4 de junio de 2012

Red Velvet - I Capítulo: Deuda

Carla deshacía su maleta mientras escuchaba las risas de unos niños a través de la ventana. La habitación era pequeña, pero acogedora. Y la casa en sí era bonita, llena de detalles y de recuerdos de la familia que vivió allí durante tantos años antes de que el propietario decidiera volver a alquilarla cuando la familia encontró un lugar más barato donde poder vivir.

Después de guardar con cuidado su ropa en el armario, se dirigió a su consultorio donde debía mandar a pedir varios medicamentos que el antiguo médico no dejó. Era un lugar oscuro y parecía sucio, algo que a Carla le desagradaba, pero sabía que era mejor ese lugar que la decena de hospitales para los que trabajó en la capital.

Se colocó su bata de médico y comenzó a hacer llamadas telefónicas para pedir esos medicamentos lo antes posible. Le confirmaron que los medicamentos llegarían antes de dos días como máximo porque las carreteras principales estaban cortadas y el acceso al pueblo era más difícil. Cuando colgó el teléfono de la última persona a la que tenía que llamar, reposó su espalda contra la silla y cerró los ojos pensando lo duro que sería trabajar allí, pero a la vez, lo gratificante que sería no recibir críticas ni insultos por ser mujer.

—¡Rápido! Se desangra. —gritó un chaval de unos trece años que traía a su amigo a punto de desmayarse.
—Ayúdame a tumbarlo en la camilla, vamos. —Carla se dio prisa en levantarse de la silla y ayudó al chico a poner a su amigo en la camilla. —¿Qué ha pasado?
—Le han apuñalado, unos chicos mayores.
—Esto tiene muy mala pinta, trae gasas y ese maletín que hay sobre la mesa. —El chico obedeció. —Gracias, ¿cómo te llamas?
—Martín, como mi padre, pero todos me llaman Nano porque soy el más pequeño de la familia.
—¡Naaano! —el chico de unos veinte años estiró su mano al escuchar la voz de su sobrino.
—Tranquilo tío Agus, todo saldrá bien.
—Muy bien Martín, te voy a pedir que salgas fuera para poder terminar de trabajar. —Carla se colocó los guantes de látex y comenzó a examinar la herida. Martín salió, pero se quedó escuchando al lado de la puerta. —Increíblemente, la herida no ha ni rozado ningún órgano vital, ni siquiera es tan profunda como pensaba por la cantidad de sangre de la camisa. —se decía Carla para sí en voz alta.
—¡Martín!, ¿Qué ha pasado? —gritó preocupada la madre de Agus.
—Nada tía, Agus estaba en la calle lleno de sangre y lo traje para que la doctora lo viera, pero no podemos pasar.
—¿Cómo que no? —la señora empujó la puerta y entró dentro del consultorio.
—¿Quién es usted? —preguntó Carla.
—La madre de Agus, me llamo Josefina.
—Está bien Josefina, su hijo ha perdido mucha sangre, pero la herida no es grave.
—Gracias a Dios.
—No señora, gracias a Martín que lo trajo como pudo hasta aquí. Ahora por favor, necesito terminar en paz.
—Sí señorita. —Josefina salió del consultorio y abrazó a Martín mientras Carla ya estaba cosiendo la herida.

14 horas más tarde

El sol brillaba con intensidad, Carla jamás podía haber imaginado un día tan soleado en la ciudad, era increíble lo bien que se respiraba sin contaminación y lo feliz que se sentía en ese lugar. Al darse cuenta de que el sol significaba que ya era de día, se levantó corriendo al consultorio. Antes pasó por el baño y se dio una ducha fría y se puso ropa limpia, pero temía llegar cuando Agus ya estuviera despierto y que el pobre no encontrara a nadie a su lado que le explicara que no podía moverse. Carla se apresuró y llegó exhausta al consultorio donde Agus seguía durmiendo sobre la camilla con las manos sobre el pecho, como si tuviera frío.

