5 de julio de 2012

Red Velvet - V Capítulo: Complicidad

De repente, entre todo el ruido, Agus oyó un motor a lo lejos y pensó que se trataría de otro coche de policía, pero se sorprendió al reconocerlo. Era el coche de un leñador de la zona que cuando no tenía que trabajar y como el pueblo es pequeño se lo prestaba a Carla para que saliera a comprar medicamentos al pueblo vecino. No supo qué hacer: correr hacia él con la esperanza de que fuera Carla o quedarse allí con la esperanza de no ser descubierto. De pronto oyó los ladridos de los perros y supo que éstos le delatarían con su olfato. Corrió a la camioneta y reconoció a Carla a pesar de que ella llevaba una gorra y un pasamontañas.

—¿Cómo sabías que estaba aquí?  —preguntó Agus con una sonrisa, pues se sentía a salvo.
—Es una historia algo complicada.  —dijo ella sin quitarle la vista a la carretera.
—Cuéntamela.
—Yo os delaté, para que detuvieran a los argentinos y a tu banda.
—¡¿Qué?! Dime que es broma...  —Agus se impacientó y gritó más fuerte  —¡Dime!
—No, no es broma. Os oí a ti y a ese tío hablar sobre esta noche a las once en el embarcadero y algo sobre venderle droga a los argentinos, estaba asustada y no quería que te pasase nada malo, ¿lo entiendes?
—Sí, entiendo que quisieras protegerme, pero ahora cómo explico yo esto a la banda.
—No tendrás que hacerlo... cuando ya me estaba yendo de comisaría, el policía me hizo unas preguntas más sobre dónde creía que podían estar escondidos los de la banda y recordé el garaje en el que estabas... sabía que tú no estarías allí porque estarías en el embarcadero y recé por llegar aquí antes que la policía y rescatarte a tiempo.
—Bueno, más o menos tu plan salió bien...  —en ese momento comenzó a llover fuertemente.
—Mierda... la gasolina...
—¿Alcanza para llegar al pueblo?
—No creo, atrás hay más gasolina para casos como este, pero yo no sé ponerla.
—Yo sí, espera ahí.  —Agus se bajó y rellenó el depósito de gasolina.
—¡Listo!  —gritó Carla desde su asiento y Agus volvió a entrar empapando el asiendo del copiloto.

La policía había seguido investigando en el embarcadero y finalmente había salido de allí con los argentinos detenidos a un par de millas de la costa. Como bien había dicho Carla, la banda a la que pertenecía Agus había sido detenida en el garaje, pero ni la banda ni las pruebas iban a dejar a Agus sin exculpar. El garaje estaba lleno de huellas y Agus fichado por la policía, no iba a escaparse de ser detenido también en cuánto se bajara de la camioneta.

Carla aparcó frente a la casa de Josefina y antes de que Agus se bajara, le dijo:

—Yo también te quiero, lo que he hecho hoy sé que estuvo mal, pero no podía permitir que los argentinos te hicieran algo si descubrían lo de esas mezclas tuyas.
—Lo sé, gracias por ayudarme. —Agus sonrió y se bajó de la camioneta.

Cuando Carla llegó a la casa del leñador que le prestaba la camioneta, se bajó de ella y le dejó las llaves al amable señor que siempre estaba serio, a pesar de su buen corazón. Carla corrió bajo la lluvia hacia su casa, que afortunadamente estaba cerca. Cuando entró se dio una ducha de agua caliente y se acostó a dormir hasta que su despertador sonó para ir a trabajar.

Como cada mañana, desayunó y salió de casa para empezar su jornada, pero esa noche había dormido tan bien que no le costó nada levantarse y, por tanto, acabó de prepararse antes y salió de casa muy temprano. Para hacer tiempo, pensó que, a lo mejor, un chocolate caliente de Josefina le vendría bien, pero, al llegar, se encontró con algo inesperado.

