7 de julio de 2012

Ekaterina [2/3]

La mañana del 28 de octubre había sido de lo más fría. Letonia era una ciudad fría a todas horas, pero las mañanas era lo que peor pasaba Katia, y eso que estaba acostumbrada a San Petesburgo, que era peor.

Dos policías abrieron la celda en la que se encontraba y la llevaron a una furgoneta donde la esposaron y la mantuvieron vigilada hasta que llegaron a lo tribunales. Comenzaba el juicio por el asesinato de Dima Góluvev y Lumi Ivanova.

—Señorita Ekaterina.  —continuó el abogado, a pesar de que Katia no prestaba atención, seguía triste por la muerte de su madre.  —¿Sigue usted afirmando que no tuvo nada que ver en el asesinado del señor Dima y la señorita Lumi?
—Así es.  —respondió Katia sin levantar la mirada del suelo.
—Ya lo han oído, ella sigue negando estar involucrada, pero veamos ahora unas grabaciones de la cámara de seguridad de la entrada del motel donde fueron encontradas las víctimas.  —Katia sonrió levemente y sin despegar los labios al escuchar víctimas, era casi un insulto para ella.

Las grabaciones revelaban la verdad, Katia estaba perdida, su abogado defensor no pudo hacer nada y el jurado la encontró culpable de todos los cargos y el juez la condenó a 15 años de cárcel por cada asesinato.

30 años más tarde

Katia, la joven de melena rubia, mirada de ojos verdes penetrantes, sonrisa cautivadora, pómulos sonrosados y llena de vitalidad, había desaparecido entre aquellas arrugas marcadas de la edad, entre suspiros y sollozos de una joven que, poco a poco, marchitaba en aquella cárcel. Hoy, 28 de octubre, cuando ya habían pasado 30 años, se cumplía la condena que el juez le había impuesto y, por fin, sería libre.

Peinó su melena rubia, más llena de mechones canosos que rubios, maquilló su pálida piel con algo de colorete para recordar aquellos pómulos sonrosados, pintó de rojo sus labios para recordar lo sensual de su boca y alisó con los dedos las arrugas de su rostro que volvieron a aparecer en cuanto soltó su piel. Cansada de haber vivido más años en una cárcel que fuera de ella, tenía ilusión por volver a salir y disfrutar de la vida, a pesar de tener 55 años, seguía siendo una joven de 25 en espíritu.

Lo primero que hizo fue salir del país que tantos malos recuerdos le traía. Volvió a viajar a San Petesburgo donde visitó la tumba de su madre. Visitó también los alrededores de la casa de su madre, que era suya, según el testamento que la dulce anciana había dejado antes de morir. Entró en la casa que olía a humedad y a suciedad, pasó su mano por un mueble del recibidor y oyó el ruido que hizo un pequeño roedor al esconderse. Pensó que esa casa necesitaba un buen arreglo, y no se equivocó, un nido de ratones llevaba 30 años viviendo en esa casa, y no eran los únicos animales. Todo tipo de insectos, acampaban allí a sus anchas. Un fuerte olor a basura la llevó hasta la cocina dónde siguió el rastro hasta el patio y encontró bolsas de basura abiertas con restos de comida podrida dentro. No habían sido de su madre, la comida estaba media podrida, en 30 años no hubiera quedado ni el rastro. Miró hacia arriba y vio la cabeza de un hombre esconderse.

—¿Quién anda ahí? No quiero hacerte daño, sal. —dijo Katia pensando que se trataría de un indigente.
—No me eches de aquí.  —contestó la voz de un hombre medio ronco.
—No quiero echarte, pero deja que te vea. —el hombre asomó su cabeza de nuevo por la ventana. —¿Cómo te llamas?
—Roman.
—Hola, Roman. Yo me llamo Katia, soy la dueña de la casa.
—Esta casa lleva vacía años, señorita.
—Señora, que ya soy unos años mayor que tú. Y sí, lleva vacía 30 años.
—¿Qué pasó?
—Que mi madre murió y yo fui encarcelada. —el hombre abrió los ojos como platos.
—¿Que hiciste?
—Maté a mi marido y a su amante. —Katia agachó la mirada, no de arrepentimiento ni de vergüenza, sino de miedo a que aquel hombre la tomara como una loca asesina. —No quiero hacerte daño Roman, solo he venido a ver cómo estaba la casa de mi madre y... no esperaba encontrar a nadie aquí.
—Tranquila, me iré en cuánto recoja.
—No, no te molestes en irte, la que debe irse soy yo.
—Pero es tu casa y si llevas tantos años en la cárcel no tendrás a donde ir, ¿no?
—Pues no. —Katia sonrió.
—Puedes subir, aquí arriba está limpio. —Katia asintió y subió las escaleras.

