14 de julio de 2013

Los Amantes de Azahara III

¡He vuelto! Hacía tiempo que no publicaba por aquí y echaba de menos escribir una de estas historias.

[Los amantes de Azahara]

Sinopsis:

Azahara es una mujer libre e independiente que se ve a sí misma como una femme fatale, pero incluso las femme fatale tienen su lado sensible.

¡Muchas gracias por leerme!
¡No te olvides de comentar si te ha gustado o no!

3 de mayo de 2013

R.O.D - Capítulo IV: Actitud

Mi primera vez fue con un hombre llamado Miguel. Recuerdo que la tarde en la que llegué a mi habitación después de un largo día en la universidad, escuché los jadeos de Malva, una chica recién llegada que estaba bajo la tutela de Fabiola, y que alguien tocó la puerta de mi habitación. Era Juncal.

—Supongo que has tenido tiempo esta última semana para decidir si quieres ser una más de nosotras o no...
—Sí, lo tengo decidido.
—¿Y bien?
—Me ganaré la vida trabajando aquí —la expresión de Juncal cambió, no era decepción ni disgusto, pero ella esperaba para mí un futuro diferente, una vida diferente a la que ella había llevado.

Tampoco se puede decir que la vida de Juncal haya sido mala, tampoco buena. De joven tenía pocos clientes, a pesar de su hermosa melena negra, de sus exuberantes pechos y de su acento valenciano. Pero cambió con la norma impuesta por Vega y pasó a ser una mujer aún más atractiva, salía a cenar con algunos clientes y conocía a hombres interesantes de los que podía permitirse el lujo de enamorarse si lo hubiera querido. 

Se levantó de mi cama y se dirigió a la puerta, antes de salir volvió a mirarme una vez más y luego la oí alejarse.

Me di una ducha de agua caliente y afeité mis piernas con unas cuchillas de hombre. Mientras repasaba mis ingles, volví a escuchar los jadeos de Malva, nuevo cliente por lo que supuse. Era una mujer bastante bella esta Malva... tenía una melena rubia ondulada y larga, rondaba el metro ochenta, estaba delgada pero tenía unos buenos pechos, los ojos eran color verde intenso y los labios carnosos y rosados. Me hacía sentir extraña cada vez que la veía, como si deseara verla desnuda y acariciar esa piel pálida todo el día, algo que solo había sentido con un hombre en toda mi vida.

A mis dieciocho años ya había perdido la virginidad y me había acostado varias veces con un amigo del instituto en su apartamento. Él era un niño de papá con apartamento en un edificio residencial bastante conocido en la ciudad que podía tener a cuántas chicas quisiera, pero me quiso a mí y yo lo quise a él. Me gusta pensar que me enamoré pero que no funcionó. Aunque la verdad es que ninguno de los dos estaba realmente conectado a nivel emocional con el otro.

Salí de la ducha con una toalla azul atada al pecho y que llegaba hasta las rodillas, entonces alguien volvió a tocar mi puerta, esta vez era Fabiola.

—En media hora tienes tu primera cita con Miguel, ¿estás preparada?
—Sí, ¿qué habitación?
—La quince.
—Vale, gracias.

Mis conversaciones con Fabiola eran así de cortas, igual que con Marianela, pero no eran malas personas, siempre las consideré mujeres muy admirables.

Me puse un corsé negro, unas ligas a juego para asegurar las medias y un picardías rojo. Encima de todo eso me puse un albornoz y bajé a la habitación quince donde me quité el albornoz y me tumbé sobre la cama para esperar a Miguel. 

