3 de agosto de 2012

Red Velvet - VIII Capítulo: Huida

Las paredes del motel tenían marcas de humedad en las esquinas y la pintura era de un tono verde oscuro. Los muebles eran de madera y parecían más antiguos de lo que en verdad eran, por culpa de los golpes que había recibido por parte de otros clientes. Lo único bonito de la habitación era la cama: tenía una colcha blanca que olía a limpio y que le daba tranquilidad a Carla, porque ella era una persona muy estricta con la limpieza, y dormir en una cama con una colcha sucia o maloliente, le hubiese resultado imposible. Encima de la colcha blanca había una manta de terciopelo rojo que Agus desdobló.

—Carla, —comenzó diciendo Agus. —¿qué va a pasar esta noche?
—No estés nervioso, Agus, pasará lo que los dos queramos que pase.
—Entonces acuéstate sobre esta manta... —dijo él terminando de desdoblarla.

En ese momento, Carla se quitó la camiseta algo mojada por el sudor y dejó al descubierto su sujetador tan rojo como la manta en la que se estaba acostando. Agus se acostó bocabajo a su lado y pasó su mano por su pecho desnudo, luego subió la mano a su cuello y finalmente agarró la cara de Carla por el mentón y la acercó a su cara. Se miraron a los ojos y Carla sonrío acercándose los pocos centímetros que la separaban de los labios de él.

El beso fue cálido y romántico, como si llevaran esperándolo años, sus miradas volvieron a encontrarse y entonces una sonrisa de satisfacción apareció. Sus dedos se entrelazaron y Agus se colocó encima de Carla para besarla mejor. Luego, se sentó a horcajadas sobre ella y se quitó la camiseta. Carla recorrió el pecho de Agus con sus manos, sintiendo el roce de sus dedos contra la piel caliente de él, contra sus marcados pectorales y contra sus perfectos brazos.

Luego Agus se puso en pie y se desató los pantalones dejándolos caer al suelo. Carla se sentó en la cama, frente a él y le besó el ombligo. Fue besando desde su ombligo hasta sus calzoncillos y cuando llegó, agarró la cinta elástica de éstos y tiró de ella hacia fuera. Agus se puso nervioso, pero Carla siguió tirando, esta vez hacia abajo y empezó a asomar una pequeña mata de pelo negro bajo el calzoncillo. Cuando éste estuvo tirado en el suelo, Carla se centró en lo que tenía delante, dio un pequeño lametón y Agus soltó todo el aire contenido en sus pulmones de golpe.

Agus se recostó en la cama y Carla le abrió las piernas para ponerse en medio y seguir practicándole sexo oral. Agus tenía los ojos cerrados, sintiendo la saliva caliente de Carla bajar como un pequeño riachuelo desde la punta de su pene hasta la mata de pelo donde se perdía. Luego Carla bajó sus manos a su pantalón y buscó los botones de éste con los dedos, lo desabrochó y se bajó el pantalón hasta medio muslo, porque seguía de rodillas en la cama. Se levantó y se terminó de bajar los pantalones vaqueros que dejó al lado de los de Agus.

Entonces Agus se acercó a ella y quiso verla desnuda. No dejó que Carla se acercara a la cama y la apoyó contra la pared donde la besó apasionadamente. Luego buscó el cierre de sus sujetador y con un simple gesto lo quitó. Carla, que tenía las manos alrededor del cuello de Agus, bajó los brazos para que el sujetador cayera. Ahí Agus se sintió todavía más excitado y se lo hizo saber a Carla cogiéndole una de las muñecas y llevándola a su pene, para que Carla palpara con su mano cómo de excitado estaba. Ambos sonrieron y entonces, Agus se puso de rodillas para bajarle las braguitas color rosa a Carla, ella, al contrario que él, estaba depilada y tenía tres lunares pequeños formando un triángulo justo en medio de donde debía estar su vello púbico. Agus los lamió.

Agus, que seguía de rodillas, cogió una pierna de Carla y se la colocó encima del hombro, para tener la entrada de la vagina de Carla, bien a la vista. La lamió y Carla bajó sus manos a la cabeza de Agus para empujarle más adentro. Entonces Agus volvió a sacar la lengua, pero esta vez lamió su clítoris y Carla comenzó a gemir. Succionó un poco y se acompañó de los movimientos de cadera de ella para saber qué velocidad debía tener. Cuando Carla no se movía, los movimientos debían ser suaves y lentos y cuando Carla se ponía nerviosa y separaba la cadera de la pared y se movía con un poco más de brusquedad, es que debía aumentar la velocidad de su lengua.

