29 de agosto de 2012

Red Velvet - Epílogo

17 años después

—Papá, sé que no puedes oírme ni verme ya. Lo único que me consuela es saber que algún día estaremos juntos de nuevo igual que a mamá, solo nos consuela eso. Ya estoy buscando con ella las mejores universidades de Portugal para irme a estudiar el año que viene. Quiero estudiar lo mismo que mamá, pero también me gustaría dedicarme a algo más artístico, como tú. Tú conseguías hacer de un plato de comida una obra maestra, tenías dotes para la pintura y la escultura y creo que yo los he heredado. Así que mientras me formo para ser médico, tengo pensado acudir a clases de pintura. Esas son todas las novedades por ahora, pero prometo venir a visitarte cada día hasta que me vaya a estudiar fuera, y, desde allí, rezaré cada día por tu alma igual que lo hace la abuela y la tía Magda. Por cierto, se me había olvidado decirte que la novia de Martín, tu Nano, está embarazada de un niño. Martín quiere ponerle Agus en tu honor y su novia está de acuerdo, así que creo que habrá un pequeño Agus correteando por las calles de Florida muy pronto. Ahora me voy con mamá, que poco a poco va aceptando tu muerte. Prometo cuidarla cada día, no te preocupes por eso, que amor de mi parte no le faltará. Hasta siempre, papá.

Amelia era una joven de dieciséis años que había heredado los rizos negros de su madre y los ojos azules de su padre. La piel tostada por el sol y sus medidas perfectas la hacían más preciosa aún, pero ella no le daba importancia a su belleza, ni siquiera la acentuaba con maquillaje o con ropas ceñidas. Ella prefería estudiar para ser la mejor médico de Portugal, una digna heredera de la doctora Ximena Villalba.

—Amelia, cariño, ¿dónde te habías metido? —preguntó Carla levantándose del sofá.
—Fui a visitar a una amiga, mamá.
—¿A una amiga o a papá? —Amelia miró a su madre a los ojos y luego bajó de nuevo la mirada, triste.
—Tranquila, poco a poco lo voy aceptando. Aunque cuesta, cuesta mucho. Si hubiese sido una muerte por una enfermedad, al menos hubiera tenido tiempo de despedirme. —Carla se ahogó en sus lágrimas.
—No mamá, hubiese sido peor. Piénsalo, te hubieras roto la cabeza por curarlo de esa enfermedad y ahora estarías mortificándote por no haber podido hacerlo. O peor: habrías hecho sufrir a papá.
—Tienes razón, soy una egoísta. Pero lo echo tanto de menos...
—Es lógico, solo han pasado unos meses desde el accidente, pero tienes que seguir siendo fuerte.
—Lo sé, pero no puedo. Solo me quedas tú para ser fuerte y tú ya eres una mujercita que no necesita de mi ayuda para nada.
—Claro que te necesito. Aquí todos te necesitan y te quieren porque eres la mejor médico, la mejor madre y la mejor amiga que conocen.
—¿Tú crees? —Carla sonrió.
—Y tanto que lo creo, eres la mejor, mamá. Además, te seguiré necesitando aunque sea una viejecita, así que tendrás que durar muchos años más.
—Prométeme que vendrás a verme cada fin de semana. Pagaré yo de mi bolsillo los billetes de tren, de avión, o de lo que quieras coger. Pero te necesitaré aquí cada fin de semana.
—Y entre semana si las clases me lo permiten. Tú por eso, tranquila. Ahora vamos a salir de aquí, demos una vuelta.
—Está bien, ¿a dónde?
—Vamos a la playa, a pasear por la orilla y comer helados.
—Me parece una idea fantástica.

Madre e hija pasearon por la orilla mojándose los pies y refrescándose con unos helados. Entonces Carla comprendió que debía ser fuerte por su hija, aunque Amelia tuviera ya dieciséis y fuese una chica a punto de emprender una aventura universitaria muy lejos de ella, se necesitaban la una a la otra. Había huido de su país con el hombre al que amaba, había formado una familia, había conseguido el trabajo de sus sueños y había ayudado a su marido a conseguir el suyo como chef de un restaurante que ahora lo regentaba ella. El restaurante Lagus.

El accidente le había arrebatado a su marido, sí, pero no a su hija ni a su vida como médico. Todavía le quedaban cosas por las que vivir. Con apenas cuarenta y tres años recién cumplidos, tenía por delante toda una vida y quién sabe, quizá dentro de unos años encuentre a alguien que la haga feliz. Nunca podrá volver a sentir el mismo amor pasional y loco por otro hombre, pero, ese paseo con su hija le hizo ver que todavía podía tenía cosas por las que luchar.

27 de agosto de 2012

Red Velvet - X Capítulo: Futuro

[Capítulo final]

—Vaya... Agus, mira —Agus obedeció —Hay casitas pintadas del mismo color y un montón de personas bien vestidas...
—Esto es increíble. Jamás pensé que Lisboa fuese tan bonito, no es la gran ciudad llena de rascacielos que pensaba.
—Para nada, tiene un montón de casitas pequeñas y acogedoras, ¿te imaginas viviendo en una de esas?
—¿Por qué imaginarlo? El dinero de mi hermana nos alcanza para un mes o dos de alquiler.
—Todo depende de los precios aquí. Además, tenemos que cambiar los reales por... ¿qué moneda usan aquí?
—Euros. Mira, antes de despegar en Buenos Aires compré una tarjeta que convierte los reales en euros. ¿Cuánto nos queda del dinero de mi hermana?
—Unos cinco mil reales.
—Vamos a ver.... cinco mil reales no llega ni a dos mil euros.
—¿Cuánto podemos hacer con eso?
—Ya veremos... vamos a dar un paseo. Con suerte encontramos a alguien que nos ayude.

