11 de noviembre de 2012

Coconut - IV Capítulo: Decepciones

Ulani se separó de su hermano con discreción diciendo que tenía que ir al baño antes de ponerse a trabajar. Ariki no le prestó interés y también se alejó para ponerse a trabajar. Pero Ulani no quería ir al baño ni mucho menos, lo que buscaba era subir las escaleras del hotel hasta la segunda planta y llegar arriba antes que el ascensor, o por lo menos antes de que Morelia llegara a su habitación.

Abrió la puerta de las escaleras y comenzó su carrera, pero alguien la llamó desde abajo, una voz que le sonaba demasiado familiar: Inas. Ulani se giró, desesperanzada y enfadada con el mundo por no permitirle que pudiera hablar con Morelia, por lo menos una vez antes de que se marchara de nuevo a Polonia.

—Sí, Inas, ¿qué ocurre? —preguntó Ulani con un tono de voz calmado y seguro.
—¿Cómo que qué ocurre? Ha faltado esta mañana a trabajar, justo cuando más trabajo teníamos, he tenido que ponerme yo a reponer bandejas. Quién lo diría, la encargada convertida en una vulgar camarera.
—Qué rápido se te olvida que si has llegado a ser la encargada fue porque primero fuiste camarera durante más años que yo y mis compañeras juntos. Y siento si había mucha gente en el comedor, me encontraba mal esta mañana y he preferido quedarme en casa hasta recuperarme un poco.
—Podrías haber avisado, estábamos preocupados.
—De mis compañeras me lo creo, pero no digas estábamos si lo único que te preocupó fue tener que hacer de camarera unas horas. Y ahora, si me disculpas, tengo que ir a hablar con mi hermano Hori antes de volver al trabajo.
—No puedes, tenemos prisa. Hay que reponer todas las bandejas del almuerzo.
—Pero...
—He dicho que no puedes, vamos date prisa.
—Sí, Inas.

Ulani caminó detrás de Inas hasta la cocina y, al pasar por delante del comedor, Jarek pudo fijarse en ella y reconocerla. Pero Ulani no lo vio. Siguió caminando y saludó a sus compañeras antes de ponerse a fregar platos, freír, moler, picar, rallar y cortar comida. Sus manos no pararon de trabajar para compensar a sus amigas por haber faltado esa mañana y para tener más tiempo libre al final del día y poder subir a la habitación de Morelia.

Se quedó sin aliento después de amasar, lo recuperó asomando la cabeza unos segundos por la ventana y volvió con la masa del pan. La harina se le metía bajo las uñas, se le pegaba a la ropa y al pelo, y, de vez en cuando, por la nariz. Haciéndola estornudar a cada rato. Odiaba preparar el pan, igual que lo odiaban sus compañeras, pero hoy le tocó a ella. Le dio forma a la mesa cuando estuvo preparada y luego la metió en el horno. En total, más de cien panecillos. Algunos se comerían hoy, otros habría que volvernos a meter al horno para tostarlos y rallarlos al día siguiente.

Se lavó las manos antes de empezar a preparar flanes y postres variados, miró el reloj y vio que solo le quedaban unos minutos para salir de aquel infierno. Cuando volvió a levantar la vista, una compañera apareció con los platos que quedaban por fregar de la cena. Inas se acercó y le pidió a Ulani que lo hiciera, que el frío del agua al fregar los platos la despertaría y que para hablar con Hori ya tendría tiempo en su casa, que para algo eran hermanos y vivían juntos. Ulani se mordió la lengua deseando decirle todo lo que pensaba, pero se controló y lavó los platos sin rechistar. Cuando acabó con todo se tocó las manos y se dio cuenta de que no las sentía, las tenía tan congeladas que era incapaz de hacer algo más.

Estaba sola en la cocina, así que dejó el delantal manchado de harina, mojado del agua y del jabón de los platos sobre la mesa y corrió hacia el ascensor. Se arregló el pelo en el espejo y se dio cuenta de que no había comido nada en todo el día.

Cuando llegó a la segunda planta, se acercó a la habitación 206 y se lo pensó unos minutos antes de tocar la puerta. Finalmente lo hizo y abrió la guapísima Morelia con la cara desencajada al ver que no era Jarek el que tocaba la puerta, sino la joven y guapa camarera que la había atendido...

—H-hola —saludó Morelia.
—Hola, soy Ulani, hace dos noches te serví la cena a ti y a tu amigo y... bueno, escuché todo lo que hablasteis.
—Pasa —Morelia se apartó de la puerta y la cerro cuando Ulani hubo entrado— ¿Cómo pudiste entendernos si hablábamos polaco? —Morelia hablaba ahora en inglés.
—Porque he estudiado varias lenguas europeas usando los libros de una pequeña biblioteca del hotel y... luego practico con los clientes y aprendo mucho más.
—Vaya, pues siento que hayas tenido que escucharlo todo... fue una conversación muy embarazosa.
—Lo sé, por eso estoy aquí.
—Explícate, no lo entiendo.
—Lo último que le dijiste a tu amigo, antes de salir corriendo, quería preguntarte sobre eso.
—¿Qué eres? Una cotilla, una chismosa, ¿es eso?
—¡No! Verás, yo... es que...
—No tengo toda la noche, me gustaría terminar de preparar mi equipaje, si no es mucha molestia.
—¿Cuándo te vas?
—Mañana a primera hora, ¿por qué me lo preguntas?, ¿qué importancia tiene eso para ti?, y ¿qué querías el otro día cuando viniste a buscarme a mi habitación y mi amigo te dijo que no estaba?
—Solo quería hablar contigo... —Ulani tenía la voz apagada, estaba intimidada.
—Pues ahora puedes hablar...
—Yo... yo soy como tú.
—¿Cómo yo?
—Sí, como eso que le dijiste a tu amigo...
—¿Pero qué dices? Si te he visto llegar esta tarde del brazo de tu novio o amiguito —pronunció esta última palabra como un reproche a la pobre Ulani.
—¿Con Ariki?
—Como se llame ese musculitos sin camisa...
—No es un musculitos sin camisa, se llama Ariki y es mi hermano mayor —a Morelia le cambió la expresión de la cara.
—¿Tu hermano mayor?, ¿de verdad?
—Sí.
—Lo siento, no sabía nada. Siéntate —Morelia le ofreció asiento en el sofá del salón— ¿qué querías hablar conmigo, Ulani? —A Ulani le sorprendió que recordase su nombre—. Me dejaste intrigada.
—Ni yo misma lo sé, estaba confundida... mis hermanos no sabían nada sobre... ya sabes qué... hasta hace muy poco y estaba angustiada y preocupada porque no sabía cómo se lo iban a tomar.
—¿Y cómo se lo han tomado?
—Bien, Ariki un poco sorprendido al principio, pero mi hermano pequeño Hori se lo ha tomado bien. Ni siquiera estoy segura de si sabe lo que significa, es pequeño, solo tiene trece años.
—¿Y tú qué edad tienes?
—Diecisiete —Ulani agachó la cabeza avergonzada.
—Bueno, yo tengo veintitrés —en ese momento se oyó abrirse la puerta de la habitación y Ulani se levantó de inmediato.

Era Jarek que acababa de subir de ver las estrellas tumbado en una hamaca aprovechando que la lluvía había parado. Ulani pasó por su lado y se despidió de ambos antes de salir corriendo del hotel para ir a su casa a contarle a sus hermanos lo que había pasado, emocionada y feliz, antes de acordarse de que Kupe seguía allí, como una molesta pulga. Y antes de recordar también que Morelia partiría a la mañana siguiente.

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