1 de julio de 2012

Amor en las alturas (relato antiguo)

Su melena castaña le llegaba hasta la cintura y sus piernas siempre cubiertas por unas medias eran las más hermosas que había visto nunca. De repente, la chica se giró y Carlos pudo comprobar que lo único bonito de esa chica no eran sus piernas y su pelo, eran sus ojos verdes y su sonrisa perfecta. Ya la conocía, pero siempre la había visto con gafas y cara seria a pesar de su trabajo.

El viaje se estaba haciendo muy largo y Carlos se acomodó en su asiento para seguir observando discretamente a la chica de la que llevaba tiempo enamorado. Era una chica preciosa, tenía cara de ángel y cuando sonreía provocaba en Carlos otra sonrisa. Las voces del resto de pasajeros no dejaban a Carlos escuchar con exactitud la voz de esa preciosa chica que lo tenía hechizado, pero poco a poco todos fueron callando para empezar a comer. Era su turno, su oportunidad de hablar con ella, pero ella no se acercaba, al contrario, se alejaba.

—¿Has visto como te mira? –preguntó Roberto, un compañero de trabajo muy pesado.
—¿Quién? –respondió la misteriosa chica de ojos verdes y melena castaña.
—Uno de los pasajeros, está sentado al lado de una señora con un abrigo rojo.

La chica asomó su cabeza disimuladamente y buscó con la mirada a la señora del abrigo rojo. La localizó y miró al hombre que estaba a su lado. Era un chico alto, delgado pero atlético y bastante atractivo. Ahora miraba por la ventanilla del avión, pero como si supiera que ella estaba ahí, desvió la mirada hacia ella.

Carlos se ruborizó al encontrarse con la chica más guapa del avión mirándolo fijamente y sin saber bien qué hacer, sonrió. La chica volvió otra vez con Roberto, tímida y roja como un tomate.

—¿Qué pasó? –preguntó de nuevo Roberto con más interés del normal.
—Nada, ya lo vi. Es un pasajero al que suelo ver mucho, muy mono. –contestó ella provocando celos en su amigo.
—Pues a mí no me lo parece, tienes muy mal gusto Beth.
—No me llames así, no me gusta que abrevien mi nombre.
—Está bien. Toma este carro y sirve el agua que Lorena ya está sirviendo la comida.

La otra azafata, Lorena, estaba pasando justo por la fila de Carlos con el carro de comida, Carlos se pidió una ensalada y vio a Elisabeth repartiendo agua y pensó que no sería mala idea hablar con ella cuando llegara. Comenzó a comer despacio y con algo de nervios.

—¿Un vasito de agua? –preguntó Elisabeth dirigiéndose a la señora del abrigo rojo.
—Sí, gracias. –dijo con voz ronca la señora.
—¿Un vasito de agua? –preguntó de nuevo Elisabeth dirigiéndose ahora a Carlos.
—Sí... y una servilleta, por favor. –dijo Carlos mientras se ponía rojo. Elisabeth le dio el vaso y la servilleta y Carlos siguió hablando. —¡Espera!, ¿podríamos hablar un momento?
—Disculpe, estoy trabajando. –contestó extrañada por la proposición.
—Luego, cuando haya servido todos los vasos y vaya a sentarse de nuevo, podría venir.
—Señor, no puedo dejar de hacer mi trabajo, mi deber es permanecer… —Carlos la interrumpió con una mirada triste y Elisabeth terminó por aceptar.

Repartió todos los vasos de agua y como había acordado, se acercó a Carlos y la señora del abrigo rojo, entre risas, se cambió de sitio para dejar que los dos estuvieran sentados juntos.

—¿Qué quieres? –preguntó Elisabeth.
—¿Cómo te llamas?
—Elisabeth… ¿y tú? –preguntó con una pequeña sonrisa por saber el nombre del chico que le gustaba.
—Carlos.
—Bueno Carlos, ¿qué querías?
—Conocerte después de tanto tiempo viéndote.
—¿Tanto tiempo? –preguntó ella, aunque sabía perfectamente que llevaba viajando dos meses con esa compañía.
—Viajo cada dos jueves a Nueva York desde Madrid desde hace dos meses y te veo siempre en el viaje de ida y en el de vuelta.
—¿Eres una especie de psicópata o algo?
—¡¿Qué!?... ¡Claro que no! –contestó ofendido Carlos.
—Tranquilo, era una broma. En realidad tu cara me suena bastante, pero veo a muchos pasajeros todos los días. –mintió Elisabeth, pues a él lo recordaba con exactitud.
—Pero yo no veo azafatas tan guapas todos los días.
—Gracias… —dijo ella sonriendo.
—Generalmente no hago esto cuando intento ligar, pero me gustas y quiero conocerte.
—Carlos, debo volver al trabajo. Ha sido un placer.
 —Lo siento, no te vayas…
—Es que das un poco de miedo. –dijo ella mintiendo de nuevo.
—Disculpa, soy muy bruto. –dijo Carlos agachando la cabeza. 
—Tranquilo, en realidad a mí también me gustaría conocerte.
—Pues empieza, pregunta lo que quieras. –dijo sonriendo.
—Tengo veintiocho, soy teleoperador para poder pagarme la carrera de Arquitectura y nací en Nueva York donde vive toda mi familia, pero trabajo y estudio en Madrid. Por eso viajo tanto, ahora tú.
—Tengo veinticuatro, no creo que haga falta decir que soy azafata y nací en Valencia.
—¿Novio?
—No… ¿tú?
—¿Estás loca? Soy heterosexual…
—Idiota, preguntaba si… —Carlos la interrumpió.
—No, no tengo novia. Aunque quizá me baje del avión teniéndola…
—Puede ser, la señora del abrigo rojo que estaba aquí sentada era muy guapa.
—Eso me pasa por lanzado, ¿no?
—Exacto… ahora me tengo que ir o se enfadarán conmigo.
—Me gustaría verte otro día… —dijo Carlos muy bajito.
—Dentro de dos jueves nos volveremos a ver. –dijo Elisabeth sonriendo.