La habitación estaba iluminada levemente por una lámpara en una mesita de noche, las gruesas cortinas de color violeta no dejaban entrar los rayos de luz, la cama tenía unas sábanas finas y con olor a recién lavadas, todo era extraño en esa habitación y me comencé a sentir un poco nerviosa e incómoda, pero entonces apareció Miguel. Alto, corpulento, de unos treinta y largos, frente amplia, ojos pequeños, nariz grande y labios gruesos... se sentó en el borde de la cama y yo me puse delante para que contemplara como iba vestida. Me observó un rato, mantuvo la mirada en mi cara, en mis pechos y en mi cuello... le gustaba que fuese tan pálida y me acariciaba lentamente hasta que me cansé de esperar a que tomara la iniciativa y me quité el picardías, dejando que cayera al suelo resbalando por mis piernas. Entonces Miguel bajó la cremallera del corsé y dejó al descubierto todo mi cuerpo. Me tumbé sobre él y comencé a desnudarle yo también.

Agradecí la poca iluminación porque lo último que quería ver era aquel cuerpo sudoroso y peludo jadeando sobre mí y gruñendo en mi oído cual puerco en celo. También agradecí que fuera eyaculador precoz y que todo aquello hubiera acabado. Se quedó acostado a mi lado mirando fijamente el techo, luego se levantó, se fue al baño y salió vestido y con mi dinero en una mano.

La noche cayó rápidamente y después de haberme vuelto a duchar, me senté en los pies de la cama, mirando por la ventana las luces de los edificios a lo lejos. Entonces me acordé de aquellos edificios en los que quería vivir con mi madre cuando era pequeña, me levanté y allí estaban. Pintados de color teja, con las ventanas en aluminio blanco y un portal normal y corriente. Miré detenidamente cada una de las ventanas y jugué a imaginarme cómo hubiese sido mi vida si aquel día, el día en el que murió Bob Marley, aquél hombre no me hubiese visto. Probablemente mi madre hubiera conseguido pagar la entrada de la casa y nos hubiésemos mudado allí, probablemente yo hubiera ido a un colegio público y haber hecho amigos y amigas que, a lo mejor, todavía conservaría y probablemente mi madre también seguiría siendo una prostituta, así que al final, la historia no acabó tan mal para ninguna de las dos. Solo añoraba mi infancia, que por muy dura que fuera, me enseñó muchas cosas de la vida y me abrió los ojos a otras maneras de vivir, a otro concepto de la felicidad, de la familia o de la amistad. Me enseñó valores que aún guardo y quizá sea eso lo que recuerdo cuando miro los edificios, el local de Rosas, oro y diamantes o el almacén tapado con unas cortinas donde pasé horas y horas encerrada intentando averiguar lo que pasaba a mi alrededor.

De pronto escuché unos pasos, se acercaban a mi habitación. Era Juncal.

—Miguel nos ha dejado propina, nunca lo había hecho, ¿qué ha pasado?
—Supongo que le ha gustado...
—¿Quieres hablar de ello?
—No sabría qué decir —suspiré— no fue fácil acostarme con un desconocido que encima no me gustaba para nada, pero tampoco fue muy difícil... todo estaba oscuro y no tardó mucho... ya sabes...
—Recuerdo que en mi primera vez lloré muchísimo y salí corriendo. Vega fue la que me ayudó, por ese entonces yo tenía tu edad.
—No era mi primera vez...
—Tampoco era la mía, me refiero a la primera vez que lo haces por dinero. Me sentía diferente, no era yo, era otra viviendo en mi cuerpo y me asusté, tenía miedo de convertirme en lo que soy. Yo era dulce, ingenua, tenía planes de futuro como actriz, ¿sabes? Pero fracasé, me quedé sin nada y me dio vergüenza regresar a mi casa con los bolsillos vacíos, así que descubrí este sitio y pensé que podría ganarme un dinero para volver y decir que había triunfado. Para que mi familia no me viera como una fracasada.
—¿Y qué pasó?
—Pasó que nunca ganaba lo suficiente para volver, mandaba algunas pesetas a mis padres y otras apenas me daban para comer, seguía buscando trabajo como actriz, pero nadie me quiso... así que un día me resigné, acepté lo que me había tocado y aprendí a vivir con ello. Poco a poco y con la amistad de Vega, logré hacer de mi trabajo algo divertido. A los pocos meses llegaste tú y tu madre fue otro apoyo en mi vida...
—¿Mi madre sabía todo esto?
—No, no necesitó oírlo para saberlo, pero como ya te dije, cambié mi actitud y me hizo ver mi trabajo de otra manera. Eso contagió a tu madre y también la ayudó en el tiempo que estuvo aquí. Pero veo que a ti no te hace falta ese consejo... —Juncal me sonrió y dio media vuelta para irse, pero la paré.
—¿Alguna vez deja de darte asco?
—No, pero aprendes a vivir con ello.