Efectivamente, todo estaba reluciente. Y su habitación de niña había sufrido algunos cambios, pero seguía teniendo los mismos muebles y el mismo color rosa de las paredes.

—Desde que me encarcelaron llevaba tiempo queriendo volver a esta habitación, solo soñaba con venir aquí y sentarme en mi escritorio a leer mis libros de literatura antigua.
—Los libros los guardé en el armario, junto a toda la ropa.
—¡Mi ropa! —Katia abrió el armario. —Dios, qué tiempos en los que esto se llevaba... y en los que me cabía. —dijo riendo al ver un pantalón varias tallas más pequeño del que llevaba ahora.
—Todo el mundo cambia, no querrás estar igual a cuando tenías veinte.
—Veinticinco, tenía veinticinco. Con veinte me casé con Dima, me mudé con él a Letonia y vivimos felices durante medio año, hasta que quedé embarazada
—¡Tienes un hijo!
—No, me obligó a abortarlo y mi dependencia hacia él me hizo pensar que era lo mejor.
—¡Qué hijo de puta!
—Sí, pero lo peor fueron los abusos continuos, los golpes y las discusiones en las que me hacía sentir como una mierda. Llegué a querer quitarme la vida.
—¿Qué te lo impidió?
—El recuerdo de mi madre y de esta casa, de mi vida de soltera y de saber que si quería podía recuperarla.
—Y lo mataste...
—Sí, a él y a su amante, una zorra llamada Lumi. —Roman rió.
—Oye, la parte de abajo está así de descuidada porque no tengo dinero para fumigar ni para arreglar los muebles.
—Ni yo tampoco, nunca he trabajado en mi vida.
—Vaya... yo me paso la vida buscando trabajo.
—Bueno, cuando estás en la cárcel no te hace falta. —Katia rió a carcajadas y contagió a Roman. —¿Qué edad tienes, Roman?
—Cuarenta y nueve.
—¿Por qué vives aquí?, ¿Y tu familia?
—No tengo, nunca tuve. Fui dado en adopción a los cinco años a una familia que me devolvió con nueve y siendo tan mayor nadie me quiso adoptar. Seguí creciendo y con ello las posibilidades de adopción disminuyeron. Un día cumplí los dieciocho y me echaron. Tuve varias novias, pero ninguna quiso comprometerse, irse a vivir conmigo y esas cosas.
—¿Qué hiciste para sobrevivir?
—Busqué un trabajo, alquilé un piso y viví allí hasta los veintidós o veintitrés. Luego me mudé a San Petesburgo, encontré un trabajo mejor y una casa en condiciones.
—¿Cómo acabaste viviendo aquí?
—El sueldo no me llegaba a fin de mes y mis jefes no me quería dar un adelanto. Robé algo de dinero y me pillaron, no me quisieron en ninguna empresa más porque se corrió la voz. No pude pagar el piso y volví a la calle. Sin estudios, sin trabajo, sin casa, sin amigos, sin familia... siempre solo.
—Vaya, es más triste que mi vida de presidiaria.
—Lo siento, no quería entristecerte con mi vida... ¿qué tal si duermes un poco y mañana salimos a buscar trabajo?
—Está bien, nos vendrá bien un trabajo para reconstruir esta casa, y podemos compartirla, es grande.
—Sí, pero no querría ser una molestia, si encuentro trabajo alquilaré una casa y me iré de aquí.
—Como quieras. —Katia se puso triste al imaginarse sola de nuevo y se recostó en su cama mientras Roman salía de la habitación.

La mañana era oscura, niebla y lluvia miraras donde miraras. Un trueno despertó a Katia de su sueño profundo y se puso en pie. No tenía más ropa que ponerse que la anticuada y estrecha de su armario. Encontró un jersey que le quedaba bien y se quedó con los mismos pantalones. Fue al baño, pero no salía agua del lavabo y tampoco había luz en las habitaciones.