Lisboa, a parte de ser precioso, tenía la peculiaridad de que sus calles eran asombrosamente parecidas. En seguida se perdieron y dieron vueltas en círculo alrededor de unas casas y un parque. Cuando vieron el parque fueron hacia él para sentarse y descansar un poco. Entonces dieron con lo que estaban buscando. Un piso en alquiler.

—Somos una pareja joven —le decía Agus a la dueña de la casa. —Como puede ver estamos recién llegados a Portugal y antes de gastarnos una fortuna en hoteles, queremos ver qué posibilidades tenemos de alquilar una casa.
—Bueno, la casa se alquila, yo no puedo negarme a que vivan en ella sin una justificación clara y por caridad cristiana podría dejarles aquí unos días antes de firmar el contrato o antes de tener el dinero en mis manos. Pero —añadió la señora con gesto de pena. —Vosotros parecéis pobres, no tenéis buena cara, ni buena ropa ni nada. ¿Cómo sabré yo que no sois unos morosos de esos?
—Entiendo que quiera asegurarse, pero si vestimos así o tenemos esta mala cara es porque hemos cruzado el Atlántico desde Brasilia y andamos cansados...
—Está bien, pasad —dijo la señora extendiendo el brazo —En esta casa os podéis quedar unos días hasta que traiga el contrato. No quiero problemas ni jaleos, a la mínima llamo a la policía, ¿entendido? 
—Entendido, señora. —dijo Carla mirándola fijamente a los ojos.
—Mi hijo es policía —mintió la señora— Si tiene que ayudar a su madre a sacar a la calle a unos morosos, lo hará.
—Descuide —dijo Agus.
—Pues entonces yo me voy a mi casa. Aquí tenéis las llaves de esta casa, hay agua y luz, aunque el agua caliente no llega muy bien. Nos vemos pronto. —dijo la señora dejando las llaves sobre la mesa y saliendo por la puerta cojeando.
—Una última cosa —dijo Carla —¿Cuánto nos costará el alquiler de un mes?
—Alrededor de unos ochocientos euros, ¿por qué? —Carla miró a Agus.
—Para saber, nada más —respondió Agus. —Hasta pronto.

Agus y Carla se sentaron en el sofá de la casa con despreocupación: pagarían el alquiler sin problemas con el dinero de Magda y harían lo imposible por encontrar un trabajo.

—Tengo que estudiar Medicina de nuevo. —dijo Carla incorporándose.
—¿Por qué? Si tu ya sabes...
—No, quién sabe es Carla, yo soy Ximena. ¿Cómo mostrar que soy médico sin desvelar que soy Carla?
—Ya te sigo... ¿qué vas a hacer?
—Ya te dije, tendré que estudiar de nuevo con mi nueva identidad.
—Pero te será fácil.
—Eso espero —ambos sonrieron. —¿Y tú qué vas a hacer con tu vida?
—Creo que también estudiaré, pero no una carrera, eso es mucho. Me conformo con acabar la secundaria y con especializarme en algo.
—¿Y qué tienes pensado?
—Me apasiona la química, cuando mezclaba drogas me sentía Dios, pero eso me imagino que es caro y muy duro. Prefiero otra de mis pasiones: cocinar.
—En Buenos Aires hacías buenos platos, podrías incluso montar tu propio restaurante.
—Eso es una inversión demasiado grande, de momento tenemos que buscarnos un trabajo con el que pagarnos el alquiler, la comida, la ropa y por último los estudios.
—Agus, esto va a ser muy difícil... 
—Lo sé, pero al final del día volveremos aquí, cenaremos juntos, nos ducharemos y dormiremos juntos abrazados. 
—Después de hacer el amor.
—Claro... eso iba implícito. De hecho, podríamos empezar hoy mismo.
—Eso me gusta... —ambos rieron antes de fundirse en un largo beso.

Luego, Agus cogió a Carla por la cintura y la atrajo a él y mientras la iba besando, caminaba hacia la habitación. Era una habitación simple y algo anticuada, pero la cama bastante cómoda y romántica. Agus se tumbó sobre Carla en la cama y comenzó besándole el cuello, luego continuó por un pecho y se entretuvo en él. Con sus manos acariciaba ambos lados de la cintura de Carla y ella con las suyas jugaba con su pelo y de vez en cuando empujaba su cabeza hacia abajo. Agus entendía perfectamente lo que Carla quería, pero le gustaba más desesperarla entreteniéndose con su ombligo. Poco a poco descendió hasta donde Carla quería dejando una estela de besos a su paso. Recorrió con la lengua cada rincón y provocó en ella cada orgasmo que quiso usando su lengua como instrumento.

Cuando Carla consiguió llegar al ansiado orgasmo, tocó el turno a Agus. Carla comenzó con unos pequeños besos que subían desde los testículos hasta el glande. Allí permaneció un rato mientras pasaba la lengua degustando cada parte. Luego lo lamió todo de arriba abajo y comenzó a succionar haciendo que Agus se estremeciera de placer en algunas ocasiones. Cuando llevaba ya rato y su mandíbula comenzaba a incomodarla, paraba sin dejar de mover su mano hacia arriba y abajo. Luego colocó sus piernas alrededor de él y comenzó a deslizar su cuerpo hacia abajo. Con un ligero empujón logró penetrarse y comenzó entonces a cabalgar mientras miraba a Agus que permanecía debajo de ella, quieto y con la mirada perdida en el techo y la boca abierta, jadeando. 

