8 de noviembre de 2012

Coconut - III Capítulo: Visita

El sol comenzaba a salir como cada mañana y Ulani seguía en el agua bañándose entre la espuma de las olas y observando las siluetas de las palmeras sobre el agua. Descansaba su cuerpo sobre el agua y se relajaba cerrando los ojos y dejando que la corriente se la llevara y la volviera a traer con maestría. A lo lejos escuchó el motor de un barco y se puso alerta, muchas veces los barcos pasaban por esa playa con turistas. Pero este no era un barco de turistas, era un barco que venía de la capital Papeete con nativos de la isla.

El barco pasó de largo y se dirigió al puerto, pero ella no tenía ganas de irse de la playa, de desayunar y volverse a poner el uniforme de todas las mañanas, simplemente porque estaba todavía asimilando todo lo que había pasado la noche anterior en el comedor del hotel, en la habitación 206, en recepción con Ariki y luego en su casa con Hori, que también se enteró de su condición sexual gracias a la ayuda de Ariki. Había sido demasiado para una sola tarde, muchos sentimientos encontrados que llevaba años ocultando y que no sabía cómo manejar.

Un grito la sacó de sus pensamientos y se dio la vuelta. En la orilla vio a su hermano Hori llamándola con una sonrisa y diciendo que saliera corriendo del agua. Entonces llegó detrás Ariki. Y no tuvo más remedio que salir del agua para saber qué pasaba.

—Vas a llegar tarde al hotel e Inas se va a enfadar, ya sabes cómo es.
—Llevo siete años llegando puntual y siendo la mejor camarera, creo que merezco un descanso, ¿no?
—Pero si no avisas Inas no...
—¡Inas!, ¡Inas!, ¡Inas! Haga lo que haga esa mujer siempre se enfadará conmigo o con otra camarera "la sopa está demasiado caliente", "el pollo demasiado frío", "los platos no están bien limpios", "¿quién fue la inútil que dejó la bandeja de macarrones sin reponer?", y así siempre.
—Uli, ¿te encuentras bien?
—Perfectamente. Nunca me había sentido tan liberada... tan... yo. Y ahora quiero estar sola, por favor.
—Claro... diremos que estás enferma.
—No Hori, no digas nada. Si te preguntan no respondas, solo di que no sabes.
—Vámonos, Hori. Uli necesita estar sola hoy.
—Gracias, Ariki.

Ulani volvió al agua donde pasó unos treinta minutos más disfrutando del sol que empezaba a calentar su piel tostada, dejando que el agua moviera su larga melena negra como la noche y dejando que sus miedos se escaparan... volviendo a nacer. Pero como si el mundo se empeñara en no dejarla ser feliz ni un día, el cielo se volvió gris y el viento trajo consigo unas nubes negras que empezaron a soltar todo el agua en forma casi  de diluvio. El frío la hizo volver en sí, y salió a la orilla, quería estar sola y relajarse, pero tampoco quería enfermar. Así que decidió volver a casa.

Mientras tanto, Morelia hacía las maletas para regresar a Polonia a la mañana siguiente. Jarek había amanecido con resaca y estaba en el baño vomitando y quejándose del dolor de cabeza, pero al menos ya no estaba molesto con ella. Ahora la comprendía y había logrado empezar a perdonarla, con suerte en unos días volverían a ser amigos y a olvidar todo lo que pasó en Nuku Hiva. Esa mañana Morelia no paraba de recordar las palabras de Jarek sobre Ulani. Tenía ganas de saber qué quería esa joven camarera y de conocerla mejor, así que se dio prisa en bajar a desayunar dejando a Jarek solo con sus dolores.

Llegó al comedor, buscó una mesa, dejó su bolso en ella y se acercó a las bandejas de comida. Unas tostadas con mermelada, un zumo de naranja, leche con cereales, un café y una magdalena. Mientras cogía la comida miraba las puertas de la cocina abrirse y cerrarse e intentaba buscar a Ulani, pero no la encontraba. Fue a su mesa y desayunó lento, dándole tiempo a Ulani de salir de la cocina, de llegar de algún otro lado y aparecer. Pero nada, así que después de rellenar el zumo de naranja unas tres veces para hacer todavía más tiempo, la cola de huéspedes hambrientos empezó a impacientarse porque no tenían mesa y tuvo que irse.

