30 de julio de 2012

Red Velvet - VII Capítulo: Fuga

La cabeza le daba vueltas, se sentía mareada y aturdida, pero estaba bien cuidada por Josefina que le había limpiado y tapado la herida. Carla despertó de madrugada y se puso en pie. Se miró la herida y salió fuera del consultorio donde estaba Josefina durmiendo en los asientos de la sala de espera. Carla sonrió al ver que Josefina no le guardaba rencor y volvió adentro, pero hizo ruido con la puerta y Josefina se despertó.

—Señorita, ¿qué hace en pie?
—Perdone Josefina, es que me desperté y quería saber si estaba sola.
—No, yo no la dejaría sola después de lo que pasó.
—¿Y qué pasó exactamente?
—No lo sé. Fui a su casa a saber cómo estaba después del juicio y decirle que no la culpaba de nada cuando la vi tirada en el baño en un charco de sangre.
—¿Qué?  —Carla se llevó la mano a la cabeza.  —No recuerdo nada.
—Ya recordará, ahora tiene que seguir descansando, mañana la acompañaré a denunciar.
—Pero si no sé quién me hizo esto.
—Yo sí.
—¿Cómo?, ¿quién?
—Cortés, el dueño del garaje y el padre de Duarte.
—¿Ese hombre también estaba metido en los delitos de su hijo?
—Más que metido, señorita, ese hombre era realmente el que manejaba la banda: le decía a su hijo lo que tenía que hacer y decir. Controlaba al resto de la banda, sobretodo a los hermanos Silva y se encargaba de los negocios con los argentinos y los uruguayos.
—¿Uruguayos? No había oído nada de eso.
—Ocurrió hace unos años, nadie denunció porque no había pruebas, pero se sabe que llenaron dos yates de drogas y que lograron escapar de la policía con una estrategia: la droga iba en dos yates camuflados y luego, había otro con algo más de droga que despistaría a la policía. La droga llegó a Uruguay y nadie pudo impedirlo.
—Vaya... va a resultar que son inteligentes y todo, pero, ¿qué querría ese hombre de mí?
—No lo sé. Martín y yo te trajimos aquí, pero mi hija Magdalena se quedó en tu casa un rato comprobando si faltaba algo, pero claro, ella nunca había estado en tu casa y dice que, aparentemente, está todo revuelto pero no falta nada.
—Bueno, ya iré yo a mirar, ¿qué se sabe de Agus?, ¿cuándo lo trasladan?
—Pasado mañana lo llevan a Brasilia... aún no me puedo creer que vaya a estar en prisión... mi hijito.
—Ni yo...

A la mañana siguiente Carla despertó sin dolores de cabeza por el golpe y fue directa a comisaría a denunciar lo que había pasado. La policía revolvió aún más la casa de Carla, pero no encontró nada, ninguna prueba. El que hizo eso buscaba algo, pero ninguno tenía idea de qué. Quizá pensaba que encontraría algo de valor o algo que exculpara a los de la banda o incriminara aún más a Agus o a ella. No lo sabían. La policía no encontró nada y se fue.

Después de salir de casa de Carla fueron a casa de Cortés a preguntarle, pero tenía coartada. Cortés había mentido diciendo que había salido a tomar algo a un bar de un pueblo vecino que está a unos cuántos kilómetros. La policía llamó y les atendió el dueño del bar y el mejor amigo de Cortés. Éste corroboró la historia de su amigo y la policía no pudo hacer nada más salvo ponerle protección a Carla.

Esa noche Carla estuvo inquieta recorriendo de un lado a otro su casa. Se mordía las uñas, jugaba con su pelo, se pasaba las manos frías por la frente y se restregaba sus ojos con ellas, pensando en qué podía querer aquel hombre y recordó algo: el lugar donde Cortés se había escondido cuando ella llegó a su casa después del juicio. Fue corriendo hasta el baño, el único lugar donde la policía no se había molestado en mirar. Corrió la cortina de la bañera: nada; abrió cajones y puertas del mueble del lavabo: nada; levantó la pequeña alfombra del suelo: nada; miró detrás del espejo del lavabo: nada. Se sentó sobre el váter, cansada y frustrada, y entonces abrió los ojos como platos y abrió la boca a modo de sorpresa, y es que había tenido una idea. Se levantó y con las dos manos quitó la tapa de la cisterna del váter: ¡bingo!

En ese momento, el policía que vigilaba su casa estaba recibiendo una llamada del comisario, el cuál también había recibido una llamada de un "vecino" del edificio de Carla, que no era más que otro amigo de Cortés, o mejor dicho, no era más que otro drogadicto que hacía lo que fuera para que Cortés le consiguiera más coca. El policía asintió con la cabeza, como si el comisario pudiera verlo a través del teléfono, y colgó. Tocó el timbre y no obtuvo respuesta. Así que volvió a tocar, con intenciones de tirar la puerta abajo si era necesario: Carla era sospechosa de traficar con drogas. Nada más lejos de la realidad, pero ahí estaba ella, "escondiendo" varias bolsas de coca en la cisterna del váter. Viejo truco, pensó el policía, y detuvo a Carla.

Carla declaró que la droga no era suya, pero lo cierto era que no había ninguna huella en las bolsitas de coca, solo en la que ella había tocado, y eran suyas. La policía pensó que ella y Agus le robaban la droga a la banda y que por eso la habían atacado. No era cierto, Carla intentó explicar su versión, pero la policía se sentía cómoda con su conclusión y no estaba dispuesta a cambiarla. Aún así, solo tenían unas huellas en una bolsa de coca y entre todas ellas no sumaban un kilo, no había indicios de que fuera una traficante y la soltaron, por el momento.

Entonces fue cuando Carla se dio cuenta del riesgo que corría en ese pueblo y del riesgo que corría Agus. La policía llevaba años tras la banda, y ya la tenía entre rejas y no pararían hasta verles pudrirse ahí. Años y años luchando contra la droga y de repente tienen a los culpables y a otros posibles sospechosos. Se creían fuertes y poderosos y no pararían hasta encerrar al último vecino que tuviera una relación directa o indirecta con la banda o con las drogas.

Carla corrió a su casa, cogió una maleta y la llenó con su ropa, luego se guardó algo de dinero en el pantalón. Bajó corriendo y escondió la maleta en la camioneta de Paulo, que volvía a confiar en sus vecinos tras la detención de la banda. Condujo hasta la comisaría y esperó unas horas agazapada en la oscuridad hasta que, a eso de las cinco de la madrugada, la banda, Agus y los policías salieron de comisaría y se subieron a una camioneta. Carla arrancó el coche, sin poner las luces, y les persiguió hasta la salida del pueblo a una distancia considerable para no ser vista. Entonces embistió la camioneta y los policías se asustaron, frenaron y se bajaron con sus armas. Carla, al ver que habían frenado, retrocedió con el coche unos metros, para separar la camioneta de Paulo de la furgoneta de los policías. Abrió la puerta donde estaban los detenidos y sacó a Agus.

Para ese entonces tenía a un policía apuntándola con una pistola en la cabeza por un lado y a otro por el otro lado. Pero ni la policía ni Carla contaba con que la banda quisiera escaparse también y corrieron tras ellos. Solo había tres policías, dos corrieron tras la banda y otro se quedó con la pareja mientras pedía refuerzos. A los lejos ya se oían las sirenas, debían actuar y Agus estaba asustado: Carla se había vuelto loca. En un momento, Carla posó su mano en la puerta de la furgoneta que había abierto para liberar a Agus, la atrajo hacia ella para darle impulso y luego golpeó la cara del policía que dejó caer su arma al suelo. Carla corrió hacia el coche y Agus la siguió.

Carla condujo lo más rápido que pudo, la policía seguía entretenida con la banda que se había escapado y los refuerzos todavía no eran más que luces y sirenas a lo lejos.

—Estás loca, ¿por qué has hecho eso?
—Porque te quiero y quiero que estés a mi lado para siempre —Carla se sonrojó al decir eso y sonrojó también al pobre de Agus que se había quedado con el rostro desencajado. —No me mires así, ¿quieres? Estoy nerviosa y tú me estás poniendo peor.
—Vale, vale, si vamos a huir hagámoslo bien. Coge por esa carretera.
—Pero si no está iluminada y bordea la montaña, si voy demasiado deprisa podríamos caer y...
—Confía en mí, conozco este lugar mejor que tú, coge por ahí. ¡Ya! —Carla le obedeció asustada y dejó a la policía desconcertada.
—¿Ahora qué?
—Sube todo lo alto que puedas, hasta casi la cima de la montaña, guíate por la poca luz que hay, no enciendas las del coche.
—Vale, bien. Dios, esto va a salir mal, no debí haberte hecho caso.
—Te repito que confíes en mí: tengo un plan.
—¿Cuál?
—Tú sigue subiendo, la policía ha comenzado a subir también, debemos darnos prisa.
—¿En qué?
—En bajarnos de la camioneta, empujarla y despeñarla por la montaña.
—¡Y pensarán que hemos muerto! —Carla sonrió de emoción al comprender el plan.
—Solo hasta que inspeccionen la camioneta y no nos encuentren dentro, pero para entonces habremos corrido lo suficiente como para escondernos en el pueblo de al lado y seguir huyendo al amanecer.
—Vale, pues es un buen momento para tu plan. Bájate tú primero.
—¿Qué, para qué?
—Porque te será más difícil luego con las esposas, venga, date prisa —Agus abrió la puerta y salió del coche. Corrió hasta la montaña y se camufló en ella. Luego vio la camioneta salirse de la carretera y salir despedida montaña abajo. —¡Carla! —gritó muy bajito. —Mierda, mierda, ¿dónde estás?
—Aquí, me hice daño al saltar.
—Joder, ¿estás bien?
—Sí, vamos a escondernos, ahí vienen —Carla y Agus siguieron caminando a pie por la montaña y se deslizaron por ella por un lado, era fácil si ibas despacio y te agarrabas de los matorrales que cubrían los laterales de la montaña.
—¡A salvo! —dijo Agus. —Ahora tenemos que ir en busca de un buen refugio en el pueblo, ¿qué te parece si me ayudas a quitarme las esposas?
—¿Cómo?
—Mi madre conocía a un herrero de este pueblo, si encontramos la herrería podremos preguntar por él y pedírselo como favor.
—¿Y si nos delata?
—Está enamorado de mi madre, es un secreto a voces, lo hará.
—Es muy peligroso.
—Es nuestra única salida o llamaremos la atención de todo el mundo si voy así.
—Está bien.

Buscaron la herrería y cuando la encontraron, estaba cerrada. Era de esperar. Las calles estaban vacías pero ya comenzaba a haber bullicio en algunas calles, el sol comenzaba a salir. Se sentaron en la acera fría y se dieron la mano tiernamente.

—Yo también te quiero y también quiero estar a tu lado para siempre. —dijo Agus repitiendo las palabras de Carla y haciendo que ella sonriera ampliamente.
—¿Qué haces aquí, muchacho? —preguntó un hombre alto, calvo, gordo y barbudo.
—¡Ray!, Necesito tu ayuda. —Agus se levantó de la acera y Ray pudo ver las esposas.
—Mira chico, no sé en que lío andas metido, pero no quiero problemas.
—No los tendrás, solo tienes que quitarme las esposas y yo me marcharé. Si me pillan, jamás diré ni una palabra.
—¿Y ella?
—Yo tampoco, se lo juro —dijo Carla nerviosa ante la imagen de aquel hombre tan rudo.
—Bien... confío en ti, muchacho. Ahora vamos a ver qué podemos hacer con esas esposas.

Ray le quitó las esposas a Agus con unas herramientas que Carla no se molestó en mirar, estaba más atenta a la puerta y a que no apareciera nadie que pudiera reconocerles si luego la policía preguntaba por ellos.