—¿Qué me ha pasado? —dijo Agus abriendo los ojos.
—Que ayer debiste de meterte en un buen lío y, según tu sobrino Martín, unos chicos mayores te apuñalaron.
—¡Nano!, ¿dónde está?
—Él está bien, en su casa.
—¿Y los que me hicieron esto?
—Llamé a la policía después de curarte la herida y ellos se encargaron de vigilarte toda la noche y de vigilar también a tu familia.
—Gracias, pero no hace falta, ya puedo cuidar yo de ellos sin ayuda. —Agus se intentó incorporar y soltó un grito de dolor.
—No puedes moverte todavía, estás muy débil por la pérdida de sangre, tienes que comer algo.
—Sí, tengo hambre.
—Eso está bien, ahora mismo te traigo algo de mi casa. ¡No te muevas!
—Que no... si no podría de todas maneras.
—¡Señorita! —dijo Josefina cuando Carla abrió la puerta del consultorio. —Traigo comida para usted y para mi hijo.
—Ahora mismo iba a por comida, su hijo ya está despierto.
—¿Puedo pasar a verlo?
—Pues claro, pase. —Carla la dejó pasar y los dejó solos. Aunque pudo oír cómo Josefina regañaba a su hijo por meterse en líos.

Mientras dejaba a madre e hijo discutir, ella se comía un plato caliente de arroz y plátano frito que le encantaba. Hacía años que no lo probaba y a Josefina le había quedado para chuparse los dedos. Cuando terminó, escucho a Agus quejarse y entró para interrumpirles.

—Señora su hijo está débil, no puede discutir con él.
—Soy su madre y sé lo que es bueno para él, y esas peleas no lo son...
—Y yo soy su médico y le digo que no puede gritarle de esa manera, ni siquiera le ha acercado el plato de comida a su hijo.
—Antes de comer necesita entender que no puede darnos esos sustos, pudo haber muerto.
—Pero no está muerto, ahora si es tan amable por favor... —Carla levantó su brazo y señaló la puerta para que Josefina saliera cuanto antes.
—Lo siento, mi madre siempre es igual. —dijo Agus incorporándose.
—Tranquilo, toma aquí tienes arroz con plátano frito y también hay agua fresca.
—Gracias, ¿me puedes ayudar? No tengo fuerzas ni para levantar el tenedor.
—¡Claro! —Carla se acercó. Con su brazo derecho rodeó el cuello de Agus para levantarle un poco la cabeza y con la mano izquierda le dio de comer.
—No me llevo bien con mi familia. —dijo Agus después de terminar de comer.
—¿Y eso?
—Me metí en las drogas, después en peleas intentando salir de ellas porque le debo pasta a mucha gente y luego porque robé un coche de la familia para huir y la policía me detuvo. Estoy a espera de juicio.
—Vaya, ¿cuánto le debes a esos tipos?
—Cerca de mil reales.
—Eso es muchísimo dinero, ¿cómo piensas devolverlo?
—Robando.
—Esa no es la solución, Agus.
—¿Qué quieres que haga?
—No sé, trabaja como alguien honrado y con lo que ganes en dos meses, podrás pagarlo.
—Dos meses... —Agus se echó a reír. —Eso es mucho tiempo.
—Bueno, yo tengo mucho dinero de lo que gané trabajando en la capital y todavía no me lo he gastado. —Podría prestarte algo.
—No, no hace falta.
—Sí que la hace, es mejor que robar y a mí sí puedes devolvérmelo en dos meses. —Esta vez fue Carla la que rió.
—Está bien, acepto. ¿Cuánto podrías darme?
—Cerca de ochocientos reales mañana mismo.
—¿¡Tanto!?
—¿Lo quieres o no?
—Pues claro.
—Pues mañana los tendrás, ahora sigue acostado que tengo que salir a buscar unos medicamentos. No te muevas.
—¡Espera! ¿El policía sigue ahí?
—Sí, el de anoche ya se fue y vino otro, ¿tienes miedo?
—¿Yo?... Nunca tengo miedo. —Agus se acostó de nuevo y Carla sonrió mientras cogía su bolso y salía del consultorio.

