10 de junio de 2012

Red Velvet - II Capítulo: Pago

La luz de la habitación contigua al salón se encendió y Carla y Agus se separaron automáticamente. De la habitación salió Josefina con una bata y descalza, en busca de un vaso de agua a la cocina.

—¿Todavía aquí señorita?
—Sí, nos entretuvimos, pero ya me voy.
—Bueno, pero ya es tarde, ¿dónde vive usted?
—En la antigua casa de los Almeida.
—No, pero eso está muy lejos para ir sola y de noche.
—Bueno, no me queda de otra.
—Le diría a mi hijo que te acompañe pero no está él en condiciones, así que le pido a usted que se quede en mi casa. Somos pobres, pero dormirá bien y estará cómoda con nosotros.
—No lo dudo, pero en mi casa tengo mi ropa y mis cosas, y pretendía darme una ducha...  —Josefina la interrumpió.
—Señorita, yo no la voy a obligar a nada, pero no me gustaría que le pasase nada malo de camino a casa. Aquí todos los mayores somos buena gente, pero los jóvenes ya va viendo cómo son.
—Bueno, está bien. Tiene usted razón, aunque en Brasilia iba sola por la calle de noche y nunca tuve problemas.
—Como usted quiera, pero si decide quedarse, aquí tiene una cama, una ducha y lo que quiera. Mi hijo se encargará de enseñarle dónde dormirá, yo me voy a descansar.  —Josefina se dio media vuelta y entró en su habitación.
—Si quieres puedes dormir en mi habitación...  —Carla se puso roja.  —Hay dos camas.
—Bueno, ¿pero no hay otro lugar?
—A no ser que quieras dormir en el garaje con Nano.
—Vale, dormiré contigo.  —Carla agachó la mirada.
—Prometo que no ronco.  —Agus hizo que Carla sonriera levemente.
—Eso espero, me muero de sueño, no me gustaría tener que soportar a alguien roncando a mi lado.
—¿Todavía te gusta estar en este pueblo?  —preguntó Agus cuando ya habían entrado en la habitación.
—Sí, no se está mal. Me gusta la amabilidad de la gente, puedo sentirme acogida en este pueblo como si llevara en el media vida y solo llevo dos días.
—Sí, somos así siempre, lo único, lo que dijo mi madre sobre la juventud. Las drogas destruyen a cualquiera, si a eso le sumamos la pobreza, es una bomba de relojería.
—Lo sé, pero yo no tengo miedo, me he quedado para no hacerle el feo a tu madre.
—Mentirosa, te has quedado por mí.
—¡Claaro! Será eso.  —Carla sonrió por fin y Agus la abrazó inesperadamente. Acarició sus rizos negros y su espalda morena y se acercó a su oído para susurrarle.
—Me gusta que te hayas quedado aquí a dormir.
—Creo que a mí también me va a gustar.  —Carla sonrió y tomó ella la iniciativa de dar el segundo beso.

El beso cada vez fue más intenso y sus lenguas, tímidas, se encontraron por fin desatando la pasión de ambos. Agus la acercó a su cuerpo por la cintura y ella le agarró el pelo. La piel se les erizó y la mirada se les iluminó, felices y ansiosos por conocerse más íntimamente, Carla bajó sus manos a su cintura y agarró su camiseta tirando de ella hacia arriba. Cuando la tiró al suelo, su piel morena brillaba con la luz de la lámpara de la mesa de noche que Agus tenía encendida. Agus tocó su espalda, una y otra vez, suave, delicada y sensual. Agus siguió bajando sus manos hasta la cadera de Carla donde tocó el pantalón vaquero y ceñido de ella. Carla se moría de ganas por saber cómo era el tacto de la piel de Agus, le quitó la camiseta y vio la herida que seguía tapada con unas gasas y se preocupó por si lo que iba a pasar podía hacerle daño.

—¿Te encuentras bien?
—Claro, estoy estupendamente. —mintió Agus con poco éxito.
—Es que tienes la herida todavía muy reciente, no ha cicatrizado y los puntos podrían...
—Lo sé, lo sé, pero no va a pasar nada. —Agus volvió a posar sus manos en la cintura de ella.
—Lo siento, no quiero arriesgarme a tener que operarte de nuevo por mi culpa.
—Pero...
—Pero nada, esta noche solo dormiremos.
—¿Eso significa que habrá otras noches? —preguntó él con una sonrisa.
—Todo depende de lo que pase mañana en el pago de los ochocientos reales.
—No me asustes más de lo que estoy.
—Perdón, ¿puedo dormir a tu lado?
—¡Claro!

La cama era estrecha, para una sola persona, pero Carla se acostó de lado y posó su cabeza sobre el hombro de Agus, su mano izquierda en su pecho y su pierna izquierda la levantó levemente y la dejó encima de las piernas de Agus. Él, levantó su mano derecha y alcanzó el interruptor de la luz, la apagó y se dejaron dormir.

A la mañana siguiente, todos estaban nerviosos. Agus y Carla desayunaron unas tostadas con miel de palma y leche caliente que había preparado Josefina. Martín se levantó más tarde y se dio una ducha antes de desayunar. Cuando Martín salió de la ducha, Agus y Carla ya salían de la casa.

