1 de julio de 2012

Red Velvet - IV Capítulo: Denuncia

Agus se encontraba muy a gusto mezclando drogas para la banda, se sentía bien entre probetas y paquetes de coca. Aunque se había prometido a sí mismo que no volvería a consumir, el simple hecho de saber que si sentía de nuevo la necesidad de hacerlo, disponía de grandes cantidades, le tranquilizaba. En la radio escuchaba música mientras se disponía a abrir otro nuevo paquete de coca para mezclarlo, cuando, sin darse cuenta, toda la banda estaba en el garaje.

—¿Qué hacéis aquí?  —preguntó Agus.
—Tenemos un trabajo para ti.  —respondió la mano derecha del cabecilla de la banda.
—Teníamos un trato, yo estaría aquí mezclando, pero no consumiría ni vendería nada.
—El trato ha cambiado, tenemos que estar seguros de que no nos delataras, y la mejor forma es implicándote en esto de nuevo.
—No pienso moverme de aquí.
—Lo harás.  —intervino el cabecilla.
—¿Por qué?
—Porque de no hacerlo, tu querida médico volverá al lugar de dónde vino, con los pies por delante.
—¿Por qué la amenazas a ella?
—Bueno, si quieres también podemos hacerlo con tu querido sobrino, ese al que llamas Nano.
—¡Dejadle en paz!
—Ya sabes lo que tienes que hacer, esta noche a las once, en el embarcadero, ¿estarás?
—¿Qué tendré que hacer?
—Vendrán unos amigos argentinos a buscar la droga, tienes que ayudarles a cargarla en el barco y cobrarte el precio... sin olvidar, que la droga será de esa que haces tú.
—¿Y si se dan cuenta que no es de calidad?
—Ahí está el riesgo, pero claro, peor será para tu sobrino y para esa médico, que no vayas.
—Estaré allí a las once en punto.
—Así me gusta, y ya puedes ir terminando de mezclar, son tres docenas de paquetes de esos...
—¡Mierda!  —maldijo Agus cuando la banda ya se había ido.

Sabía que algo así pasaría, incluso Clara lo sabía, pero ya no tenía salida, no ir significaba que Carla y Nano sufrirían las consecuencias; aunque ir, podría significar que la policía lo pillara o que los argentinos se dieran cuenta de que la coca no es pura, en ambos casos, él saldría perdiendo. Pero prefería acabar muerto a manos de los argentinos o en prisión que saberse culpable de cualquier mal que sufriera su sobrino o Carla. Carla, había sido tan duro con ella que ahora no sabía cómo acercarse de nuevo a ella para pedirle perdón, ni siquiera sabía si ella lo perdonaría.

Cuando los paquetes estuvieron listos, Agus salió del garaje a tomar aire fresco y pensar en lo que iba a hacer. Estaba frustrado, se sentía de nuevo como un delincuente después de haber dejado de serlo, era una sensación difícil de asimilar para él.

En el consultorio acababa de salir una familia entera que tenía los mismos síntomas. Carla les había diagnosticado una reacción alérgica a un tipo de pescado que ambos progenitores tenían y que sus hijos habían heredado. Era la primera vez que la familia comía ese pescado y claro, desconocían que eran alérgicos, pero Clara les ayudó ya que la alergia no era muy grave y pudo tratarles en ese consultorio con tan pocos recursos.

La tarde estaba siendo aburrida, pero no podía marchar hasta las diez, por si la necesitaban. Pero el cansancio pudo con ella y decidió salir a tomar el aire.

El garaje donde estaba Agus estaba dos calles más arriba que el consultorio de Carla, pero no había casas en toda la calle, aún quedaban solares sin construir que permitían ver las demás calles. Justamente esos solares permitían ver la fachada del consultorio, y así, Agus pudo ver a Carla y Carla pudo ver a Agus. Ambas miradas fueron efímeras, pero intensas. Carla se sonrojó de la vergüenza, aunque su piel morena no dejó ver la sangre que se acumulaba en su cara, Agus en cambio, volvió a levantar la mirada del suelo y la observó casi desafiante. Cuando Carla se dio cuenta de que dos ojos azules la miraban fijamente, clavó sus ojos en los de él, igualmente desafiante.

