1 de junio de 2012

Tropical fantasy - V Capítulo: Pillados


La habitación en la que había entrado Chloé tenía una cama muy grande en el centro cubierta por un edredón rojo pasión que llamaba la atención nada más entrar. También había dos almohadas blancas con los bordes en rojo que no tenían ni una sola arruga.

—¡Menuda cama! —exclamó Chloé después de besarlo.
—¿Quieres probarla?
—Por supuesto... —dijo ella sonriendo.

Ethan la tumbó sobre la cama y le quitó el vestido que estaba empapado. Ella lo miraba con ternura mientras le quitaba la camiseta y luego dejó que él se quitara los pantalones mientras ella deshacía la cama para abrigarse. Él la besó y luego hundió su cabeza en su cuello mientras la penetraba, Chloé le ayudaba con sus pies, con los que empujaba a Ethan dentro de ella. De repente Ethan levantó la cabeza y cogió de su mesa de noche un mando a distancia con el que activó un equipo de música que estaba frente a la cama. Al hacerlo, comenzó a sonar una romántica balada que le dio un toque más íntimo a la habitación y que hizo que Chloé se sintiera más cómoda.

Cuando terminaron, Ethan se dejó caer, agotado y sudado, sobre el otro lado de la cama. Se quitó las sábanas de encima y las apartó para dejar que el aire fresco de la habitación le quitara el calor. Se levantó de la cama  junto a Chloé para ir a la cocina a por algo de beber y Chloé se fue al baño, que también era acogedor.

—Para ser un apartamento de un artista medio bohemio, esto está bastante limpio.
—¿Qué insinúas? —dijo Ethan haciéndose el sorprendido.
—Nada, solo la verdad. Los artistas sois unos cochinos y los pintores más, que podéis vivir en una pocilga que mientras tengáis un lienzo y pinturas, sois felices.
—Y una musa. —Chloé sonrió y se metió en el baño. Al salir Ethan ya tenía las bebidas listas. —Marchando un refresco de limón sin gas con un poco de Vodka y mucho hielo. —Chloé lo probó.
—¡Vaya! Esto está riquísimo.
—¿Lo dudabas?
—Jaja, eres una caja de sorpresas... Ojalá yo fuera como tú.
—¿A qué te refieres?
—Sabes hacer muchas cosas a parte de pintar, yo solo sé modelar.
—Que ya es bastante.
—Te equivocas, no quiero ser solo modelo.
—¿Qué quieres ser?
—Me gustaría saber tocar el piano profesionalmente y dar conciertos.
—¿Qué te lo impide? —Chloé se quedó pensativa.
—No lo sé, supongo que es la primera vez que me lo planteo en serio.

Nueva York era más grande de lo que Chloé se hubiera imaginado jamás. Esa mañana había salido con Ethan en busca de clases de piano que no fueran muy caras, y encontraron una. Luego pasearon por las calles y vieron que estaban en primera portada de una revista de moda. Se acercaron al kiosco donde la habían visto y la compraron emocionados.

—Nuestro primer trabajo juntos como modelos. —dijo Ethan mirando con cariño la portada.
—Ojalá no sea el único. —Chloé comenzó a caminar hacia un restaurante.
—En este restaurante pinté muchos de los retratos que tengo en mi apartamento.
—¿Aquí?
—Sí, me sentaba en una mesa alejada y observaba a las personas, comenzaba a dibujarlas y antes de que pagaran y se fueran, les regalaba el retrato.
—¡Qué horror!, saber que mientras comías había un loco mirándote atentamente para retratarte en un papel.
—Oye, deja ya de meterte con los pintores, no es nada raro, yo solo buscaba inspiración.
—Ya... ¿si los regalabas como es que guardas todavía algunos?
—Porque algunos me miraban raro y se iban.
—Lo que yo decía, te veían cara de loco o de psicópata. —Chloé rió a carcajadas y entró en el restaurante.