Entonces llegó el ansiado final y Carla se dejó caer sobre él, apoyando su cara contra su pecho. Agus le acariciaba la espalda haciéndole cosquillas en ciertas zonas y con los dedos peinaba la pequeña melena rebelde y roja de Carla.

—Te quiero muchísimo —susurró ella.
—Y yo a ti, Carla —entonces ella se recostó a su lado.
—¿Recuerdas el día en el que nos conocimos? —preguntó Carla acariciando la cicatriz de él.
—Sí claro, cómo olvidarlo.
—Me alegro tanto de haberme implicado contigo, de haberte ayudado a pagar la deuda, de haberte ayudado a escapar y de estar ahora mismo aquí a tu lado. Jamás había sido tan feliz. Y tampoco lo hubiese sido en el pueblo: sin amigos ni pareja, con un trabajo gratificante pero agotador y sola, muy sola.
—Yo también me alegro de que me hayas ayudado, en el pueblo no tenía ningún futuro. Ni estudios ni dinero para salir de ahí. Estaba perdido, pero llegaste tú y ahora sí que tengo un futuro.
—¿Cuál?
—El de conseguir un trabajo, reformar esta casa para que sea más acogedora y el de sin duda, formar una familia contigo.
—¿Eso es lo que quieres? —preguntó Carla sonriendo.
—Sí, ese es el futuro que quiero a tu lado: el de un hombre feliz y enamorado de su mujer, rodeado de niños y a ser posible de algún amigo.
—Estoy segura de que lo tendrás y yo estaré orgullosa de que lo hayas conseguido y orgullosa también de ser tu mujer.
—¿Ah sí?, ¿te gustaría? —ambos se sonrojaron.
—Me encantaría.

22 de agosto de 2012

Red Velvet - IX Capítulo: Viaje

7 meses después

Las ventanas del hotel estaban relucientes. Carla, o como todos la conocían ahí: Ximena, se había empleado a fondo en tenerlas bien limpias para los huéspedes que ocuparían la habitación en unas horas. Dejó el trapo en el suelo y cogió otro más húmedo para limpiar el baño. Se apresuró en dejarlo limpio y recogió todos los trapos, productos de limpieza y cacharros que había dejado por todo el apartamento. Lo metió todo en un carro que la esperaba en la puerta y lo empujó hasta una habitación de puerta rojo granate con un letrero de Privado. Entró y dejó ahí el carro que había empujado por todo el pasillo de habitaciones y cerró con llave. Como el hotel tenía muchas plantas, Carla bajó en ascensor hasta recepción donde confirmó que las habitaciones de la 5ª planta estaban todas limpias, se cambió de ropa y salió del hotel con una sonrisa.

Agus, o como todos le conocían a él en Argentina: Borja, sudaba a chorros bajo el sol abrasador de Buenos Aires. El verano se acercaba y el sol picaba con fuerza en la piel, afortunadamente, Agus tenía una piel morena y bien tostada, así que el sol no le quemó la piel, pero sí le hacía sudar. Y no era para menos: el trabajo de Agus consistía en asfaltar calles de la periferia de Buenos Aires, donde un terremoto había agrietado la mayor parte de ellas.

—Borja, descansá un poco, tenés mala cara. —ordenó el jefe de obra.
—Estoy bien, solo calor. Yo agua y luego trabajo bien. —respondió Agus con su pésimo español.
—Vos sabrás... —dijo de nuevo el jefe de obra antes de darse media vuelta e irse.

Agus se acercó a la caseta donde estaban a buen recaudo las botellas de agua fría. Eligió una, que estuviera bien al fondo para que estuviera todavía más fría. La abrió y se la bebió casi de golpe, se secó el sudor con la palma de la mano y luego ésta con la camisa blanca de tirantes. Respiró profundamente y volvió a salir a ese trabajo infernal.

Mientras tanto, Carla llegaba al piso que habían alquilado con unas bolsas de plástico llenas de comida. Las dejó en la cocina y se fue corriendo a contar el dinero que tenía guardado en un sobre debajo del armario. Los billetes eran numerosos, pero insuficientes: necesitaban como un mes más de trabajo para pagar los billetes y largarse a Portugal.

Dejó el sobre en su sitio y se levantó decepcionada, con la mano se apartó de la cara sus rizos rojos como el fuego por culpa del tinte que se daba para pasar desapercibida. Se los ató con un elástico negro y se sentó en el sofá a ver pasar las horas. Ni televisión, ni radio, ni equipo de música, ni ordenadores, ni siquiera un microondas. Cualquier cosa en esa casa que significara un gasto importante e innecesario, era descartado inmediatamente por muy tentador que fuera para Agus la idea de tener por primera vez ciertos de esos aparatos. Carla los conocía de su vida en Brasilia como estudiante y luego como médico, no le sorprendían, pero a Agus le brillaban los ojos con solo la idea de saber que podía hablar con su madre como si la tuviera delante con ese maravilloso invento llamado Internet.