El momento de la penetración había sido raro, lo más difícil de aguantar. Sentí muchísimo asco, me sentí exactamente como Juncal describió, pero era demasiado orgullosa para reconocerlo y seguí mirando por la ventana cuando cerró la puerta. Pasé parte de la noche observando las luces y preguntándome el porqué lo había hecho, no sentía necesidad económica para recurrir a esto, mi padre me pagaba la carrera y también podía hacerlo con la residencia de estudiantes, incluso un piso para mí sola... entonces volví a recordar a Vega, a mi madre, a Chelo con Paquito, a Merenguita, a todo lo bonito que aquí pasé y me di cuenta de que intentaba recrear todo eso de nuevo, a pesar de los años que habían pasado.

Pero como Juncal había dicho, la actitud que ella tomó ante su trabajo fue lo que hizo que comenzara a sentirse cómoda con él. La actitud lo cambia todo. Así que me propuse cambiar la mía antes de mi segundo encuentro con un nuevo cliente: Gustavo.

Pedí que fuese de nuevo en la habitación quince, esta vez abrí las cortinas, apagué la luz de la mesilla de noche y dejé que la luz natural inundara la habitación. Estiré las sábanas y eché un poco de perfume por ellas para que olieran bien cuando nos tumbáramos, esta vez me vestí con menos cosas, solo llevaba un sujetador de encaje blanco y unas bragas a juego. Esperé unos minutos a Gustavo mientras daba vueltas por la habitación, nerviosa y excitada por saber cómo era mi nuevo cliente y cómo me comportaría ante él.

Entró por la puerta y me sorprendí a mí misma sonriendo y dándole la bienvenida. Le invité a sentarse en la cama, le pregunté su nombre a pesar de saberlo y charlamos un poco para quitar la tensión del momento, para que surgiera como algo natural y no como un "intercambio". Se le notó más relajado cuando le desnudé y comencé a decirle que me gustaba su cuerpo, el color blanco de su piel en contraste con el moreno de su cara y sus brazos, deduje que trabajaba al sol. Era un obrero, de treinta y siete, divorciado y con dos hijas, de las afueras de Madrid y con acento gallego.

Después de charlar, llegó el momento de tumbarnos sobre la cama, nos pusimos cómodos y yo me senté sobre él. Me froté un poco con su pene antes de introducirlo, esta vez no fue tan incómoda como la anterior, recordé lo de la actitud y comencé a cabalgarle, lentamente y con pasión. Gustavo cerraba los ojos y gemía de placer mientras yo le seguía montando. Una media hora más tarde, tenía dolor en la espalda y en los muslos, había aumentado la velocidad y Gustavo había terminado con una sonrisa de satisfacción en la cara.

Estaba comprobado, el consejo de Juncal había funcionado y ahora que me había tomado tantas molestias en este trabajo, no pensaba dejarlo tan fácilmente. Mi siguiente cliente sería otro hombre, al día siguiente.

