27 de agosto de 2012

Red Velvet - X Capítulo: Futuro

[Capítulo final]

—Vaya... Agus, mira —Agus obedeció —Hay casitas pintadas del mismo color y un montón de personas bien vestidas...
—Esto es increíble. Jamás pensé que Lisboa fuese tan bonito, no es la gran ciudad llena de rascacielos que pensaba.
—Para nada, tiene un montón de casitas pequeñas y acogedoras, ¿te imaginas viviendo en una de esas?
—¿Por qué imaginarlo? El dinero de mi hermana nos alcanza para un mes o dos de alquiler.
—Todo depende de los precios aquí. Además, tenemos que cambiar los reales por... ¿qué moneda usan aquí?
—Euros. Mira, antes de despegar en Buenos Aires compré una tarjeta que convierte los reales en euros. ¿Cuánto nos queda del dinero de mi hermana?
—Unos cinco mil reales.
—Vamos a ver.... cinco mil reales no llega ni a dos mil euros.
—¿Cuánto podemos hacer con eso?
—Ya veremos... vamos a dar un paseo. Con suerte encontramos a alguien que nos ayude.

Lisboa, a parte de ser precioso, tenía la peculiaridad de que sus calles eran asombrosamente parecidas. En seguida se perdieron y dieron vueltas en círculo alrededor de unas casas y un parque. Cuando vieron el parque fueron hacia él para sentarse y descansar un poco. Entonces dieron con lo que estaban buscando. Un piso en alquiler.

—Somos una pareja joven —le decía Agus a la dueña de la casa. —Como puede ver estamos recién llegados a Portugal y antes de gastarnos una fortuna en hoteles, queremos ver qué posibilidades tenemos de alquilar una casa.
—Bueno, la casa se alquila, yo no puedo negarme a que vivan en ella sin una justificación clara y por caridad cristiana podría dejarles aquí unos días antes de firmar el contrato o antes de tener el dinero en mis manos. Pero —añadió la señora con gesto de pena. —Vosotros parecéis pobres, no tenéis buena cara, ni buena ropa ni nada. ¿Cómo sabré yo que no sois unos morosos de esos?
—Entiendo que quiera asegurarse, pero si vestimos así o tenemos esta mala cara es porque hemos cruzado el Atlántico desde Brasilia y andamos cansados...
—Está bien, pasad —dijo la señora extendiendo el brazo —En esta casa os podéis quedar unos días hasta que traiga el contrato. No quiero problemas ni jaleos, a la mínima llamo a la policía, ¿entendido? 
—Entendido, señora. —dijo Carla mirándola fijamente a los ojos.
—Mi hijo es policía —mintió la señora— Si tiene que ayudar a su madre a sacar a la calle a unos morosos, lo hará.
—Descuide —dijo Agus.
—Pues entonces yo me voy a mi casa. Aquí tenéis las llaves de esta casa, hay agua y luz, aunque el agua caliente no llega muy bien. Nos vemos pronto. —dijo la señora dejando las llaves sobre la mesa y saliendo por la puerta cojeando.
—Una última cosa —dijo Carla —¿Cuánto nos costará el alquiler de un mes?
—Alrededor de unos ochocientos euros, ¿por qué? —Carla miró a Agus.
—Para saber, nada más —respondió Agus. —Hasta pronto.

Agus y Carla se sentaron en el sofá de la casa con despreocupación: pagarían el alquiler sin problemas con el dinero de Magda y harían lo imposible por encontrar un trabajo.

—Tengo que estudiar Medicina de nuevo. —dijo Carla incorporándose.
—¿Por qué? Si tu ya sabes...
—No, quién sabe es Carla, yo soy Ximena. ¿Cómo mostrar que soy médico sin desvelar que soy Carla?
—Ya te sigo... ¿qué vas a hacer?
—Ya te dije, tendré que estudiar de nuevo con mi nueva identidad.
—Pero te será fácil.
—Eso espero —ambos sonrieron. —¿Y tú qué vas a hacer con tu vida?
—Creo que también estudiaré, pero no una carrera, eso es mucho. Me conformo con acabar la secundaria y con especializarme en algo.
—¿Y qué tienes pensado?
—Me apasiona la química, cuando mezclaba drogas me sentía Dios, pero eso me imagino que es caro y muy duro. Prefiero otra de mis pasiones: cocinar.
—En Buenos Aires hacías buenos platos, podrías incluso montar tu propio restaurante.
—Eso es una inversión demasiado grande, de momento tenemos que buscarnos un trabajo con el que pagarnos el alquiler, la comida, la ropa y por último los estudios.
—Agus, esto va a ser muy difícil... 
—Lo sé, pero al final del día volveremos aquí, cenaremos juntos, nos ducharemos y dormiremos juntos abrazados. 
—Después de hacer el amor.
—Claro... eso iba implícito. De hecho, podríamos empezar hoy mismo.
—Eso me gusta... —ambos rieron antes de fundirse en un largo beso.

