30 de julio de 2012

Red Velvet - VII Capítulo: Fuga

La cabeza le daba vueltas, se sentía mareada y aturdida, pero estaba bien cuidada por Josefina que le había limpiado y tapado la herida. Carla despertó de madrugada y se puso en pie. Se miró la herida y salió fuera del consultorio donde estaba Josefina durmiendo en los asientos de la sala de espera. Carla sonrió al ver que Josefina no le guardaba rencor y volvió adentro, pero hizo ruido con la puerta y Josefina se despertó.

—Señorita, ¿qué hace en pie?
—Perdone Josefina, es que me desperté y quería saber si estaba sola.
—No, yo no la dejaría sola después de lo que pasó.
—¿Y qué pasó exactamente?
—No lo sé. Fui a su casa a saber cómo estaba después del juicio y decirle que no la culpaba de nada cuando la vi tirada en el baño en un charco de sangre.
—¿Qué?  —Carla se llevó la mano a la cabeza.  —No recuerdo nada.
—Ya recordará, ahora tiene que seguir descansando, mañana la acompañaré a denunciar.
—Pero si no sé quién me hizo esto.
—Yo sí.
—¿Cómo?, ¿quién?
—Cortés, el dueño del garaje y el padre de Duarte.
—¿Ese hombre también estaba metido en los delitos de su hijo?
—Más que metido, señorita, ese hombre era realmente el que manejaba la banda: le decía a su hijo lo que tenía que hacer y decir. Controlaba al resto de la banda, sobretodo a los hermanos Silva y se encargaba de los negocios con los argentinos y los uruguayos.
—¿Uruguayos? No había oído nada de eso.
—Ocurrió hace unos años, nadie denunció porque no había pruebas, pero se sabe que llenaron dos yates de drogas y que lograron escapar de la policía con una estrategia: la droga iba en dos yates camuflados y luego, había otro con algo más de droga que despistaría a la policía. La droga llegó a Uruguay y nadie pudo impedirlo.
—Vaya... va a resultar que son inteligentes y todo, pero, ¿qué querría ese hombre de mí?
—No lo sé. Martín y yo te trajimos aquí, pero mi hija Magdalena se quedó en tu casa un rato comprobando si faltaba algo, pero claro, ella nunca había estado en tu casa y dice que, aparentemente, está todo revuelto pero no falta nada.
—Bueno, ya iré yo a mirar, ¿qué se sabe de Agus?, ¿cuándo lo trasladan?
—Pasado mañana lo llevan a Brasilia... aún no me puedo creer que vaya a estar en prisión... mi hijito.
—Ni yo...

A la mañana siguiente Carla despertó sin dolores de cabeza por el golpe y fue directa a comisaría a denunciar lo que había pasado. La policía revolvió aún más la casa de Carla, pero no encontró nada, ninguna prueba. El que hizo eso buscaba algo, pero ninguno tenía idea de qué. Quizá pensaba que encontraría algo de valor o algo que exculpara a los de la banda o incriminara aún más a Agus o a ella. No lo sabían. La policía no encontró nada y se fue.

Después de salir de casa de Carla fueron a casa de Cortés a preguntarle, pero tenía coartada. Cortés había mentido diciendo que había salido a tomar algo a un bar de un pueblo vecino que está a unos cuántos kilómetros. La policía llamó y les atendió el dueño del bar y el mejor amigo de Cortés. Éste corroboró la historia de su amigo y la policía no pudo hacer nada más salvo ponerle protección a Carla.

Esa noche Carla estuvo inquieta recorriendo de un lado a otro su casa. Se mordía las uñas, jugaba con su pelo, se pasaba las manos frías por la frente y se restregaba sus ojos con ellas, pensando en qué podía querer aquel hombre y recordó algo: el lugar donde Cortés se había escondido cuando ella llegó a su casa después del juicio. Fue corriendo hasta el baño, el único lugar donde la policía no se había molestado en mirar. Corrió la cortina de la bañera: nada; abrió cajones y puertas del mueble del lavabo: nada; levantó la pequeña alfombra del suelo: nada; miró detrás del espejo del lavabo: nada. Se sentó sobre el váter, cansada y frustrada, y entonces abrió los ojos como platos y abrió la boca a modo de sorpresa, y es que había tenido una idea. Se levantó y con las dos manos quitó la tapa de la cisterna del váter: ¡bingo!