—Carla, abre, soy yo. —dijo una voz a través de la puerta. Y Carla se levantó corriendo.
—Que pronto llegas hoy, —dijo Carla abriendo la puerta. —por cierto, sabes que no debes llamarme por mi nombre.
—Lo sé, Ximena, lo sé. Pero se me hace raro llamarte así y tratarte como una hermana.
—Incluso entre estas paredes, debemos seguir llamándonos Borja y Ximena. O se nos escapará algún 'Agus' o 'Carla', ¿y entonces cómo lo explicaremos?
—Tienes razón, mi vida. Acepto llamarte Ximena aunque estemos a solas con la condición de que no tenga que tratarte también como una hermana aquí dentro.
—Idiota. —Carla sonrió ampliamente. —Ni siquiera fuera de esta casa haces el esfuerzo de ocultar que me quieres.
—Es que te quiero, ¿para qué ocultarlo? A los demás les basta con saber que los abrazos que te doy son porque eres mi hermana mayor y te considero mi madre desde que la nuestra murió. Y a nosotros nos basta con saber que los abrazos que te doy son porque eres la mujer más espectacular que me podría haber imaginado, porque te amo y porque me da la gana abrazarte. —La pareja de enamorados permaneció mirándose a los ojos y sonriendo un buen rato hasta que Carla recordó lo del sobre.
—Agus, digo, Borja... necesitamos un mes más como mínimo.
—¿Has contado bien el dinero?
—Sí, y sí, estoy segura. El mes pasado fue igual... parece que en vez de ahorrar gastamos más.
—Saldremos de esta, ya lo verás.
—Eso espero... —Entonces la pareja dejó que su mente se desconectara unos segundos y cuando volvieron a la realidad Carla se puso a lavar los platos y Agus a dormir.

Otro día más. Otro largo día más rompió con el sueño de los enamorados que estaban todavía en su piso. Y despertaron con el sonido de un timbre. Carla se puso una bata por encima, a pesar del calor, no quería que nadie la viese en camisón. Al abrir la puerta se encontró con algo que, no solo necesitaban, sino que cambiaría el rumbo de sus vidas para siempre.

—Agus, mi vida, despierta. ¡Agus!, ¡Borja!
—¿Qué pasa?, ¿por qué gritas?
—Tu hermana nos ha enviado dinero.
—¿Qué?
—Tu hermana... hay un sobre con lo que nos falta y más. Y una carta.
—Dame eso, rápido. —Carla le obedeció y Agus comenzó a leer en alto.

Querido Agus, soy Magda. Has sido muy listo enviándome una carta con tu dirección actual en Buenos Aires a Estados Unidos y no al pueblo. Hubiese sido un error: tienen el correo de mamá vigilado ante cualquier carta sospechosa. Martín y yo estamos bien, ahora él vive conmigo en Florida, pero tranquilo, mamá no está sola. ¿Te acuerdas de Ray? Ahora están juntos y él está pensando en pedirle matrimonio, aunque no quiere arriesgarse, todavía recuerda las calabazas que le daba mamá cada vez que él le rondaba. 

Te deseo la mejor de las suertes en tu nueva vida, a ti y a tu querida médico. Recuerda ser más listo que nadie y andar siempre con los ojos bien abiertos. Aprende a desconfiar hasta de tu sombra y si bien eso es triste, te ayudará a sobrevivir. 

Espero que el dinero sea suficiente para los billetes que Ray nos dijo que necesitabais, si necesitas algo más, aquí me tienes.

Gracias por todo, vuelve a escribirme pronto con las noticias que sean: buenas o malas. Yo se las haré llegar a mamá, no te preocupes por eso. 

Besos de tu Nano, de mamá y míos.

P.D: Dame muchos sobrinitos y sobrinitas.

—Estamos salvados. —dijo Carla entre lágrimas antes de ponerse a dar saltos de alegría.
—Prepara todo lo que necesitemos, nos vamos mañana.
—Pero tendremos que decir en el trabajo que nos vamos y...
—¡No! Aquí nunca han existido unas personas llamadas Borja y Ximena. Es mejor así.
—No lo es, en el trabajo me echaran de menos, me intentarán localizar y a ti también y entonces se preocuparán, llamarán a la policía y descubrirán que nos hemos ido a Portugal.
—¿Entonces qué propones?
—Decirles que nos vamos lejos porque ha muerto un familiar y que no vemos seguro que regresemos en una temporada.
—¿Y a donde?
—A Portugal no podemos decir, diremos que de nuevo a Brasil.
—Está bien. ¿Qué familiar? Recuerda que nuestros padres ya están muertos.
—Un tío abuelo, le teníamos mucho cariño al pobre tío Paulo...
—A veces me sorprende tu frialdad para inventarte historias de este tipo, otras veces me asusta.
—Contigo siempre he sido sincera.
—Bueno, no perdamos más tiempo. Debemos ir a velar a nuestro pobre tío abuelo Paulo. —ambos sonrieron levemente y se quedaron mirando al suelo, en silencio. Pensando en cuáles serían sus próximos pasos como prófugos.

Llenaron su maleta de la poca ropa que se habían comprado en los últimos siete meses, algunos recuerdos de su estancia allí y nada más. Esa era la triste maleta de una pareja joven y llena de sueños. No se olvidaron del sobre y de hablar con los dueños de la casa. De eso se encargó Carla, mientras Agus compraba los billetes.

—Ay Ximena, contáme cómo murió tu pobre tío.
—Infarto de miocardío, mientras dormía.
—¿Y la familia, cómo está?
—La familia ser poca, muchos amigos que le querían.
—Ya entiendo claro... vos cuidá bien de ese hermano tuyo y volvé cuando querás.
—Gracias doña Paca, gracias don Manuel. —y Carla se dio media vuelta para no volver jamás.

Después de salir de aquel viejo edificio donde estaba su piso, se dirigió caminando al hotel donde trabajaba a repetir la misma historia del tío abuelo Paulo. Luego, se reunió con Agus frente al aeropuerto. Él ya había hablado con su jefe y había comprado los billetes de ida a Lisboa en avión. Finalmente, a pesar de los consejos de Ray, se habían arriesgado a pasar por los estrictos controles de seguridad.