Luego, Agus cogió a Carla por la cintura y la atrajo a él y mientras la iba besando, caminaba hacia la habitación. Era una habitación simple y algo anticuada, pero la cama bastante cómoda y romántica. Agus se tumbó sobre Carla en la cama y comenzó besándole el cuello, luego continuó por un pecho y se entretuvo en él. Con sus manos acariciaba ambos lados de la cintura de Carla y ella con las suyas jugaba con su pelo y de vez en cuando empujaba su cabeza hacia abajo. Agus entendía perfectamente lo que Carla quería, pero le gustaba más desesperarla entreteniéndose con su ombligo. Poco a poco descendió hasta donde Carla quería dejando una estela de besos a su paso. Recorrió con la lengua cada rincón y provocó en ella cada orgasmo que quiso usando su lengua como instrumento.

Cuando Carla consiguió llegar al ansiado orgasmo, tocó el turno a Agus. Carla comenzó con unos pequeños besos que subían desde los testículos hasta el glande. Allí permaneció un rato mientras pasaba la lengua degustando cada parte. Luego lo lamió todo de arriba abajo y comenzó a succionar haciendo que Agus se estremeciera de placer en algunas ocasiones. Cuando llevaba ya rato y su mandíbula comenzaba a incomodarla, paraba sin dejar de mover su mano hacia arriba y abajo. Luego colocó sus piernas alrededor de él y comenzó a deslizar su cuerpo hacia abajo. Con un ligero empujón logró penetrarse y comenzó entonces a cabalgar mientras miraba a Agus que permanecía debajo de ella, quieto y con la mirada perdida en el techo y la boca abierta, jadeando. 

Entonces llegó el ansiado final y Carla se dejó caer sobre él, apoyando su cara contra su pecho. Agus le acariciaba la espalda haciéndole cosquillas en ciertas zonas y con los dedos peinaba la pequeña melena rebelde y roja de Carla.

—Te quiero muchísimo —susurró ella.
—Y yo a ti, Carla —entonces ella se recostó a su lado.
—¿Recuerdas el día en el que nos conocimos? —preguntó Carla acariciando la cicatriz de él.
—Sí claro, cómo olvidarlo.
—Me alegro tanto de haberme implicado contigo, de haberte ayudado a pagar la deuda, de haberte ayudado a escapar y de estar ahora mismo aquí a tu lado. Jamás había sido tan feliz. Y tampoco lo hubiese sido en el pueblo: sin amigos ni pareja, con un trabajo gratificante pero agotador y sola, muy sola.
—Yo también me alegro de que me hayas ayudado, en el pueblo no tenía ningún futuro. Ni estudios ni dinero para salir de ahí. Estaba perdido, pero llegaste tú y ahora sí que tengo un futuro.
—¿Cuál?
—El de conseguir un trabajo, reformar esta casa para que sea más acogedora y el de sin duda, formar una familia contigo.
—¿Eso es lo que quieres? —preguntó Carla sonriendo.
—Sí, ese es el futuro que quiero a tu lado: el de un hombre feliz y enamorado de su mujer, rodeado de niños y a ser posible de algún amigo.
—Estoy segura de que lo tendrás y yo estaré orgullosa de que lo hayas conseguido y orgullosa también de ser tu mujer.
—¿Ah sí?, ¿te gustaría? —ambos se sonrojaron.
—Me encantaría.

1 comentario:

  1. Qué final más bonito, me he emocionado con el último diálogo! Voy a leer el epílogo :)

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Hello, hello ~ Espero que tu comentario sea igual de picante que mi entrada.

¡Gracias!