22 de agosto de 2012

Red Velvet - IX Capítulo: Viaje

7 meses después

Las ventanas del hotel estaban relucientes. Carla, o como todos la conocían ahí: Ximena, se había empleado a fondo en tenerlas bien limpias para los huéspedes que ocuparían la habitación en unas horas. Dejó el trapo en el suelo y cogió otro más húmedo para limpiar el baño. Se apresuró en dejarlo limpio y recogió todos los trapos, productos de limpieza y cacharros que había dejado por todo el apartamento. Lo metió todo en un carro que la esperaba en la puerta y lo empujó hasta una habitación de puerta rojo granate con un letrero de Privado. Entró y dejó ahí el carro que había empujado por todo el pasillo de habitaciones y cerró con llave. Como el hotel tenía muchas plantas, Carla bajó en ascensor hasta recepción donde confirmó que las habitaciones de la 5ª planta estaban todas limpias, se cambió de ropa y salió del hotel con una sonrisa.

Agus, o como todos le conocían a él en Argentina: Borja, sudaba a chorros bajo el sol abrasador de Buenos Aires. El verano se acercaba y el sol picaba con fuerza en la piel, afortunadamente, Agus tenía una piel morena y bien tostada, así que el sol no le quemó la piel, pero sí le hacía sudar. Y no era para menos: el trabajo de Agus consistía en asfaltar calles de la periferia de Buenos Aires, donde un terremoto había agrietado la mayor parte de ellas.

—Borja, descansá un poco, tenés mala cara. —ordenó el jefe de obra.
—Estoy bien, solo calor. Yo agua y luego trabajo bien. —respondió Agus con su pésimo español.
—Vos sabrás... —dijo de nuevo el jefe de obra antes de darse media vuelta e irse.

Agus se acercó a la caseta donde estaban a buen recaudo las botellas de agua fría. Eligió una, que estuviera bien al fondo para que estuviera todavía más fría. La abrió y se la bebió casi de golpe, se secó el sudor con la palma de la mano y luego ésta con la camisa blanca de tirantes. Respiró profundamente y volvió a salir a ese trabajo infernal.

Mientras tanto, Carla llegaba al piso que habían alquilado con unas bolsas de plástico llenas de comida. Las dejó en la cocina y se fue corriendo a contar el dinero que tenía guardado en un sobre debajo del armario. Los billetes eran numerosos, pero insuficientes: necesitaban como un mes más de trabajo para pagar los billetes y largarse a Portugal.

Dejó el sobre en su sitio y se levantó decepcionada, con la mano se apartó de la cara sus rizos rojos como el fuego por culpa del tinte que se daba para pasar desapercibida. Se los ató con un elástico negro y se sentó en el sofá a ver pasar las horas. Ni televisión, ni radio, ni equipo de música, ni ordenadores, ni siquiera un microondas. Cualquier cosa en esa casa que significara un gasto importante e innecesario, era descartado inmediatamente por muy tentador que fuera para Agus la idea de tener por primera vez ciertos de esos aparatos. Carla los conocía de su vida en Brasilia como estudiante y luego como médico, no le sorprendían, pero a Agus le brillaban los ojos con solo la idea de saber que podía hablar con su madre como si la tuviera delante con ese maravilloso invento llamado Internet.

—Carla, abre, soy yo. —dijo una voz a través de la puerta. Y Carla se levantó corriendo.
—Que pronto llegas hoy, —dijo Carla abriendo la puerta. —por cierto, sabes que no debes llamarme por mi nombre.
—Lo sé, Ximena, lo sé. Pero se me hace raro llamarte así y tratarte como una hermana.
—Incluso entre estas paredes, debemos seguir llamándonos Borja y Ximena. O se nos escapará algún 'Agus' o 'Carla', ¿y entonces cómo lo explicaremos?
—Tienes razón, mi vida. Acepto llamarte Ximena aunque estemos a solas con la condición de que no tenga que tratarte también como una hermana aquí dentro.
—Idiota. —Carla sonrió ampliamente. —Ni siquiera fuera de esta casa haces el esfuerzo de ocultar que me quieres.
—Es que te quiero, ¿para qué ocultarlo? A los demás les basta con saber que los abrazos que te doy son porque eres mi hermana mayor y te considero mi madre desde que la nuestra murió. Y a nosotros nos basta con saber que los abrazos que te doy son porque eres la mujer más espectacular que me podría haber imaginado, porque te amo y porque me da la gana abrazarte. —La pareja de enamorados permaneció mirándose a los ojos y sonriendo un buen rato hasta que Carla recordó lo del sobre.
—Agus, digo, Borja... necesitamos un mes más como mínimo.
—¿Has contado bien el dinero?
—Sí, y sí, estoy segura. El mes pasado fue igual... parece que en vez de ahorrar gastamos más.
—Saldremos de esta, ya lo verás.
—Eso espero... —Entonces la pareja dejó que su mente se desconectara unos segundos y cuando volvieron a la realidad Carla se puso a lavar los platos y Agus a dormir.

