8 de junio de 2012

Tropical fantasy - VI Capítulo: Juntos

[Capítulo final]

Una semana después

—Chloé, ¿cómo te sentiste después de ver las fotos en Internet?  —preguntó la presentadora.
—No lo sabría explicar, la verdad es que es difícil para cualquier persona que tenga un poco de fama, tener vida privada. Yo ni siquiera me considero famosa, soy una chica cualquiera que posa para revistas de moda, y, aún así, me persiguen por medio país, me sacan fotos a escondidas y las publican sin mi consentimiento. Así que se puede decir que me sentí y me siento acosada.
—¿Es cierto que después de que esas fotos fueran colgadas en Internet, Tom, el fotógrafo más prestigioso del país con una larga carrera en todo el mundo, te dijo que ya no quería trabajar contigo?
—Sí, es cierto. Tom es un hombre que como bien has dicho, tiene un alto prestigio y no podía correr el riesgo de quedar en ridículo por mi culpa, una vez más.
—Me gusta que hayas sacado tú el tema, Chloé, con eso de "una vez más". Todos aquí recordamos lo mal que lo pasaste cuando otras fotos tuyas, esa vez en un desnudo integral, fueron publicadas en una red social muy conocida.
—Sí, lo pasé mal y el único apoyo sincero que tuve fue el de Tom, pero esto es diferente. Si todos recuerdan las fotos me imagino que también recordarán que permití que me las sacara mi novio porque era mi novio y porque iban a ser totalmente privadas, pero él me traicionó. Esto es cambio, es muy distinto, se trata de una persona ajena a mí que me ha estado persiguiendo por todo Nueva York con el único propósito de sacarme una foto comprometida y cuando lo consiguió, permitió que todos pudieran verlas.
—Aún así, ¿no crees que fue imprudente lo que hiciste?
—No, para nada. Estábamos en un parque a oscuras, a mitad de la noche, sin nadie alrededor, o eso creíamos nosotros, y con ganas de pasar un momento íntimo y romántico en un lugar tan bonito como Central Park.
—Es cierto, es un lugar bonito y romántico, pero aunque tú no te creas famosa, lo eres, ¿no piensas que quizá deberías haber esperado a llegar a un lugar privado para hacer eso?
—No, sigo pensando lo mismo que antes. Si estábamos solos y era de noche, ¿por qué no? Nadie iba a molestarse porque nadie nos estaba viendo. Además, solo fueron unas cuantas caricias, unos besos apasionados y poco más. Lo que me parece mal es que alguien se dedique a perseguir a las personas y a sacarles fotos en sus momentos de intimidad.
—Bueno Chloé, nos ha quedado claro tu punto de vista, hacemos pasar ahora al otro perjudicado, al ya conocido pintor y modelo, Ethan.  —Ethan entró en plató y se sentó al lado de Chloé cogiéndola de la mano.  —Bienvenido Ethan, ¿cómo te sientes después de todo lo que ha pasado?
—Bien, bueno, esto ha sido difícil para Chloé porque ha perdido su trabajo, pero, yo le he prometido que siempre podrá contar conmigo y que yo nunca la traicionaré, y así será.
—¡Qué romántico!, pero Ethan, cuéntanos qué tal tu experiencia como modelo.
—Muy buena, sinceramente, inmejorable. Conocí a una bella modelo y bella persona que está sentada aquí a mi lado y tuve la oportunidad de darme a conocer en esas revistas, y, afortunadamente, las ventas de mis obras en las galerías de arte están siendo muy buenas.
—¿Podríamos afirmar que las fotos en el parque con Chloé son las que te han dado la fama?
—Espero que no, me gustaría más pensar que han sido las fotos de la revista. Quiero que la gente me conozca y vea cómo soy de verdad y que cuando vea un cuadro mío sepa sin ver la firma que lo he pintado yo y que lo compre. Y si compran mis cuadros por las fotos en el parque, es que no están conociéndome tal y cómo soy.
—Pues cuéntanos cómo eres, Ethan.
—Soy sencillo, trabajo duro para conseguir terminar los cuadros, paso noches en vela retocando algunos detalles e intento ser crítico conmigo mismo. Soy perfeccionista y minucioso en mi trabajo, y eso es lo que cuenta. Soy algo bohemio y nostálgico y lo reflejo en mis cuadros inspirándome en mi adolescencia, pero también intento no mirar mucho hacia el pasado y centrarme en crear cuadros modernos y frescos que la gente quiera comprar.
—Vives por y para tu trabajo, se puede decir, ¿no?
—Exacto, amo mi profesión al igual que Chloé ama la suya y no es justo que se haya quedado sin trabajo por dejarse llevar en un momento de pasión.
—Vaya, has tenido mucha suerte conociendo a este chico, querida.  —la presentadora se dirigió a Chloé y ella le dedicó una sonrisa falsa.
—Yo también la tuve al conocerla a ella: es noble, inteligente y guapa. Creo que cualquier diseñador o fotógrafo la querrá trabajando para él, porque es muy buena frente a las cámaras.
—No lo dudo.  —la presentadora sonrió de una manera al decir eso que a Chloé le pareció ofensivo.
—Además,  —prosiguió Ethan.  —no es la primera ni será la última modelo en tener problemas de este tipo, incluso las ha habido con problemas peores, y siguen modelando para las mejores firmas de ropa.
—Ahí tienes razón, Ethan. Creo que Chloé tiene mucho potencial que explotar y desde aquí reitero tus palabras de que cualquier diseñador, fotógrafo, o apasionado de la moda, querrá tenerla trabajando para él, al igual que estoy segura de que cualquier apasionado de la pintura y del arte en sí, querrá tener una obra tuya en su salón o despacho.
—Muchas gracias.  —concluyó Ethan.
—Muchas gracias a ti. Chloé, un placer tenerte aquí.
—Gracias, el placer ha sido nuestro, que por fin hemos podido explicarnos con claridad.