—Listo, ya puedes marcharte, hijo.
—Gracias Ray, usted siempre ha sido muy amable con mi familia.
—Y ellos conmigo —Agus asintió con una sonrisa y se dio media vuelta para marcharse —Espera, espera un momento —el viejo buscó entre sus bolsillos y sacó una llave —Toma, esto es para ti.
—¿Unas llaves?
—De una camioneta que está justo al salir del pueblo, es roja y blanca. Apenas la uso y no sería de extrañar que alguien me la robara estando tan abandonada como está.
—Gracias de nuevo, Ray.
—Huye, muchacho, huye a donde nadie pueda encontrarte jamás y lejos de Brasil.
—¿Cómo? —Agus frunció el ceño.
—Cruza la frontera con Uruguay, no toda la frontera está vigilada, al suroeste hay una gran selva que se divide entre Uruguay, Argentina y Brasil.
—Donde están las cataratas del Uguazú —añadió Carla.
—¡Exacto! —respondió Ray. —Allí hay turistas y mucha vigilancia, pero podréis camuflaros y cruzar sin ser vistos por la selva.
—¿Hacia donde vamos?
—Al sur, siempre al sur. Cuanto más al norte viajéis, más vigilancia habrá. Buscad en el mapa un pueblo alejado de las carreteras principales, ciudades y autopistas, e iros al que más os guste. Allí estaréis a salvo, por un tiempo.
—¿Por un tiempo?
—Hablamos portugués, no español. Llamaréis la atención de los argentinos en cuanto os crucéis con uno. —Debéis crearos una nueva identidad, ahorrar dinero y viajar a Europa, a nuestra patria.
—¿A Portugal?
—Estaréis lejos y no llamaréis la atención por ser extranjeros. Viajad en barco, en avión hay más controles y cuidado con marearos demasiado... serán muchas horas de viaje.
—Es un buen plan, de nuevo, gracias Ray.
—Vete ya, pronto amanecerá y la policía debe pisaros ya los talones.
—Tiene razón Agus, debemos irnos inmediatamente.
—Vale, vamos, hasta siempre. Dígale a mi madre dónde estoy y cuide de ella, en el fondo sé que le quiere, nunca le dijo nada porque estaba demasiado ocupada cuidando de mí y de Martín y no quería pretendientes que la molestaran. Pero le quiere, Ray —al viejo se le llenaron los ojos de lágrimas y una sonrisa se le dibujó en los labios.

Carla y Agus corrieron hacia la camioneta, que estaba a unos dos kilómetros. Se subieron y condujeron hasta la gasolinera más próxima. Allí se pusieron nerviosos, fue el momento en el que se dieron cuenta de que estaban dejando atrás su vida, su casa, sus amigos: todo. Después de llenar el tanque con el poco dinero que Carla se había metido en el pantalón antes de salir de casa corriendo y llegaron a esa frontera entre tres países donde se encontraban las cataratas más hermosas del planeta, o eso siempre decían en la publicidad de las revistas. Aparcaron la camioneta y se bajaron entusiasmados, como dos turistas enamorados que disfrutan de su vida...

Sin llamar la atención, se adentraron en la selva, ellos no querían las cataratas. Caminaron largo rato, pasaron por zonas peligrosas llenas de animales de todo tipo. Y llegaron a otra carretera. Estaban en Argentina. Se abrazaron de la emoción y se quedaron así por un rato, hasta que un bus cargado de turistas argentinos se acercó para ver las dichosas cataratas. Pasaron por al lado del bus y siguieron caminando carretera abajo hasta un pequeño motel. Tenían dinero para pagar solo una noche y no sobraba nada para comer algo, pero al menos tendrían un colchón en el que descansar. O no.

23 de julio de 2012

Ekaterina [3/3]

10 días más tarde

Katia tenía trabajo de sobra en la tienda Nelli cada día. Decenas de mujeres entraban cada hora en busca de zapatos de tacón para fiestas, trajes de chaqueta para oficina, vestidos de noche para citas especiales y muchas cosas más. Lo cierto era que la tienda siempre estaba llena de gente que todo lo miraba, todo lo tocaba y todo lo dejaba mal puesto. Katia iba detrás, lo ponía en su sitio con sumo cuidado, limpiaba y ordenaba el inmenso almacén y aprendía a manejar la caja registradora para encargarse de la tienda cuando Nelli, la dueña, tenía que salir.

Esa mañana había poca clientela, siempre pasaba lo mismo los lunes por la mañana, ninguna mujer de clase alta madrugaba y menos un lunes. Así que había aprovechado para limpiar los cristales del escaparate. Llevaba su uniforme de limpiadora, pero se notaba que había mejorado su aspecto de días antes. Todo fue cuando le contó a Nelli su situación, no le dijo que había salido de la cárcel ni que había matado a su marido y a la amante de éste, pero sí le dijo que era pobre. Y Nelli se apiadó de ella regalándole ropa de la tienda y dándole un pequeño adelanto de su sueldo. Con eso, Katia pagó el agua y la luz de su casa y pudo vivir algo mejor.

En el bar, en cambio, sí que había clientela. Los borrachos tampoco madrugan, pero los grandes empresarios quieren su café matutino para despertarse del todo y empezar la jornada con mejor humor. Y ahí estaba Roman, sirviendo café a todo tipo de empresarios: banqueros, arquitectos, diseñadores de moda, aseguradores, etc. Pero Katía y él habían diseñado un truco para comunicarse que salía mucho más barato que los móviles. Y era algo complicado y solo servía para Katia, pero aún así, funcionaba.

El truco consistía en tocar una campana. En el bar, por cada propina, Roman o su jefe tenían la costumbre de tocar una pequeña campana que estaba en la puerta del bar. Pero esta era más grande que las campanas normales de los bares y, por tanto, hacía más ruido. Como el bar estaba cerca de la tienda, si prestabas atención, se oía la campana y así, Katia sabía si había mucha clientela en el bar o no, ya que todos los clientes dejaban propina por ser empresarios adinerados que se sentían bien con ellos mismos al hacerlo.

Esa mañana Katia, que estaba en la calle limpiando los cristales del escaparate, oyó la campana más de diez veces. Así que ni se le ocurrió la idea de ir a hacerle una visita a Roman. Pero pasó la mañana, llegó el mediodía y comenzaron a llegar las primeras clientas y Nelli le pidió a Katia que le fuera a comprar agua al bar. Y Katia sabía perfectamente que Roman estaría libre porque no había escuchado la campana y, por tanto, que podrían charlar un rato tranquilamente.

—Estoy tan contento trabajando aquí y mi jefe conmigo... que parece un sueño.
—No lo es, es real. Mi primer sueldo llegará dentro de poco, pagaremos a alguien para que fumigue la casa y cambiaremos algunos muebles que estén viejos. Tendremos un salón y una cocina decente y podremos vivir allí felices.
—Katia, nos conocemos de dos semanas y parece que sean dos vidas.
—Tonto. —Katia rió, pero se sonrojó.
—Es cierto, estoy tan enamorado...
—Igual que lo estoy yo de ti, jamás pensé poder encontrar el amor y menos a mi edad... pero aquí estamos.
—Cuando llegue mi sueldo también lo utilizaremos para la casa, con él compraremos comida y los muebles nuevos.
—Tampoco nuevos, de segunda mano serán más baratos.
—Me da igual... mientras no tengan bichos... —ambos se echaron a reír y se miraron a los ojos, felices y enamorados.

Después de comprar el agua, Katia se fue a la tienda y se quedó allí trabajando hasta la noche. Esperó a Roman, que salía un poco más tarde, sentada en la plaza. Cuando Roman salió fueron juntos caminando hasta su casa. Más de cuarenta minutos a paso ligero.

—Estoy agotada, entraron un montón de clientas en busca de un vestido para una amiga y revolvieron todo... y luego yo a recogerlo.
—¿Nelli no te ayuda?
—No, ella me paga para que lo haga yo. Solo me ayuda cuando estamos a punto de cerrar y no he terminado.
—Entonces... no te apetecerá un baño juntos, ¿no?
—Ahora que tenemos agua hay que ahorrarla.
—¡Cierto! No podemos malgastarla.
—Pues corre, vamos a la ducha.

Allí se ducharon juntos. Roman se refrescó con el agua todo su cuerpo y salpicó a Katia que seguía desvistiéndose. Luego le acercó el agua y la fue mojando. Ella estiró su brazo y cogió un bote de champú que había comprado con su adelanto y se puso un poco en la mano. Cuando cerró los ojos para lavarse la cabeza, Roman se echó gel en las manos y las frotó hasta hacer espuma. Luego pasó sus manos por la espalda de Katia, por sus nalgas, por sus piernas y Katia se dio la vuelta. Ambos sonrieron. Roman subió de nuevo por las piernas, hizo un rodeo y fue a parar a las caderas de ella, pasó por su ombligo, subió por sus pechos y llegó al cuello. Agarró con fuerzas la nuca de Katia y la acercó a su boca para besarla.

Salieron de la ducha envueltos en una toalla y se fueron a la cama donde siguieron con las caricias, los besos y finalmente hicieron el amor como dos locos enamorados que se querían con locura y que conocían mejor que nadie que hay que vivir la vida intensamente y no desperdiciar ni un momento de ella. Se abrazaron al terminar y se dieron un cálido beso hasta que el sueño les pudo y acabaron durmiéndose abrazados con sus cuerpos mojados del agua de la ducha y del sudor del sexo.

14 de julio de 2012

Red Velvet - VI Capítulo: Juicio

Los días pasaron con mayor rapidez de la normal, o eso era lo que le parecía a Carla que estaba continuamente del consultorio a su casa y de su casa al consultorio. En el juicio, Agus iba a ser juzgado por los delitos cometidos para la banda y, gracias al empeño de Josefina, había decidido contar lo de las amenazas a su abogado y éste le había recomendado decirlo cuando lo nombraran a subir al estrado. Allí, mirando al jurado, dijo que actuó bajo amenazas de muerte hacia su sobrino y hacia su novia.

Carla no pudo creerse lo que estaba oyendo, en ese momento todos los ojos se posaron en ella, pues dicho noviazgo no existía, y ella desconocía que Agus iba a contar eso. Lo hizo para que pareciera que su relación con Carla era todavía más estrecha e íntima y así hacer parecer al jurado que la amenaza de la banda le había afectado todavía más. El jurado dejó de mirar a Carla que estaba sentada en el banquillo de los acusados, al lado del abogado de Agus, y siguió mirando a Agus.

Josefina y Martín escuchaban le escuchaban relatar lo sucedido con todo tipo de detalles, a su lado también estaba Magdalena, que había viajado de los Estados Unidos al saber lo que había pasado con su hermano pequeño.

El juicio pasó lento, pero ya era el momento del veredicto del jurado, que llevaba más de veinte minutos reunido. Así pues, el jurado se puso en pie, al igual que el acusado: Agus, su abogado, los chicos de la banda y el abogado de éstos.

—El jurado declara al acusado: Agustín Oliviera, culpable de robo con arma blanca y tráfico de drogas.

El juez asintió con la cabeza y sentenció la condena:

—Agustín Oliviera deberá permanecer dos años en la penitenciaria de Brasilia por el delito de robo con arma blanca y cinco años en el mismo lugar por el delito de tráfico de drogas, e inclusive, su mezcla con otros productos que pueden causar daños irreversibles en la salud del consumidor.

Los de la banda sonrieron, pero para ellos también había un veredicto:

—El jurado declara a los acusados: André Silva, Duarte Cortés, Silverio Ferreira, Mauro Silva y Danilo Costa; culpables de robo con arma blanca, amenazas de muerte, allanamiento de morada y tráfico de drogas.

El juez volvió a asentir y sentenció de nuevo otra condena:

—André Silva, Duarte Cortés, Silverio Ferreira, Mauro Silva y Danilo Costa deberán permanecer, cada uno, dos años en la penitenciaria de Brasilia por el delito de robo con arma blanca, tres años por las amenazas y seis meses por el allanamiento de morada de la señorita Carla Medina. Finalmente, por el tráfico de drogas, ocho años.

Carla, Josefina y Magadalena se llevaron la mano al pecho, estarían sin Agus siete años. Es imposible decir cuál de las tres se sentía peor, pero sin duda, la culpabilidad que sentía Carla sí que era superior a la que sentían las otras dos. Sabía perfectamente que si hubiera aceptado ser novia de Agus y lo hubiera apoyado más, él no hubiera necesitado volver a la banda y se hubiera enfrentado a ellos costase lo que costase.

En seguida la gente comenzó a salir de la sala a toda prisa y los agentes se llevaron a los chicos de la banda y a Agus esposados. Josefina se echó a llorar y Magdalena la consoló con un abrazo. Carla, se levantó para irse y antes buscó a Agus con la mirada, esperó a que él también la mirara y luego sonrió levemente y le picó un ojo que le transmitió confianza y cariño a Agus que le devolvió el gesto y una sonrisa más cómplice y sincera que nunca.