26 de abril de 2013

R.O.D - Capítulo III: Madurez

Una de tantas mañanas, me desperté con la noticia de que un cantante llamado Bob Marley había muerto, por lo visto uno de los hombres que frecuentaba el local, había sido un gran fan del jamaicano. Mi madre tuvo que consolarlo, y no precisamente con palabras, el hombre pidió sus servicios y mientras ella se apuntaba en la lista, yo aparecí por el pasillo que comunicaba las habitaciones. Había salido del baño tras lavarme los dientes y lo menos que esperaba era que apareciera alguien tan temprano por allí.

Sin tiempo a esconderme, el hombre miró asombrado a mi madre y bajó las escaleras corriendo. Gritó a Vega, que secaba con un trapo los vasos y los colocaba de vuelta en su sitio. La señaló con el dedo y comenzó a amenazar a todo el mundo y a decir que estábamos locas. Enseguida todas, incluida yo, entendimos que aquel hombre pensaba que yo era una prostituta más. Se había producido lo que mi madre más temía y era hora de explicarle a aquél hombre quién era yo y por qué estaba ahí siendo aquel lugar lo que era. Pero no hay peor ciego que el que no quiere ver, y aquél hombre se negó a escuchar lo que él calificó de excusas. Se fue de allí soltando una última amenaza más: que llamaría a la Guardia Civil.

Y así lo hizo, según la carta que recibimos de Vega. Pero para entonces mi madre y yo ya no estábamos, ni nuestras cosas. Desaparecimos y no volvimos a mirar atrás. Fue una época dura la de volver a Burgos, pero me reencontré con mi padre, conocí a mi hermano David y mi madre, con el dinero reunido en Madrid, compró un piso para las dos.

El cambio fue raro, una parte de mí se había habituado tanto a aquel almacén que ahora lo echaba de menos. En mi maleta solo tenía unos vestidos, mi camisón amarillo hecho por las chicas, mi sujetador de tela, mi Merenguita y la carta de mi padre junto con unas monedas que Chelo me había dado antes de partir.

Rosas, oro y diamantes pasó a ser lo único que tenía en la cabeza. Gracias al dinero de mi padre que conseguía trabajando hasta tarde, regresé al colegio. Curiosamente, no necesité estudiar demasiado, enseguida aprendía el temario y bordaba los exámenes sacando buenas notas y enorgulleciendo a mis padres. Pero cada noche, escribía en mi diario (regalo de mi padre por mi cumpleaños) cada una de las cosas que viví en aquel local de Almendros y que me han servido como desahogo y escape. Ya que, a pesar de haber vivido dentro de un almacén sin poder salir a ninguna hora, a pesar de las necesidades que viví y a pesar de saber el trabajo que allí realizaba mi madre... echaba de menos aquel lugar, quizá porque allí maduré y me hice la mujercita de la que mi padre hablaba orgulloso en su carta. Allí conocí cosas que desearía no haber conocido.

Desde la inocencia de una niña parece que todo es color de rosa, pero un día, te estampas contra la realidad y descubres que todo era color de rosa porque vivías bajo el amparo de unos padres que así te hacían ver el mundo. Unos nacen sin ese amparo y desde que aprenden a caminar, aprenden también a sobrevivir. Otros, tienen la suerte o la desgracia de no salir nunca de ese amparo y, otros, como yo, descubren la verdad a través de unas cortinas del almacén de un prostíbulo.

Pero los meses pasaron, con ellos lo que quedaba de mi infancia, aprobaba mis asignaturas y pasaba al siguiente curso en un abrir y cerrar de ojos. Mi hermano David aprendió su primera palabra, y para disgusto de Andrea, no fue ni mamá ni papá, sino tata. Yendo cada tarde a visitarles me gané el cariño de aquel niño que había heredado el cabello castaño de Andrea, pero los ojos entre verdes y grises de mi padre. Mi relación con mi padre también mejoró y descubrí, sin necesidad de preguntar, que todavía guardaba un gran cariño hacia mi madre, pero no amor. Eso fue como una puñalada, pero no sabía qué esperaba, si él ya estaba casado y había formado otra familia...