Por fin Carla llegó al orgasmo y Agus la cogió en brazos y la tumbó de lado en la cama. Carla levantó las piernas y Agus se puso detrás de ella para penetrarla. Estaba tan nervioso por su primera vez que prefería no mirar a Carla a los ojos, y ella, ajena a eso, se dejaba hacer con gusto. Agus comenzó lentamente, luego más rápido y finalmente encontró la velocidad y el ritmo perfecto. Con una mano, Agus se sujetaba la cabeza y la otra, la tenía metida entre los labios de la vagina de Carla, tocando su pequeño y rosado clítoris mientras la penetraba desde atrás.

Finalmente Agus alcanzó el orgasmo. Quiso correrse fuera de ella, sobre la manta de terciopelo rojo, pero la idea de separarse de ella le impidió hacerlo con rapidez y acabó haciéndolo dentro. Carla sintió algo caliente que recorría las paredes de su vagina hacia abajo y supo lo que había pasado. Se dio media vuelta y vio la cara de pánico de Agus.

—Tranquilo, tomo la pastilla.
—Dios... qué susto.
— Lo siento, debimos haber tenido más cuidado.
—Un embarazo en esta situación sería fatal.
—¿Te crees que no lo sé?  —Agus se calmó un poco, pero se quedó pensativo mirando al techo. —¿en qué piensas?
—En mi madre, en Nano y en mi hermana.
— Siento lo que hice, Agus. Ahora eres un prófugo de la justicia por mi culpa.
—Mi familia no hubiese tenido dinero para viajar a Brasilia e ir a verme a la cárcel, hubiese estado sin verles igualmente.
—Ya, pero... ahora sí que no les verás.
—No, pero sabrán que estoy contigo y que estoy bien gracias a Ray.
—Parecía buen hombre.
—Lo es. Quiere mucho a mi madre y cuidará de ella por mí.
—Me alegro por ellos, entonces. No te pongas triste, Agus. Tu madre estará bien con Ray y Nano ya tiene a su madre de vuelta.
—Tienes razón, ellos ahora serán felices sin mí.
—Y tú lo serás conmigo, te lo prometo.
—Yo a ti también te lo prometo, no te arrepentirás de ser mi cómplice.
—¿Qué cómplice? Si lo organicé yo todo...
—Es verdad, ahora tú también eres una delincuente... —ambos se echaron a reír.

A la mañana siguiente salieron del motel con muchísima hambre, sin dinero y sin coche. Le hicieron caso a Ray y fueron hacia el sur. Buscaron un bus que viajara hasta otro pueblo que se encontrara al sur y encontraron uno que pasaba ya mismo. No tenían dinero para pagarlo, debían hacer algo. Y a Agus se le ocurrió subirse sin pagar y sin ser vistos por la puerta trasera. El chófer no se dio cuenta y el bus comenzó su camino. Algunos pasajeros les miraron con odio, pero a ninguno le importó.

Cuando habían recorrido más de 50 kilómetros, se bajaron en otro pueblo que tenía un lago precioso donde poder bañarse y hasta pescar algo de comida. Se emocionaron muchísimo al ver el lago y caminaron hacia él. En seguida y ante la vista de algunas personas, se desnudaron y se metieron al agua con la ropa interior puesta. Lavaron la ropa en el lago y la dejaron secarse en unas rocas que había a un lado, incluida la ropa interior. Mientras, ellos se bañaban en el lago, cerca de las rocas, por si alguien intentaba robar las ropas. Cuando estuvieron secas, el sol casi se había puesto y decidieron salir y volver a vestirse con la ropa un poco húmeda.

Para cenar, Agus cogió algunos peces e hicieron un pequeño fuego donde los frieron. Se comieron los peces y apagaron el fuego con el agua del lago. Entonces caminaron por el pueblo y vieron que necesitaban a una camarera en un bar y Carla probó suerte esa noche presentándose al dueño. Éste, que necesitaba urgentemente una camarera, le dio a Carla un delantal y comenzó a trabajar esa misma noche como periodo de prueba y, lo cierto, era que no se le daba nada mal.

Agus también salió a probar suerte a un embarcadero que había al otro lado del lago donde había un grupo de pescadores que salía de noche. Agus, dispuesto a todo para conseguir dinero y seguir viajando, se subió a la barca y pescó gran cantidad de peces. Enamoró con su técnica innata a los pescadores más veteranos y a la mañana siguiente, sacó el pescado fresco al mercadillo donde se ganó bastante dinero vendiéndolo. Rápidamente fue al bar y encontró a Carla tras el mostrador contando unos billetes.

—He conseguido suficiente con las propinas como para irnos mañana mismo.
—Yo he vendido tanto pescado que apesto, pero he logrado conseguir también bastante, como para marcharnos ya.
—Estamos demasiado cerca de la frontera, alguien nos puede reconocer si sacan nuestra cara en la televisión.
—Hemos huido de la justicia, yo he estado a punto de vender drogas a un grupo precisamente de argentinos y tú has herido a un agente de policía...
—Y encontraron droga en mi casa que puso Cortés para incriminarme.
—La policía de Brasil sin duda ya habrá colaborado con la argentina y nos estarán buscando por aquí.
—Pues vayámonos cuanto antes entonces.