La soledad de su casa la hacía sentir incómoda, como una extraña, pero a la vez le gustaba esa sensación de paz. Pero de nuevo el mundo quiso arruinarle su día perfecto y alguien llamó a la puerta.

—¿Kupe? —Ulani se quedó boquiabierta del susto.
—Hola, Ulani ¿cómo estás? —Kupe entró a la casa con una maleta enorme—. Espero que no te importe que me quede aquí unos días, ¿verdad? Estoy tan cansado, ¿me sirves un vaso de agua? —preguntó mientras se sentaba en una silla de mimbre—. Te noto desmejorada, ¿has comido bien Ulani mía? Mira que no quiero novias flacuchas, eh —Ulani seguía sin moverse—. Bueno, y mi vaso de agua... ¿para cuándo?
—¿Qué haces aquí, Kupe?
—¡Venir a visitarte!
—¿La última vez no te dejé bien claro que no quería saber nada de ti?
—La última vez estábamos todos un poco tensos, ¿no crees? He venido a darte otra oportunidad porque sé que, en el fondo, tú me quieres Ulani...
—Claro que te quiero, Kupe, pero bajo tierra... Vete de mi casa ya mismo o llamaré a la policía.
—Vamos Ulani, la policía no hará nada, ya les conoces... esos solo se preocupan de los turistas y a nosotros nos tratan como parias —Kupe tenía razón, además, si a los nativos los trataban como parias, a las mujeres mucho peor... por ser polinesias y por ser mujeres.
—No tengo ganas de discutir, es mejor que te vayas por las buenas Kupe o...
—¿O qué?
—O será Ariki el que te eche de aquí a patadas.
—¿Tu hermano? Pero si ellos me adoran...
—No, ya no. Hori sabe que te hiciste su amigo por puro interés y está dolido contigo desde entonces y Ariki me defendería con los ojos cerrados hasta de él mismo. Nos queremos, nos protegemos los unos a los otros y saben que no me caes nada bien, así que no tendrán problemas en echarte de aquí a patadas.
—Vale, supongamos que me echan... ¿sabes qué podría hacer si lo intentan?
—¿Qué?
—Mi familia es rica, Ulani... podría comprar esta mierda de chabola en la que vives, podría comprar la de tus vecinos y amigos, y dejarles en la calle. Podría hacer lo que me dé la gana, porque puedo.
—Mi abuela decía que la gente de mal corazón y pobre es capaz de hacer cosas terribles, pero que la gente de mal corazón y rica provoca catástrofes por mero orgullo.
—Pues tu abuela no se equivocaba, ahora, ¿me sirves un vaso de agua, preciosa?

Ulani se giró para ir a la cocina a buscar el vaso con agua y Kupe sonrió al verla con el bikini empapado y con el pelo mojado pegado a la espalda. Recordó la primera vez que la vio saliendo del mar una mañana que había ido con su padre a la playa. Ulani era mucho más pequeña, pero igual de bonita. Y desde entonces investigó hasta saber que era hermana de Hori y se hizo amigo suyo para estar más cerca de Ulani. Cuando regresó al verano siguiente, Ulani vivía en otra casa, trabajaba en el hotel y apenas pasaba tiempo en la playa. Salvo al alba, cuando todavía no había salido el sol y no tenía que ir a trabajar. Así que comenzó a acosarla cada mañana.

Pero ahora Kupe se había cansado de espiarla mientras se bañaba en el mar o recogía caracoles en la orilla, quería besarla y atraparla entre sus brazos. Y Ulani no se lo pondría fácil, no porque él no insistiera, sino porque solo la idea de acostarse con un hombre o, peor aún, con un hombre tan despreciable como Kupe, le provocaba náuseas.

Ulani volvió con el vaso de agua y Kupe la agarró del brazo para que se sentara a su lado. Ulani se sentó, pero no le miró, solo podía mirar la puerta deseando salir por ella y no volver al lado de Kupe. Pero él la agarró por la cara y le dio un beso en los labios, Ulani se resistió y tiró de su cuello hacia atrás, pero Kupe no la soltaba y la seguía besando con fuerza.

En ese momento llegó Ariki, empapado y sin camiseta. Abrió la puerta y se encontró de frente con su hermana y con Kupe.

