21 de junio de 2012

Red Velvet - III Capítulo: Regreso

—He estado pensando.  —comenzó a decir Agus.  —en que deberíamos hablar sobre esto.
—¿Sobre qué?
—Sobre... lo nuestro, Carla, no me lo hagas más difícil.
—Ah... eso, bueno, yo también lo había pensado y creo que lo mejor es que seamos solo amigos, sí eso, amigos.
—Pero... tú y yo...
—Lo sé, pero apenas nos conocemos, y yo, no quiero otra relación.
—Yo nunca te haría daño como el tipo ese de Brasilia.
—Eso no lo puedes saber, quién me asegura a mí que nunca tendrás tentaciones con otras mujeres en las que acabarás cayendo.
—Nadie, pero si algún día sintiera esa tentación lo hablaría contigo, para buscarle solución.
—No seas infantil Agus, sabes que eso no es tan fácil.
—¡Ya empezamos con la edad! No soy infantil, tengo solo cuatro años menos que tú.
—Agus, no quise decir eso, no te pongas así.
—Tienes razón...
—¿En qué?
—Es mejor que solo seamos amigos, tú eres una señorita con estudios y buen trabajo y yo, yo dejé de estudiar, nunca he trabajado y estoy a la espera de juicio. No estamos hechos el uno para el otro como pensé la noche en la que te quedaste a dormir en mi casa y nos besamos en mi habitación.  —Agus salió del consultorio con los ojos vidriosos.

Carla se quería morir, ella jamás había querido hacerle daño a Agus, pero si le quería, como iba a querer hacerle daño. Entonces, si le quería, por qué le dijo que quería ser solo su amiga. Las dudas sobre sus sentimientos hacia Agus comenzaron a aflorar, en cambio, él había enterrado en lo más profundo de sí esos sentimientos porque ahora debía centrarse en devolver los doscientos reales que Carla acababa de prestarle.

—¡Agus!, ¿a dónde crees que vas?
—A devolverte los doscientos reales como me dijiste.
—¿Eso significa que los traes contigo?
—Sí. —Agus se llevó la mano al bolsillo y sacó el dinero. —Aquí tienes.
—¡Deuda saldada, compañero! Ahora ya puedes seguir en el negocio sin miedo.
—No quiero seguir.
—Nadie sale del negocio con vida.
—Te he devuelto tu dinero, ahora no tengo nada que me ate a ti ni a esta sucia banda.
—¿Cómo te atreves a insultarnos? Tú no eres mejor que nosotros.
—¡Soy mil veces mejor que vosotros!
—¿Mil?, ¿Como los mil reales que le robaste a tu madre y que me acabas de dar a mí para pagarme lo que me debías? —Agus clavó su mirada en la de él, enfurecido, porque escuchar la verdad, le dolía. —¿Ves? Eres igualito que todos nosotros.
—Está bien, no saldré de la banda, pero no volveré a consumir ni a vender, ¿está claro?
—¿Entonces qué harás?
—Puedo servirte de ayuda en un laboratorio improvisado, conseguir rebajar la cantidad de droga mezclándola con otros productos, hará que parezca que tengas más droga.
—Eso es jugar sucio.
—¿Ahora te preocupa eso?
—Está bien, pero de eso me podría ocupar yo, ¿por qué dejarte a ti?
—Porque controlo las cantidades, aprendí mucho mientras me drogaba.
—Como quieras... trabajarás en el garaje de mi viejo, mezclando droga, pero de esto, ni una palabra a nadie.
—No soy tonto.
—Por si acaso... —el cabecilla sonrió con aires de superioridad y se dio media vuelta.

Carla seguía sumida en sus dudas sobre lo que sentía hacia Agus cuando escuchó que alguien tocaba la puerta. Era un señor que venía con dolor de cabeza. Carla le dio un medicamento y el señor marchó contento del consultorio, pero Carla seguía con la cabeza en otro lado. Así pasó todo el día y cuando llegó la hora de la cena, decidió pasarse por casa de Josefina, ya que le quedaba de paso hacia la suya.