Una semana más tarde

—Hoy es el último día.
—¿El último día?
—Sí, cuando en Miami te pedí que vinieras a vivir conmigo te dije que lo harías por una semana y que luego elegirías si seguir aquí o volver a Carolina del Sur.
—Cierto, bueno Ethan, lo cierto es que aquí me lo estoy pasando muy bien, pero tengo que volver a casa. —Ethan se quedó serio con los ojos clavados en los de Chloé. —Tengo que volver porque hay un par vestidos y zapatos que me hacen falta y claro, tengo mis cosas personales allí, no puedo estar viviendo más tiempo con tus camisetas. Y menos cuando en una semana tengo que dar una entrevista en televisión.
—Me habías asustado, ven aquí. —Ethan abrió los brazos y la abrazó.
—¿Irás tú a la entrevista?
—A mí no me han llamado.
—Pues me acompañas, no quiero ir sola a ese sitio.
—Por supuesto.

Ethan y Chloé comieron antes de salir a comprar un billete de avión para ella. Chloé tenía pensado hacerle una visita a Tom y dejarles una carta a sus padres quiénes todavía no sabían nada de Ethan. Chloé llegó a casa y metió sus cosas en una maleta. Dejó un sobre sobre la mesa de la cocina donde les explicaba a sus padres que vivía en Nueva York con su novio y salió de allí con una maleta enorme y otra sonrisa igual de grande. Caminó un largo rato hasta salir del denso bosque y pisar el asfalto de una carretera secundaria que le conduciría al centro. El sol brillaba con fuerza y el calor, más el peso de la maleta, hacían que Chloé se sintiera fatigada, pero tenía que llegar caminando, pues por allí nunca pasaban coches que la pudieran alcanzar.

Finalmente llegó. La ciudad era enorme pero tenía algo de dinero para llegar en taxi hasta casa de Tom y cuando llegó él le recibió con un largo abrazo.

—Sabía que ese Ethan no era para ti, cuéntame, ¿qué te hizo?
—Nada Tom, he venido a buscar mis cosas para mudarme definitivamente a su apartamento.
—¿Qué?, ¿estás loca?
—He venido a verte pensando que te alegrarías, pero veo que no. Mejor me voy.
—Espera... lo siento. Siéntate que tenemos que hablar. —Chloé obedeció. —Resulta que las fotos han tenido mucho éxito, más del esperado. Y ya hay cuatro cadenas de televisión más esperando una respuesta.
—¿A qué pregunta?
—A si irás a sus programas.
—¿Qué quieren preguntarme?
—Seguramente saquen el tema de Nathan y quieren que vayas con Ethan, ¿estarías dispuesta?
—Sí, lo estoy. —dijo muy firme.
—Bien, así me gusta, entonces confirmo todo, ¿no?
—Exacto. —Chloé salió por la puerta pensando cómo se vengaría por televisión de su ex novio y se despidió de Tom con dos besos.

Al llegar al aeropuerto se encontró con que su avión despegaría dentro de veinte minutos más tarde de lo que tenían previsto por problemas técnicos. Chloé puso los ojos en blanco y se dejó caer sobre una silla. Ya había facturado la maleta y no tenía nada con lo que entretenerse, así que abrió su móvil y vio que tenía notificaciones en sus redes sociales. Amigas con las que hacía meses que no hablaba tenían su foto, la de ella y la de Ethan, en esa red social. La misma red social y las mismas amigas que habían comentado durante meses la foto de ella desnuda, ahora le hacían cumplidos por lo guapa que estaba. La pobre Chloé jamás había sentido tanta rabia, antes la criticaban y la despreciaban y ahora que roza el mundillo de la fama con la punta de los dedos, pretenden ser sus amigas de nuevo.

Se armó de valor y quiso comentar su propia foto para contestarle a sus amigas, pero pensó que podría llamar a Tom para pedirle ayuda con eso. Tom conoce a muchas personas capaces de hacer lo que sea por un buen pellizco de dinero, y Chloé estaba dispuesta a gastarse lo que fuera con tal de que esa persona hiciera lo que ella quería. Así que llamó a Tom y Tom llamó a alguien que se encargaría de borrar una por una las cuentas de usuario de las "amigas" de Chloé. Eliminando así cada foto y comentario.

Pasaron los veinte minutos y Chloé pasó al avión rodeada de un grupo de chicos y chicas que iban a Nueva York de viaje de fin de curso. En el avión, una de esas chicas, la reconoció y le pidió un autógrafo porque decía que también quería ser modelo como ella y salir en las revistas. Chloé estaba abrumada, jamás había pensado que una chica de su edad pudiera decirle abiertamente que la admiraba por su trabajo, hasta ahora todas las chicas la envidiaban y su orgullo no les permitía reconocer el talento de Chloé delante de las cámaras.