3 de agosto de 2012

Red Velvet - VIII Capítulo: Huida

Las paredes del motel tenían marcas de humedad en las esquinas y la pintura era de un tono verde oscuro. Los muebles eran de madera y parecían más antiguos de lo que en verdad eran, por culpa de los golpes que había recibido por parte de otros clientes. Lo único bonito de la habitación era la cama: tenía una colcha blanca que olía a limpio y que le daba tranquilidad a Carla, porque ella era una persona muy estricta con la limpieza, y dormir en una cama con una colcha sucia o maloliente, le hubiese resultado imposible. Encima de la colcha blanca había una manta de terciopelo rojo que Agus desdobló.

—Carla, —comenzó diciendo Agus. —¿qué va a pasar esta noche?
—No estés nervioso, Agus, pasará lo que los dos queramos que pase.
—Entonces acuéstate sobre esta manta... —dijo él terminando de desdoblarla.

En ese momento, Carla se quitó la camiseta algo mojada por el sudor y dejó al descubierto su sujetador tan rojo como la manta en la que se estaba acostando. Agus se acostó bocabajo a su lado y pasó su mano por su pecho desnudo, luego subió la mano a su cuello y finalmente agarró la cara de Carla por el mentón y la acercó a su cara. Se miraron a los ojos y Carla sonrío acercándose los pocos centímetros que la separaban de los labios de él.

El beso fue cálido y romántico, como si llevaran esperándolo años, sus miradas volvieron a encontrarse y entonces una sonrisa de satisfacción apareció. Sus dedos se entrelazaron y Agus se colocó encima de Carla para besarla mejor. Luego, se sentó a horcajadas sobre ella y se quitó la camiseta. Carla recorrió el pecho de Agus con sus manos, sintiendo el roce de sus dedos contra la piel caliente de él, contra sus marcados pectorales y contra sus perfectos brazos.

Luego Agus se puso en pie y se desató los pantalones dejándolos caer al suelo. Carla se sentó en la cama, frente a él y le besó el ombligo. Fue besando desde su ombligo hasta sus calzoncillos y cuando llegó, agarró la cinta elástica de éstos y tiró de ella hacia fuera. Agus se puso nervioso, pero Carla siguió tirando, esta vez hacia abajo y empezó a asomar una pequeña mata de pelo negro bajo el calzoncillo. Cuando éste estuvo tirado en el suelo, Carla se centró en lo que tenía delante, dio un pequeño lametón y Agus soltó todo el aire contenido en sus pulmones de golpe.

Agus se recostó en la cama y Carla le abrió las piernas para ponerse en medio y seguir practicándole sexo oral. Agus tenía los ojos cerrados, sintiendo la saliva caliente de Carla bajar como un pequeño riachuelo desde la punta de su pene hasta la mata de pelo donde se perdía. Luego Carla bajó sus manos a su pantalón y buscó los botones de éste con los dedos, lo desabrochó y se bajó el pantalón hasta medio muslo, porque seguía de rodillas en la cama. Se levantó y se terminó de bajar los pantalones vaqueros que dejó al lado de los de Agus.

Entonces Agus se acercó a ella y quiso verla desnuda. No dejó que Carla se acercara a la cama y la apoyó contra la pared donde la besó apasionadamente. Luego buscó el cierre de sus sujetador y con un simple gesto lo quitó. Carla, que tenía las manos alrededor del cuello de Agus, bajó los brazos para que el sujetador cayera. Ahí Agus se sintió todavía más excitado y se lo hizo saber a Carla cogiéndole una de las muñecas y llevándola a su pene, para que Carla palpara con su mano cómo de excitado estaba. Ambos sonrieron y entonces, Agus se puso de rodillas para bajarle las braguitas color rosa a Carla, ella, al contrario que él, estaba depilada y tenía tres lunares pequeños formando un triángulo justo en medio de donde debía estar su vello púbico. Agus los lamió.

Agus, que seguía de rodillas, cogió una pierna de Carla y se la colocó encima del hombro, para tener la entrada de la vagina de Carla, bien a la vista. La lamió y Carla bajó sus manos a la cabeza de Agus para empujarle más adentro. Entonces Agus volvió a sacar la lengua, pero esta vez lamió su clítoris y Carla comenzó a gemir. Succionó un poco y se acompañó de los movimientos de cadera de ella para saber qué velocidad debía tener. Cuando Carla no se movía, los movimientos debían ser suaves y lentos y cuando Carla se ponía nerviosa y separaba la cadera de la pared y se movía con un poco más de brusquedad, es que debía aumentar la velocidad de su lengua.

Por fin Carla llegó al orgasmo y Agus la cogió en brazos y la tumbó de lado en la cama. Carla levantó las piernas y Agus se puso detrás de ella para penetrarla. Estaba tan nervioso por su primera vez que prefería no mirar a Carla a los ojos, y ella, ajena a eso, se dejaba hacer con gusto. Agus comenzó lentamente, luego más rápido y finalmente encontró la velocidad y el ritmo perfecto. Con una mano, Agus se sujetaba la cabeza y la otra, la tenía metida entre los labios de la vagina de Carla, tocando su pequeño y rosado clítoris mientras la penetraba desde atrás.

Finalmente Agus alcanzó el orgasmo. Quiso correrse fuera de ella, sobre la manta de terciopelo rojo, pero la idea de separarse de ella le impidió hacerlo con rapidez y acabó haciéndolo dentro. Carla sintió algo caliente que recorría las paredes de su vagina hacia abajo y supo lo que había pasado. Se dio media vuelta y vio la cara de pánico de Agus.