Dos semanas después

El avión saldría hacia Madrid a las tres de la tarde, eran las dos y los primeros pasajeros comenzaban a llegar. Mientras, Elisabeth, Lorena y Roberto llegaban con cara de cansancio al encuentro con el piloto y el copiloto. Se encargaban de administrarse las tareas en caso de accidente. Roberto sería el encargado de que todos los pasajeros se mantuvieran en sus puestos hasta que Lorena les explicara por enésima vez como colocarse el chaleco y Elisabeth abría las compuertas.

A las dos y veinte minutos de la tarde, apareció Carlos acompañado de su madre de la que se despidió con un tierno beso en la mejilla antes de pasar por el control policial. Primero se quitó los zapatos, luego el abrigo, luego el cinturón, luego el reloj y por poco no se tiene que quitar los pantalones. Los controles aéreos en Nueva York eran muy estrictos después del 11-S. Desde la cafetería del aeropuerto, Elisabeth miraba a Carlos con deseo y sonreía picarona para sus adentros.

Dos minutos más tarde, ella y sus compañeros pasaron por delante de los pasajeros, entre ellos Carlos y Elisabeth le picó un ojo inconscientemente. No hacía más que repetirse que era una idiota, picó el ojo sin quererlo, bueno, en realidad sí, pero… estaba hecha un lío.

Pasaron los minutos y los pasajeros entraron al avión. Una azafata sonriente y nerviosa saludaba a cada uno de ellos que comenzaba a entrar y sentarse.

—Buenas tardes. –dijo Elisabeth.
—Buenas tardes. –respondió Carlos sonriendo y picándole un ojo como ella le había hecho antes.

El avión estaba listo para despegar y Carlos, pasando de las explicaciones de cómo colarse el chaleco porque ya se las sabía y porque era Lorena quién lo explicaba, se puso a mirar por la ventanilla.

—¿Qué miras? –preguntó Elisabeth sentándose en el asiento libre que había al lado de Carlos.
—Miro cómo colocan las maletas… ahí va la mía.
—Oye, lo de antes… —Carlos la volvió a interrumpir como hacía siempre.
—No pasa nada, me gustó que lo hicieras. Además, fui la envidia del resto de pasajeros que te vieron picarme el ojo.
—¿Envidia?, no lo entiendo. –dijo Elisabeth mientras se mordía el labio, pues sabía perfectamente porqué.
—Porque tengo un físico estupendo que ellos nunca lograrán tener… —dijo Carlos mientras reía, pues sabía que había fastidiado a Elisabeth como ella a él la primera vez que hablaron.
—Ya bueno, tampoco estás tan bien, eres del montón.
—Igual que tú… ¿o qué te piensas?
—Vale, me tengo que levantar…
—Espera. –dijo Carlos cogiéndola de la mano. –Si fueras una más del montón no estaría hoy aquí.
—¿Qué dices?
—Digo que esta aerolínea es la más cara y la que tiene los peores horarios para volar, pero un día no me quedó de otra que volar con vosotros y entonces te conocí y no he querido otra aerolínea ni otro horario que no sean éstos desde entonces.
—Está bien, es injusto que no lo sepas.
—¿El qué?
—Que tú también me gustas desde ese día y que a partir de aquel jueves siempre pido Nueva York – Madrid y Madrid – Nueva York para verte. No siempre te veía y me ponía nerviosa, luego me di cuenta de que solo viajabas los jueves y desde entonces y para que no sospechen pido este viaje solo los jueves. No fue hasta el otro día cuando hablamos que supe que viajabas cada dos jueves nada más.
—¿Por qué esperar dos semanas para volver a verte? Es absurdo, me gustas demasiado y después de lo que acabas de decir…
—¿Qué pasa?
—¿Tienes algún día a la semana libre?
—Los martes, pero casi siempre me sale alguien a quien sustituir en un vuelo.
—Pues que te sustituyan a ti.
—¿Cómo dices?
—Coge vacaciones y vente a Madrid conmigo.
—Oye, estás muy loco. Hablamos después, ahora vamos a despegar.