Por otra parte, mi madre seguía trabajando como cajera de supermercado. Desde que sabía leer y escribir, sus posibilidades habían aumentado y era capaz de hacer trabajos con los que antes solo podía soñar. Ganaba poco, pero lo justo para mantenernos e ir pagando la hipoteca religiosamente cada mes.

De pronto, sin ser consciente de nada, había terminado mis estudios y hasta tenía delante la posibilidad de hacer una carrera. No sabía cómo, pero el año en el que cumplí los dieciocho y se inició una nueva década en la historia, fue el año en el que fui libre para decidir mi camino. Nunca había sentido tanta responsabilidad, el peso de mi decisión era gigante, pero la tuve clara en cuanto abrí el armario en busca de un abrigo y encontré aquel diario que años atrás había terminado de escribir y había escondido con las esperanzas de releerlo para no olvidarme de que, de algún modo, tenía una deuda pendiente con Rosas, oro y diamantes. Ya que, de no ser por mí, nada de lo que pasó habría pasado jamás.

Mi decisión fue irme a estudiar Derecho a Madrid, y aunque Burgos tenía una buena universidad, Madrid me atraía más y logré convencer y engañar a mis padres de mis razones. Lo cierto es que la única razón, era volver al burdel que me transformó en la mujer que soy ahora.

Llegué a Madrid en tren y lo primero que hice fue ir a la Universidad para registrarme y comenzar a descubrir Madrid, sus calles y su gente. Pero en realidad poco me importaba eso, en aquellos momentos lo que sentía eran unos nervios enormes apoderándose de mi estómago a cada paso que daba, sentía un sudor frío por la espalda y calor en las mejillas. Seguía caminando y encontré el barrio de Almendros, más edificado, con muchísima más gente paseando por sus calles de las que recordaba, había incluso zonas verdes con parques para niños, tiendas de ropa, bares y restaurantes y hasta un pequeño hotel de dos estrellas.

Pero no encontraba la calle que buscaba, la recordaba ancha, sin edificios alrededor y desierta. ¿Cómo se supone que iba a encontrarlo?, ¿preguntando a los vecinos? Descarté esa idea enseguida y seguí caminando ahora sin rumbo. Me senté en uno de esos bonitos parques y me dediqué a mirar a los niños jugar en la arena...

De pronto una voz llamó mi atención, me giré y observé la espalda de una mujer que corría detrás de su hijo que casi cruza la calle solo. La mujer le reprendió y sus palabras me sonaron muy familiares, demasiado. Esperé a que la mujer regresara al parque con su hijo para volver a mirarla, cuando lo hice me llevé una sorpresa, era Chelo. De todas las mujeres del local, de todas las que allí trabajan, Chelo era la más guapa y también la más enamoradiza y sensible que conocí. Recuerdo todavía las lágrimas que le vi limpiarse tras las cortinas del almacén pensando que nadie la veía cuando Paquito regresó. Por eso si me hubieran preguntado cuál de todas las chicas de Rosa, oro y diamantes había sido madre, la última en la que habría pensado sería en Chelo.

Me levanté y me acerqué poco a poco, ella no me veía porque estaba ocupada limpiándole la arena de las manos su hijo con una toallita húmeda. El niño sonrió al verme y Chelo giró la cabeza. Intercambiamos miradas y sonreí pensando que me reconocería, pero no fue así, lo cierto es que yo había cambiado mucho. Pasé de tener un pelo rubio y rizado a tenerlo castaño oscuro y liso, mis ojos se ocultaban tras unas gafas de sol negras y obviamente mi cuerpo era el de una chica joven y no el de una niña.

Me levanté las gafas y las puse a modo de diadema sin dejar de mirar a Chelo que se había incomodado. Así que antes de que se levantara y comenzara a correr, le dije mi nombre. Su mirada cambió, sus ojos se iluminaron y se levantó a darme un abrazo.

