1 de julio de 2012

Disunity - I Capítulo: Tragedia

No recuerdo qué día fue exactamente, solo sé que el día que perdí definitivamente a mi madre era verano. Lo sé porque no tenía clases y podía dormir hasta tarde, aunque ya hubiese amanecido.

En mi habitación tenía unas cortinas semitransparentes de color violeta que le daban a las paredes el mismo color cuando los rayos del sol las atravesaban. Me gustaba estar en mi habitación violeta, con los ojos abiertos pero aún tendida en la cama. De todas maneras no había nada que hacer, no tenía amigas, mi novio era un cretino, odiaba a mi madre y a mi padre hacía meses que no lo veía. Parece que se divorció de mí al mismo tiempo que de mi madre.

Antes de vivir aquí vivíamos los tres en un barrio antiguo, esos en los que ahora solo quedan personas mayores que se levantan temprano y se ponen a pasear y en los que no hay niños. Pero entonces mis padres se cansaron de discutir, mi padre pidió el divorcio y mi madre aceptó sin luchar.

La odiaba por eso, llevaban casados poco más de quince años, que son los que yo tengo, y no entendía cómo podían renunciar a todo eso tan rápidamente. Ocurrió todo en poco más de dos meses y de pronto ya nos estábamos mudando aquí. Es una casa bastante bonita, aunque no grande, está en un tercer piso y se puede oír a los demás vecinos cuando hablan. Supongo que mi padre ayuda a mi madre a pagar este piso, ya que él sigue viviendo en nuestra antigua casa porque mi madre aún no tiene trabajo. Pero la verdad es que nunca me he molestado en preguntar, me da igual cómo consiga el dinero, solo quiero no tener que mudarme de nuevo y encontrar un poco de estabilidad ahora que también empiezo en un nuevo instituto.

Mientras seguía ahí tumbada escuchaba a mi madre caminar hacia mi cuarto. Tenía la puerta cerrada y su idea de despertarme era aporrear la puerta gritando mi nombre.

—¡Naaaaadia, despiertaaa!
—Estoy despierta —dije, y entonces ella abrió la puerta.
—Nos vamos a casa de la abuela, vístete —y después de decirlo se fue a la cocina.

Odiaba ir a casa de mi abuela, ese olor a humedad en todos los muebles y a pis en la ropa. Mi abuela ya era mayor, hoy cumplía ochenta y nueve años y a todos les encantaba hacerle la pelota para que el día que muriera le tocase algo de la herencia. A mí me daba igual. Mi abuela, madre de mi madre, había vivido muchas cosas, y la mayoría horribles, pero no le daba derecho a criticar a los demás de la manera que lo hacía, pero todos se lo dejaban pasar porque era mayor. Yo no. Cuando se metía con mis pantalones pitillo y mis blusas abotonadas hasta el cuello y me decía que una mujer no debe vestir como un hombre, no me callaba. Siempre había tenido la sensación de que mi forma de ser no le gustaba a nadie. Quizás lo heredé de mi familia paterna, pero tampoco lo sé porque murieron en un accidente y nunca los conocí.

Me levanté y al abrir el armario saqué lo más masculino que tenía, solo por rebeldía. En realidad me apetecía ponerme un vestido negro de lunares blancos que me había comprado la semana pasada, pero no quería que al verme mi abuela dijera que por fin me comportaba según sus ideales machistas y anticuados. Y así fue, cuando llegamos su mirada se posó en mí e hizo una mueca de asco con la boca que más que dolor me provocó satisfacción, había conseguido molestarla.

Al poco de estar ahí comenzaron a llegar mis tíos y mis primos. Cada vez que se reunían solo hablaban del trabajo y de fútbol. Así que me refugié en el jardín para encontrar un poco de paz y mi primo Kevin me siguió. Es el único de mis primos que me cae bien, quizás porque se preocupa por mí y tiene mi misma edad y compartimos ciertos gustos musicales.

Se sentó a mi lado y comenzó a fumar y a contarme que quizás repitiera curso. Compartimos el cigarro y luego sacó de su chaqueta un paquete envuelto en papel de regalo de color violeta con un lazo burdeos.

—Felicidades, prima.
—¡Vaya! Pensé que nadie se iba a acordar de que hoy también es mi cumpleaños —dije cogiendo el regalo.
—¿Tu madre no te ha regalado nada?
—Ni siquiera me ha felicitado —dije mientras rompía el papel— No sé si está enfadada conmigo por algo o si no se acuerda, pero me da igual, está muy ocupada mandándole mensajitos a su novio.

Terminé de abrir el regalo y vi que era un libro de autoayuda para personas con problemas amorosos. Me reí por la ocurrencia de mi primo y luego reímos juntos durante un buen rato.

—¿De verdad crees que tengo problemas amorosos?
—Es que últimamente no paras de hablarme de alguien que te gusta mucho pero con quien no te atreves a dar el paso y luego vi el libro y te lo compré.
—Bueno gracias, lo leeré.

Mi primo había dado en el clavo, había una persona por la que me sentía muy atraída, pero era alguien peligroso. Se llamaba Alexis, tenía treinta y tres años y era el novio de mi madre. Mi madre tenía la misma edad, me había tenido con dieciocho años, aunque mi padre tenía veinticinco por aquel entonces.