—Doctora, con usted queríamos hablar. —dijo el policía que la había atendido la tarde anterior en comisaría.
—¿Qué ocurre?
—¿Cómo supo ayer lo de la venta de drogas en el embarcadero?
—Bueno, ya se lo dije, lo escuché mientras atendía a un paciente y luego me fijé que en el garaje que hay por encima de mi casa había un grupo de chicos que siempre daban problemas e intuí que podrían ser ellos.
—Ya... ¿no tendrá nada que ver su relación con la familia Oliveira?
—¿Qué?, ¡No!... ellos son buenos amigos míos porque tuve que atender al joven Agustín en mi consulta el primer día que llegué al pueblo.
—Lo sé, de hecho estuvo vigilado por dos de mis hombres hasta que se recuperó, pero él nunca nos dijo quién le había hecho eso.
—Bueno, yo tampoco lo sé, a mí no me contó nada.
—No le contó nada, pero aún así, usted y él mantienen una buena relación, ¿no?
—¿A qué se refiere con eso?
—A que si sois algo más que amigos o no...
—Ahh... —Carla intentó disimular sus nervios. —No, él y yo solo somos amigos, más bien, tenemos una relación médico-paciente.
—Muy bien, entonces anoche usted no lo ayudó a escapar del embarcadero, ¿verdad?
—¿Yo?, ¿por qué haría yo eso?
—Eso es lo que intentamos averiguar doctora, pero le voy a ser franco, está usted en graves problemas.
—Pero si no he hecho nada...
—Doctora, en el garaje encontramos huellas de Agustín por todos lados y la banda confesó que él era el encargado esa noche de venderle la droga a los argentinos y al no verlo, decidimos que lo mejor sería que los perros siguieran su rastro, cuando empezó a llover perdimos dicho rastro en una carretera secundaria donde había marcas de una camioneta pesada. Las huellas de los neumáticos eran diferentes entre ellas y todos en el pueblo sabemos que Paulo, el leñador, presta su camioneta a todo aquel que la necesite y que ésta tiene las ruedas, incluso las llantas, diferentes. Dígame doctora, ¿sigue queriendo afirmar que usted no tuvo nada que ver en esto?
—Así es. —Carla aguantó la mirada firme y esperó a que el policía se fuera.

El policía se metió en un coche de patrulla, puso la sirena y se fue. Detrás iba otro coche y Carla pudo ver quién iba dentro: Agus. Se maldijo a sí misma por lo que acababa de pasar y decidió correr hacia casa de Paulo, el leñador, para que le prestara su camioneta de nuevo y limpiar cualquier rastro de Agus en el coche, ya que, se había subido en ella mojado de la lluvia y podría haber dejado alguna huella o otra cosa que la policía pudiera encontrar. Al llegar, la camioneta estaba siendo requisada por la policía y tuvo que esconderse para no ser vista y no ser más sospechosa de lo que ya era.

Decidió caminar hacia su consulta y pensar allí qué hacer. Agus estaba detenido, ella era su cómplice y Josefina y Martín jamás le perdonarían que Agus fuera encarcelado. La banda también estaba en la cárcel y con todas las pruebas que la policía tenía en su contra, sería suficiente para encarcelarlos durante unos cinco o siete años. Lo peor era que Agus y la banda estuvieran en la misma celda, la aterrorizaba pensar que podían vengarse de él por lo sucedido y también la aterrorizaba que la pillaran a ella como cómplice.

Finalmente una señora con dolores de parto la sacó de sus pensamientos por unas buenas horas. El parto era complicado y necesitaba ayuda, pero estaba sola en un consultorio alejado que buenos equipos médicos y de recursos. Se las apañó como pudo, pero la madre acabó desmayándose y el bebé nació sano. La familia de la mujer estaba feliz, pero preocupada, y Carla se quedó a su cuidado toda la noche hasta que despertó de madrugada con hambre y ganas de ver a su pequeña.

Agotada y somnolienta, Carla salió del consultorio hacia su casa para pensar allí qué hacer. Cuando llegó se dio un baño de agua caliente y salió con una toalla enroscada en su cuerpo. Se peinó los delicados rizos negros que le caían hasta la cintura y se fue a su cama a seguir reflexionando sobre cómo ayudar a Agus sin que él salga perjudicado, ni ella claro.

Estuvo dándole vueltas a la idea de confesar que le había ayudado a escapar, pero eso la policía debía saberlo ya, la camioneta tenía las huellas de ambos, sobretodo de Agus, que había bajado del coche para ponerle gasolina. Luego pensó que a lo mejor no era ella quién debía confesar, sino Agus. Si él decía que había decidido seguir en la banda y que había acordado reunirse con los argentinos en el embarcadero porque amenazaban a Nano, la policía podría creerle y ayudarle. Pero no tenía manera de ir a hablar con Agus sin parecer más sospechosa ante la policía y solo pudo echarse a llorar una vez más sin saber qué hacer.