Esta vez, la pareja no viajó en carretera, sino en barco por un río que conectaba con el Atlántico. Ahí trabajarían de nuevo por un par de días y comprarían un billete de barco con una falsa identidad para viajar a Portugal.

Las aguas del río eran navegables, pero también tenían fuertes corrientes y el barco a menudo solía tambalearse demasiado y Carla estaba pálida. Agus lo llevaba mejor, pero también sentía molestias en el estómago de vez en cuando, aunque no estarían así de no ser por el atracón de comida que se dieron al llegar al barco con el dinero ganado.

Habían salido del pueblo sin despedirse ni del dueño del bar ni de los pescadores y el nombre que habían dado era Ximena y Borja, para que nadie sospechara nada. Aunque Carla y Agus eran unos nombres muy comunes, no querían levantar sospechas.

El barco hacía algunas paradas para recoger a más gente y Carla aprovechaba para darse una pequeña siesta aprovechando que el barco no se movía tanto. Y así, con la cabeza recostada sobre las rodillas de Agus, pensó que también debía cambiar su imagen y ocultar a los demás su verdadera profesión, incluso la relación que le unía con Agus, cualquier precaución era poca.

Para el resto, Agus y Carla eran hermanos, se llamaban Borja y Ximena, venían de São Paulo y eran un pescador y una camarera que estaban de visita en Argentina para ver a sus abuelos maternos, única familia con vida. La mentira le hizo gracia a Agus, pero reconoció que era buena y se apresuró en memorizar su nuevo nombre, su nueva profesión y su nueva procedencia para no ser descubierto. En cuanto a lo del cambio de imagen, no podía hacer nada mientras estuviera en el barco, pero en cuanto llegara a Buenos Aires haría algo con su pelo, igual que Carla, que quería cortarse su abundante melena negra y rizada.

Buenos Aires era una ciudad muy grande y enseguida se sintieron diminutos. Recorrieron con la mirada cada rincón y encontraron un pequeño mercado donde comprar unas tijeras y un tinte rojo. Agus también vio unas lentillas de colores que estaban bastante bien de precio y que eran desechables. Compró para él y para Carla y se fue en busca de un lugar donde cambiar su imagen.

Con las bolsas en la mano se acercaron a un parque que tenía una caseta con un cartel que ponía "Baño público", no sabían español, pero lo entendieron y entraron. Le dieron unas monedas a un vagabundo que había en la entrada y a una señora que se ocupaba de la limpieza de los baños. Carla se llevó el tinte, las tijeras y las lentillas y Agus solo sus lentillas.

Como los dos tenían los ojos claros: Carla verdes y Agus azules. Lo más apropiado era comprarse unas lentillas negras o marrones, y así lo hizo Agus. El cambio fue total, no parecían ellos, y Carla enseguida se apresuró a cortarse el pelo por la altura de los hombros. Había hecho un cursillo de peluquería años atrás y aún recordaba cómo cortárselo a sí misma para que quedara igual por ambos lados. Luego sacó el tinte rojo y se lo aplicó en el pelo directamente, sin brocha ni peines, no había comprado. Cuando tuvo todo el pelo cubierto de tinte y enredado, esperó fuera del baño, al lado de Agus, para cortarle un poco el pelo.

—Esto saldrá bien, ya verás —dijo Agus —Estamos aquí, en Buenos Aires, sin darnos cuenta hemos viajado hasta aquí.
—Lo cierto es que sí, sin darnos cuenta hemos recorrido muchos kilómetros... estamos muy lejos de casa, Agus. —Carla comenzó a llorar.
—No me llames Agus, soy Borja... y no llores, todo saldrá bien.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo.

Carla volvió adentro a quitarse el tinte. Metió su cabeza en el lavabo y salió con el pelo mojado, enredado y color vino tinto. Salieron del baño y volvieron a dejar unas monedas a la señora de la limpieza y al vagabundo. Entonces fueron de tienda en tienda, de bar en bar y de local en local buscando trabajo.

La noche se acercaba y seguían sin trabajo. En la ciudad había buenos puestos de trabajo para los que ellos no tenían formación y otros no tan buenos para los que estaban dispuestos, pero que eran de cara al público, por tanto tendrían que hablar español y no se les daba bien.

Finalmente terminó por oscurecer y ambos tuvieron que dormir abrazados en la acera de una calle.

2 comentarios:

  1. Al fin consumaron su amor!! jajajaja
    Wiii me ha gustado :) A ver si se les arreglan un poco las cosas.

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  2. Jajajaja, me ha hecho gracia lo de "consumaron su amor" xD

    Pues sí, ya tocaba ya. Pobrecillos.

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Hello, hello ~ Espero que tu comentario sea igual de picante que mi entrada.

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