Todos volvieron al pueblo a la noche, Carla ya no disponía de la camioneta de Paulo, no porque el amable leñador no la tuviera, sino porque después de que lo que pasó, no quería prestársela a nadie más. Cuando llegaron al pueblo todos se quedaron mirando a Josefina sin atreverse a preguntarle lo que había pasado con su hijo y, finalmente, fue Magdalena la que se dirigió a ellos para contarles lo sucedido. Carla no pudo aguantar ver a Josefina y a Martín aguantando las lágrimas sin sentirse todavía más culpable. Corrió hasta su casa y se encerró en ella.

Sabía que los chicos de la banda tenían familia y que éstos también estaban volviendo al pueblo del juicio. Le entró el pánico al imaginarse que querían vengarse de ella y corrió al comedor a mover el sofá hacia la puerta. Taponó la puerta con él y luego fue hacia su habitación donde estaba la mayor ventana de todas y la vio abierta. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo, el sudor no tardó en aparecer en manos y pies y el corazón comenzó a latir a unas velocidades de vértigo.

Se dio media vuelta, aterrorizada y temblorosa, vio una sombra en el baño que se encontraba justo al lado de su habitación e, inconscientemente y también tontamente por su parte, caminó hacia la sombra. Luego solo sintió un golpe y una luz blanca cegadora que no le permitía abrir los ojos y ver con claridad. Se intentó mover, pero no pudo.

Estaba tumbada, pero no reconocía el lugar. Olía a limpio, pero también a comida. Levantó una mano y la llevó a su cabeza. Sangre. De repente se sintió mareada y más nerviosa, no sabía qué había pasado. Poco a poco abrió los ojos de nuevo y vio una mesa. Esa mesa le era familiar, como no, era su mesa. Pero no estaba en su casa, estaba en el consultorio. Se preguntó cómo había llegado hasta allí y se puso en pie. Luego alguien la agarró de la cintura y la condujo de nuevo a la camilla. No podía abrir bien los ojos, pero reconoció la voz al instante y se sintió protegida, era Josefina.

7 de julio de 2012

Ekaterina [2/3]

La mañana del 28 de octubre había sido de lo más fría. Letonia era una ciudad fría a todas horas, pero las mañanas era lo que peor pasaba Katia, y eso que estaba acostumbrada a San Petesburgo, que era peor.

Dos policías abrieron la celda en la que se encontraba y la llevaron a una furgoneta donde la esposaron y la mantuvieron vigilada hasta que llegaron a lo tribunales. Comenzaba el juicio por el asesinato de Dima Góluvev y Lumi Ivanova.

—Señorita Ekaterina.  —continuó el abogado, a pesar de que Katia no prestaba atención, seguía triste por la muerte de su madre.  —¿Sigue usted afirmando que no tuvo nada que ver en el asesinado del señor Dima y la señorita Lumi?
—Así es.  —respondió Katia sin levantar la mirada del suelo.
—Ya lo han oído, ella sigue negando estar involucrada, pero veamos ahora unas grabaciones de la cámara de seguridad de la entrada del motel donde fueron encontradas las víctimas.  —Katia sonrió levemente y sin despegar los labios al escuchar víctimas, era casi un insulto para ella.

Las grabaciones revelaban la verdad, Katia estaba perdida, su abogado defensor no pudo hacer nada y el jurado la encontró culpable de todos los cargos y el juez la condenó a 15 años de cárcel por cada asesinato.

30 años más tarde

Katia, la joven de melena rubia, mirada de ojos verdes penetrantes, sonrisa cautivadora, pómulos sonrosados y llena de vitalidad, había desaparecido entre aquellas arrugas marcadas de la edad, entre suspiros y sollozos de una joven que, poco a poco, marchitaba en aquella cárcel. Hoy, 28 de octubre, cuando ya habían pasado 30 años, se cumplía la condena que el juez le había impuesto y, por fin, sería libre.

Peinó su melena rubia, más llena de mechones canosos que rubios, maquilló su pálida piel con algo de colorete para recordar aquellos pómulos sonrosados, pintó de rojo sus labios para recordar lo sensual de su boca y alisó con los dedos las arrugas de su rostro que volvieron a aparecer en cuanto soltó su piel. Cansada de haber vivido más años en una cárcel que fuera de ella, tenía ilusión por volver a salir y disfrutar de la vida, a pesar de tener 55 años, seguía siendo una joven de 25 en espíritu.

Lo primero que hizo fue salir del país que tantos malos recuerdos le traía. Volvió a viajar a San Petesburgo donde visitó la tumba de su madre. Visitó también los alrededores de la casa de su madre, que era suya, según el testamento que la dulce anciana había dejado antes de morir. Entró en la casa que olía a humedad y a suciedad, pasó su mano por un mueble del recibidor y oyó el ruido que hizo un pequeño roedor al esconderse. Pensó que esa casa necesitaba un buen arreglo, y no se equivocó, un nido de ratones llevaba 30 años viviendo en esa casa, y no eran los únicos animales. Todo tipo de insectos, acampaban allí a sus anchas. Un fuerte olor a basura la llevó hasta la cocina dónde siguió el rastro hasta el patio y encontró bolsas de basura abiertas con restos de comida podrida dentro. No habían sido de su madre, la comida estaba media podrida, en 30 años no hubiera quedado ni el rastro. Miró hacia arriba y vio la cabeza de un hombre esconderse.

—¿Quién anda ahí? No quiero hacerte daño, sal. —dijo Katia pensando que se trataría de un indigente.
—No me eches de aquí.  —contestó la voz de un hombre medio ronco.
—No quiero echarte, pero deja que te vea. —el hombre asomó su cabeza de nuevo por la ventana. —¿Cómo te llamas?
—Roman.
—Hola, Roman. Yo me llamo Katia, soy la dueña de la casa.
—Esta casa lleva vacía años, señorita.
—Señora, que ya soy unos años mayor que tú. Y sí, lleva vacía 30 años.
—¿Qué pasó?
—Que mi madre murió y yo fui encarcelada. —el hombre abrió los ojos como platos.
—¿Que hiciste?
—Maté a mi marido y a su amante. —Katia agachó la mirada, no de arrepentimiento ni de vergüenza, sino de miedo a que aquel hombre la tomara como una loca asesina. —No quiero hacerte daño Roman, solo he venido a ver cómo estaba la casa de mi madre y... no esperaba encontrar a nadie aquí.
—Tranquila, me iré en cuánto recoja.
—No, no te molestes en irte, la que debe irse soy yo.
—Pero es tu casa y si llevas tantos años en la cárcel no tendrás a donde ir, ¿no?
—Pues no. —Katia sonrió.
—Puedes subir, aquí arriba está limpio. —Katia asintió y subió las escaleras.

Efectivamente, todo estaba reluciente. Y su habitación de niña había sufrido algunos cambios, pero seguía teniendo los mismos muebles y el mismo color rosa de las paredes.

—Desde que me encarcelaron llevaba tiempo queriendo volver a esta habitación, solo soñaba con venir aquí y sentarme en mi escritorio a leer mis libros de literatura antigua.
—Los libros los guardé en el armario, junto a toda la ropa.
—¡Mi ropa! —Katia abrió el armario. —Dios, qué tiempos en los que esto se llevaba... y en los que me cabía. —dijo riendo al ver un pantalón varias tallas más pequeño del que llevaba ahora.
—Todo el mundo cambia, no querrás estar igual a cuando tenías veinte.
—Veinticinco, tenía veinticinco. Con veinte me casé con Dima, me mudé con él a Letonia y vivimos felices durante medio año, hasta que quedé embarazada
—¡Tienes un hijo!
—No, me obligó a abortarlo y mi dependencia hacia él me hizo pensar que era lo mejor.
—¡Qué hijo de puta!
—Sí, pero lo peor fueron los abusos continuos, los golpes y las discusiones en las que me hacía sentir como una mierda. Llegué a querer quitarme la vida.
—¿Qué te lo impidió?
—El recuerdo de mi madre y de esta casa, de mi vida de soltera y de saber que si quería podía recuperarla.
—Y lo mataste...
—Sí, a él y a su amante, una zorra llamada Lumi. —Roman rió.
—Oye, la parte de abajo está así de descuidada porque no tengo dinero para fumigar ni para arreglar los muebles.
—Ni yo tampoco, nunca he trabajado en mi vida.
—Vaya... yo me paso la vida buscando trabajo.
—Bueno, cuando estás en la cárcel no te hace falta. —Katia rió a carcajadas y contagió a Roman. —¿Qué edad tienes, Roman?
—Cuarenta y nueve.
—¿Por qué vives aquí?, ¿Y tu familia?
—No tengo, nunca tuve. Fui dado en adopción a los cinco años a una familia que me devolvió con nueve y siendo tan mayor nadie me quiso adoptar. Seguí creciendo y con ello las posibilidades de adopción disminuyeron. Un día cumplí los dieciocho y me echaron. Tuve varias novias, pero ninguna quiso comprometerse, irse a vivir conmigo y esas cosas.
—¿Qué hiciste para sobrevivir?
—Busqué un trabajo, alquilé un piso y viví allí hasta los veintidós o veintitrés. Luego me mudé a San Petesburgo, encontré un trabajo mejor y una casa en condiciones.
—¿Cómo acabaste viviendo aquí?
—El sueldo no me llegaba a fin de mes y mis jefes no me quería dar un adelanto. Robé algo de dinero y me pillaron, no me quisieron en ninguna empresa más porque se corrió la voz. No pude pagar el piso y volví a la calle. Sin estudios, sin trabajo, sin casa, sin amigos, sin familia... siempre solo.
—Vaya, es más triste que mi vida de presidiaria.
—Lo siento, no quería entristecerte con mi vida... ¿qué tal si duermes un poco y mañana salimos a buscar trabajo?
—Está bien, nos vendrá bien un trabajo para reconstruir esta casa, y podemos compartirla, es grande.
—Sí, pero no querría ser una molestia, si encuentro trabajo alquilaré una casa y me iré de aquí.
—Como quieras. —Katia se puso triste al imaginarse sola de nuevo y se recostó en su cama mientras Roman salía de la habitación.

La mañana era oscura, niebla y lluvia miraras donde miraras. Un trueno despertó a Katia de su sueño profundo y se puso en pie. No tenía más ropa que ponerse que la anticuada y estrecha de su armario. Encontró un jersey que le quedaba bien y se quedó con los mismos pantalones. Fue al baño, pero no salía agua del lavabo y tampoco había luz en las habitaciones.

Bajó al primer piso y lo encontró algo más limpio. Roman había barrido el suelo y había pasado un trapo húmedo a los muebles, también había aireado la estancia abriendo la puerta de la entrada y la del patio interior donde Katia lo había visto por primera vez y así generó una corriente de aire fresco que le quitó el olor a humedad al salón por un par de horas. Aún así, los ratones seguían a sus anchas por toda la casa.

—¿Tanto te costaba limpiar antes? —preguntó con una sonrisa Katia saliendo al porche de la casa donde Roman se fumaba un cigarrillo.
—Es que antes estaba yo solo, ahora estás tú, y eres la dueña.
—Bueno, ¿qué pasará ahora?, ¿a dónde vamos?
—A la ciudad, a buscar trabajo.
—Si lo encuentras... no quiero que alquiles ninguna casa. Anoche lo pensé bien y creo que podrías quedarte en mi habitación y yo en la habitación de mi madre. De resto, podríamos compartir la casa.
—¿Lo dices en serio?
—Sí, quiero que vivas aquí conmigo, pase lo que pase.
—Gracias. —Roman le dedicó una sonrisa y a Katia se le aceleró el corazón.

Katia no paraba de llorar esa mañana al caminar por tantos sitios que le recordaban su niñez. Entró en varios establecimientos buscando un trabajo y encontró a una dependienta interesada en alguien que le limpiara la tienda de ropa y se encargara de que ésta estuviera impecable. Katia aceptó el trabajo encantada y salió de la tienda con una sonrisa y buscando a Roman con la mirada, pero no lo encontró. Caminó hasta una plaza de la ciudad donde habían quedado y esperó con las manos en los bolsillos de su pantalón hasta que él la sorprendió por detrás con una rosa.