—Mamá, voy a acompañar a Carla a su casa. —mintió de nuevo Agus.
—Vale, hijo. Vaya con Dios señorita, espero que haya pasado buena noche.
—Sí, una casa muy acogedora. —Carla sonrió amablemente.
—Bueno, tenemos que irnos ya que Carla tiene mucho trabajo.
—Adiós. —dijo Martín mientras se despedía con una mano y con la otra se llevaba una tostada a la boca.
—Adiós Nano. —dijo Agus y tiró de Carla hacía el exterior.
—¿Dónde tenemos que ir ahora?
—¿Tenemos? Ya te dije anoche que iré yo solo.
—Pero te puede pasar algo.
—Pues que me pase a mi solo, ¿entendido? Y si no nos pasa nada, pero te ven a mi lado, la próxima vez que quieran algo de mí, irán a por ti.
—Como hicieron con Martín en la plaza.
—¿Con Nano?, ¿qué pasó en la plaza? —Carla enmudeció. —¡Dime!
—Nada... le dijeron que si no pagabas hoy, te matarían. —Agus maldijo en voz baja. —Pero no lo amenazaron a él.
—Lo mismo me da, lo asustaron y solo es un niño de doce años.
—Lo entiendo... pero tranquilízate. Ahora tenemos... tienes... que ir al punto de encuentro, ¿dónde es?
—Me imagino que en la plaza donde casi me matan.
—Suerte. Ya sabes que tienes que convencerles de que serás capaz de devolverles el resto en poco tiempo.
—Sí, lo sé. Ahora marcha a tu casa, nos vemos esta tarde.
—Está bien, adiós.
—Adiós. —y Agus marchó dejando a Carla sola, esperando un beso de despedida.

A pesar de las advertencias de Agus, Carla tenía pensado seguirle hasta la plaza. Caminó hacia la calle de enfrente donde había un solar vacío, se escondió y esperó. Cuando Agus cruzó la calle hacia la derecha, Carla salió del solar y siguió el mismo camino que había seguido Agus, pero se detuvo en la esquina a mirar si tenía sitio donde esconderse. Encontró un coche detrás del cuál no sería vista porque era muy grande. Cuando Agus parecía diminuto de lo lejos que estaba, volvió a girar a la derecha y llegó a la plaza. Entonces Carla salió de detrás del coche y comenzó a correr hacia allí.

—¿Tienes el dinero? —escuchó Carla detrás de un muro de una casa abandonada.
—Tengo ochocientos reales.
—¡Me tienes que pagar mil!
—Lo sé, pero cuando me apuñalaste no tenía ni medio real. Puedo conseguir el resto en poco tiempo.
—¿Y qué has hecho para conseguir el dinero tan rápido? —Carla se asustó con la pregunta, ¿la nombraría a ella?
—Mi madre tenía unas joyas que fueron de mi abuela y las vendí, con eso conseguí la mitad y la otra mitad la conseguí vendiendo algunos medicamentos que robé en el consultorio cuando la doctora me dejaba solo.
—¡Vaya! le robas en su consultorio y luego la invitas a que pase la noche en casa, ¿no?
—¿Tú como sabes eso?
—Porque te vigilamos, y sabemos que no te has movido de tu casa ni del consultorio para vender ninguna joya.
—Está bien... no quería admitirlo, pero lo he robado del bolso de mi madre.
—¿Para qué tenía tu vieja tanto dinero en el bolso?, Si sois pobres. —todos rieron.
—Sí, pero tenía que pagarle el colegio a mi sobrino y... se lo robé.
—¡Vaya, vaya con Agustín! Nos ha salido ratero de verdad.
—No tenía otra opción, ¿o sí?
—Pues lo cierto es que no... ¿y los doscientos que faltan?
—No los verás si me sigues vigilando, a mí y a mi familia.
—Ratero y gallito, eres toda una caja de sorpresas. —todos se rieron de Agus por su atrevimiento, pero el cabecilla cedió.
—Está bien, no te vigilaré más. Pero los doscientos los quiero ver pasado mañana.
—Así será. —el cabecilla de la banda se dio la vuelta y comenzó a andar y los chicos que le acompañaban, salieron detrás de él, en dirección contraria a Carla, en cambio Agus, se echó a andar hacia la casa abandonada.
—¿Qué haces aquí?
—Tenía que saber lo que pasaba, estaba preocupada.
—¡No te das cuenta de que podrían haberte visto!
—Pero no lo hicieron, y ahora sí puedo irme a casa tranquila. —Carla se fue y lo dejó solo.
—¡Espera!, ¡espera! —Agus comenzó a gritar y a correr detrás de ella.
—¿Qué quieres?
—Saber por qué estabas tan preocupada por mí.
—¿No es obvio? Después del beso en el salón, de la noche que pasamos juntos... ¿no te das cuenta?
—Es que... me resisto a creer que haya una persona interesada en mí.
—Pues acostúmbrate- —y Carla le besó cariñosamente en los labios.
—Vamos, te acompaño a casa.
—Vale. —ambos sonrieron y comenzaron a caminar cogidos de la mano.

2 comentarios:

  1. Uooooh me encanta!! Me encanta esta historia porque tiene más argumento, hasta he estado en tensión con este capítulo!, aunque se me hace raro que no haya escenas eróticas, me has malacostumbrado jajaja.

    Por cierto, me gusta muuuucho el nuevo diseño del blog ^^. Y en un principio mañana ya tendré internet como antes, supuestamente... Ahora estoy en casa de mi abuela otra vez xD.

    Un besote Tahis! Bueno no, no me despido aún, voy a ver si leo algo más :)

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  2. No haya MÁS escenas eróticas quería decir xD

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Hello, hello ~ Espero que tu comentario sea igual de picante que mi entrada.

¡Gracias!