En ese momento, el policía que vigilaba su casa estaba recibiendo una llamada del comisario, el cuál también había recibido una llamada de un "vecino" del edificio de Carla, que no era más que otro amigo de Cortés, o mejor dicho, no era más que otro drogadicto que hacía lo que fuera para que Cortés le consiguiera más coca. El policía asintió con la cabeza, como si el comisario pudiera verlo a través del teléfono, y colgó. Tocó el timbre y no obtuvo respuesta. Así que volvió a tocar, con intenciones de tirar la puerta abajo si era necesario: Carla era sospechosa de traficar con drogas. Nada más lejos de la realidad, pero ahí estaba ella, "escondiendo" varias bolsas de coca en la cisterna del váter. Viejo truco, pensó el policía, y detuvo a Carla.

Carla declaró que la droga no era suya, pero lo cierto era que no había ninguna huella en las bolsitas de coca, solo en la que ella había tocado, y eran suyas. La policía pensó que ella y Agus le robaban la droga a la banda y que por eso la habían atacado. No era cierto, Carla intentó explicar su versión, pero la policía se sentía cómoda con su conclusión y no estaba dispuesta a cambiarla. Aún así, solo tenían unas huellas en una bolsa de coca y entre todas ellas no sumaban un kilo, no había indicios de que fuera una traficante y la soltaron, por el momento.

Entonces fue cuando Carla se dio cuenta del riesgo que corría en ese pueblo y del riesgo que corría Agus. La policía llevaba años tras la banda, y ya la tenía entre rejas y no pararían hasta verles pudrirse ahí. Años y años luchando contra la droga y de repente tienen a los culpables y a otros posibles sospechosos. Se creían fuertes y poderosos y no pararían hasta encerrar al último vecino que tuviera una relación directa o indirecta con la banda o con las drogas.

Carla corrió a su casa, cogió una maleta y la llenó con su ropa, luego se guardó algo de dinero en el pantalón. Bajó corriendo y escondió la maleta en la camioneta de Paulo, que volvía a confiar en sus vecinos tras la detención de la banda. Condujo hasta la comisaría y esperó unas horas agazapada en la oscuridad hasta que, a eso de las cinco de la madrugada, la banda, Agus y los policías salieron de comisaría y se subieron a una camioneta. Carla arrancó el coche, sin poner las luces, y les persiguió hasta la salida del pueblo a una distancia considerable para no ser vista. Entonces embistió la camioneta y los policías se asustaron, frenaron y se bajaron con sus armas. Carla, al ver que habían frenado, retrocedió con el coche unos metros, para separar la camioneta de Paulo de la furgoneta de los policías. Abrió la puerta donde estaban los detenidos y sacó a Agus.

Para ese entonces tenía a un policía apuntándola con una pistola en la cabeza por un lado y a otro por el otro lado. Pero ni la policía ni Carla contaba con que la banda quisiera escaparse también y corrieron tras ellos. Solo había tres policías, dos corrieron tras la banda y otro se quedó con la pareja mientras pedía refuerzos. A los lejos ya se oían las sirenas, debían actuar y Agus estaba asustado: Carla se había vuelto loca. En un momento, Carla posó su mano en la puerta de la furgoneta que había abierto para liberar a Agus, la atrajo hacia ella para darle impulso y luego golpeó la cara del policía que dejó caer su arma al suelo. Carla corrió hacia el coche y Agus la siguió.

Carla condujo lo más rápido que pudo, la policía seguía entretenida con la banda que se había escapado y los refuerzos todavía no eran más que luces y sirenas a lo lejos.