Cuando el avión despegó, Chloé cerró sus ojos y apoyó su cabeza en el asiento. Odiaba los despegues. El resto del viaje se le hizo corto y agradable porque se compró unos auriculares con los que escuchar música y distraerse. Y al llegar a Nueva York, Ethan la esperaba con un ramo de rosas. Los dos enamorados se besaron y se abrazaron entre la multitud, sin saber que entre esas personas, había alguien que llevaba días espiándoles.

—Estás preciosa.
—Gracias. Oye, visité a Tom y me dijo que hay cuatro cadenas de televisión más interesadas en mí.
—¡Vaya! Lo has conseguido, una vez pises esos platós de televisión, miles de personas te conocerán y compraran las revistas en las que salgas y todos querrán trabajar contigo.
—Ey, no me ilusiones que si luego fracaso será peor.
—¿Fracasar? Tú solo podrías triunfar.
—Gracias, por cierto, Tom me dijo que tú también debías ir.
—¿Y qué me quieren preguntar a mí?
—A ti ni idea, pero a mí sobre Nathan.
—¿Y aceptaste?
—Sí. Es mi oportunidad para contar en la televisión lo que ocurrió realmente.
—Vale, como quieras. Vamos a casa.

Chloé entró dentro del coche y Ethan condujo hasta su apartamento. Se había comprado un coche de segunda mano gracias al dinero que había ganado como modelo y ahora podía pagar el alquiler atrasado del apartamento, comida nueva y lo más importante, pinturas y pinceles nuevos.

—Tengo ganas de ir a una fiesta. —dijo Chloé.
—Yo también, ¿una discoteca?
—Perfecto.
—Sé de unas cuántas que te gustarán. Tienen música moderna y bebidas gratis hasta medianoche.
—Me gusta, ¿vamos esta noche?
—Esta noche será. ¿Te has traído ropa de fiesta?
—Muchísima ropa de fiesta.
—Pues tendrás que darle uso, en Nueva York nos sobran las fiestas.

Esa noche Chloé vestía un precioso vestido amarillo con brillantes y ceñido a la cintura con unos tacones dorados. Se había soltado su melena pelirroja y se la había ondulado un poco y peinado hacia un lado. Se había colocado unas horquillas doradas a juego con los zapatos y se había maquillado los ojos muy poco porque lo que quería destacar eran sus labios con una pintura roja muy intensa.

—Estás increíble. —dijo Ethan boquiabierto. Él llevaba unos pantalones negros, camisa verde y encima un suéter negro con escote en pico del que sobresalía el cuello de la camisa.
—Y tú también. Hasta te has afeitado.
—Me hacía falta.
—Sí, melena corta y barba era demasiado pelo... —Chloé rompió a reír y Ethan se acercó. —También te has perfumado. Vamos a una discoteca, ¿no?
—No.

Ethan cogió a Chloé de la mano y la sacó de la casa sin contestar a ninguna de sus palabras. Al salir, notaron un ligero reflejo de luz en la oscuridad, como si alguien les acabara de sacar una foto, pero no le dieron importancia. Durante el trayecto hasta un restaurante de lujo, Ethan y Chloé no pararon de ser fotografiados sin saberlo por un paparazzi que quería vender la exclusiva de que Chloé mantenía una relación con el modelo que posaba con ella para la revista y luego sacar eso en directo mientras les entrevistaban.

La noche pasó muy lentamente: vino, platos llenos de comida, postres de chocolate y helado de vainilla, besos y caricias por debajo de la mesa. Después de pagar, Ethan abrazó a Chloé por la espalda y fueron caminando así hasta el coche. Se subieron y Ethan condujo hasta el Central Park.

—No puedes vivir más tiempo en Nueva York sin conocer este lugar.
—¿Cuál?
—¡El Central Park! —Chloé se sorprendió. —Hay un árbol, situado frente al lago, en el que me gusta mucho venir a descansar y a pintar. Quiero que lo conozcas.