Josefina era una mujer fuerte y luchadora que había sacado adelante a sus dos hermanas pequeñas, a su hijo Agus y a su hija Magdalena en la pobreza absoluta. También criaba a Martín con cariño desde que Magdalena, la madre de Martín, tuvo que emigrar a Estados Unidos en busca de trabajo para mandarle dinero a su familia. Pero ahora Josefina estaba rota en mil pedazos, su hijo entre rejas y ella sin poder ayudarle, se sentía culpable por todo, pero esa mañana recibió una visita que la hizo cambiar de idea.

—Señorita, ¿qué hace usted aquí?
—Josefina, vengo a hablar claramente con usted sobre Agus y los motivos por los que está en la cárcel.
—Siéntese por favor.
—Bueno, como usted sabe, hay o había una banda en el pueblo que se dedicaba a vender drogas. Ellos son los culpables de tantos robos y otros delitos en el pueblo y también los culpables de que Agus esté donde está.
—No la entiendo...
—Verá, él pertenecía a esa banda antes de que yo llegara, pero al día siguiente de haberlo operado, cuando la conocí a usted... él me confesó que quería salir de esa banda para siempre, pero que no podía porque les debía dinero.
—¿Cuánto le debe mi hijo?
—Ya nada, yo lo ayudé a pagar la deuda con mis ahorros, eran mil reales y él me prometió devolverlos y luego, bueno, pasamos la noche aquí y nos hicimos más que amigos... usted lo sabe, que nos vio besándonos.
—Así es, pero sigo sin entender porqué está mi hijo en la cárcel.
—Agus les pagó los mil reales, pero cuando lo hizo estaba enfadado conmigo porque yo lo había rechazado como novio y se dejó llevar por la rabia y volvió a la banda. Cuando lo supe intenté convencerlo de que saliera, pero no me hizo caso. Al poco tiempo me enteré de que la banda, para asegurarse de que Agus no quería volverse a salir de ella, había planeado que él fuera el que le vendiera la droga a esos argentinos de los que tanto se habla.
—¿Y lo hizo?
—No, yo llegué a tiempo para sacarlo de allí después de denunciar la venta a la policía. Ellos llegaron, detuvieron a los argentinos e investigaron para saber dónde estaba el que iba a vender la droga, ya que el coche cargado con ella hasta arriba estaba aparcado en el embarcadero. Agus se había escondido y luego me había visto a mí con la camioneta de Paulo.
—¿Y lo sacó de allí y lo trajo aquí?
—Así fue, pero la policía no es tonta y se dio cuenta de que algo pasaba, investigaron en el garaje donde se escondían estos criminales y encontraron huellas de su hijo, luego requisaron la camioneta de Paulo y seguramente hayan encontrado ya nuestras huellas en ella y sepan que fuimos cómplices.
—Entonces, ¿está usted en peligro por salvar a mi hijo?
—Eso creo...
—Se lo agradezco señorita, ¿pero qué vamos a hacer?
—Agus tiene una posibilidad, una opción de salir de allí o al menos de que le reduzcan la condena.
—¿Cuál?
—Confesar el verdadero motivo por el cuál decidió ir al embarcadero y no enfrentarse a la banda.
—¿Qué motivo es ese?
—Que amenazaban a Martín... y también a mí.
—¡Dios santo! ¿Mi Martín amenazado por esos tipos? Pero si solo tiene trece añitos...
—Lo sé, por eso Agus hizo lo que hizo, y eso convencerá a la policía. Tiene que ir usted a hablar con él y decirle que confiese ese motivo, por favor.
—Iré ahora mismo, gracias señorita, mil gracias.

Las luces de la comisaría estaban apagadas, pero Josefina tocó la puerta y un policía muy amable se la abrió. Entró dentro y pidió hablar con su hijo. Mientras, Carla iba hacia su consultorio cuando un coche patrulla la detuvo, efectivamente, tenían pruebas de sobra para pensar que era cómplice de Agus.

2 comentarios:

  1. ¡Quiero que se solucione ya! Y que Carla no vaya también a la cárcel. Aaays... :(

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  2. Jajaja, me temo que tendrás que esperar al próximo capítulo pequeña, muahahaha. La verdad es que no sé bien cuándo acabaran por liarse estos dos de una vez, me gusta la pareja que están formando y los quiero unir ya, pero no será lo típico de "se casaron, comieron perdices y fueron felices".

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Hello, hello ~ Espero que tu comentario sea igual de picante que mi entrada.

¡Gracias!