—¿Y esto?
—Para darte una buena noticia.
—Yo también tengo que darte una buena noticia.
—Seré camarero.
—Yo limpiadora. —ambos sonrieron y se abrazaron.
—Lo siento. —Roman se disculpó por su efusividad.
—Tranquilo, me alegro de que hayas encontrado trabajo.
—Y yo, después de tantos meses sin trabajar. Espero que este trabajo me dure algo más y no me quieran solo para algo temporal.
—Si, yo también espero causarle buena impresión a la dependienta.
—¿De qué tienda?
—Una de ropa que hay en la calle que hace esquina con la plaza, una tienda llamada Nelli, creo.
—¡Sí! Nelli es una tienda de ropa muy conocida y con buenos ingresos, me imagino, con tantas clientas que van cada día.
—¿En serio?
—Sí.
—Vaya, pero, necesito una ducha, ¿por qué no hay agua en mi casa?
—Sí que la hay, el agua de la lluvia... la recojo en unos cubos de la azotea, hago fuego y la caliento para ducharme.
—¿Estás de broma?
—No... —Roman puso cara seria. —Sé que soy pobre, deberás estar pensando que soy un fracasado y...
—No, no, Roman, no pienses eso de mí porque... mírame... también soy pobre. —Katia dejó escapar algunas lágrimas.
—Lo siento, no debí haberte hecho llorar.
—Tranquilo, vamos a casa. Por cierto, gracias por la rosa.

Con tanta humedad el fuego tardó en hacerse, pero Roman le tenía el truco cogido y el agua comenzó a hervir a los pocos minutos.

—¡Listo! Te la llevaré al baño, hay unos trapos sin usar en el mueble del baño, tienes que mojarlos en el agua y pasártelos por el cuerpo.
—Bueno, seguro que mi madre se reiría de mí si me viera así porque esto ella siempre me decía que tenía que hacerlo cuando era joven.
—Ya verás que en cuanto cobremos nuestros primeros sueldos, podremos pagar el agua y la luz.
—Seguro... —Katia sonrió y cerró la puerta del baño para empezar a desnudarse. Roman no pensó que Katia se desnudaría tan pronto y la abrió para decirle donde estaban los paños.
—¡Mierda!, ¡Lo siento! —exclamó Roman sonrojado al haber visto a Katia sin su jersey.
—Tranquilo, no pasa nada... —Roman no dijo nada. —Oye, que tampoco es para tanto, sé que estoy vieja y arrugada, pero no es para que te pongas así. —Roman rió.
—No fue por eso, es que pensé que te enfadarías.
—En la cárcel te acostumbras a no tener intimidad... es así.
—Pues nada, ya me voy, lo que iba a decirte era que tenías los paños en el mueble de la derecha. —dijo Roman antes de irse a la habitación de Katia. Ella sonrió y se metió en la ducha con los cubos de agua hirviendo y dos paños.

La tarde estaba siendo algo más cálida y podían abrirse las ventanas sin miedo de morir congelado. Roman comía cereales directamente de la caja y tenía al lado una lata de atún en conservas.


—¿Qué es esto? —preguntó Katia.
—Tu cena...
—No te ofendas como en la plaza, pero si lo sé, me quedo en la cárcel —esta vez Roman sonrió.
—Katia, respecto a lo de antes... siento haber abierto la puerta.
—¡Pero si solo me viste los pechos, qué más dará eso!
—Es que no puedo dejar de sentirme avergonzado.
—Olvídalo y punto, oye, me dejas cereales... soy alérgica al atún.
—¡Lo siento! metí la pata de nuevo —Katia puso los ojos en blanco.
—¿Podemos hablar sobre tu trabajo? ¿dónde está ese bar?
—En una calle cercana a tu tienda, había ido allí varias veces, pero el dueño me decía que no podía contratar a más personal, pero hoy entré sin ánimos de pedir trabajo, solo quería pasar al baño y... el dueño me dijo que si seguía buscando trabajo, me contrataba.
—¡Qué suerte!
—Será cosa de suerte como tú dices, pero yo creo en las energías.
—¿Energías?
—Tú cuando llegaste me diste buena energía, me devolviste la sonrisa, me permitiste desahogarme y... eso me hizo sentirme mejor conmigo mismo y trasmití esa energía positiva al dueño del bar.
—Yo nunca podría haberlo visto así, aunque es bastante interesante.
—Gracias... me interesé por ese tema después de leer uno de los libros que tenías aquí guardado.
—¿Yo? No recuerdo ninguno. —Roman se levantó y sacó uno con la tapa marrón y los bordes en dorado. —No es mío... era de mi madre, ahora sí lo recuerdo.
—Eso explica que estuviera en la habitación de al lado, pero como no vi más libros ahí y aquí la habitación estaba abarrotada de ellos. —Katia sonrió. —pensé que sería tuyo.
—No, la Biblia y este libro eran los únicos que mi madre leía.
—¿Puedo preguntar qué le pasó?
—Infarto de miocardio, mientras dormía, la encontré muerta por la mañana, horas antes de que me detuvieran.
—¿Cómo sabían que estabas aquí escondida?
—Seguramente por la llamada que hice a emergencias. No tendría que haberlo hecho.
—¿Cómo que no?
—Ya estaba fría, Roman. Llevaba muerta varias horas. Debí haberla enterrado en el jardín de atrás, hacer un bonito altar con fotos y flores, y quedarme aquí para siempre sin decirle nada a nadie de quién era.
—Visto así, te entiendo, tampoco debió de ser fácil para ti vivir en una cárcel tantos años.
—Ni para mí ni para nadie de las que estaba allí.
—¿Qué es lo que recuerdas con más tristeza de ese lugar?
—Las noches en soledad, ni siquiera tenía a otra presa en mi celda con quién discutir o pelear. Siempre sola.
—¿Cómo no te volviste loca?
—Poesía, escribía poemas en las paredes con un lápiz. Nunca más grande de cinco centímetros y siempre me lo quitaban por las noches... ni que me fuera a apuñalar a mí misma con un lápiz.
—¿No te acuerdas de ningún poema?
—No, ni quiero. Hablaban sobre la cárcel y mis deseos de salir, ahora no quiero recordar eso.
—Entiendo. Durmamos entonces. —Roman salió de la habitación.
—¡Roman, espera!
—¿Qué ocurre?
—¿Dónde vas a dormir?
—Como ayer... en el suelo del pasillo.
—¿Con los ratones?
—Aquí arriba no hay... y en la cama de tu madre me da mal rollo.
—Pues vuelve aquí, podemos dormir juntos si quieres.
—Katia... yo. —Roman sonrió levemente.
—¿Qué ocurre?
—Nada, es que, lo de querer compartir casa conmigo, lo del abrazo en la plaza, lo del baño... y ahora esto.
—No te confundas, solo pretendo ser amable.
—¿Qué pasa si yo quiero que esa amabilidad se transforme en otra cosa? —preguntó Roman y al segundo se arrepintió. —¡Pero que he dicho! Me voy al pasillo antes de perder la cabeza. —Katia empezó a reírse a carcajadas. —¿Qué pasa?
—Te has puesto muy nervioso... anda, ven y tranquilízate.
—¿Pero no has oído lo que acabo de decir?
—Precisamente por eso es por lo que quiero que vuelvas aquí. —Katia sonrió sin despejar los labios y se recostó en la cama sin apartar la mirada de Roman y luego dio unos golpecitos al colchón para que Roman se acostara ahí.
—Estás loca, Katia.
—Será locura o llevar 30 años sin tocar a un hombre. —a Roman le brillaron los ojos.
—A eso en la antigüedad lo llamaban histeria femenina.
—¿Y sabes cómo se curaba?
—Sí.
—Pues adelante. —Katia se recostó en la cama y dejó que Roman la tocara.

Su cuerpo blanco como la nieve a causa de nunca haber tomado el sol, su piel tersa y suave a pesar de su edad y sus curvas que para nada habían dejado de ser sexys causaron en Roman una excitación que acabó con una erección bastante notable a través de sus pantalones. Katia no sabía a donde mirar, sus relaciones con Dima habían sido tan simples y vacías que no conocía el placer del sexo, bueno sí, lo que no conocía era el placer de tener sexo con otra persona.

En seguida se quitó de nuevo el jersey mientras Roman seguía empeñado en acariciarle los labios a través de sus braguitas. Unas que había encontrado en el armario y que le quedaban algo apretadas, lo que permitía que Roman pudiera acariciar mejor su zona íntima, pero Katia no estaba para preliminares y le dedicó una mirada de súplica a su amante. Roman lo comprendió y bajó aquellas braguitas dejando al descubierto una pequeña mata de pelo rubio que Katia recortaba de vez en cuando, pero que nunca afeitaba porque nunca nadie la iba a ver desnuda.

Roman introdujo uno de sus dedos dentro de Katia, concretamente el dedo corazón, y con el dedo pulgar acarició el clítoris de ella que estaba empapado. Roman se excitó aún más y la erección comenzó a dolerle, nunca había estado con una mujer que le gustara tanto como le gustaba Katia, y encima empezaba a sentir algo por ella. La penetró con más fuerzas y ella gimió de placer una y otra vez, sin parar, hasta que tuvo que hacerlo para poder respirar. Roman sacó su dedo corazón y se lo llevó a la boca, luego se puso en medio de las piernas de Katia y la penetró lentamente, porque el no haber tenido relaciones sexuales en 30 años, hacía que aquello estuviera más estrecho de lo que solía acostumbrar.

Katia no se quejó en ningún momento y se dejó penetrar a pesar del dolor. Luego solo pudo sentir un inmenso placer cuando Roman le lamió los pechos mientras la penetraba cada vez más rápido. Ambos estaban excitados, necesitados de placer, de sexo, de sentimientos. Roman se dejó caer a los pocos minutos sobre ella y Katia se colocó encima para seguir un poco más.

Dos horas más tarde, Katia volvió a tener ganas de sexo y Roman la masturbó mientras la miraba a los ojos. Unos ojos verdes intensos que se habían oscurecido con el paso de los años, aunque quizá no fueron los años, sino la tristeza de aquellos últimos años que vivió metida en una cárcel. A los pocos minutos Katia volvió a sentir que Roman la penetraba, abrió sus ojos y ahí estaba. Se había cansado de actuar solo con los dedos y había decidido pasar a la acción de verdad.

Ambos tardaron más esta vez, y disfrutaron también más. Se agarraron de la mano y tuvieron su segundo orgasmo a la vez, Katia cerraba los ojos con fuerza y sonreía mientras sentía cómo Roman eyaculaba dentro de ella. Una sensación que solo sintió una vez y que trajo consigo una desgracia, que ahora, siendo menopáusica, no volvería a vivir. Roman volvió a caer exhausto, pero esta vez sobre el colchón y Katia se durmió abrazada a él hasta que madrugaron para ir a trabajar a la mañana siguiente.

5 de julio de 2012

Red Velvet - V Capítulo: Complicidad

De repente, entre todo el ruido, Agus oyó un motor a lo lejos y pensó que se trataría de otro coche de policía, pero se sorprendió al reconocerlo. Era el coche de un leñador de la zona que cuando no tenía que trabajar y como el pueblo es pequeño se lo prestaba a Carla para que saliera a comprar medicamentos al pueblo vecino. No supo qué hacer: correr hacia él con la esperanza de que fuera Carla o quedarse allí con la esperanza de no ser descubierto. De pronto oyó los ladridos de los perros y supo que éstos le delatarían con su olfato. Corrió a la camioneta y reconoció a Carla a pesar de que ella llevaba una gorra y un pasamontañas.

—¿Cómo sabías que estaba aquí?  —preguntó Agus con una sonrisa, pues se sentía a salvo.
—Es una historia algo complicada.  —dijo ella sin quitarle la vista a la carretera.
—Cuéntamela.
—Yo os delaté, para que detuvieran a los argentinos y a tu banda.
—¡¿Qué?! Dime que es broma...  —Agus se impacientó y gritó más fuerte  —¡Dime!
—No, no es broma. Os oí a ti y a ese tío hablar sobre esta noche a las once en el embarcadero y algo sobre venderle droga a los argentinos, estaba asustada y no quería que te pasase nada malo, ¿lo entiendes?
—Sí, entiendo que quisieras protegerme, pero ahora cómo explico yo esto a la banda.
—No tendrás que hacerlo... cuando ya me estaba yendo de comisaría, el policía me hizo unas preguntas más sobre dónde creía que podían estar escondidos los de la banda y recordé el garaje en el que estabas... sabía que tú no estarías allí porque estarías en el embarcadero y recé por llegar aquí antes que la policía y rescatarte a tiempo.
—Bueno, más o menos tu plan salió bien...  —en ese momento comenzó a llover fuertemente.
—Mierda... la gasolina...
—¿Alcanza para llegar al pueblo?
—No creo, atrás hay más gasolina para casos como este, pero yo no sé ponerla.
—Yo sí, espera ahí.  —Agus se bajó y rellenó el depósito de gasolina.
—¡Listo!  —gritó Carla desde su asiento y Agus volvió a entrar empapando el asiendo del copiloto.