—Estás loca, ¿por qué has hecho eso?
—Porque te quiero y quiero que estés a mi lado para siempre —Carla se sonrojó al decir eso y sonrojó también al pobre de Agus que se había quedado con el rostro desencajado. —No me mires así, ¿quieres? Estoy nerviosa y tú me estás poniendo peor.
—Vale, vale, si vamos a huir hagámoslo bien. Coge por esa carretera.
—Pero si no está iluminada y bordea la montaña, si voy demasiado deprisa podríamos caer y...
—Confía en mí, conozco este lugar mejor que tú, coge por ahí. ¡Ya! —Carla le obedeció asustada y dejó a la policía desconcertada.
—¿Ahora qué?
—Sube todo lo alto que puedas, hasta casi la cima de la montaña, guíate por la poca luz que hay, no enciendas las del coche.
—Vale, bien. Dios, esto va a salir mal, no debí haberte hecho caso.
—Te repito que confíes en mí: tengo un plan.
—¿Cuál?
—Tú sigue subiendo, la policía ha comenzado a subir también, debemos darnos prisa.
—¿En qué?
—En bajarnos de la camioneta, empujarla y despeñarla por la montaña.
—¡Y pensarán que hemos muerto! —Carla sonrió de emoción al comprender el plan.
—Solo hasta que inspeccionen la camioneta y no nos encuentren dentro, pero para entonces habremos corrido lo suficiente como para escondernos en el pueblo de al lado y seguir huyendo al amanecer.
—Vale, pues es un buen momento para tu plan. Bájate tú primero.
—¿Qué, para qué?
—Porque te será más difícil luego con las esposas, venga, date prisa —Agus abrió la puerta y salió del coche. Corrió hasta la montaña y se camufló en ella. Luego vio la camioneta salirse de la carretera y salir despedida montaña abajo. —¡Carla! —gritó muy bajito. —Mierda, mierda, ¿dónde estás?
—Aquí, me hice daño al saltar.
—Joder, ¿estás bien?
—Sí, vamos a escondernos, ahí vienen —Carla y Agus siguieron caminando a pie por la montaña y se deslizaron por ella por un lado, era fácil si ibas despacio y te agarrabas de los matorrales que cubrían los laterales de la montaña.
—¡A salvo! —dijo Agus. —Ahora tenemos que ir en busca de un buen refugio en el pueblo, ¿qué te parece si me ayudas a quitarme las esposas?
—¿Cómo?
—Mi madre conocía a un herrero de este pueblo, si encontramos la herrería podremos preguntar por él y pedírselo como favor.
—¿Y si nos delata?
—Está enamorado de mi madre, es un secreto a voces, lo hará.
—Es muy peligroso.
—Es nuestra única salida o llamaremos la atención de todo el mundo si voy así.
—Está bien.

Buscaron la herrería y cuando la encontraron, estaba cerrada. Era de esperar. Las calles estaban vacías pero ya comenzaba a haber bullicio en algunas calles, el sol comenzaba a salir. Se sentaron en la acera fría y se dieron la mano tiernamente.

—Yo también te quiero y también quiero estar a tu lado para siempre. —dijo Agus repitiendo las palabras de Carla y haciendo que ella sonriera ampliamente.
—¿Qué haces aquí, muchacho? —preguntó un hombre alto, calvo, gordo y barbudo.
—¡Ray!, Necesito tu ayuda. —Agus se levantó de la acera y Ray pudo ver las esposas.
—Mira chico, no sé en que lío andas metido, pero no quiero problemas.
—No los tendrás, solo tienes que quitarme las esposas y yo me marcharé. Si me pillan, jamás diré ni una palabra.
—¿Y ella?
—Yo tampoco, se lo juro —dijo Carla nerviosa ante la imagen de aquel hombre tan rudo.
—Bien... confío en ti, muchacho. Ahora vamos a ver qué podemos hacer con esas esposas.

Ray le quitó las esposas a Agus con unas herramientas que Carla no se molestó en mirar, estaba más atenta a la puerta y a que no apareciera nadie que pudiera reconocerles si luego la policía preguntaba por ellos.