Elisabeth se levantó del asiento sorprendida y emocionada. La verdad le hacía ilusión quedarse en Madrid con él. El avión despegó y cogió altura. La luz que indica que el cinturón debe estar puesto, se apagó y Elisabeth comenzó a servir agua. Pasó por todas las filas hasta llegar al final donde estaba, estratégicamente situado, Carlos. Se sentó a su lado y él cogió su mano y la agarró con fuerza.

—¿Qué dices?
—Que sí, acepto quedarme en Madrid unos días contigo.
—¡Gracias! –Carlos sonrió. 
—Cuando aterricemos ve a coger tu maleta y luego me esperas allí.
—Vale, ¿te vienes hoy entonces?
—Sí, llevo siete meses trabajando días que no me corresponden y con el mismo salario. Pediré unas vacaciones de quince días.
—¿Te las darán?
—Tengo unos jefes muy buenos, gracias a Dios.
—¿Eres católica?
—No, totalmente atea, era un decir. ¿Y tú?
—Ateo también. ¿Cómo decidiste ser azafata?
—Me gustan los idiomas; sé francés, inglés, alemán, portugués, italiano, ruso y español claro. También sé algo de rumano y algo de árabe, pero lo básico y lo relacionado con aviones. Y esto era una opción, aunque quiero ser intérprete.
—¡Vaya! Ya no podré presumir de ser bilingüe contigo.
—Jaja, me da que no. ¿Y a ti ser arquitecto?
—Se me daba bien y mi madre me llevó con un familiar arquitecto que me metió el gusanillo en el cuerpo.
— Bueno, tengo que volver al trabajo.
—Aquí no te ven, quédate conmigo un rato más. 
—Suéltame anda, es en serio, tengo que irme.

De repente, el avión comenzó a tambalearse y la gente comenzó a gritar del miedo. Elisabeth se levantó y corrió hacia Roberto que acababa de salir de la cabina del piloto. Tenía la cara desencajada y los ojos rojos. Lorena lo miraba y negaba con la cabeza para autoconvencerse, pero el avión había perdido uno de sus motores y comenzaba a inclinarse a la derecha. La cola del avión es la zona más peligrosa en caso de accidente. Elisabeth lo sabía y fue a buscar a Carlos para moverlo hacia los asientos delanteros.

—¿Qué pasa? –preguntó muy asustado Carlos.
—Hemos perdido un motor. Ponte el chaleco y ven conmigo. –dijo Elisabeth cogiéndole de la mano.
—¡Espera!, ¿es grave?
—Sí…
—Entonces tendré que hacerlo ya.
—¿Qué cosa?

Carlos se acercó a Elisabeth velozmente y le dio un beso en los labios que la dejó sin aliento. Ella se dejó besar y cerró los ojos mientras pegaba más su cuerpo al de él. Poco a poco sus lenguas se fueron buscando hasta encontrarse en un beso aún más apasionado. Segundos más tarde el avión se comenzó a inclinar hacia adelante y ellos, que estaban de pie, corrían más peligro que nadie. Elisabeth se separó de los labios de Carlos y tiró de él hacia los asientos delanteros. Se sentaron y abrocharon sus cinturones en cuestión de segundos y luego se dieron la mano para volver a besarse.

La cabeza les comenzó a doler de la presión y se separaron para apoyarla en el asiento. Respiraron profundamente y luego sintieron el impacto. Abrieron sus ojos y solo vieron humo negro y manos levantadas buscando ayuda. Elisabeth miró a Carlos y comenzó a gritar y a llorar. Su cabeza estaba cubierta de sangre y no respondía a sus llamadas. Miró al otro lado y pudo ver a Roberto dirigiéndose a ella y sacándola de allí. Juntos ayudaron al resto de pasajeros a salir del avión y cuando estaban a un par de metros, Elisabeth rompió a llorar desconsolada. Se acarició los labios que habían besado a ese chico tan guapo del que un día se enamoró y que ahora estaba muerto. Dejó que Roberto la recogiera del suelo y se la llevara a un lugar alejado mientras llegaban los servicios de emergencia.

Trece años después

Ahora Elisabeth está casada con Roberto, tienen tres hijos: Carlos, Alberto y Julio. Roberto nunca supo que su primogénito se llamaba como el primer y único amor que su mujer había tenido y ella nunca supo que él sí lo sabía. Lorena murió en el accidente y solo veinte de los más de cien pasajeros lograron sobrevivir. Elisabeth y Roberto vivían en Madrid y ella, con el dinero que ganaba como intérprete de varios países, pagaba a una constructora para que construyera el edificio que Carlos tenía en unos planos que llevaba en su maleta de viaje aquel día. No era feliz con Roberto, pero era un buen amigo y no podía separarse de él por sus tres hijos; sus tres maravillosos, inteligentes y guapos hijos.

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