Chloé salió del plató junto a Ethan y después de atravesar un largo pasillo lleno de cámaras de televisión, cables y cajas de cartón, llegó a las escaleras que la conducirían hasta la calle. Andaba deprisa, con ansias de salir de aquel lugar y Ethan la seguía como podía, sin atreverse a preguntarle si estaba bien, porque conocía la respuesta: no.

Una vez en la calle, caminaron poco más de un minuto hasta llegar al coche de Ethan y se subieron dentro, todavía sin hablar. Ethan arrancó el coche y se incorporó a la carretera. El tráfico era fluido, pero había una gran cantidad de semáforos. En el segundo semáforo, Ethan se atrevió a hablar:

—¿Cómo estás?
—Relajada, aunque no lo parezca.
—Te sentó bien dar tu punto de vista, ¿verdad?
—Sí, decir que simplemente era un momento íntimo, nuestro y nada más que nuestro, me sentó bien. Y también decir que ese paparazzi no tenía derecho a sacarnos fotos sin nuestro permiso y publicarlas en Internet.
—Ahora la gente te comprenderá, no toda, siempre habrá un grupo de personas que te criticarán, pero la mayoría ahora lo verá todo con tus ojos.
—Si no es el público el que me preocupa, son los que me van a contratar. Tengo miedo de que jamás lo hagan.
—Lo harán, hay modelos a las que se les ha visto drogarse, y siguen modelando. Tú, por esas fotos, no vas a tener problemas.
—Eso espero, sabes que modelar es mi pasión, y lo único que sé hacer.
—Oye, eso no es cierto, has avanzado mucho en tu curso de piano, la profesora que tienes dice que tienes buen oído para la música y que aprendes canciones difíciles en menos de dos horas, canciones que otros que se dedican a eso, tardan tres días.
—Estaba exagerando...
—No lo hacía cariño, tienes buen oído para la música y has avanzado un montón, es un hecho, no una exageración.
—¿Crees que podría dedicarme a eso si fracaso como modelo?
—No solo lo creo sino que lo sé, y además, no vas a fracasar en nada. 
—Gracias por apoyarme, necesitaba a alguien a mi lado que confiara en mí de verdad.

Cuando por fin llegaron al apartamento, Chloé se quitó los incómodos tacones y dejó que sus pies se acostumbraran de nuevo a pisar sin llevar diez centímetros debajo de ellos, mientras, Ethan se quitaba la corbata que le hacía sentir que se asfixiaba y comenzó también a desbotonarse la camiseta color ciruela. Chloé se bajó la cremallera de su vestido azul celeste y lo dejó caer mientras se masajeaba el cuello.

—¿Estás cansada?
—Sí, y me duele un poco la espalda.
—Ven, te hago un masaje.
—Oh... gracias. —Chloé se sentó de espaldas a Ethan y él le desabrochó con cuidado el sujetador.
—Me encanta tu espalda... —Ethan acarició la espalda de Chloé lentamente y luego acercó su pecho a la espalda de ella, abrazándola por detrás. Al hacerlo, Ethan tuvo a mano los pechos de Chloé, que no dudó en acariciar y ver cómo se erizaban.
—A mí me encantas tú, entero. —Ethan siguió deslizando sus manos, ahora lo hacía por el ombligo de Chloé.
—Tienes un cuerpo precioso, pero lo que más me gusta es tu cara.
—¿Mi cara?
—Sí, tus ojos mitad azules mitad verdes, tu pelo anaranjado y largo y tu sonrisa perfecta.
—Tonto... —Chloé sonrió mientras Ethan comenzaba a acariciarla por encima de sus braguitas color violeta.
—¿Yo también te gusto?
—Sí, mucho. Tus ojos verdes claros, tu media melena rubia, tu barba de tres días, tu nariz puntiaguda y el hoyuelo que se te forma cuando sonríes... —Chloé le acarició la cara mientras Ethan seguía acariciándola a ella, esta vez por dentro de sus braguitas.
—Me apetece hacerte el amor toda la noche, mi pequeña Mozart.
—Jaja, soy más de autores modernos que de Mozart o Beethoven.
—Lo sé, te escucho interpretar las bandas sonoras de películas preciosas, como la que tocaste ayer toda la tarde, no la conozco pero era muy bonita.
—La compuse yo con trece años, ayer me atreví a tocarla porque pensaba que no me estabas escuchando.
—Siempre te escucho, pero ahora, a lo que íbamos. —Ethan se acostó encima de ella y comenzó a besarle el cuello y los pechos para luego entretenerse en su ombligo antes de llegar a dónde debía.