La policía había seguido investigando en el embarcadero y finalmente había salido de allí con los argentinos detenidos a un par de millas de la costa. Como bien había dicho Carla, la banda a la que pertenecía Agus había sido detenida en el garaje, pero ni la banda ni las pruebas iban a dejar a Agus sin exculpar. El garaje estaba lleno de huellas y Agus fichado por la policía, no iba a escaparse de ser detenido también en cuánto se bajara de la camioneta.

Carla aparcó frente a la casa de Josefina y antes de que Agus se bajara, le dijo:

—Yo también te quiero, lo que he hecho hoy sé que estuvo mal, pero no podía permitir que los argentinos te hicieran algo si descubrían lo de esas mezclas tuyas.
—Lo sé, gracias por ayudarme. —Agus sonrió y se bajó de la camioneta.

Cuando Carla llegó a la casa del leñador que le prestaba la camioneta, se bajó de ella y le dejó las llaves al amable señor que siempre estaba serio, a pesar de su buen corazón. Carla corrió bajo la lluvia hacia su casa, que afortunadamente estaba cerca. Cuando entró se dio una ducha de agua caliente y se acostó a dormir hasta que su despertador sonó para ir a trabajar.

Como cada mañana, desayunó y salió de casa para empezar su jornada, pero esa noche había dormido tan bien que no le costó nada levantarse y, por tanto, acabó de prepararse antes y salió de casa muy temprano. Para hacer tiempo, pensó que, a lo mejor, un chocolate caliente de Josefina le vendría bien, pero, al llegar, se encontró con algo inesperado.

—Doctora, con usted queríamos hablar. —dijo el policía que la había atendido la tarde anterior en comisaría.
—¿Qué ocurre?
—¿Cómo supo ayer lo de la venta de drogas en el embarcadero?
—Bueno, ya se lo dije, lo escuché mientras atendía a un paciente y luego me fijé que en el garaje que hay por encima de mi casa había un grupo de chicos que siempre daban problemas e intuí que podrían ser ellos.
—Ya... ¿no tendrá nada que ver su relación con la familia Oliveira?
—¿Qué?, ¡No!... ellos son buenos amigos míos porque tuve que atender al joven Agustín en mi consulta el primer día que llegué al pueblo.
—Lo sé, de hecho estuvo vigilado por dos de mis hombres hasta que se recuperó, pero él nunca nos dijo quién le había hecho eso.
—Bueno, yo tampoco lo sé, a mí no me contó nada.
—No le contó nada, pero aún así, usted y él mantienen una buena relación, ¿no?
—¿A qué se refiere con eso?
—A que si sois algo más que amigos o no...
—Ahh... —Carla intentó disimular sus nervios. —No, él y yo solo somos amigos, más bien, tenemos una relación médico-paciente.
—Muy bien, entonces anoche usted no lo ayudó a escapar del embarcadero, ¿verdad?
—¿Yo?, ¿por qué haría yo eso?
—Eso es lo que intentamos averiguar doctora, pero le voy a ser franco, está usted en graves problemas.
—Pero si no he hecho nada...
—Doctora, en el garaje encontramos huellas de Agustín por todos lados y la banda confesó que él era el encargado esa noche de venderle la droga a los argentinos y al no verlo, decidimos que lo mejor sería que los perros siguieran su rastro, cuando empezó a llover perdimos dicho rastro en una carretera secundaria donde había marcas de una camioneta pesada. Las huellas de los neumáticos eran diferentes entre ellas y todos en el pueblo sabemos que Paulo, el leñador, presta su camioneta a todo aquel que la necesite y que ésta tiene las ruedas, incluso las llantas, diferentes. Dígame doctora, ¿sigue queriendo afirmar que usted no tuvo nada que ver en esto?
—Así es. —Carla aguantó la mirada firme y esperó a que el policía se fuera.

El policía se metió en un coche de patrulla, puso la sirena y se fue. Detrás iba otro coche y Carla pudo ver quién iba dentro: Agus. Se maldijo a sí misma por lo que acababa de pasar y decidió correr hacia casa de Paulo, el leñador, para que le prestara su camioneta de nuevo y limpiar cualquier rastro de Agus en el coche, ya que, se había subido en ella mojado de la lluvia y podría haber dejado alguna huella o otra cosa que la policía pudiera encontrar. Al llegar, la camioneta estaba siendo requisada por la policía y tuvo que esconderse para no ser vista y no ser más sospechosa de lo que ya era.

Decidió caminar hacia su consulta y pensar allí qué hacer. Agus estaba detenido, ella era su cómplice y Josefina y Martín jamás le perdonarían que Agus fuera encarcelado. La banda también estaba en la cárcel y con todas las pruebas que la policía tenía en su contra, sería suficiente para encarcelarlos durante unos cinco o siete años. Lo peor era que Agus y la banda estuvieran en la misma celda, la aterrorizaba pensar que podían vengarse de él por lo sucedido y también la aterrorizaba que la pillaran a ella como cómplice.

Finalmente una señora con dolores de parto la sacó de sus pensamientos por unas buenas horas. El parto era complicado y necesitaba ayuda, pero estaba sola en un consultorio alejado que buenos equipos médicos y de recursos. Se las apañó como pudo, pero la madre acabó desmayándose y el bebé nació sano. La familia de la mujer estaba feliz, pero preocupada, y Carla se quedó a su cuidado toda la noche hasta que despertó de madrugada con hambre y ganas de ver a su pequeña.

Agotada y somnolienta, Carla salió del consultorio hacia su casa para pensar allí qué hacer. Cuando llegó se dio un baño de agua caliente y salió con una toalla enroscada en su cuerpo. Se peinó los delicados rizos negros que le caían hasta la cintura y se fue a su cama a seguir reflexionando sobre cómo ayudar a Agus sin que él salga perjudicado, ni ella claro.

Estuvo dándole vueltas a la idea de confesar que le había ayudado a escapar, pero eso la policía debía saberlo ya, la camioneta tenía las huellas de ambos, sobretodo de Agus, que había bajado del coche para ponerle gasolina. Luego pensó que a lo mejor no era ella quién debía confesar, sino Agus. Si él decía que había decidido seguir en la banda y que había acordado reunirse con los argentinos en el embarcadero porque amenazaban a Nano, la policía podría creerle y ayudarle. Pero no tenía manera de ir a hablar con Agus sin parecer más sospechosa ante la policía y solo pudo echarse a llorar una vez más sin saber qué hacer.

Josefina era una mujer fuerte y luchadora que había sacado adelante a sus dos hermanas pequeñas, a su hijo Agus y a su hija Magdalena en la pobreza absoluta. También criaba a Martín con cariño desde que Magdalena, la madre de Martín, tuvo que emigrar a Estados Unidos en busca de trabajo para mandarle dinero a su familia. Pero ahora Josefina estaba rota en mil pedazos, su hijo entre rejas y ella sin poder ayudarle, se sentía culpable por todo, pero esa mañana recibió una visita que la hizo cambiar de idea.

—Señorita, ¿qué hace usted aquí?
—Josefina, vengo a hablar claramente con usted sobre Agus y los motivos por los que está en la cárcel.
—Siéntese por favor.
—Bueno, como usted sabe, hay o había una banda en el pueblo que se dedicaba a vender drogas. Ellos son los culpables de tantos robos y otros delitos en el pueblo y también los culpables de que Agus esté donde está.
—No la entiendo...
—Verá, él pertenecía a esa banda antes de que yo llegara, pero al día siguiente de haberlo operado, cuando la conocí a usted... él me confesó que quería salir de esa banda para siempre, pero que no podía porque les debía dinero.
—¿Cuánto le debe mi hijo?
—Ya nada, yo lo ayudé a pagar la deuda con mis ahorros, eran mil reales y él me prometió devolverlos y luego, bueno, pasamos la noche aquí y nos hicimos más que amigos... usted lo sabe, que nos vio besándonos.
—Así es, pero sigo sin entender porqué está mi hijo en la cárcel.
—Agus les pagó los mil reales, pero cuando lo hizo estaba enfadado conmigo porque yo lo había rechazado como novio y se dejó llevar por la rabia y volvió a la banda. Cuando lo supe intenté convencerlo de que saliera, pero no me hizo caso. Al poco tiempo me enteré de que la banda, para asegurarse de que Agus no quería volverse a salir de ella, había planeado que él fuera el que le vendiera la droga a esos argentinos de los que tanto se habla.
—¿Y lo hizo?
—No, yo llegué a tiempo para sacarlo de allí después de denunciar la venta a la policía. Ellos llegaron, detuvieron a los argentinos e investigaron para saber dónde estaba el que iba a vender la droga, ya que el coche cargado con ella hasta arriba estaba aparcado en el embarcadero. Agus se había escondido y luego me había visto a mí con la camioneta de Paulo.
—¿Y lo sacó de allí y lo trajo aquí?
—Así fue, pero la policía no es tonta y se dio cuenta de que algo pasaba, investigaron en el garaje donde se escondían estos criminales y encontraron huellas de su hijo, luego requisaron la camioneta de Paulo y seguramente hayan encontrado ya nuestras huellas en ella y sepan que fuimos cómplices.
—Entonces, ¿está usted en peligro por salvar a mi hijo?
—Eso creo...
—Se lo agradezco señorita, ¿pero qué vamos a hacer?
—Agus tiene una posibilidad, una opción de salir de allí o al menos de que le reduzcan la condena.
—¿Cuál?
—Confesar el verdadero motivo por el cuál decidió ir al embarcadero y no enfrentarse a la banda.
—¿Qué motivo es ese?
—Que amenazaban a Martín... y también a mí.
—¡Dios santo! ¿Mi Martín amenazado por esos tipos? Pero si solo tiene trece añitos...
—Lo sé, por eso Agus hizo lo que hizo, y eso convencerá a la policía. Tiene que ir usted a hablar con él y decirle que confiese ese motivo, por favor.
—Iré ahora mismo, gracias señorita, mil gracias.

Las luces de la comisaría estaban apagadas, pero Josefina tocó la puerta y un policía muy amable se la abrió. Entró dentro y pidió hablar con su hijo. Mientras, Carla iba hacia su consultorio cuando un coche patrulla la detuvo, efectivamente, tenían pruebas de sobra para pensar que era cómplice de Agus.

1 de julio de 2012

Ekaterina [1/3]

Sus ojos verdes penetraban inquietantes en los ojos de su marido buscando una explicación lógica a lo que acababa de ver.

Los ojos marrones de él buscaban causar compasión en ella.

Los ojos negros de la chica que estaba en la cama buscaban ocultar la risa que sus labios no podían disimular.

La mujer, la de ojos verdes, estaba en una habitación de paredes finas y llenas de grietas. Pintadas hace años y no vueltas a pintar jamás, esas paredes guardaban miles de historias: patadas de niños, manchas de alcohol en una esquina, firmas de chicas alrededor de las mesillas de noche y varios restos de pósters que fueron arrancados. La habitación pertenecía a un motel, el motel a donde van los hombres infieles a cometer adulterio, el motel de las indecencias.

—¡Corre! –gritó el marido a la chica que estaba en la cama.
—¡Tarde! –dijo la mujer de ojos verdes mientras apretaba el gatillo, dos veces.

Después del disparo, la mujer de ojos verdes corrió hasta su coche. Allí se sintió segura y a salvo. Dejó el arma sobre el asiento del copiloto y sonrió. La sonrisa se convirtió en risa y se desahogó así, riendo, de lo que había hecho: matar al hombre que la retuvo secuestrada dos años en su propia casa porque era un hombre celoso y posesivo, al hombre que la obligó a abortar porque no quería ser padre, al hombre que psicológicamente la había destrozado.

Arrancó el coche y condujo hasta un lugar apartado y se bajó. Allí se subió a otro coche, sabía que el regente del motel había pasado por situaciones parecidas y que la matrícula de su coche estaría en manos de la policía. Las situaciones parecidas habían sido ajustes de cuentas entre bandas callejeras y drogadictos que se matan por más droga. Ahora tenía otra, la de una mujer que se venga de su marido y de la amante de éste matándolos de un disparo, a ella en el pecho, a él en la cabeza.

