26 de noviembre de 2012

Coconut - Epílogo

Había pasado muchísimo tiempo desde aquel día en la parada de taxis frente al Hotel Hanakee. Y había pasado mucho tiempo también desde que Ulani dejó de esperar.

Ahora Ulani era feliz con Phhoung, una guapa camboyana que había emigrado de su país hasta Nuku Hiva en busca de tranquilidad y un trabajo estable. Y lo encontró, ahora Ulani era la nueva encargada de las camareras y Phhoung su nueva camarera en prácticas.

Nada más comenzar demostró un gran dominio de las lenguas, era amable con los clientes, conocía también varios platos típicos de su tierra que Ulani le permitió integrar en el menú y cocinaba la masa del pan mejor que ella. Se podría decir que Phhoung, con no más de veintiún años, realizaba el trabajo de dos camareras juntas. Era increíble la rapidez con la trabajaba y la energía que le seguía sobrando al final del día. 

Esa energía y vitalidad era lo que había enamorado a Ulani, su larga melena negra, su piel tostada y sus ojos algo rasgados completaban el resto. Sin olvidarnos de su metro setenta y ocho y de su sonrisa perfecta. Pero, a pesar de que Ulani se había enamorado, luchar por el corazón de Phhoung era una tarea muy complicada, basándonos en que a ella le gustaban los hombres, sobretodo Ariki.

Ulani pasó una temporada enfadada con su hermano, cuando éste no tenía la culpa de nada, hasta que Ariki comenzó a insinuarle a Phhoung que conocía a alguien que estaba enamorada de ella. La pobre se quedó de piedra al saber que era una mujer y no un hombre y que, por tanto, no era él el que sentía algo por ella. Tardó semanas en asimilarlo, hasta que comenzó a sentirse atraída por la idea de gustarle a alguien de su mismo sexo. Habló con Ariki y él concertó una cita con su hermana, a escondidas.

Cuando Ulani llegó a la playa y vio a Phhoung casi se muere del susto, no podía creer lo que había hecho su hermano. Y Phhoung no podía creer que fuese su jefa la que estaba enamorada de ella. Hablaron esa tarde de muchas cosas, pero nunca de sus sentimientos. Y así la tarde siguiente, y la otra, y la otra... Y pasó un año entero hasta que Ulani reunió las fuerzas suficientes para declararse: si Phhoung aceptaba sería inmensamente feliz, pero si la rechazaba, no podría seguir siendo ni su amiga ni su jefa y acabaría mandando a Phhoung a otro hotel vecino con una carta de recomendación.

Phhoung no sabía nada de eso, hubiese sido mucha presión para ella saber que si no aceptaba sería despedida. Así que Ulani preparó una cena en su casa, mandó a sus hermanos a casa de unos amigos e invitó a Phhoung. La joven camboyana se quedó un rato mirando a los ojos a Ulani antes de sonreír y decirle que sí.

Esa noche fue la más intensa de todas las que la pareja pasaron juntas, porque fue su primera vez. Phhoung ya había estado con un chico en Camboya, pero nunca con una mujer. Y Ulani, en cambio, estaba más nerviosa porque para ella todo eso sí que era nuevo. Pero fue fácil, solo tuvieron que hacer lo que les apeteció hacer.

Phhoung estaba tímida, cohibida al principio, pero acabó devorando el cuerpo de Ulani, mordisqueando por aquí y por allá. Ulani se dejaba hacer mientras imaginaba cómo sería lo siguiente. Y lo siguiente fue que abrió sus piernas para dejarle paso a una lengua insaciable. Al principio había miedo y verguenza, luego fue desaparenciendo y solo quedaron las ganas de amarse la una a la otra. Llegó el turno de Ulani y con sus dedos separó los labios de la vagina de Phhoung para introducir lentamente su lengua y probar por primera vez el sabor de una mujer.

Hasta bien entrada la madrugada estuvieron ambas reconociendo el cuerpo de la otra en la oscuridad, amándose y entregándose como nunca. No se cansaban, no podían cansarse porque la curiosidad se lo impedía. La curiosidad de saber cómo sabes en la boca de la otra persona, de saber dónde tocar para producir mayor placer, con qué intensidad o a qué velocidad.

Eran la pareja perfecta, la pareja ideal. Y mientras, en Polonia, Jarek acompañaba a su mejor amiga al aeropuerto y le deseaba suerte en la tarea de encontrar a Ulani. Luego, Jarek, casado con Yvette, una mujer finesa dos años menor que él, salió del aeropuerto hacia la casa de sus padres a recoger a su primogénito Igor y visitar a Yvette en el hospital, ya que acababa de dar a luz a su segundo hijo: Yves.

Tal y como Morelia había prometido dos años y medio atrás, la casa en Papeete estaba lista. Los muebles eran traídos de la isla y las maletas de ropa y recuerdos serían enviados por correo ordinario. Su trabajo como arquitecta en Polonia había sido un éxito y estaba embarcada en un nuevo proyecto de un rascacielos en Varsovia y la casa de un millonario en una isla caribeña. Todos los papeles del proyecto los llevaba consigo y tenía una habitación expresamente habilitada para su trabajo. Pero no podía comenzar y centrarse sin coger un barco, ir a Nuku Hiva y visitar a Ulani.

La ahora larga melena rubia de Morelia apareció frente a Ulani mientras estaba supervisando a sus camareras en el comedor. Hablaron, sintieron de nuevo aquella conexión, lo que se conoce como química, aquella atracción mutua y desenfrenada. Pero sí que tenía freno: Phhoung. El amor que sentía Ulani por aquella chica mayor que ella era increíblemente superior a cualquier atracción física.

A punto de cumplir los veinte, Ulani era la encargada de cocina de uno de los mayores hoteles de la Polinesia francesa, llevaba casi un año con Phhoung y estaba feliz viviendo en una casa más grande con sus hermanos, con su pareja y la pareja de Ariki, Mahuru. Morelia fue lo que la impulsó a contar su homosexualidad, lo que la hizo sentirse cómoda siendo quien es, su primer amor y su primer desamor, pues hacía mucho tiempo que había dejado de soñar con ella para pasar a soñar con la mujer que tenía a su lado cada noche. 

Así que Morelia regresó a Papeete, terminó sus proyectos, se volvió millonaria gracias al rascacielos y a la casa del Caribe. Regresó sola a Polonia para conocer al tercer y último hijo de Jarek, una niña llamada Anahita, de la cuál era sería la madrina. Y sola también regresó a Papeete para vender su casa y comprarse otra en las afueras de Londres. Y fue ahí, donde en un bar, conoció a Brittany, con la que años más tarde adoptó a un niño de origen africano llamado Emeka.

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