Caminó por un camino embarrado hasta llegar a un camión blanco y verde que traía los medicamentos en cajas de cartón más grandes y pesadas de lo que Carla se imaginaba. Le pagó al hombre que la acompañó en coche hasta la entrada del pueblo y luego se bajó del camión cargada con las tres cajas. Afortunadamente para ella, en ese pueblo la gente es buena y amable, un grupo de cinco hombres se acercaron a ayudarla, uno de ellos llevó las dos más pequeñas y otro la más grande, los demás se retiraron después de darle los buenos días a Carla. Ella se sintió acogida y querida por sus nuevos vecinos, algo que jamás hubiera pasado en la capital. Allí podría haber caminado horas cargada con las cajas bajo un sol cegador, que nadie se hubiera acercado a ayudarla.

Cuando los hombres entraron al consultorio con ella le dejaron las cajas en el suelo y salieron despidiéndose muy amablemente. Carla les correspondió en el saludo y les agradeció que la ayudaran con las cajas.

—¿Qué es todo eso?
—Medicamentos. A ti te daré unos pocos para que no te duela tanto.
—Gracias, será un alivio.
—Oye, ¿ha venido alguien a verte?
—No, mi sobrino debe estar en el colegio y mi madre no habrá querido volver a pasarse por aquí.
—¿Y tu padre?
—Murió cuando tenía diecisiete.
—Lo siento, yo soy huérfana desde los nueve. Sé lo que es ser pobre y no tener a nadie.
—No lo parece... quiero decir, no pareces pobre ni triste.
—De la pobreza me sacaron los estudios y de la tristeza, este lugar.
—¿Este pueblo?
—Sí, me ha devuelto la felicidad. En la capital era objeto de burla por ser mujer.
—Machistas... tienen la mentalidad de que las mujeres solo sirven para cuidar de la casa y que cosas como ser médico, están prohibidas.
—Así es, por eso huí de allí cuando reuní el dinero suficiente.
—Hablando de dinero, lo he pensado mejor y me da pena que tengas que ayudarme sin conocerme...
—No necesito conocerte, he visto como sufre tu madre y tu sobrino. Ellos no pueden ayudarte, pero yo sí. —Déjame hacerlo, por ellos.
—Está bien. Por cierto, ¿cómo te llamas?
—Carla.
—Un nombre muy bonito, ¿sabes lo que significa?
—Significa "la que es fuerte". —Agus sonrió y cerró los ojos dejándose dormir.

Carla aprovechó para ponerse a colocar los medicamentos en las estanterías y para limpiar un poco el consultorio. También pensó en darle una mano de pintura blanca a las paredes para hacer el lugar más acogedor, pero se acordó del dinero de Agus y decidió coger un coche y viajar al pueblo vecino, a una media hora. Allí había un banco donde sacó dinero y volvió en coche hasta el consultorio donde Agus seguía dormido.

La tarde había traído lluvias y un grupo de diez hombres que bajaba por uno de los caminos de tierra, resbaló y cayó por un barranco. No había ningún herido grave, pero eran tantos que el consultorio debía desocuparse y el policía de guardia que velaba por la seguridad de Agus, lo acompañó hasta casa.

Carla le dio calmantes que acababa de traer a los hombres con heridas más graves para aliviar su dolor. Luego revisó uno por uno a los heridos menos graves e inmovilizó cuatro brazos y tres piernas que estaban rotas. Lo peor se lo llevó un hombre que tenía tres costillas rotas y que el mínimo movimiento o la mínima tos, risa o llanto, le provocaba un gran dolor.

Al anochecer ya había atendido a los hombres, les había dado un bote con calmantes para que no pasaran una noche muy dura y había cogido el dinero de Agus para llevárselo a su casa. Pero Carla no tenía ni idea de dónde vivía. Al salir del consultorio se vio a Martín hablando con un grupo de chicos y pudo oír que uno de ellos le amenazaba.

—¡Martín!, ¿qué ha pasado?
—Eran los que apuñalaron a mi tío Agus, querían que le dijera que mañana por la mañana sino tenían el dinero, lo iban a matar.
—Mañana por la mañana... —Carla se quedó pensativa. —Tranquilo Martín, no le va a pasar nada malo a tu tío.
—¿Cómo está usted tan segura, señorita?
—Dime cómo llegar a su casa, necesito hablar con él.
—Vamos, es por aquí.

La casa era pequeña, con humedades por las esquinas y pintada de blanco. Tenía un garaje que la familia usaba como salón y como dormitorio, un balcón con varias macetas y una puerta de entrada de madera.