En el nuevo coche condujo hasta llegar a la frontera con Rusia, puesto que ella vivía en Letonia desde que se casó. Allí cruzó a pie con una documentación falsa sin problemas. Lo había planeado todo, llevaba tiempo sabiendo cuáles serían los movimientos que ahora con precaución iba tomando. Le llevó muchas sesiones con un psicólogo y mucho dinero invertido en curarse de esa dependencia que sentía hacia su marido, pero finalmente se dio cuenta de lo que había hecho por él y de hasta donde había llegado: hasta abortar a su hijo.

Demasiado rencor que ahora se había convertido en alivio, sí, alivio porque él estaba muerto y no podía volver a hacerla sufrir. De nuevo sonrió con saberse libre. Mientras sonreía sentía la calle pasar bajo sus pies, inconsciente de lo rápido que caminaba, al ritmo de su corazón. Llegó al metro, no se acordaba de las líneas ni de cómo se cogía un metro, pero pidió ayuda y enseguida le supieron indicar. Varias horas más tarde llegó a su destino, San Petesburgo.

—¡Katia! –dijo una anciana desde la ventana por la que veía pasar el día. –Hija mía, cuántos años. 
—Hola mamá. Deseaba verte.
—¿Cómo estás cariño?
—Mejor que nunca.
—¿Y Dima?
—Dima está muerto mamá.
—¿Qué?, lo siento cariño. –dijo la anciana mientras pasaba una de sus arrugadas manos por la espalda de su hija y la conducía dentro de la casa.

Dentro Katia le contó a su madre que Dima, su marido infiel, había muerto de un infarto mientras practicaba fútbol. Mentir a su madre le resultó tremendamente doloroso, pero peor sería contarle el porqué hizo lo que hizo: años de maltrato psicológico, aborto del que hubiera sido su único nieto, infidelidades y un largo etcétera.

La dulce anciana sacó unas sábanas de su armario y se las dio a su hija para que preparara la habitación. La habitación tenía las paredes pintadas de rosa claro, había cuadros pintados por ella misma y fotos de ella y sus amigas pegadas en todas partes. Los muebles, de madera y con barniz oscuro, estaban igual que la última vez que los vio. Una cama con un colchón viejo en el cual si te sentabas con fuerza notabas los muelles. Un escritorio lleno de libros de literatura antigua y con pequeño flexo para leer en las noches, al lado la estantería con el resto de libros y algunas figuras completaban la única decoración de la habitación. El armario era antiguo, había sido de su bisabuela, pero lo conservaba igual y dentro su ropa de soltera que no pudo llevarse a Letonia.

Miles y miles de recuerdos le vinieron a la cabeza mientras se acostaba en su cama. Cerró sus ojos y no pudo dormirse por mucho que lo intentó, había sido un día lleno de emociones de todo tipo y volver a San Petesburgo superaba en emoción al asesinato doble que había cometido esa misma mañana.

Su madre, en cambio, durmió su última noche completamente en paz. Quizá, a pesar del dolor que sintió Katia al despertar y encontrar a su madre sin vida, fue lo mejor que pudo haberle pasado. Horas más tarde la policía totalmente equipada para matar entró en la casa y se la llevó detenida para ser juzgada en Letonia. 

Amor en las alturas (relato antiguo)

Su melena castaña le llegaba hasta la cintura y sus piernas siempre cubiertas por unas medias eran las más hermosas que había visto nunca. De repente, la chica se giró y Carlos pudo comprobar que lo único bonito de esa chica no eran sus piernas y su pelo, eran sus ojos verdes y su sonrisa perfecta. Ya la conocía, pero siempre la había visto con gafas y cara seria a pesar de su trabajo.

El viaje se estaba haciendo muy largo y Carlos se acomodó en su asiento para seguir observando discretamente a la chica de la que llevaba tiempo enamorado. Era una chica preciosa, tenía cara de ángel y cuando sonreía provocaba en Carlos otra sonrisa. Las voces del resto de pasajeros no dejaban a Carlos escuchar con exactitud la voz de esa preciosa chica que lo tenía hechizado, pero poco a poco todos fueron callando para empezar a comer. Era su turno, su oportunidad de hablar con ella, pero ella no se acercaba, al contrario, se alejaba.

—¿Has visto como te mira? –preguntó Roberto, un compañero de trabajo muy pesado.
—¿Quién? –respondió la misteriosa chica de ojos verdes y melena castaña.
—Uno de los pasajeros, está sentado al lado de una señora con un abrigo rojo.

La chica asomó su cabeza disimuladamente y buscó con la mirada a la señora del abrigo rojo. La localizó y miró al hombre que estaba a su lado. Era un chico alto, delgado pero atlético y bastante atractivo. Ahora miraba por la ventanilla del avión, pero como si supiera que ella estaba ahí, desvió la mirada hacia ella.

Carlos se ruborizó al encontrarse con la chica más guapa del avión mirándolo fijamente y sin saber bien qué hacer, sonrió. La chica volvió otra vez con Roberto, tímida y roja como un tomate.

—¿Qué pasó? –preguntó de nuevo Roberto con más interés del normal.
—Nada, ya lo vi. Es un pasajero al que suelo ver mucho, muy mono. –contestó ella provocando celos en su amigo.
—Pues a mí no me lo parece, tienes muy mal gusto Beth.
—No me llames así, no me gusta que abrevien mi nombre.
—Está bien. Toma este carro y sirve el agua que Lorena ya está sirviendo la comida.

La otra azafata, Lorena, estaba pasando justo por la fila de Carlos con el carro de comida, Carlos se pidió una ensalada y vio a Elisabeth repartiendo agua y pensó que no sería mala idea hablar con ella cuando llegara. Comenzó a comer despacio y con algo de nervios.

—¿Un vasito de agua? –preguntó Elisabeth dirigiéndose a la señora del abrigo rojo.
—Sí, gracias. –dijo con voz ronca la señora.
—¿Un vasito de agua? –preguntó de nuevo Elisabeth dirigiéndose ahora a Carlos.
—Sí... y una servilleta, por favor. –dijo Carlos mientras se ponía rojo. Elisabeth le dio el vaso y la servilleta y Carlos siguió hablando. —¡Espera!, ¿podríamos hablar un momento?
—Disculpe, estoy trabajando. –contestó extrañada por la proposición.
—Luego, cuando haya servido todos los vasos y vaya a sentarse de nuevo, podría venir.
—Señor, no puedo dejar de hacer mi trabajo, mi deber es permanecer… —Carlos la interrumpió con una mirada triste y Elisabeth terminó por aceptar.

Repartió todos los vasos de agua y como había acordado, se acercó a Carlos y la señora del abrigo rojo, entre risas, se cambió de sitio para dejar que los dos estuvieran sentados juntos.

—¿Qué quieres? –preguntó Elisabeth.
—¿Cómo te llamas?
—Elisabeth… ¿y tú? –preguntó con una pequeña sonrisa por saber el nombre del chico que le gustaba.
—Carlos.
—Bueno Carlos, ¿qué querías?
—Conocerte después de tanto tiempo viéndote.
—¿Tanto tiempo? –preguntó ella, aunque sabía perfectamente que llevaba viajando dos meses con esa compañía.
—Viajo cada dos jueves a Nueva York desde Madrid desde hace dos meses y te veo siempre en el viaje de ida y en el de vuelta.
—¿Eres una especie de psicópata o algo?
—¡¿Qué!?... ¡Claro que no! –contestó ofendido Carlos.
—Tranquilo, era una broma. En realidad tu cara me suena bastante, pero veo a muchos pasajeros todos los días. –mintió Elisabeth, pues a él lo recordaba con exactitud.
—Pero yo no veo azafatas tan guapas todos los días.
—Gracias… —dijo ella sonriendo.
—Generalmente no hago esto cuando intento ligar, pero me gustas y quiero conocerte.
—Carlos, debo volver al trabajo. Ha sido un placer.
 —Lo siento, no te vayas…
—Es que das un poco de miedo. –dijo ella mintiendo de nuevo.
—Disculpa, soy muy bruto. –dijo Carlos agachando la cabeza. 
—Tranquilo, en realidad a mí también me gustaría conocerte.
—Pues empieza, pregunta lo que quieras. –dijo sonriendo.
—Tengo veintiocho, soy teleoperador para poder pagarme la carrera de Arquitectura y nací en Nueva York donde vive toda mi familia, pero trabajo y estudio en Madrid. Por eso viajo tanto, ahora tú.
—Tengo veinticuatro, no creo que haga falta decir que soy azafata y nací en Valencia.
—¿Novio?
—No… ¿tú?
—¿Estás loca? Soy heterosexual…
—Idiota, preguntaba si… —Carlos la interrumpió.
—No, no tengo novia. Aunque quizá me baje del avión teniéndola…
—Puede ser, la señora del abrigo rojo que estaba aquí sentada era muy guapa.
—Eso me pasa por lanzado, ¿no?
—Exacto… ahora me tengo que ir o se enfadarán conmigo.
—Me gustaría verte otro día… —dijo Carlos muy bajito.
—Dentro de dos jueves nos volveremos a ver. –dijo Elisabeth sonriendo.

Dos semanas después

El avión saldría hacia Madrid a las tres de la tarde, eran las dos y los primeros pasajeros comenzaban a llegar. Mientras, Elisabeth, Lorena y Roberto llegaban con cara de cansancio al encuentro con el piloto y el copiloto. Se encargaban de administrarse las tareas en caso de accidente. Roberto sería el encargado de que todos los pasajeros se mantuvieran en sus puestos hasta que Lorena les explicara por enésima vez como colocarse el chaleco y Elisabeth abría las compuertas.

A las dos y veinte minutos de la tarde, apareció Carlos acompañado de su madre de la que se despidió con un tierno beso en la mejilla antes de pasar por el control policial. Primero se quitó los zapatos, luego el abrigo, luego el cinturón, luego el reloj y por poco no se tiene que quitar los pantalones. Los controles aéreos en Nueva York eran muy estrictos después del 11-S. Desde la cafetería del aeropuerto, Elisabeth miraba a Carlos con deseo y sonreía picarona para sus adentros.

Dos minutos más tarde, ella y sus compañeros pasaron por delante de los pasajeros, entre ellos Carlos y Elisabeth le picó un ojo inconscientemente. No hacía más que repetirse que era una idiota, picó el ojo sin quererlo, bueno, en realidad sí, pero… estaba hecha un lío.

Pasaron los minutos y los pasajeros entraron al avión. Una azafata sonriente y nerviosa saludaba a cada uno de ellos que comenzaba a entrar y sentarse.

—Buenas tardes. –dijo Elisabeth.
—Buenas tardes. –respondió Carlos sonriendo y picándole un ojo como ella le había hecho antes.

El avión estaba listo para despegar y Carlos, pasando de las explicaciones de cómo colarse el chaleco porque ya se las sabía y porque era Lorena quién lo explicaba, se puso a mirar por la ventanilla.

—¿Qué miras? –preguntó Elisabeth sentándose en el asiento libre que había al lado de Carlos.
—Miro cómo colocan las maletas… ahí va la mía.
—Oye, lo de antes… —Carlos la volvió a interrumpir como hacía siempre.
—No pasa nada, me gustó que lo hicieras. Además, fui la envidia del resto de pasajeros que te vieron picarme el ojo.
—¿Envidia?, no lo entiendo. –dijo Elisabeth mientras se mordía el labio, pues sabía perfectamente porqué.
—Porque tengo un físico estupendo que ellos nunca lograrán tener… —dijo Carlos mientras reía, pues sabía que había fastidiado a Elisabeth como ella a él la primera vez que hablaron.
—Ya bueno, tampoco estás tan bien, eres del montón.
—Igual que tú… ¿o qué te piensas?
—Vale, me tengo que levantar…
—Espera. –dijo Carlos cogiéndola de la mano. –Si fueras una más del montón no estaría hoy aquí.
—¿Qué dices?
—Digo que esta aerolínea es la más cara y la que tiene los peores horarios para volar, pero un día no me quedó de otra que volar con vosotros y entonces te conocí y no he querido otra aerolínea ni otro horario que no sean éstos desde entonces.
—Está bien, es injusto que no lo sepas.
—¿El qué?
—Que tú también me gustas desde ese día y que a partir de aquel jueves siempre pido Nueva York – Madrid y Madrid – Nueva York para verte. No siempre te veía y me ponía nerviosa, luego me di cuenta de que solo viajabas los jueves y desde entonces y para que no sospechen pido este viaje solo los jueves. No fue hasta el otro día cuando hablamos que supe que viajabas cada dos jueves nada más.
—¿Por qué esperar dos semanas para volver a verte? Es absurdo, me gustas demasiado y después de lo que acabas de decir…
—¿Qué pasa?
—¿Tienes algún día a la semana libre?
—Los martes, pero casi siempre me sale alguien a quien sustituir en un vuelo.
—Pues que te sustituyan a ti.
—¿Cómo dices?
—Coge vacaciones y vente a Madrid conmigo.
—Oye, estás muy loco. Hablamos después, ahora vamos a despegar.