No tengo claro cómo se conocieron mi madre y Alexis, solo sé que un día me desperté y me lo encontré desayunando en mi cocina. Desde entonces Alexis se ha quedaba muchas veces a dormir en mi casa y se paseaba por ella en calzoncillos sin tener en cuenta mi presencia. Era policía desde hacía tres años y aún no había perdido su forma física como hacen muchos policías al llegar a cierta edad o a tener un puesto más alto dentro de la jerarquía policial. Así que lo tenía dos de cada cinco mañanas paseándose semi desnudo por mi casa y oyéndolo reír y gemir cuando entraba en la habitación con mi madre. Y eso en cierta manera me había descontrolado por completo.

También estaba el hecho de que me defendiera la vez que mi novio y sus amigos vinieron a mi casa y bebieron más de la cuenta. Éramos menores de edad bebiendo alcohol y uno de ellos me estaba insultando mientras mi novio dormía en el sofá. Pensé que nos iba a caer una buena cuando Alexis los llevó a su casa y regresó para ayudarme a limpiar y que mi madre no se enterara.

Me enternecía y me enamoraba la manera en la que me miraba. Y poco a poco me fui enamorando.

Aquella noche, la noche de mi cumpleaños, mi madre tuvo que irse después de cenar y Alexis se quedó lavando los platos y recogiendo la cocina. Entonces, no entiendo bien porqué, me propuse dar el paso y seducirle. Fui a mi habitación y empecé a quitarme toda la ropa que llevaba encima para molestar a mi abuela y cogí el vestido negro de lunares blancos. Era un vestido corto con un precioso escote en la espalda, muy veraniego. Pero con el escote se veía mi sujetador, así que me lo quité para estar más cómoda y salí al salón disimulando estar distraída con el móvil.

Desde la cocina él podía verme y estaba segura de que me estaba viendo cuando me giré y apartó la cara deprisa. Entonces, ahora que ya había captado su atención, entré a la cocina para hablar con él, sobre nada en particular, solo charlando. Parecía divertirle todo lo que yo decía y me sentía cada vez más cómoda con él.

Cuando terminó de limpiar se acercó a mí con un paño de cocina entre las manos para secárselas. Lo dejó caer a mis pies y levantó mi mentón con un dedo para mirarme directamente a los ojos. Los míos eran color miel, los del eran azules, lo que contrastaba con el moreno de su piel, sin duda fruto de las horas que se pasaba en el parque entrenando sin camiseta. Lo sé porque el parque está a dos minutos de mi casa y me lo he cruzado varias veces y lo saludaba de lejos.

Ahora lo tenía frente a frente y me miraba con deseo pero se frenaba, no quería ser él quien diera el paso. Yo estaba cumpliendo quince años, el tenía treinta y tres y estaba saliendo con mi madre, sin olvidar de que era policía y podían echarlo del cuerpo por acostarse conmigo. Pero eso solo si yo lo denunciaba, y no quería hacerlo.

Levanté aún más mi mentón y toqué sus labios con los míos. Luego llevé una de sus manos a mi muslo y lo dejé tocarme por debajo del vestido. Me apretó las nalgas y me correspondió el beso, esta vez con pasión y con lengua. Poco a poco fue pasando de mis nalgas a mi espalda que estaba pegada a la pared. Metió sus manos en el escote del vestido y tiró de los tirantes hacia abajo, dejando al descubierto mis pechos.

En ese momento supe que no había marcha atrás, noté su erección a través del pantalón y me apresuré a bajarle la cremallera. Luego él me ayudó bajándose el resto y haciendo a un lado mis braguitas para poder penetrarme. Lamió mis pechos y me hizo estremecer de placer, me tomó por la cintura y me llevó hasta el sofá donde se acostó encima y se quitó la camiseta. Ahora lo tenía completamente desnudo sobre mí, aunque yo seguía llevando el vestido y las braguitas.

Alexis no tardó mucho en correrse, lo noté porque enseguida paró y se dejó caer sobre mí, asfixiándome con su peso. Después se tumbó de lado y me masturbó hasta que me corrí. Nos abrazamos y nos apuramos en vestirnos e irnos a nuestras respectivas habitaciones, con miedo de que apareciera mi madre.

Pero mi madre no apareció hasta la mañana siguiente cuando Alexis ya se había ido a trabajar y yo estaba completamente dormida. Anunció su llegada dando un portazo y dejando caer el bolso y todo lo que llevaba en las manos al suelo. Cuando me levanté para preguntar qué había pasado, vi que estaba llorando. Se acercó a mí y antes de entrar a su habitación solo pudo decirme que mi abuela había muerto.

2 comentarios:

  1. Me molaaaa, aunque Alexis sea un cabrón me mola mucho! por que no lo había visto antes? jajaja

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  2. Esta historia está inspirada en hechos reales que vi en un programa de la tele. Obviamente en el programa no se hacía alusión al sexo de esta manera, pero yo pensé, why not? y aquí está xD

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Hello, hello ~ Espero que tu comentario sea igual de picante que mi entrada.

¡Gracias!