Bajó al primer piso y lo encontró algo más limpio. Roman había barrido el suelo y había pasado un trapo húmedo a los muebles, también había aireado la estancia abriendo la puerta de la entrada y la del patio interior donde Katia lo había visto por primera vez y así generó una corriente de aire fresco que le quitó el olor a humedad al salón por un par de horas. Aún así, los ratones seguían a sus anchas por toda la casa.

—¿Tanto te costaba limpiar antes? —preguntó con una sonrisa Katia saliendo al porche de la casa donde Roman se fumaba un cigarrillo.
—Es que antes estaba yo solo, ahora estás tú, y eres la dueña.
—Bueno, ¿qué pasará ahora?, ¿a dónde vamos?
—A la ciudad, a buscar trabajo.
—Si lo encuentras... no quiero que alquiles ninguna casa. Anoche lo pensé bien y creo que podrías quedarte en mi habitación y yo en la habitación de mi madre. De resto, podríamos compartir la casa.
—¿Lo dices en serio?
—Sí, quiero que vivas aquí conmigo, pase lo que pase.
—Gracias. —Roman le dedicó una sonrisa y a Katia se le aceleró el corazón.

Katia no paraba de llorar esa mañana al caminar por tantos sitios que le recordaban su niñez. Entró en varios establecimientos buscando un trabajo y encontró a una dependienta interesada en alguien que le limpiara la tienda de ropa y se encargara de que ésta estuviera impecable. Katia aceptó el trabajo encantada y salió de la tienda con una sonrisa y buscando a Roman con la mirada, pero no lo encontró. Caminó hasta una plaza de la ciudad donde habían quedado y esperó con las manos en los bolsillos de su pantalón hasta que él la sorprendió por detrás con una rosa.

—¿Y esto?
—Para darte una buena noticia.
—Yo también tengo que darte una buena noticia.
—Seré camarero.
—Yo limpiadora. —ambos sonrieron y se abrazaron.
—Lo siento. —Roman se disculpó por su efusividad.
—Tranquilo, me alegro de que hayas encontrado trabajo.
—Y yo, después de tantos meses sin trabajar. Espero que este trabajo me dure algo más y no me quieran solo para algo temporal.
—Si, yo también espero causarle buena impresión a la dependienta.
—¿De qué tienda?
—Una de ropa que hay en la calle que hace esquina con la plaza, una tienda llamada Nelli, creo.
—¡Sí! Nelli es una tienda de ropa muy conocida y con buenos ingresos, me imagino, con tantas clientas que van cada día.
—¿En serio?
—Sí.
—Vaya, pero, necesito una ducha, ¿por qué no hay agua en mi casa?
—Sí que la hay, el agua de la lluvia... la recojo en unos cubos de la azotea, hago fuego y la caliento para ducharme.
—¿Estás de broma?
—No... —Roman puso cara seria. —Sé que soy pobre, deberás estar pensando que soy un fracasado y...
—No, no, Roman, no pienses eso de mí porque... mírame... también soy pobre. —Katia dejó escapar algunas lágrimas.
—Lo siento, no debí haberte hecho llorar.
—Tranquilo, vamos a casa. Por cierto, gracias por la rosa.

Con tanta humedad el fuego tardó en hacerse, pero Roman le tenía el truco cogido y el agua comenzó a hervir a los pocos minutos.

—¡Listo! Te la llevaré al baño, hay unos trapos sin usar en el mueble del baño, tienes que mojarlos en el agua y pasártelos por el cuerpo.
—Bueno, seguro que mi madre se reiría de mí si me viera así porque esto ella siempre me decía que tenía que hacerlo cuando era joven.
—Ya verás que en cuanto cobremos nuestros primeros sueldos, podremos pagar el agua y la luz.
—Seguro... —Katia sonrió y cerró la puerta del baño para empezar a desnudarse. Roman no pensó que Katia se desnudaría tan pronto y la abrió para decirle donde estaban los paños.
—¡Mierda!, ¡Lo siento! —exclamó Roman sonrojado al haber visto a Katia sin su jersey.
—Tranquilo, no pasa nada... —Roman no dijo nada. —Oye, que tampoco es para tanto, sé que estoy vieja y arrugada, pero no es para que te pongas así. —Roman rió.
—No fue por eso, es que pensé que te enfadarías.
—En la cárcel te acostumbras a no tener intimidad... es así.
—Pues nada, ya me voy, lo que iba a decirte era que tenías los paños en el mueble de la derecha. —dijo Roman antes de irse a la habitación de Katia. Ella sonrió y se metió en la ducha con los cubos de agua hirviendo y dos paños.