Elisabeth se levantó del asiento sorprendida y emocionada. La verdad le hacía ilusión quedarse en Madrid con él. El avión despegó y cogió altura. La luz que indica que el cinturón debe estar puesto, se apagó y Elisabeth comenzó a servir agua. Pasó por todas las filas hasta llegar al final donde estaba, estratégicamente situado, Carlos. Se sentó a su lado y él cogió su mano y la agarró con fuerza.

—¿Qué dices?
—Que sí, acepto quedarme en Madrid unos días contigo.
—¡Gracias! –Carlos sonrió. 
—Cuando aterricemos ve a coger tu maleta y luego me esperas allí.
—Vale, ¿te vienes hoy entonces?
—Sí, llevo siete meses trabajando días que no me corresponden y con el mismo salario. Pediré unas vacaciones de quince días.
—¿Te las darán?
—Tengo unos jefes muy buenos, gracias a Dios.
—¿Eres católica?
—No, totalmente atea, era un decir. ¿Y tú?
—Ateo también. ¿Cómo decidiste ser azafata?
—Me gustan los idiomas; sé francés, inglés, alemán, portugués, italiano, ruso y español claro. También sé algo de rumano y algo de árabe, pero lo básico y lo relacionado con aviones. Y esto era una opción, aunque quiero ser intérprete.
—¡Vaya! Ya no podré presumir de ser bilingüe contigo.
—Jaja, me da que no. ¿Y a ti ser arquitecto?
—Se me daba bien y mi madre me llevó con un familiar arquitecto que me metió el gusanillo en el cuerpo.
— Bueno, tengo que volver al trabajo.
—Aquí no te ven, quédate conmigo un rato más. 
—Suéltame anda, es en serio, tengo que irme.

De repente, el avión comenzó a tambalearse y la gente comenzó a gritar del miedo. Elisabeth se levantó y corrió hacia Roberto que acababa de salir de la cabina del piloto. Tenía la cara desencajada y los ojos rojos. Lorena lo miraba y negaba con la cabeza para autoconvencerse, pero el avión había perdido uno de sus motores y comenzaba a inclinarse a la derecha. La cola del avión es la zona más peligrosa en caso de accidente. Elisabeth lo sabía y fue a buscar a Carlos para moverlo hacia los asientos delanteros.

—¿Qué pasa? –preguntó muy asustado Carlos.
—Hemos perdido un motor. Ponte el chaleco y ven conmigo. –dijo Elisabeth cogiéndole de la mano.
—¡Espera!, ¿es grave?
—Sí…
—Entonces tendré que hacerlo ya.
—¿Qué cosa?

Carlos se acercó a Elisabeth velozmente y le dio un beso en los labios que la dejó sin aliento. Ella se dejó besar y cerró los ojos mientras pegaba más su cuerpo al de él. Poco a poco sus lenguas se fueron buscando hasta encontrarse en un beso aún más apasionado. Segundos más tarde el avión se comenzó a inclinar hacia adelante y ellos, que estaban de pie, corrían más peligro que nadie. Elisabeth se separó de los labios de Carlos y tiró de él hacia los asientos delanteros. Se sentaron y abrocharon sus cinturones en cuestión de segundos y luego se dieron la mano para volver a besarse.

La cabeza les comenzó a doler de la presión y se separaron para apoyarla en el asiento. Respiraron profundamente y luego sintieron el impacto. Abrieron sus ojos y solo vieron humo negro y manos levantadas buscando ayuda. Elisabeth miró a Carlos y comenzó a gritar y a llorar. Su cabeza estaba cubierta de sangre y no respondía a sus llamadas. Miró al otro lado y pudo ver a Roberto dirigiéndose a ella y sacándola de allí. Juntos ayudaron al resto de pasajeros a salir del avión y cuando estaban a un par de metros, Elisabeth rompió a llorar desconsolada. Se acarició los labios que habían besado a ese chico tan guapo del que un día se enamoró y que ahora estaba muerto. Dejó que Roberto la recogiera del suelo y se la llevara a un lugar alejado mientras llegaban los servicios de emergencia.

Trece años después

Ahora Elisabeth está casada con Roberto, tienen tres hijos: Carlos, Alberto y Julio. Roberto nunca supo que su primogénito se llamaba como el primer y único amor que su mujer había tenido y ella nunca supo que él sí lo sabía. Lorena murió en el accidente y solo veinte de los más de cien pasajeros lograron sobrevivir. Elisabeth y Roberto vivían en Madrid y ella, con el dinero que ganaba como intérprete de varios países, pagaba a una constructora para que construyera el edificio que Carlos tenía en unos planos que llevaba en su maleta de viaje aquel día. No era feliz con Roberto, pero era un buen amigo y no podía separarse de él por sus tres hijos; sus tres maravillosos, inteligentes y guapos hijos.

El camino equivocado (relato antiguo)

Suena el despertador. Un día más. Un puñetero día más de la triste vida de Lucía. Lucía era una chica extravagante y complicada, no había nadie en el mundo más antipática que ella. Pero un día, un día que pintaba ser tan aburrido y gris como todos los demás, conoció a Martín.

Martín-Tintín, como ella lo llamaba por ser rubio de ojos claros y tener una especie de tupé en la cabeza, era un chico encantador. Era buen estudiante, de familia adinerada y con un futuro prometedor.

El día en el que estas dos personas se cruzaron, algo muy gordo pasó. Martín acabó en la cárcel y Lucía en el hospital. Y todo por culpa de Alex, un chico muy parecido a Lucía en cuanto a carácter. Alex estaba metido en el mundo de las drogas y había metido a Lucía, la cual se dejó manejar como un títere por su querido novio. Esa noche había una fiesta en la ciudad y Alex estaba allí con Lucía comprando algo de droga a un grupo de chicos y chicas menores de edad. Lucía se había hartado y aburrida se separó del grupo y comenzó a caminar. Iba tan borracha que no vio al pobre Martín que se cruzó en su camino ajeno a lo que estaba a punto de pasar. Alex vio a su novia a lo lejos hablando con Martín y el grupo de chicos que le vendía drogas se esfumó pensando que la chica se había ido de la lengua y que Martín era de la secreta.

—Me acabas de joder el negocio, zorra. —dijo Alex mientras miraba con odio a su “querida” chica.
—Menudo negocio ese y yo no hice nada, solo me fui de allí porque no me gustaba esa gente. –dijo Lucía mientras se miraba los pies y dejaba que su cuerpo se moviera de un lado a otro por los efectos del alcohol.
—¿Y tú donde vas? –le dijo Alex a Martín que comenzaba a alejarse con disimulo.
—A mi casa. –contestó asustado Martín.
—Anda, con que el niño rico se va a casa, ¿eh? –dijo en tono amenazante Alex. –Pues eso será sin un duro en los bolsillos. ¡Vamos! Me jodiste el negocio, ahora quiero una recompensa…
—No tengo nada encima. –concluyó Martín antes de salir corriendo de allí al ver la navaja que Alex acababa de sacar.
—Tranquilo, que este regalo no es para ti. –dijo Alex mientras clavaba la navaja en el vientre de Lucía.

Alex se fue corriendo sin mirar atrás y Martín volvió para ayudar a Lucía. Ella estaba bocabajo y un charco de sangre iba creciendo poco a poco bajo su cuerpo. Gritó ayuda desesperado y Alex rió a lo lejos al escucharlo. Lucía pudo abrir los ojos y solo dijo: “Siento haberte metido en esto” y luego se desmayó.

La ambulancia tardó unos 10 minutos en llegar, puesto que no estaba muy lejos de allí atendiendo a un chico que se había roto una pierna al correr borracho. Se la llevaron a Urgencias y Martín decidió acompañarla, pues se sentía responsable de Lucía, ya que si él hubiera ido más pendiente en la calle no hubiera tropezado con ella y ella no hubiera tenido que disculparse, Alex no se hubiera enfadado y ahora estarían los dos drogándose en cualquier baño y él… él ya hubiera llegado a casa.

En la ambulancia Lucía despertó y alguien le preguntó quién la había apuñalado. Lucía, sin quererlo señaló al pobre Martín.

Ella lo que quería era que Martín se acercara para disculparse de nuevo con él, pero no inculparle. Al llegar a Urgencias, un agente de la policía se llevó detenido a Martín, y Lucía fue operada hasta bien entrada la madrugada.

La familia de Lucía ya estaba acostumbrada a ir a visitarla al hospital, pero siempre por temas de drogas y alcohol, nunca por algo así. Se asustaron mucho y enseguida culparon a Alex, porque sabían que era el novio de Lucía y porque sabían que él estaba metido en problemas con gente que no es de fiar.

Al mediodía Lucía despertó con mucha hambre. Buen síntoma. Comió y se durmió para volverse a despertar pidiendo más comida. Su familia la pudo visitar por la tarde y la Policía que esperaba ansiosa preguntarle todo lo ocurrido a Lucía, entró en la habitación.

Preguntas y más preguntas después Lucía terminó de aclarar el malentendido que hubo en la ambulancia. Martín estuvo libre al fin, pero recibió una llamada del hospital. Era Lucía, quería verle. Había conseguido su número gracias a la Policía y ellos mismos, después de disculparse ante la familia de Martín, decidieron acompañarlo a visitar a Lucía.

—Lo siento. En la ambulancia te señalé porque quería hablar contigo, no quise culparte.
—Bueno, ya da igual. Me alegro de que estés bien. Se te ve mucho mejor.
—Me imagino que ahora pesaré dos kilos más que anoche, con todo lo que he comido.
—Eso es bueno.
—Lo sé, pero de nuevo me gustaría disculparme contigo.
—Tranquila, en serio. Estoy bien. Si necesitas algo, ya sabes…
—En realidad sí.
—¿Qué?
—Quiero cambiar.
—¿A qué te refieres?
—Quiero dejar las drogas y la mala vida. Necesito a alguien a mi lado que me ayude, mi familia ya está cansada, llevo diciendo esto mucho tiempo.
—Y no creerán que esta vez sea verdad.
—Exacto.
—Te ayudaré.

Efectivamente, la familia de Lucía no creyó en ella, pero Martín sí. Poco a poco su amistad comenzó a ser más fuerte y las visitas eran diarias. Meses más tarde, Lucía salió del centro de desintoxicación y Martín decidió declararse. Una bonita amistad que surgió de una horrible noche y un noviazgo dulce que convirtió a una drogadicta rebelde y sin futuro en una chica dulce y brillante.

Un día, Martín decidió presentar a Lucía como su novia delante de toda su familia. La madre de Martín, Pilar, no aceptó a esta chica como nuera y le recordaba a cada momento su pasado como drogadicta y la noche en el calabozo que su hijo pasó por su culpa. El padre, Armando, tampoco aprobaba la relación, decía que años de sudor y lágrimas trabajando para procurarle a Martín un buen futuro no había dado sus frutos, pues él se había ido con la primera que encontró. Por el contrario, Cata, la hermana de Martín, era un encanto con Lucía y era la única que la trataba bien.

Lucía estaba cansada de sus suegros y prefirió no visitar a Martín en su casa nunca más. Pero esa medida no fue suficiente, a su casa llegaban cartas que le decían a Lucía que se alejara de Martín por el bien de todos. Una familia rica emparentada con una chica de barrio, sin estudios, ex drogadicta y con un novio que intentó asesinarla. Debían tomar más medidas contra Lucía si querían separarla de Martín. Y Lucía cansada de la situación y lejos de querer dejar a su salvador, a su Martín-Tintín, se presentó en casa de Pilar y habló con ella. Intentó convencerla de que había cambiado, pero nada funcionó, se rieron de ella y tuvo que irse de allí con el cuerpo temblando de la rabia contenida que tenía. Al marcharse, Lucía pudo escuchar como Cata la criticaba con su madre y se reía de ella. Nadie la quería en esa casa, pensó.