—Tranquilo, tomo la pastilla.
—Dios... qué susto.
— Lo siento, debimos haber tenido más cuidado.
—Un embarazo en esta situación sería fatal.
—¿Te crees que no lo sé?  —Agus se calmó un poco, pero se quedó pensativo mirando al techo. —¿en qué piensas?
—En mi madre, en Nano y en mi hermana.
— Siento lo que hice, Agus. Ahora eres un prófugo de la justicia por mi culpa.
—Mi familia no hubiese tenido dinero para viajar a Brasilia e ir a verme a la cárcel, hubiese estado sin verles igualmente.
—Ya, pero... ahora sí que no les verás.
—No, pero sabrán que estoy contigo y que estoy bien gracias a Ray.
—Parecía buen hombre.
—Lo es. Quiere mucho a mi madre y cuidará de ella por mí.
—Me alegro por ellos, entonces. No te pongas triste, Agus. Tu madre estará bien con Ray y Nano ya tiene a su madre de vuelta.
—Tienes razón, ellos ahora serán felices sin mí.
—Y tú lo serás conmigo, te lo prometo.
—Yo a ti también te lo prometo, no te arrepentirás de ser mi cómplice.
—¿Qué cómplice? Si lo organicé yo todo...
—Es verdad, ahora tú también eres una delincuente... —ambos se echaron a reír.

A la mañana siguiente salieron del motel con muchísima hambre, sin dinero y sin coche. Le hicieron caso a Ray y fueron hacia el sur. Buscaron un bus que viajara hasta otro pueblo que se encontrara al sur y encontraron uno que pasaba ya mismo. No tenían dinero para pagarlo, debían hacer algo. Y a Agus se le ocurrió subirse sin pagar y sin ser vistos por la puerta trasera. El chófer no se dio cuenta y el bus comenzó su camino. Algunos pasajeros les miraron con odio, pero a ninguno le importó.

Cuando habían recorrido más de 50 kilómetros, se bajaron en otro pueblo que tenía un lago precioso donde poder bañarse y hasta pescar algo de comida. Se emocionaron muchísimo al ver el lago y caminaron hacia él. En seguida y ante la vista de algunas personas, se desnudaron y se metieron al agua con la ropa interior puesta. Lavaron la ropa en el lago y la dejaron secarse en unas rocas que había a un lado, incluida la ropa interior. Mientras, ellos se bañaban en el lago, cerca de las rocas, por si alguien intentaba robar las ropas. Cuando estuvieron secas, el sol casi se había puesto y decidieron salir y volver a vestirse con la ropa un poco húmeda.

Para cenar, Agus cogió algunos peces e hicieron un pequeño fuego donde los frieron. Se comieron los peces y apagaron el fuego con el agua del lago. Entonces caminaron por el pueblo y vieron que necesitaban a una camarera en un bar y Carla probó suerte esa noche presentándose al dueño. Éste, que necesitaba urgentemente una camarera, le dio a Carla un delantal y comenzó a trabajar esa misma noche como periodo de prueba y, lo cierto, era que no se le daba nada mal.

Agus también salió a probar suerte a un embarcadero que había al otro lado del lago donde había un grupo de pescadores que salía de noche. Agus, dispuesto a todo para conseguir dinero y seguir viajando, se subió a la barca y pescó gran cantidad de peces. Enamoró con su técnica innata a los pescadores más veteranos y a la mañana siguiente, sacó el pescado fresco al mercadillo donde se ganó bastante dinero vendiéndolo. Rápidamente fue al bar y encontró a Carla tras el mostrador contando unos billetes.

—He conseguido suficiente con las propinas como para irnos mañana mismo.
—Yo he vendido tanto pescado que apesto, pero he logrado conseguir también bastante, como para marcharnos ya.
—Estamos demasiado cerca de la frontera, alguien nos puede reconocer si sacan nuestra cara en la televisión.
—Hemos huido de la justicia, yo he estado a punto de vender drogas a un grupo precisamente de argentinos y tú has herido a un agente de policía...
—Y encontraron droga en mi casa que puso Cortés para incriminarme.
—La policía de Brasil sin duda ya habrá colaborado con la argentina y nos estarán buscando por aquí.
—Pues vayámonos cuanto antes entonces.

Esta vez, la pareja no viajó en carretera, sino en barco por un río que conectaba con el Atlántico. Ahí trabajarían de nuevo por un par de días y comprarían un billete de barco con una falsa identidad para viajar a Portugal.

Las aguas del río eran navegables, pero también tenían fuertes corrientes y el barco a menudo solía tambalearse demasiado y Carla estaba pálida. Agus lo llevaba mejor, pero también sentía molestias en el estómago de vez en cuando, aunque no estarían así de no ser por el atracón de comida que se dieron al llegar al barco con el dinero ganado.

Habían salido del pueblo sin despedirse ni del dueño del bar ni de los pescadores y el nombre que habían dado era Ximena y Borja, para que nadie sospechara nada. Aunque Carla y Agus eran unos nombres muy comunes, no querían levantar sospechas.

El barco hacía algunas paradas para recoger a más gente y Carla aprovechaba para darse una pequeña siesta aprovechando que el barco no se movía tanto. Y así, con la cabeza recostada sobre las rodillas de Agus, pensó que también debía cambiar su imagen y ocultar a los demás su verdadera profesión, incluso la relación que le unía con Agus, cualquier precaución era poca.