Esta nueva mirada duró mucho más que la anterior y Agus se dio cuenta de que posiblemente esa fuera la última vez que la vería si algo salía mal esa noche. De repente sintió la necesidad de pedirle disculpas por todo lo que le había dicho y comenzó a caminar hacia ella.

—¿Qué quieres? —comenzó diciendo Carla sin darle tiempo a Agus de hablar.
—Vengo a pedirte disculpas, me he dado cuenta de lo mal que me porté contigo y... no ha sido justo.
—Bueno, al menos te disculpas, es más de lo que me esperaba... —contestó Carla después de unos segundos pensando qué decir.
—Carla... quiero que sepas una cosa...
—No hace falta Agus, de verdad. —interrumpió ella.
—Sí hace falta, déjame terminar.
—Está bien, te escucho.
—A pesar de tener veintidós años y de haber vivido muchas cosas que preferiría no haber vivido, solo he estado con una chica, con la que no llegué a nada... por eso, la noche que pasaste en mi casa estuve tan nervioso, porque pensaba que sería... ya sabes, mi primera vez... —Agus se sonrojaba a cada palabra que decía. —Y me hubiese gustado, ¿sabes? Eres guapísima, inteligente y madura, nada de lo que te dije en mi casa era cierto.
—Entonces, ¿por qué lo hiciste?
—Porque me sentí especial, por primera vez me sentí importante para alguien y ese alguien eras tú, y luego, me rechazaste y me dijiste que no te gustaría tener una relación conmigo y me sentí pisoteado.
—Yo... —Carla derramó algunas lágrimas antes de continuar. —Esa no era mi intención, lo sabes.
—Ahora lo sé, pero en ese momento solo veía en ti a una persona que había jugado con mis sentimientos.
—¡Por Dios!, yo no jugué contigo...
—Lo sé, tranquila, ahora lo sé. —Agus la abrazó.
—Prométeme que saldrás de esa banda, te lo ruego, prométemelo.
—No puedo, lo siento.
—¿Por qué?, ¿has vuelto a consumir?
—¡No!, pero han amenazado a Nano si no hago lo que me piden.
—¿Qué te piden?, ¿es grave?
—Más o menos... aceptaron mi condición de que no consumiría ni vendería a cambio de que mezclara la droga con otras sustancias, fue idea mía, pero no imaginé que tendría estas consecuencias.
—¿Qué?, ¿cuáles?
—No te lo puedo contar, te pondría en peligro.
—¡Eso no es cierto!
—Por favor, Carla, olvida lo que te he dicho sobre la banda, ahora solo quiero que pienses en una cosa.
—¿En cuál?
—En que te quiero. —Agus sonrió al decirlo y le dio un pequeño beso en los labios a Carla antes de salir corriendo y dejarla sola frente al consultorio.

Carla no tuvo más remedio que volver a su consultorio rota en lágrimas de tristeza porque sabía que Agus se iba a enfrentar a algo peligroso. Apoyó su cabeza contra la puerta mientras con una mano se limpiaba las lágrimas y con la otra cerraba la puerta con llave para que nadie la viera llorar. Se sentó en el suelo con la espalda apoyada en la pared y se tocó los labios recordando el fugaz beso que Agus le había dado, eso le hizo sonreír, pero en seguida recordó porqué lloraba y volvió a salir del consultorio. Caminó entre los solares vacíos hasta llegar al garaje y ayudada de su habilidad para esconderse, espió a Agus guardando los paquetes en el maletero del coche que había aparcado dentro.

A lo lejos se acercaba la banda para asegurarse de que todo estaba listo y Carla se escondió más al verles. Tenía miedo de lo que esos tipos podían hacerle si la descubrían allí, así que se pensó varias veces si salir corriendo, pero no, siguió escondida para intentar escuchar algo de lo que planeaba la banda para Agus.