Mientras tanto, en el hotel, Morelia pasaba el rato leyendo revistas en una de las mesas de recepción, ya que la lluvia le impedía bañarse en la piscina o pasear fuera del hotel para conocer Nuku Hiva. Jarek se había recuperado de su resaca y preparaba su maleta para irse de nuevo a Polonia a la mañana siguiente junto con Morelia. En ese momento Morelia volvió a recordar a Ulani. Morena, de estatura media, con el pelo largo y negro como la noche y los ojos almendrados y brillantes. Se quedó mirando la revista, pero sin leerla, pensando en ella y en cómo sería su vida.

—Llevas leyendo la misma página más de cinco minutos, ¿te encuentras bien? —dijo Jarek acercándose.
—Eh... sí —Morelia se acomodó en el asiento y dejó la revista sobre la mesa—. Pensaba en tonterías, ¿tú cómo sigues de la resaca?
—Apenas tengo, los medicamentos que me diste hicieron milagros.
—Me alegro... —Morelia bajó la mirada.
—Oye, ¿qué eran esas tonterías en las que pensabas? Te encuentro como triste... apagada.
—No sé, estoy un poco rara... lo siento —Morelia hizo el amago de levantarse.
—Morel —así la llamaba Jarek de vez en cuando— es normal que te sientas un poco incómoda después de confesarme algo que llevabas tanto tiempo ocultando. Y por mí puedes estar tranquila, viajaré mañana a Polonia solo y tú puedes quedarte aquí unos días más antes de volver con los conservadores de tus padres.
—No me lo recuerdes, ¿quieres? De solo imaginar que mis padres se puedan enterar de esto... se me pone la piel de gallina. Ellos nunca aceptarán que quiera a una mujer, nunca. Y si no me caso pronto con un hombre, comenzarán a sospechar... ya sabes cómo es nuestro pueblo.
—Nuestro país entero es así, solo en algunos lugares podrías hablar de tu homosexualidad con libertad, pero tendrías que estar constantemente alerta.
—Lo sé, ¿crees que no llevo toda mi vida en alerta?
—Oye, Morel... ¿desde cuándo sabes que eres... ya sabes, homosexual?
—Desde los trece... cuando conocí a una compañera de clase que se sentaba siempre a mi lado. Un día faltó a clase y la eché tanto de menos que me asusté. Luego comprendí el porqué.
—Te habías enamorado de ella...
—Totalmente. Fue mi primer amor y con quién descubrí mi homosexualidad. Pues, un día, éramos tan amigas, que quedamos en su casa y... cosas de niñas, dirían algunos... pero nos besamos.
—¿Qué ocurrió después?
—Que ella se lo tomó como un ensayo para luego besar al chico del que estaba enamorada y yo no. A mí me gustó, yo quería más. Desde entonces he estado ocultando mis verdaderos deseos.
—Aquí no tienes por qué hacerlo, Morelia. Aquí eres libre y nadie te conoce.
—¿Por cuánto tiempo?, ¿cuánto tiempo podré seguir aquí de vacaciones? Este hotel es muy caro y no puedo permitírmelo mucho más tiempo. Tendré que volver a casa y fingir como lo llevo haciendo siempre.
—No necesariamente... este lugar es caro, sí, pero podrías buscar otro país igual de lejano y más asequible a tu bolsillo. Buscar un trabajo con el que mantenerte y conocer a gente que te respete y valore tal y como eres y, quién sabe, quizá también a alguien que te ame.
—Suena bien —A Morelia se le dibujo una sonrisa en la cara.
—Piénsalo, yo voy al comedor que tengo mucha hambre.
—Yo ya he comido, gracias por hablar conmigo, Jarek.
—Siempre estaré para escucharte.

Jarek se levantó y Morelia lo siguió con la mirada hasta que se perdió entre la gente. Luego vio una melena negra con un delantal blanco que llegaba acompañada de un chico alto, moreno y atlético. Eran Ulani y Ariki. Su corazón se paró por unas milésimas de segundo del susto, de la emoción contenida, de la rabia y del dolor al verla con su novio... ella se había hecho ilusiones, ilusiones estúpidas pues esa camarera jamás se fijaría en ella. Pero Morelia estaba equivocada y Ulani la vio levantarse de la mesa y correr al ascensor.

2 comentarios:

  1. Vaya, me encanta la entrada! Que a Morelia le guste Ulani!

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  2. Y a mí me encanta que hayas leído Coconut!! Un besote ^^

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Hello, hello ~ Espero que tu comentario sea igual de picante que mi entrada.

¡Gracias!