Para el resto, Agus y Carla eran hermanos, se llamaban Borja y Ximena, venían de São Paulo y eran un pescador y una camarera que estaban de visita en Argentina para ver a sus abuelos maternos, única familia con vida. La mentira le hizo gracia a Agus, pero reconoció que era buena y se apresuró en memorizar su nuevo nombre, su nueva profesión y su nueva procedencia para no ser descubierto. En cuanto a lo del cambio de imagen, no podía hacer nada mientras estuviera en el barco, pero en cuanto llegara a Buenos Aires haría algo con su pelo, igual que Carla, que quería cortarse su abundante melena negra y rizada.

Buenos Aires era una ciudad muy grande y enseguida se sintieron diminutos. Recorrieron con la mirada cada rincón y encontraron un pequeño mercado donde comprar unas tijeras y un tinte rojo. Agus también vio unas lentillas de colores que estaban bastante bien de precio y que eran desechables. Compró para él y para Carla y se fue en busca de un lugar donde cambiar su imagen.

Con las bolsas en la mano se acercaron a un parque que tenía una caseta con un cartel que ponía "Baño público", no sabían español, pero lo entendieron y entraron. Le dieron unas monedas a un vagabundo que había en la entrada y a una señora que se ocupaba de la limpieza de los baños. Carla se llevó el tinte, las tijeras y las lentillas y Agus solo sus lentillas.

Como los dos tenían los ojos claros: Carla verdes y Agus azules. Lo más apropiado era comprarse unas lentillas negras o marrones, y así lo hizo Agus. El cambio fue total, no parecían ellos, y Carla enseguida se apresuró a cortarse el pelo por la altura de los hombros. Había hecho un cursillo de peluquería años atrás y aún recordaba cómo cortárselo a sí misma para que quedara igual por ambos lados. Luego sacó el tinte rojo y se lo aplicó en el pelo directamente, sin brocha ni peines, no había comprado. Cuando tuvo todo el pelo cubierto de tinte y enredado, esperó fuera del baño, al lado de Agus, para cortarle un poco el pelo.

—Esto saldrá bien, ya verás —dijo Agus —Estamos aquí, en Buenos Aires, sin darnos cuenta hemos viajado hasta aquí.
—Lo cierto es que sí, sin darnos cuenta hemos recorrido muchos kilómetros... estamos muy lejos de casa, Agus. —Carla comenzó a llorar.
—No me llames Agus, soy Borja... y no llores, todo saldrá bien.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo.

Carla volvió adentro a quitarse el tinte. Metió su cabeza en el lavabo y salió con el pelo mojado, enredado y color vino tinto. Salieron del baño y volvieron a dejar unas monedas a la señora de la limpieza y al vagabundo. Entonces fueron de tienda en tienda, de bar en bar y de local en local buscando trabajo.

La noche se acercaba y seguían sin trabajo. En la ciudad había buenos puestos de trabajo para los que ellos no tenían formación y otros no tan buenos para los que estaban dispuestos, pero que eran de cara al público, por tanto tendrían que hablar español y no se les daba bien.

Finalmente terminó por oscurecer y ambos tuvieron que dormir abrazados en la acera de una calle.

1 de agosto de 2012

Metamorfosis - Relato corto


Espero que os guste este nuevo relato erótico que podéis descargar si queréis.

Sinopsis:

Sahir es un joven adolescente con problemas de autocontrol para evitar transformarse: es un metamorfo. Sahir está enamorado de Rebecca, y ella de él, pero un día le descubre mientras sufre una metamorfosis. Es entonces cuando Rebecca le propone algo indecente a Sahir a lo que él será incapaz de negarse.

Datos
Género: Erótico, romántico, juvenil, sobrenatural.
Páginas: 13.
Segunda parte: No.

Disunity - II Capítulo: Arrepentimiento

Tres días más tarde

Me desperté para ir al funeral de mi abuela que había muerto la noche en la que Alexis y yo hicimos el amor. Que era también la noche de nuestro cumpleaños. Me vestí de negro con una chaqueta gris y gafas de sol oscuras. Salí de casa cerrando la puerta con llave y bajé hasta el portal donde estaba mi madre esperándome.

Juntas caminamos hasta el taxi que nos dejó en el cementerio y después de enterrar a mi abuela me fugué de nuevo con Kevin para contarle todo lo que había pasado con Alexis.

Al principio su expresión era de sorpresa y preocupación. Después me dijo que estaba loca y se dio media vuelta. Y después volvió para preguntarme si estaba totalmente segura de que esto era lo que quería y me abrazó cuando le dije que sí.

Kevin podía ser muy comprensivo a veces, aunque en una situación como esta no esperaba menos de su reacción. Pero me alegró que después decidiera apoyarme en esto.

Avisé a mi madre de que me iba con Kevin a dar un paseo porque necesitaba despejarme y ella me dijo que entonces volvería sola a casa. Me dio pena verla irse sola y me dio pena que llamara a Alexis para que la acompañara hoy y él le dijera que no. Lo que ella no sabía y no podía saber nunca es que fue porque yo le pedí a Alexis que no viniera porque entonces ella haría preguntas que ninguno de los dos querría responder.

Así que mi madre se fue sola y yo me fui con Kevin. Mi primo tenía muchas preguntas que hacerme y se las respondí todas. Estaba interesado en mí, pero no como una persona chismosa sino como una persona que se preocupa por otra. Cuando terminamos de hablar de Alexis me miró a los ojos y me dijo que lo llamara. Lo cierto es que tenía ganas de verlo, pero me daba miedo que nos pudieran ver juntos, a mí madre la destrozaría saber todo esto.

Al final Kevin me convenció para hacerlo y lo llamé. Estaba saliendo de comisaría, había acabado su turno y se dirigía a su casa. Así que le pedí que me viniera a buscar y Kevin se fue cuando llegó.