— ¿Ya está todo listo?
—Sí, estoy guardándolo todo en el coche.
—Pues date prisa, a los argentinos no les gusta esperar.
—Y no lo harán, me dijiste a las once y a las once estaré allí, todavía quedan dos horas.
—Muy bien, buen trabajo entonces, aunque no estaré seguro hasta que no llegues al embarcadero.
—Llegaré, tranquilo, y dejarás de tener razones para amenazar a mi familia.
—No, no, si no es a tu familia a la que amenazo, ¿sabes que la casa de los Almeida no tiene seguridad alguna? Tu querida médico vive en un constante peligro...
—Como se te ocurra tocarle un solo pelo...
—¿Qué harás? —el cabecilla cambió el tono de voz y se puso firme. —Sigue trabajando.

Carla se quedó de piedra, la corta conversación le bastó para saber todo lo que necesitaba, sabía la hora y el lugar y también, que era a ella a la que amenazaban y no a Nano. Ahora se sentía en peligro y no sabía qué hacer. La primera idea que la vino a la cabeza fue avisar a la policía, pero pondría en riesgo a Agus y no quería que nada malo le pasase, aunque sabía que si no lo hacía, el riesgo podría ser mayor.

Las piernas le temblaban de miedo, de adrenalina y de cansancio, pero Carla seguía corriendo hasta la comisaría que estaba unas calles más abajo de su casa. Pasó por delante de la casa de Josefina y ni se paró a mirar si estaba ella o Martín por fuera, simplemente, siguió corriendo. Llegó a la plaza donde atacaron a Agus y donde ella se había escondido días atrás, pasó por enfrente de su casa, pero tampoco se paró a mirarla. De repente, ya no pudo más y paró a tan solo unos metros de la comisaría, pero debía seguir, y consiguió entrar.

—¿Se encuentra bien?
—Vengo corriendo, eso es todo.
—Siéntese, ¿qué ha pasado?
—Tengo información sobre una venta de droga. —el policía se acomodó en su silla y prestó atención.
—La escucho...
—Verá, estaba yo en mi consultorio atendiendo a un paciente y tenía la puerta abierta mientras le revisaba, el caso es que pude oír a alguien hablar en la sala de espera sobre una venta de droga.
—¿Está usted segura?
—Completamente.
—Bueno, pues cuénteme más: lugar, hora, día... —Carla vaciló unos instantes, pero decidió decirlo.
—Esta noche a las once en el embarcadero.
—¿Esta noche?
—Sí señor.
—Pues salimos ya, muchas gracias por su información.
—¡Señor, espere!
—Usted dirá.
—Me gustaría que esto fuese anónimo, ya sabe, en el tema de la droga hay mucho peligro.
—Claro... tranquila, solo usted y yo lo sabremos.
—Muchas gracias. —dijo Carla y se levantó de la silla.

Mientras tanto, en el embarcadero, Agus ya había llegado a pesar de que quedaban veinte minutos para las once. Estaba nervioso, era la primera vez que hacía eso, pero a lo lejos vio el barco de los argentinos y se tranquilizó, en parte. Poco a poco éstos se fueron acercando y Agus se fijó en unas luces que tenía el barco que no reconocía, y no lo reconocía porque no era un barco normal, era un barco militar. De pronto, unas sirenas se oyeron de fondo y Agus se sintió acorralado, sin escapatoria, más que intentar huir.

Ese verano había llovido mucho y los matorrales seguían frondosos, Agus se escondió entre ellos y comenzó a correr sin ser visto. Cuando se quedó sin matorrales, tuvo que echar a correr hacia la casa más cercana. Afortunadamente la casa estaba abandonada y era de noche, así que nadie lo vio esconderse tras ella y esperar. Esperar a ser descubierto y capturado, esperar a que se fueran o esperar a que se le ocurriera una idea mejor, no lo sabía, en todo caso, ya no tenía hacia donde más correr sin ser visto, por muy de noche que fuera.

1 comentario:

  1. Uuuuff qué tensión! Menos mal que Agus consigue escapar. Voy a por el siguiente que de nuevo me he quedado con la intriga!

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Hello, hello ~ Espero que tu comentario sea igual de picante que mi entrada.

¡Gracias!