—Buenas tardes, vengo a ver cómo se encuentra Agus, ¿puedo pasar?
—Claro, señorita. —dijo Josefina levantándose de una silla de mimbre.
—¿Dónde está?
—Aquí, pase... —Josefina alzó el brazo y señaló una pequeña habitación.
—Agus... ¿cómo te encuentras?
—Mucho mejor.
—Me alegro, ¿puedo ver la herida?
—Sí. —Agus se levantó la camiseta.
—Muy bien, esto ya está mucho mejor. —Carla hizo el amago de bajarle la camiseta y Agus le cogió la mano. —¿Qué haces?
—Lo siento. —Agus apartó la mano y bajó la mirada.
—No tienes que pedir disculpas por nada. —Carla acarició el ombligo de Agus y él la miró sorprendido.
—Oye, ¿lo del dinero...?
—Lo tengo, mañana por la mañana tienes que dárselo. Tienes que convencerles de que serás capaz de devolverles lo que te falta.
—Lo haré. —Agus bajó su mano hacia la mano de Carla y cerró los ojos quedándose dormido.
—Señorita, ¿quiere cenar? —preguntó Josefina entrando en la habitación de golpe y viendo como su hijo tenía la mano de la doctora agarrada.
—No... bueno sí, no sé. —Carla se sonrojó y Josefina decidió por ella.
—En cinco minutos estará la cena servida, quédese.

Carla recogió todo lo que había usado al curar a Agus y lo despertó con cuidado para la cena. Lo ayudó a ponerse en pie y lo llevó a la cocina donde su madre ponía los platos de sopa caliente sobre la mesa.

—Estaba todo delicioso.
—Gracias. —contestó Josefina. —Oiga señorita, ¿usted cuántos años tiene?
—Veintiséis, ¿por qué?
—Curiosidad... mi hijo tiene veintidós.
—Lo sé, miré su expediente médico para saber si tenía alergias a algún medicamento.
—¡Claro! Oiga, ¿y su familia?
—Mis padres murieron cuando tenía nueve años. ¿Qué mas quiere saber?
—Disculpe, no quería molestarla.
—No me molesta, tranquila. —Carla calmó sus nervios y sonrió.
—Me voy a dormir, buenas noches. —dijo Josefina avergonzada.
—Buenas noches. —dijeron a la vez Agus y Carla.
—Mañana por la mañana no quiero que estés aquí  —dijo Agus.
—¿Qué?, ¿por qué?
—Porque no quiero que te relacionen conmigo... es peligroso.
—Está bien. —Carla se quedó mirando fijamente a Agus a los ojos.
—No quisiera que te pasara nada malo.
—¿Por qué? Apenas nos conocemos.
—Lo mismo podría decirte yo a ti, apenas me conoces y me estás ayudando a pagarle a unos delincuentes.
—Tienes razón, pero no pude evitar preocuparme.
—¿Por mí?
—Por quién si no.
—¿Y por qué te preocupaste por mí?
—Por la misma razón por la que tú no quieres que venga mañana. —Agus se acercó un poco más al escuchar la respuesta de Carla y sus caras quedaron a menos de cinco centímetros de distancia. —Tengo que volver a mi casa, es tarde. —Carla se levantó de la silla y se dio media vuelta para dirigirse a la puerta.
—¡Carla! —ella se paró en seco y se dio la vuelta despacio.
—¿Qué?
—El dinero...
—Claro que otra cosa iba a ser. —Carla abrió su bolso y sacó un sobre blanco con los bordes azules y Agus se acercó a cogerlo.

Los dos volvían a estar muy cerca el uno del otro, pero ahora de pie, sujetando el sobre cada uno por un lado. Con la mano que Agus tenía libre sujetó el brazo de Carla y la acercó a él y ella se dejó acercar con la mirada fija en el suelo.

—Quiero besarte. —dijo Agus y Carla levantó la mirada.
—¿Y a qué estás esperando? —ambos cerraron los ojos y se besaron lentamente en la oscuridad del salón.

1 comentario:

  1. M mola mucho pero me has dejado con unas ganas de más increíbles, jajajaja. ¡Exijo el siguiente ya! :P

    ResponderEliminar

Hello, hello ~ Espero que tu comentario sea igual de picante que mi entrada.

¡Gracias!