda y metió sus manos debajo. Ethan no sabía qué hacía hasta que oyó cómo bajaba la cremallera.

—¿Qué haces?
—Vamos, estamos solos.
—Nos pueden ver. Además...
—¿Qué pasa?
—He notado que alguien nos sigue, ¿tú no?
—No. Ethan si estás incómodo, pues no lo hacemos.
—Es que aquí... en público.
—Sí... hay una cantidad de gente increíble y está todo iluminadísimo... —dijo Chloé haciendo uso de la ironía.
—Está bien, lo siento. —Ethan volvió a besarla y dejó que ella terminara de bajarse el vestido.

De repente, dos pequeños pechos, blancos y suaves, salieron de vestido. Ethan se acercó a ellos y los lamió con dulzura, los pellizco y los tocó hasta que ella comenzó a alterarse. Tener sexo en el parque no era lo que Ethan había ido buscando, él quería quedarse abrazado a ella hasta tarde en ese lugar que siempre recordaba con cariño, no quería que nada lo estropease. Así que paró.

—Lo siento Chloé. Aquí no. —Ethan puso la cara seria.
—Tienes razón, siento haberte presionado a hacerlo.
—Da igual, me gustó hacerlo. Pero no quiero seguir.
—Quedémonos así entonces, abrazados toda la noche. —Ethan sonrió al ver que ella ahora quería lo mismo que él.

A las cuatro de la mañana, la pareja volvió al apartamento y Chloé que seguía con ganas, no pudo evitar echarse encima de Ethan. Él, que ahora se sentía cómodo, le quitó las braguitas y metió sus dedos dentro, comprobando lo húmeda que estaba ella. Chloé se relajó y dejó que él la tocara todo lo que quisiera, cuando Ethan se cansó solo de tocar, se quitó los pantalones y los calzoncillos que llevaba y la penetró provocando que ella gritara de dolor. Cuando la pobre de Chloé se recuperó, se tumbó hacia la derecha y levantó su pierna izquierda rodeando con ella las piernas de Ethan. Ethan aprovechó eso para seguir tocándola mientras la penetraba y Chloé no podía evitar gemir de placer una y otra vez, ya que sentía un doble placer: el de la penetración y el de los movimientos de Ethan con sus dedos sobre su hinchado clítoris.

Llegó el momento del orgasmo final. Chloé gemía seguidamente y cada vez más curvaba su espalda hacia delante, Ethan sudaba sin parar pero sentía un inmenso placer al escucharla a ella gemir y al notar como ella cada vez estaba más lubricada. Unos segundos más tarde, Chloé paró de gemir, exhausta y agotada. Ethan notó las fuertes contracciones de Chloé que provocó que él también cayera exhausto con un orgasmo más ahogado.

A la mañana siguiente, Ethan y Chloé amanecieron abrazados bajos las sábanas y con varias llamadas perdidas de Tom en sus móviles. El primero en darse cuenta fue Ethan e inmediatamente Chloé miró el suyo y ambos se asustaron pensando en qué habría pasado.

—¿Qué ha pasado?, ¿me preguntas qué ha pasado?, ¿a mí? —Tom estaba al borde de un ataque de nervios de los suyos.
—Tom, quieres explicarnos todo desde el principio y con calma, por favor. —le rogó Chloé.
—Cariño, has arruinado tu carrera.
—¿Qué?, ¿qué pasó?
—Entra en Internet, en la página oficial de la televisión esa que te quería entrevistar la próxima semana.
—Vale voy, ¿qué pasó? Entrevistaron a Nathan y él les contó pestes sobre mí, ¿verdad? ¡Maldita sea!
—¡No! Esta vez la desgracia te la has buscado tú solita... Lo siento, tengo que colgar. Por cierto, ya no trabajas para mí. —Tom colgó y Chloé corrió al salón.

Encendió el ordenador, entró en la página y allí estaban: las fotos de ella con el vestido por la cintura tirada en el césped de Central Park y con Ethan acariciándole y besándole los pechos.