—Siento mucho lo de tu abuela —me dijo nada más bajarse del coche.
—Estoy bien, ¿y tú?
—No demasiado bien, tenemos que hablar.

Entonces nos subimos a su coche y le cogí de la mano. Estaba sudando y un poco tembloroso y comenzó a tartamudear sin poder mirarme a los ojos.

—¿Qué pasa?
—Tenemos que dejarlo, le hemos hecho daño a tu madre y tú eres menor de edad, creo que lo mejor es dejarlo.
—¿Te arrepientes de lo que hicimos?
—Sí.
—Entonces se acabó. Mi madre nunca se enterará, te lo prometo.

Alexis me dejó cerca de mi casa y me prometió que dejaría a mi madre esa misma semana. Me bajé del coche y comencé a caminar hacia casa mientras lo veía alejarse. Cuando entré a casa vi una nota que decía "me voy a casa de Alexis, no me esperes despierta".

En otras circunstancias me habría hecho gracia que mi madre dijera que no la esperara despierta porque era algo que no había hecho nunca antes. Pero ahora me preocupaba mucho lo que pudiera pasar. Llamé a Alexis para avisarle de que mi madre iba a su casa, pero no me lo cogió. Volví a llamarle y esta vez ignoró mi llamada. Ya no sabía qué hacer y estaba comenzando a desesperarme. No sabía donde vivía Alexis, no me cogía el teléfono y no quería llamar a mi madre porque entonces tendría que explicarle la verdad. Así que esperé sentada en el sofá a que Alexis cortara con ella al verla y mi nombre permaneciera fuera de la conversación.

De pronto ya había oscurecido y madre seguía sin aparecer. Me hice algo de cenar y mientras tragaba escuché la llave entrar en la cerradura de la puerta. Me puse en pie y ahí la vi, destrozada en lágrimas. Me miró a los ojos y empezó a caminar hacia mí. Por un momento pensé que iba a pegarme, a insultarme y decirme que me largara, pero entonces me abrazó y siguió sollozando en mi hombro.

—Mamá, ¿qué ha pasado?
—He ido a casa de Alexis y me ha abierto su mujer —me quedé paralizada por un momento.
—¿Su mujer? ¿te refieres a que Alexis está casado?
—Sí, y su mujer está embarazada. Tuve que fingir que conocía a Alexis de la comisaría, incluso me dijo que si quería pasar y tomar café. Pero me fui corriendo y luego vi llegar a Alexis.
—¿Qué dijo él?
—Nada, me vio y se quedó blanco. No sé qué habrá pasado después con su mujer.

Acaricié la cabeza de mi madre y la llevé a la cocina donde le serví la cena y le di unas pastillas para dormir. Luego yo también me fui a mi habitación pero no podía dormir después de lo que acababa de contarme mi madre. Mientras estaba sentada a los pies de la cama escuché el móvil vibrar y corrí a cogerlo. Era Alexis. Quería verme.

Quedamos en el parque donde suele entrenar a veces y no tardó nada en llegar.

—¿Qué has hecho? ¡Me dijiste que nunca se lo contarías a tu madre!
—Y no se lo conté, cuando llegué a casa mi madre ya se había ido.
—¿Entonces cómo se enteró?
—No se enteró. Salió a buscarte a tu casa porque querría estar contigo y se encontró con tu mujer, ¿me explicas eso?
—Se llama Jessica, está embarazada pero el niño no es mío. Nos casamos hace mucho, éramos muy jóvenes y llevamos separados varios años. Hace poco me llamó diciendo que necesitaba un sitio donde quedarse porque estaba embarazada y su novio era un gilipollas. Por eso vive conmigo, pero en realidad solo somos amigos.
—¿Y por qué no os habéis divorciado?
—Para mantener las apariencias, su familia es muy conservadora y no creen en el divorcio.
—Bien, entonces mi madre cree que ella es la amante y que tú en realidad eres un futuro padre de familia. Pero de mí no sabe nada, ¿no?
—Eso parece.

Estaba un poco más tranquila pero aún así seguía alterada por todo lo que había pasado y por haber estado a punto de ser descubierta. Respiré profundamente y me di media vuelta para irme a casa, pero Alexis me detuvo. Me abrazó y sentí su calor a través de su camiseta y el olor de su perfume. Era tan atractivo y sexy y a la vez tan peligroso. Me acarició la espalda y peinó mi pelo con sus dedos, dejando que mi cabeza se apoyara en su pecho. De pronto me levantó el mentón y me dio un cálido beso en la frente y luego en los labios. Con mis manos rodeaba su cadera y tenía la intención de dejarlas caer por toda su anatomía, pero me aparté y sin mirarle a los ojos me eché a correr calle arriba.

Me dolía mucho tener que dejarle pero eso es lo que habíamos acordado y aunque me arrepintiera de haber aceptado su decisión, era lo mejor. Subí hasta el tercer piso, abrí la puerta de mi casa intentando no hacer ruido y de repente se encendió la luz de la cocina. Era mi madre, que desde el balcón juraba haberlo visto todo.

Ahora sé que no vio nada y que solo intentaba confundirme para que le confesara que me había fugado con algunas amigas para irme de fiesta o con algún chico. Pero en ese momento yo no lo sabía y dejé que hablaran mis remordimientos. Le pedí disculpas a mi madre que se quedó asombrada al enterarse de lo que yo pensaba que ya había visto.

Su cara de desilusión y de odio todavía me persigue por las noches cuando no puedo conciliar el sueño.