La tarde estaba siendo algo más cálida y podían abrirse las ventanas sin miedo de morir congelado. Roman comía cereales directamente de la caja y tenía al lado una lata de atún en conservas.


—¿Qué es esto? —preguntó Katia.
—Tu cena...
—No te ofendas como en la plaza, pero si lo sé, me quedo en la cárcel —esta vez Roman sonrió.
—Katia, respecto a lo de antes... siento haber abierto la puerta.
—¡Pero si solo me viste los pechos, qué más dará eso!
—Es que no puedo dejar de sentirme avergonzado.
—Olvídalo y punto, oye, me dejas cereales... soy alérgica al atún.
—¡Lo siento! metí la pata de nuevo —Katia puso los ojos en blanco.
—¿Podemos hablar sobre tu trabajo? ¿dónde está ese bar?
—En una calle cercana a tu tienda, había ido allí varias veces, pero el dueño me decía que no podía contratar a más personal, pero hoy entré sin ánimos de pedir trabajo, solo quería pasar al baño y... el dueño me dijo que si seguía buscando trabajo, me contrataba.
—¡Qué suerte!
—Será cosa de suerte como tú dices, pero yo creo en las energías.
—¿Energías?
—Tú cuando llegaste me diste buena energía, me devolviste la sonrisa, me permitiste desahogarme y... eso me hizo sentirme mejor conmigo mismo y trasmití esa energía positiva al dueño del bar.
—Yo nunca podría haberlo visto así, aunque es bastante interesante.
—Gracias... me interesé por ese tema después de leer uno de los libros que tenías aquí guardado.
—¿Yo? No recuerdo ninguno. —Roman se levantó y sacó uno con la tapa marrón y los bordes en dorado. —No es mío... era de mi madre, ahora sí lo recuerdo.
—Eso explica que estuviera en la habitación de al lado, pero como no vi más libros ahí y aquí la habitación estaba abarrotada de ellos. —Katia sonrió. —pensé que sería tuyo.
—No, la Biblia y este libro eran los únicos que mi madre leía.
—¿Puedo preguntar qué le pasó?
—Infarto de miocardio, mientras dormía, la encontré muerta por la mañana, horas antes de que me detuvieran.
—¿Cómo sabían que estabas aquí escondida?
—Seguramente por la llamada que hice a emergencias. No tendría que haberlo hecho.
—¿Cómo que no?
—Ya estaba fría, Roman. Llevaba muerta varias horas. Debí haberla enterrado en el jardín de atrás, hacer un bonito altar con fotos y flores, y quedarme aquí para siempre sin decirle nada a nadie de quién era.
—Visto así, te entiendo, tampoco debió de ser fácil para ti vivir en una cárcel tantos años.
—Ni para mí ni para nadie de las que estaba allí.
—¿Qué es lo que recuerdas con más tristeza de ese lugar?
—Las noches en soledad, ni siquiera tenía a otra presa en mi celda con quién discutir o pelear. Siempre sola.
—¿Cómo no te volviste loca?
—Poesía, escribía poemas en las paredes con un lápiz. Nunca más grande de cinco centímetros y siempre me lo quitaban por las noches... ni que me fuera a apuñalar a mí misma con un lápiz.
—¿No te acuerdas de ningún poema?
—No, ni quiero. Hablaban sobre la cárcel y mis deseos de salir, ahora no quiero recordar eso.
—Entiendo. Durmamos entonces. —Roman salió de la habitación.
—¡Roman, espera!
—¿Qué ocurre?
—¿Dónde vas a dormir?
—Como ayer... en el suelo del pasillo.
—¿Con los ratones?
—Aquí arriba no hay... y en la cama de tu madre me da mal rollo.
—Pues vuelve aquí, podemos dormir juntos si quieres.
—Katia... yo. —Roman sonrió levemente.
—¿Qué ocurre?
—Nada, es que, lo de querer compartir casa conmigo, lo del abrazo en la plaza, lo del baño... y ahora esto.
—No te confundas, solo pretendo ser amable.
—¿Qué pasa si yo quiero que esa amabilidad se transforme en otra cosa? —preguntó Roman y al segundo se arrepintió. —¡Pero que he dicho! Me voy al pasillo antes de perder la cabeza. —Katia empezó a reírse a carcajadas. —¿Qué pasa?
—Te has puesto muy nervioso... anda, ven y tranquilízate.
—¿Pero no has oído lo que acabo de decir?
—Precisamente por eso es por lo que quiero que vuelvas aquí. —Katia sonrió sin despejar los labios y se recostó en la cama sin apartar la mirada de Roman y luego dio unos golpecitos al colchón para que Roman se acostara ahí.
—Estás loca, Katia.
—Será locura o llevar 30 años sin tocar a un hombre. —a Roman le brillaron los ojos.
—A eso en la antigüedad lo llamaban histeria femenina.
—¿Y sabes cómo se curaba?
—Sí.
—Pues adelante. —Katia se recostó en la cama y dejó que Roman la tocara.