—Listo, ya puedes marcharte, hijo.
—Gracias Ray, usted siempre ha sido muy amable con mi familia.
—Y ellos conmigo —Agus asintió con una sonrisa y se dio media vuelta para marcharse —Espera, espera un momento —el viejo buscó entre sus bolsillos y sacó una llave —Toma, esto es para ti.
—¿Unas llaves?
—De una camioneta que está justo al salir del pueblo, es roja y blanca. Apenas la uso y no sería de extrañar que alguien me la robara estando tan abandonada como está.
—Gracias de nuevo, Ray.
—Huye, muchacho, huye a donde nadie pueda encontrarte jamás y lejos de Brasil.
—¿Cómo? —Agus frunció el ceño.
—Cruza la frontera con Uruguay, no toda la frontera está vigilada, al suroeste hay una gran selva que se divide entre Uruguay, Argentina y Brasil.
—Donde están las cataratas del Uguazú —añadió Carla.
—¡Exacto! —respondió Ray. —Allí hay turistas y mucha vigilancia, pero podréis camuflaros y cruzar sin ser vistos por la selva.
—¿Hacia donde vamos?
—Al sur, siempre al sur. Cuanto más al norte viajéis, más vigilancia habrá. Buscad en el mapa un pueblo alejado de las carreteras principales, ciudades y autopistas, e iros al que más os guste. Allí estaréis a salvo, por un tiempo.
—¿Por un tiempo?
—Hablamos portugués, no español. Llamaréis la atención de los argentinos en cuanto os crucéis con uno. —Debéis crearos una nueva identidad, ahorrar dinero y viajar a Europa, a nuestra patria.
—¿A Portugal?
—Estaréis lejos y no llamaréis la atención por ser extranjeros. Viajad en barco, en avión hay más controles y cuidado con marearos demasiado... serán muchas horas de viaje.
—Es un buen plan, de nuevo, gracias Ray.
—Vete ya, pronto amanecerá y la policía debe pisaros ya los talones.
—Tiene razón Agus, debemos irnos inmediatamente.
—Vale, vamos, hasta siempre. Dígale a mi madre dónde estoy y cuide de ella, en el fondo sé que le quiere, nunca le dijo nada porque estaba demasiado ocupada cuidando de mí y de Martín y no quería pretendientes que la molestaran. Pero le quiere, Ray —al viejo se le llenaron los ojos de lágrimas y una sonrisa se le dibujó en los labios.

Carla y Agus corrieron hacia la camioneta, que estaba a unos dos kilómetros. Se subieron y condujeron hasta la gasolinera más próxima. Allí se pusieron nerviosos, fue el momento en el que se dieron cuenta de que estaban dejando atrás su vida, su casa, sus amigos: todo. Después de llenar el tanque con el poco dinero que Carla se había metido en el pantalón antes de salir de casa corriendo y llegaron a esa frontera entre tres países donde se encontraban las cataratas más hermosas del planeta, o eso siempre decían en la publicidad de las revistas. Aparcaron la camioneta y se bajaron entusiasmados, como dos turistas enamorados que disfrutan de su vida...

Sin llamar la atención, se adentraron en la selva, ellos no querían las cataratas. Caminaron largo rato, pasaron por zonas peligrosas llenas de animales de todo tipo. Y llegaron a otra carretera. Estaban en Argentina. Se abrazaron de la emoción y se quedaron así por un rato, hasta que un bus cargado de turistas argentinos se acercó para ver las dichosas cataratas. Pasaron por al lado del bus y siguieron caminando carretera abajo hasta un pequeño motel. Tenían dinero para pagar solo una noche y no sobraba nada para comer algo, pero al menos tendrían un colchón en el que descansar. O no.

2 comentarios:

  1. woooow qué capítulo más emocionante! no hace falta que te diga que me ha encantado no? jajaja menos mal que han huído pensé que acabarían en la cárcel los dos xD

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  2. Pues si este te gusta no quiero ni pensar el que estoy preparando ;)

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Hello, hello ~ Espero que tu comentario sea igual de picante que mi entrada.

¡Gracias!