A la mañana siguiente, Ethan estaba totalmente desnudo, sin sábanas que lo cubriesen, con el corazón todavía agitado y la mente pidiendo un descanso. Llevaba toda la noche sin dormir entre besos, palabras bonitas y orgasmos. Chloé en cambio estaba tapada con una fina sábana, descansaba tranquila después de tanta agitación y Ethan no quiso despertarla cuando se dio cuenta de que eran las nueve de la mañana. Se fue a la cocina, se preparó el desayuno y se puso a pintar, inspirado en su noche de pasión. Al mediodía se despertó por fin Chloé con la cara hinchada y unas ojeras muy feas, pero con una sonrisa. Ethan le preparó algo de comer mientras ella se duchaba y al salir de la ducha se vistió para ir a clase de piano esa tarde. Ethan, como siempre, la acompañó, pero esta vez no se quedó escuchando como él siempre decía que hacía, sino que se fue al banco a retirar algo de dinero y allí se enteró de que la cuenta asociada con la galería de arte donde exponía sus obras, acababa de recibir un importante ingreso. 

A eso de las seis de la tarde, Chloé salió de su clase de piano y al no ver a Ethan, lo llamó, pero él no le cogió el teléfono, sino que se le acercó por detrás.

—Acabo de recibir una noticia importante.
—¿Cuál?
—Acaban de vender uno de los cuadros más caros que tenía expuestos y quieren que presente una nueva colección el próximo mes. Y habrá una subasta benéfica en la galería y quieren que done una de mis obras para la subasta.
—Eso es una muy buena noticia, Ethan, ¿cuándo te enteraste?
—Ahora, hace un rato.
—Vamos a celebrarlo... —Chloé lo abrazó emocionada.
—¿A dónde?
—A dónde tú quieras, pero no me lleves al Central Park, no vaya a ser que no sea capaz de controlar mi pasión... —Chloé rió.
—Vaya, sí que lo tienes superado.
—Sí, porque yo también tengo una buena noticia.
—¿Cuál?
—Mientras estaba en clase me llamaron y cuando vi el número supe que era Tom y lo cogí.
—¿Quiere que vuelvas?
—Sí, pero le dije que no.
—¿Por qué?
—Porque ya no lo necesito, antes sí, ahora no.
—Bueno, pero sigues sin trabajo...
—No del todo, mi profesora ha dicho que quiere que le ayude a dar clases.
—¿Pasas de alumna a profesora en una semana?
—Sí, ¿no es guay? Quiere que la ayude con un grupo de principiantes y como mi nivel es medio, los puedo ayudar y así le quito trabajo a ella y puede descansar más que está muy agobiada. Además, ganaré un buen dinero.
—Me alegro, en serio, estás consiguiendo lo que querías y más. ¿Cuándo empiezas?
—Mañana mismo, ¿y tú?, ¿cuándo empezarás a pintar?
—Ya he empezado, esta mañana hice un cuadro inspirado en ti. El cuadro más bonito que he hecho en toda mi carrera.
—Quiero verlo.
—Imposible, será sorpresa.
—Te odio...
—Sé que no. —Ethan sonrió.
—Vale, no te odio, pero me caes mal cuando no me dejas ver tus cuadros hasta que no los acabes.
—Jaja, pues me da igual, este es especial y quiero que lo siga siendo hasta el momento en el que lo veas.
—Te quiero. —Chloé suspiró.
—Y yo a ti, pequeña Mozart.
—¡Déjalo ya!, pequeño.... no me sé ningún pintor. —Ethan rompió a reír y Chloé le golpeó el hombro. —pequeño Renoir... —Ethan la miró atentamente.
—¿Cómo sabes que me gusta?
—Por los cuadros del salón del hotel, eran de él, y no parabas de mirarlos.
—¿Cómo supiste que eran de él?
—Porque estaba escrito en una esquina. —Chloé puso los ojos en blanco y comenzó a caminar.
—¿Te he dicho ya que te quiero?
—Que sí, pesado. Y yo a ti también. Chloé sonrió y le besó tiernamente. Ethan la cogió de la mano y comenzaron a caminar juntos.

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