Su cuerpo blanco como la nieve a causa de nunca haber tomado el sol, su piel tersa y suave a pesar de su edad y sus curvas que para nada habían dejado de ser sexys causaron en Roman una excitación que acabó con una erección bastante notable a través de sus pantalones. Katia no sabía a donde mirar, sus relaciones con Dima habían sido tan simples y vacías que no conocía el placer del sexo, bueno sí, lo que no conocía era el placer de tener sexo con otra persona.

En seguida se quitó de nuevo el jersey mientras Roman seguía empeñado en acariciarle los labios a través de sus braguitas. Unas que había encontrado en el armario y que le quedaban algo apretadas, lo que permitía que Roman pudiera acariciar mejor su zona íntima, pero Katia no estaba para preliminares y le dedicó una mirada de súplica a su amante. Roman lo comprendió y bajó aquellas braguitas dejando al descubierto una pequeña mata de pelo rubio que Katia recortaba de vez en cuando, pero que nunca afeitaba porque nunca nadie la iba a ver desnuda.

Roman introdujo uno de sus dedos dentro de Katia, concretamente el dedo corazón, y con el dedo pulgar acarició el clítoris de ella que estaba empapado. Roman se excitó aún más y la erección comenzó a dolerle, nunca había estado con una mujer que le gustara tanto como le gustaba Katia, y encima empezaba a sentir algo por ella. La penetró con más fuerzas y ella gimió de placer una y otra vez, sin parar, hasta que tuvo que hacerlo para poder respirar. Roman sacó su dedo corazón y se lo llevó a la boca, luego se puso en medio de las piernas de Katia y la penetró lentamente, porque el no haber tenido relaciones sexuales en 30 años, hacía que aquello estuviera más estrecho de lo que solía acostumbrar.

Katia no se quejó en ningún momento y se dejó penetrar a pesar del dolor. Luego solo pudo sentir un inmenso placer cuando Roman le lamió los pechos mientras la penetraba cada vez más rápido. Ambos estaban excitados, necesitados de placer, de sexo, de sentimientos. Roman se dejó caer a los pocos minutos sobre ella y Katia se colocó encima para seguir un poco más.

Dos horas más tarde, Katia volvió a tener ganas de sexo y Roman la masturbó mientras la miraba a los ojos. Unos ojos verdes intensos que se habían oscurecido con el paso de los años, aunque quizá no fueron los años, sino la tristeza de aquellos últimos años que vivió metida en una cárcel. A los pocos minutos Katia volvió a sentir que Roman la penetraba, abrió sus ojos y ahí estaba. Se había cansado de actuar solo con los dedos y había decidido pasar a la acción de verdad.

Ambos tardaron más esta vez, y disfrutaron también más. Se agarraron de la mano y tuvieron su segundo orgasmo a la vez, Katia cerraba los ojos con fuerza y sonreía mientras sentía cómo Roman eyaculaba dentro de ella. Una sensación que solo sintió una vez y que trajo consigo una desgracia, que ahora, siendo menopáusica, no volvería a vivir. Roman volvió a caer exhausto, pero esta vez sobre el colchón y Katia se durmió abrazada a él hasta que madrugaron para ir a trabajar a la mañana siguiente.

1 comentario:

  1. Uoooh mola, no me esperaba una segunda parte, ¡y menos así! Me gusta porque me ha caído bien Roman y es genial que se hayan liado. ¿Continuará o no continuará? Cómo mola!

    Por cierto antes he ido a hablarte por FB y te has desconectado dejándome con la "palabra en la boca" xD

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Hello, hello ~ Espero que tu comentario sea igual de picante que mi entrada.

¡Gracias!