No hacía ni un mes que había comenzado a ser novia de Martín y ya recibía amenazas serias por parte de su “familia” política. Lucía estaba sola, no quería contárselo a Martín y menos a su familia que pensaría que hasta para conseguir novio era una fracasada. Así que se lo calló y sin nadie que la aconsejara nunca supo que esas amenazas eran denunciables y lo único que hizo fue destruirlas y seguir con su vida… y con Martín.

Parecía una buena familia, de fiar, pensó Lucía el día en el que se encontró cara a cara con Pilar, Armando y Cata en su propia casa. Estaba cansada de todo y de todos y Martín, su querido Martín encontraría fácilmente a otra chica más adecuada para él si ella le dejaba.

Así fue, llegó el día y Lucía se decidió a dejar a Martín. Las amenazas cesaron y pudo rehacer su vida de nuevo, pero se sentía vacía, triste y sola. Salió de casa a tomar aire y allí estaba él, Alex.

Pelearon, discutieron, hubo mucho ruido, pero nadie la ayudó ni llamó a la Policía. Y Alex armado de nuevo con su navaja se acercó a Lucía con intención de matarla. Pero lo que no sabía ninguno de los dos era que Martín, despechado y dolido seguía visitando los alrededores de la casa de Lucía esperando que ella saliese para hablar. Esta vez pudo intervenir antes de que Alex clavara su navaja en ella. Lucía aprovechó el despiste de Alex y se metió en casa para llamar a la Policía. Pero Alex había ido a matar y no se iba a quedar con las ganas y Martín por mucho que corrió no logró escapar a alguien que llevaba muchos años corriendo para no ser pillado por la Policía en sus “fiestas”.

Cuando Lucía, después de llamar a la Policía y de coger el cuchillo más grande que encontró en la cocina, salió de su casa para matar, o al menos asustar, a Alex, se encontró con Martín desangrado en una esquina. Esta vez, Alex se había asegurado de matar a su víctima y Martín ya no respiraba.

Llorando y gritando, la pobre Lucía dejó caer el cuchillo al lado de Martín, el cual se llenó de la sangre que formaba un charco a su alrededor. La Policía y la ambulancia llegaron y las cosas fueron como el primer día que Martín y ella se conocieron, solo que esta vez Lucía acabó presa y Martín en el cementerio.

El cuchillo de Lucía no coincidió con las puñaladas que tenía Martín, pero para la familia de él, la culpable de todo había sido Lucía.

Dos días más tarde del entierro de Martín y cumpliendo su amenaza Pilar cogió la vieja escopeta de caza de Armando y le disparó a Lucía en la cabeza que cayó al suelo, ya muerta. Nadie sospechó de ella, la misma Lucía había eliminado las únicas pruebas: las cartas. 

Disunity - I Capítulo: Tragedia

No recuerdo qué día fue exactamente, solo sé que el día que perdí definitivamente a mi madre era verano. Lo sé porque no tenía clases y podía dormir hasta tarde, aunque ya hubiese amanecido.

En mi habitación tenía unas cortinas semitransparentes de color violeta que le daban a las paredes el mismo color cuando los rayos del sol las atravesaban. Me gustaba estar en mi habitación violeta, con los ojos abiertos pero aún tendida en la cama. De todas maneras no había nada que hacer, no tenía amigas, mi novio era un cretino, odiaba a mi madre y a mi padre hacía meses que no lo veía. Parece que se divorció de mí al mismo tiempo que de mi madre.

Antes de vivir aquí vivíamos los tres en un barrio antiguo, esos en los que ahora solo quedan personas mayores que se levantan temprano y se ponen a pasear y en los que no hay niños. Pero entonces mis padres se cansaron de discutir, mi padre pidió el divorcio y mi madre aceptó sin luchar.

La odiaba por eso, llevaban casados poco más de quince años, que son los que yo tengo, y no entendía cómo podían renunciar a todo eso tan rápidamente. Ocurrió todo en poco más de dos meses y de pronto ya nos estábamos mudando aquí. Es una casa bastante bonita, aunque no grande, está en un tercer piso y se puede oír a los demás vecinos cuando hablan. Supongo que mi padre ayuda a mi madre a pagar este piso, ya que él sigue viviendo en nuestra antigua casa porque mi madre aún no tiene trabajo. Pero la verdad es que nunca me he molestado en preguntar, me da igual cómo consiga el dinero, solo quiero no tener que mudarme de nuevo y encontrar un poco de estabilidad ahora que también empiezo en un nuevo instituto.

Mientras seguía ahí tumbada escuchaba a mi madre caminar hacia mi cuarto. Tenía la puerta cerrada y su idea de despertarme era aporrear la puerta gritando mi nombre.

—¡Naaaaadia, despiertaaa!
—Estoy despierta —dije, y entonces ella abrió la puerta.
—Nos vamos a casa de la abuela, vístete —y después de decirlo se fue a la cocina.

Odiaba ir a casa de mi abuela, ese olor a humedad en todos los muebles y a pis en la ropa. Mi abuela ya era mayor, hoy cumplía ochenta y nueve años y a todos les encantaba hacerle la pelota para que el día que muriera le tocase algo de la herencia. A mí me daba igual. Mi abuela, madre de mi madre, había vivido muchas cosas, y la mayoría horribles, pero no le daba derecho a criticar a los demás de la manera que lo hacía, pero todos se lo dejaban pasar porque era mayor. Yo no. Cuando se metía con mis pantalones pitillo y mis blusas abotonadas hasta el cuello y me decía que una mujer no debe vestir como un hombre, no me callaba. Siempre había tenido la sensación de que mi forma de ser no le gustaba a nadie. Quizás lo heredé de mi familia paterna, pero tampoco lo sé porque murieron en un accidente y nunca los conocí.

Me levanté y al abrir el armario saqué lo más masculino que tenía, solo por rebeldía. En realidad me apetecía ponerme un vestido negro de lunares blancos que me había comprado la semana pasada, pero no quería que al verme mi abuela dijera que por fin me comportaba según sus ideales machistas y anticuados. Y así fue, cuando llegamos su mirada se posó en mí e hizo una mueca de asco con la boca que más que dolor me provocó satisfacción, había conseguido molestarla.

Al poco de estar ahí comenzaron a llegar mis tíos y mis primos. Cada vez que se reunían solo hablaban del trabajo y de fútbol. Así que me refugié en el jardín para encontrar un poco de paz y mi primo Kevin me siguió. Es el único de mis primos que me cae bien, quizás porque se preocupa por mí y tiene mi misma edad y compartimos ciertos gustos musicales.

Se sentó a mi lado y comenzó a fumar y a contarme que quizás repitiera curso. Compartimos el cigarro y luego sacó de su chaqueta un paquete envuelto en papel de regalo de color violeta con un lazo burdeos.

—Felicidades, prima.
—¡Vaya! Pensé que nadie se iba a acordar de que hoy también es mi cumpleaños —dije cogiendo el regalo.
—¿Tu madre no te ha regalado nada?
—Ni siquiera me ha felicitado —dije mientras rompía el papel— No sé si está enfadada conmigo por algo o si no se acuerda, pero me da igual, está muy ocupada mandándole mensajitos a su novio.

Terminé de abrir el regalo y vi que era un libro de autoayuda para personas con problemas amorosos. Me reí por la ocurrencia de mi primo y luego reímos juntos durante un buen rato.

—¿De verdad crees que tengo problemas amorosos?
—Es que últimamente no paras de hablarme de alguien que te gusta mucho pero con quien no te atreves a dar el paso y luego vi el libro y te lo compré.
—Bueno gracias, lo leeré.

Mi primo había dado en el clavo, había una persona por la que me sentía muy atraída, pero era alguien peligroso. Se llamaba Alexis, tenía treinta y tres años y era el novio de mi madre. Mi madre tenía la misma edad, me había tenido con dieciocho años, aunque mi padre tenía veinticinco por aquel entonces.

No tengo claro cómo se conocieron mi madre y Alexis, solo sé que un día me desperté y me lo encontré desayunando en mi cocina. Desde entonces Alexis se ha quedaba muchas veces a dormir en mi casa y se paseaba por ella en calzoncillos sin tener en cuenta mi presencia. Era policía desde hacía tres años y aún no había perdido su forma física como hacen muchos policías al llegar a cierta edad o a tener un puesto más alto dentro de la jerarquía policial. Así que lo tenía dos de cada cinco mañanas paseándose semi desnudo por mi casa y oyéndolo reír y gemir cuando entraba en la habitación con mi madre. Y eso en cierta manera me había descontrolado por completo.

También estaba el hecho de que me defendiera la vez que mi novio y sus amigos vinieron a mi casa y bebieron más de la cuenta. Éramos menores de edad bebiendo alcohol y uno de ellos me estaba insultando mientras mi novio dormía en el sofá. Pensé que nos iba a caer una buena cuando Alexis los llevó a su casa y regresó para ayudarme a limpiar y que mi madre no se enterara.

Me enternecía y me enamoraba la manera en la que me miraba. Y poco a poco me fui enamorando.

Aquella noche, la noche de mi cumpleaños, mi madre tuvo que irse después de cenar y Alexis se quedó lavando los platos y recogiendo la cocina. Entonces, no entiendo bien porqué, me propuse dar el paso y seducirle. Fui a mi habitación y empecé a quitarme toda la ropa que llevaba encima para molestar a mi abuela y cogí el vestido negro de lunares blancos. Era un vestido corto con un precioso escote en la espalda, muy veraniego. Pero con el escote se veía mi sujetador, así que me lo quité para estar más cómoda y salí al salón disimulando estar distraída con el móvil.

Desde la cocina él podía verme y estaba segura de que me estaba viendo cuando me giré y apartó la cara deprisa. Entonces, ahora que ya había captado su atención, entré a la cocina para hablar con él, sobre nada en particular, solo charlando. Parecía divertirle todo lo que yo decía y me sentía cada vez más cómoda con él.

Cuando terminó de limpiar se acercó a mí con un paño de cocina entre las manos para secárselas. Lo dejó caer a mis pies y levantó mi mentón con un dedo para mirarme directamente a los ojos. Los míos eran color miel, los del eran azules, lo que contrastaba con el moreno de su piel, sin duda fruto de las horas que se pasaba en el parque entrenando sin camiseta. Lo sé porque el parque está a dos minutos de mi casa y me lo he cruzado varias veces y lo saludaba de lejos.

Ahora lo tenía frente a frente y me miraba con deseo pero se frenaba, no quería ser él quien diera el paso. Yo estaba cumpliendo quince años, el tenía treinta y tres y estaba saliendo con mi madre, sin olvidar de que era policía y podían echarlo del cuerpo por acostarse conmigo. Pero eso solo si yo lo denunciaba, y no quería hacerlo.

Levanté aún más mi mentón y toqué sus labios con los míos. Luego llevé una de sus manos a mi muslo y lo dejé tocarme por debajo del vestido. Me apretó las nalgas y me correspondió el beso, esta vez con pasión y con lengua. Poco a poco fue pasando de mis nalgas a mi espalda que estaba pegada a la pared. Metió sus manos en el escote del vestido y tiró de los tirantes hacia abajo, dejando al descubierto mis pechos.

En ese momento supe que no había marcha atrás, noté su erección a través del pantalón y me apresuré a bajarle la cremallera. Luego él me ayudó bajándose el resto y haciendo a un lado mis braguitas para poder penetrarme. Lamió mis pechos y me hizo estremecer de placer, me tomó por la cintura y me llevó hasta el sofá donde se acostó encima y se quitó la camiseta. Ahora lo tenía completamente desnudo sobre mí, aunque yo seguía llevando el vestido y las braguitas.

Alexis no tardó mucho en correrse, lo noté porque enseguida paró y se dejó caer sobre mí, asfixiándome con su peso. Después se tumbó de lado y me masturbó hasta que me corrí. Nos abrazamos y nos apuramos en vestirnos e irnos a nuestras respectivas habitaciones, con miedo de que apareciera mi madre.

Pero mi madre no apareció hasta la mañana siguiente cuando Alexis ya se había ido a trabajar y yo estaba completamente dormida. Anunció su llegada dando un portazo y dejando caer el bolso y todo lo que llevaba en las manos al suelo. Cuando me levanté para preguntar qué había pasado, vi que estaba llorando. Se acercó a mí y antes de entrar a su habitación solo pudo decirme que mi abuela había muerto.