Cuando llegaron Chloé se dio cuenta por ella misma de que el lago era precioso y que el árbol debía de hacer mucha sombra por el día y que debía de ser un lugar muy tranquilo. Se acostaron en el césped para descansar y Chloé se quitó los zapatos y los apartó. De repente, Ethan sintió como si alguien les observase, pero no quiso preocupar a Chloé y se relajó para no estropear el momento. Ella empezó a besarlo y él le acarició la pierna suavemente. Después del beso, Chloé arqueó su espalda y metió sus manos debajo. Ethan no sabía qué hacía hasta que oyó cómo bajaba la cremallera.

—¿Qué haces?
—Vamos, estamos solos.
—Nos pueden ver. Además...
—¿Qué pasa?
—He notado que alguien nos sigue, ¿tú no?
—No. Ethan si estás incómodo, pues no lo hacemos.
—Es que aquí... en público.
—Sí... hay una cantidad de gente increíble y está todo iluminadísimo... —dijo Chloé haciendo uso de la ironía.
—Está bien, lo siento. —Ethan volvió a besarla y dejó que ella terminara de bajarse el vestido.

De repente, dos pequeños pechos, blancos y suaves, salieron de vestido. Ethan se acercó a ellos y los lamió con dulzura, los pellizco y los tocó hasta que ella comenzó a alterarse. Tener sexo en el parque no era lo que Ethan había ido buscando, él quería quedarse abrazado a ella hasta tarde en ese lugar que siempre recordaba con cariño, no quería que nada lo estropease. Así que paró.

—Lo siento Chloé. Aquí no. —Ethan puso la cara seria.
—Tienes razón, siento haberte presionado a hacerlo.
—Da igual, me gustó hacerlo. Pero no quiero seguir.
—Quedémonos así entonces, abrazados toda la noche. —Ethan sonrió al ver que ella ahora quería lo mismo que él.

A las cuatro de la mañana, la pareja volvió al apartamento y Chloé que seguía con ganas, no pudo evitar echarse encima de Ethan. Él, que ahora se sentía cómodo, le quitó las braguitas y metió sus dedos dentro, comprobando lo húmeda que estaba ella. Chloé se relajó y dejó que él la tocara todo lo que quisiera, cuando Ethan se cansó solo de tocar, se quitó los pantalones y los calzoncillos que llevaba y la penetró provocando que ella gritara de dolor. Cuando la pobre de Chloé se recuperó, se tumbó hacia la derecha y levantó su pierna izquierda rodeando con ella las piernas de Ethan. Ethan aprovechó eso para seguir tocándola mientras la penetraba y Chloé no podía evitar gemir de placer una y otra vez, ya que sentía un doble placer: el de la penetración y el de los movimientos de Ethan con sus dedos sobre su hinchado clítoris.

Llegó el momento del orgasmo final. Chloé gemía seguidamente y cada vez más curvaba su espalda hacia delante, Ethan sudaba sin parar pero sentía un inmenso placer al escucharla a ella gemir y al notar como ella cada vez estaba más lubricada. Unos segundos más tarde, Chloé paró de gemir, exhausta y agotada. Ethan notó las fuertes contracciones de Chloé que provocó que él también cayera exhausto con un orgasmo más ahogado.

A la mañana siguiente, Ethan y Chloé amanecieron abrazados bajos las sábanas y con varias llamadas perdidas de Tom en sus móviles. El primero en darse cuenta fue Ethan e inmediatamente Chloé miró el suyo y ambos se asustaron pensando en qué habría pasado.

—¿Qué ha pasado?, ¿me preguntas qué ha pasado?, ¿a mí? —Tom estaba al borde de un ataque de nervios de los suyos.
—Tom, quieres explicarnos todo desde el principio y con calma, por favor. —le rogó Chloé.
—Cariño, has arruinado tu carrera.
—¿Qué?, ¿qué pasó?
—Entra en Internet, en la página oficial de la televisión esa que te quería entrevistar la próxima semana.
—Vale voy, ¿qué pasó? Entrevistaron a Nathan y él les contó pestes sobre mí, ¿verdad? ¡Maldita sea!
—¡No! Esta vez la desgracia te la has buscado tú solita... Lo siento, tengo que colgar. Por cierto, ya no trabajas para mí. —Tom colgó y Chloé corrió al salón.

Encendió el ordenador, entró en la página y allí estaban: las fotos de ella con el vestido por la cintura tirada en el césped de Central Park y con Ethan acariciándole y besándole los pechos.

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