—Buenas noches, señorita.
—Buenas noches Josefina, vengo a ver a su hijo, ¿está en casa?
—Sí, en su habitación, pase. —Josefina cerró la puerta cuando Carla entró y fue al cuarto de su hijo a tocarle la puerta. —Hay alguien aquí fuera que quiere verte, sal. —gritó Josefina y se fue a la cocina para dejar a su hijo y a la doctora a solas.
—¿Sí? —dijo Agus abriendo la puerta y cuando vio a Carla dijo: —Ah... eres tú, ¿qué quieres?
—Saber cómo estabas después de lo de esta mañana y saber cómo te había ido con el pago de la deuda.
—Bien, le pagué lo que faltaba, ya no tienes nada de qué preocuparte, y si lo que te preocupaba eran tus mil reales, que sepas que te los devolveré. Gracias por todo.
—Agus, sabes perfectamente que el dinero no es lo que me preocupa, eres tú y lo que esos te puedan hacer.
—No me harán nada, sigo siendo de la banda.
—¿Qué?
—Que sigo trabajando para ellos con la condición de no tener que consumir ni vender.
—Entonces, todo lo que has hecho por salir de ahí, se va a la mierda, ¿no?
—Pues sí, más o menos, sí.
—Pues no me parece justo, ni para ti, ni para mí, ni para tu madre, ni para Martín.
—¿Qué tienen que ver ellos en esto?
—Mucho Agus mucho, piensa, se acercaron a Martín en la plaza para decirle que tenías que pagarles o que te matarían, te vigilaron para saber si estabas consiguiendo el dinero o no o por si te ibas de la lengua con la policía. Esa gente es peligrosa, Agus, lo sabes.
—Lo era, porque le debía dinero, pero ahora no me harán nada.
—¿Y cómo sabes que no intentarán meterte en más líos?
—No creo que unos cuántos líos más me hagan tanto daño como lo que me dijiste esta mañana, además, seguro que tras el juicio voy a la cárcel seguro, así que no me importa tener unos cuántos delitos más en mi historial.
—Estás hablando sin pensar, por favor, sal de esa banda.
—Déjame en paz, Carla, no tienes ni idea de lo que he tenido que vivir, tú eres una niña pija de ciudad y yo un muerto de hambre, cuándo sepas lo que es necesitar pertenecer a una banda para sobrevivir, vuelve y dime que salga.
—Agus... —Agus cerró la puerta de su habitación y la dejó a ella en el salón donde tiempo atrás se dieron su primer beso.

Carla sintió un nudo en su garganta tan fuerte que fue incapaz de respirar por unos segundos, luego, el dolor se alivió con las lágrimas que derramó sin que Josefina o Martín la viesen y salió de la casa sin despedirse para que no preguntaran qué había pasado. Comenzó a correr calle abajo, giró a la derecha y siguió corriendo por toda la calle sin mirar si venía o salía algún coche o si había más personas mirándola, solo se paró delante de la plaza, observó con tristeza el lugar en el que se había escondido para escuchar a Agus hablar con la gente de esa banda y siguió corriendo hasta su casa.

La casa de la familia Almeida era totalmente acogedora, ella alquiló esa casa sin conocer la historia de los que allí vivieron, una familia trabajadora y luchadora por sus derechos cuando el pueblo era gobernado por caciques. Le gustaba observar las fotografías que la familia no se había llevado de la casa con la mudanza y se ponía a inventarse los nombres e historias de cada uno de ellos. Pero esa noche no tenía ganas de historias, solo de llorar y desahogarse. 

Se arrepentía de haberse encaprichado tanto con un joven al que apenas conocía, se arrepentía de haberle prestado un dinero que posiblemente jamás volviera a ver y se arrepentía, incluso, de haber llegado a ese pueblo. Si lo que quería era huir de la capital, podría haberse ido, pero a un lugar más civilizado y con más acceso a otros pueblos. Aunque esos pensamientos se debieran solo al despecho que sentía en esos momentos, sabía que no podía huir de ahí, que no podía huir de más sitios.

Se sentó en la cama y se quedó mirando fijamente al suelo, mientras las lágrimas caían. Lo que Carla no sabía es que la persona por la que lloraba también se encontraba sentada en la cama con la mirada perdida en el suelo dejando caer las lágrimas.

1 comentario:

  1. ¿P-pero qué ha pasado aquí? Nooo qué pena, espero que en el próximo capítulo se arreglen las cosas :O

    ResponderEliminar

Hello, hello ~ Espero que tu comentario sea igual de picante que mi entrada.

¡Gracias!