Otro día más. Otro largo día más rompió con el sueño de los enamorados que estaban todavía en su piso. Y despertaron con el sonido de un timbre. Carla se puso una bata por encima, a pesar del calor, no quería que nadie la viese en camisón. Al abrir la puerta se encontró con algo que, no solo necesitaban, sino que cambiaría el rumbo de sus vidas para siempre.

—Agus, mi vida, despierta. ¡Agus!, ¡Borja!
—¿Qué pasa?, ¿por qué gritas?
—Tu hermana nos ha enviado dinero.
—¿Qué?
—Tu hermana... hay un sobre con lo que nos falta y más. Y una carta.
—Dame eso, rápido. —Carla le obedeció y Agus comenzó a leer en alto.

Querido Agus, soy Magda. Has sido muy listo enviándome una carta con tu dirección actual en Buenos Aires a Estados Unidos y no al pueblo. Hubiese sido un error: tienen el correo de mamá vigilado ante cualquier carta sospechosa. Martín y yo estamos bien, ahora él vive conmigo en Florida, pero tranquilo, mamá no está sola. ¿Te acuerdas de Ray? Ahora están juntos y él está pensando en pedirle matrimonio, aunque no quiere arriesgarse, todavía recuerda las calabazas que le daba mamá cada vez que él le rondaba. 

Te deseo la mejor de las suertes en tu nueva vida, a ti y a tu querida médico. Recuerda ser más listo que nadie y andar siempre con los ojos bien abiertos. Aprende a desconfiar hasta de tu sombra y si bien eso es triste, te ayudará a sobrevivir. 

Espero que el dinero sea suficiente para los billetes que Ray nos dijo que necesitabais, si necesitas algo más, aquí me tienes.

Gracias por todo, vuelve a escribirme pronto con las noticias que sean: buenas o malas. Yo se las haré llegar a mamá, no te preocupes por eso. 

Besos de tu Nano, de mamá y míos.

P.D: Dame muchos sobrinitos y sobrinitas.

—Estamos salvados. —dijo Carla entre lágrimas antes de ponerse a dar saltos de alegría.
—Prepara todo lo que necesitemos, nos vamos mañana.
—Pero tendremos que decir en el trabajo que nos vamos y...
—¡No! Aquí nunca han existido unas personas llamadas Borja y Ximena. Es mejor así.
—No lo es, en el trabajo me echaran de menos, me intentarán localizar y a ti también y entonces se preocuparán, llamarán a la policía y descubrirán que nos hemos ido a Portugal.
—¿Entonces qué propones?
—Decirles que nos vamos lejos porque ha muerto un familiar y que no vemos seguro que regresemos en una temporada.
—¿Y a donde?
—A Portugal no podemos decir, diremos que de nuevo a Brasil.
—Está bien. ¿Qué familiar? Recuerda que nuestros padres ya están muertos.
—Un tío abuelo, le teníamos mucho cariño al pobre tío Paulo...
—A veces me sorprende tu frialdad para inventarte historias de este tipo, otras veces me asusta.
—Contigo siempre he sido sincera.
—Bueno, no perdamos más tiempo. Debemos ir a velar a nuestro pobre tío abuelo Paulo. —ambos sonrieron levemente y se quedaron mirando al suelo, en silencio. Pensando en cuáles serían sus próximos pasos como prófugos.

Llenaron su maleta de la poca ropa que se habían comprado en los últimos siete meses, algunos recuerdos de su estancia allí y nada más. Esa era la triste maleta de una pareja joven y llena de sueños. No se olvidaron del sobre y de hablar con los dueños de la casa. De eso se encargó Carla, mientras Agus compraba los billetes.

—Ay Ximena, contáme cómo murió tu pobre tío.
—Infarto de miocardío, mientras dormía.
—¿Y la familia, cómo está?
—La familia ser poca, muchos amigos que le querían.
—Ya entiendo claro... vos cuidá bien de ese hermano tuyo y volvé cuando querás.
—Gracias doña Paca, gracias don Manuel. —y Carla se dio media vuelta para no volver jamás.

Después de salir de aquel viejo edificio donde estaba su piso, se dirigió caminando al hotel donde trabajaba a repetir la misma historia del tío abuelo Paulo. Luego, se reunió con Agus frente al aeropuerto. Él ya había hablado con su jefe y había comprado los billetes de ida a Lisboa en avión. Finalmente, a pesar de los consejos de Ray, se habían arriesgado a pasar por los estrictos controles de seguridad.

1 comentario:

  1. ¡Qué bien que al fin puedan huir a Portugal! :D

    Esperaré el último que siento curiosidad por saber qué pasará en el otro país!!

    ResponderEliminar

Hello, hello ~ Espero que tu comentario sea igual de picante que mi entrada.

¡Gracias!