—Siempre supe que serías una mujercita preciosa, ¿cómo está tu madre?
—Bien, consiguió un trabajo en un supermercado y vivimos de nuevo en nuestra ciudad. Ahora estoy en la Universidad estudiando Derecho.
—¡Vaya! Sí que has crecido eh... ¿cuántos años han pasado ya?
—Diez. Han pasando diez años, ahora tengo dieciocho.
—¡Cuántas cosas no han pasado en estos años!
—Sí, eso parece —miré al pequeño.
—Ahh... sí... este es mi hijo, se llama Sergio y tiene 3 años y medio.

Saludé al pequeño y comencé a caminar al lado de Chelo mientras hablábamos, descubrí que el padre de Sergio había sido un cliente del local que nunca supo nada del embarazo porque nunca volvió, Chelo ni siquiera se acuerda si se llamaba Ramiro o Ramón, así que decidió criar al niño sola, con la ayuda de las chicas.

Mientras caminábamos hacia el local, también descubrí que Juncal era la nueva dueña tras la muerte de Vega. Vega, a quién tenía especial interés en ver porque sentía que le debía una disculpa, había muerto de cáncer cuatro años después de mi partida. Olga había abandonado la profesión al enamorarse de un hombre mayor que ella que la llevó a conocer Europa. Me alegré por ella, era una mujer bella, aunque no más que las chicas que trabajan ahí hacía diez años, pero también tenía un buen corazón y me gustaba saber que había conseguido ser feliz. Fabiola, Maica y Marianela seguían trabajando allí a pesar de sus treinta años, regentaban el negocio ayudando a Juncal y buscaban chicas nuevas y jóvenes para jubilarse pronto e irse en busca del amor con la esperanza de acabar como Olga.

Llegamos al local y no lo reconocí, Vega había comprado un nuevo local justo al lado antes de morir y cuando Juncal pasó a ser la jefa, decidió tirar la pared abajo y unir ambos locales en uno. Así, nada más entrar había una sala con mesas donde las chicas servían las bebidas y los hombres jugaban a las cartas, una amplia barra de bar tapaba las piernas de Juncal que pasaba las horas haciendo cuentas en su cuaderno y tecleando en el ordenador los horarios de las chicas, cumpliendo así con la norma que Vega impuso diez años atrás. A la izquierda, las escaleras que comunicaban con el segundo piso habían sido remodeladas y ahora estaban ocultas a simple vista, dando intimidad a los hombres que subían y bajaban continuamente. El nuevo local tenía más y más grandes habitaciones y también unos baños que eran para los hombres y no para las chicas, con ducha incluida.

Nada más entrar Chelo me presentó y recibí un abrazo muy sincero y cariñoso por parte de Juncal, quién siempre había cuidado bien de mi madre. Fabiola y Marianela fueron menos efusivas porque con ellas apenas tuve contacto de pequeña, pero Maica me dio dos besos y un abrazo cargado de cariño, igual que  lo habían hecho Chelo y Juncal.

Nos sentamos y hablamos sobre mi madre, sobre mi hermanito, sobre Burgos, sobre la Universidad, sobre las asignaturas que tendría, sobre los chicos que había en mi vida y sobre Vega... esa parte fue la más dolorosa. Recordaba a esa mujer con mucho cariño, era fuerte y parecía que nadie podía doblegarla, tenía sentido del humor y a la vez era estricta y orgullosa. Era la mujer que siempre quise ser. Y para las chicas, hablar de ella también resultaba difícil, pero no cambiamos de tema y seguimos recordándola hasta bien entrada la madrugada. Sergio estaba dormido y había poca actividad esa noche.

Subí a mi habitación que estaba dentro del segundo local que Vega había comprado, estaba pintada de amarilla, tenía un armario de madera de roble muy bonito, una cama de matrimonio con una colcha anaranjada y una mesita de noche con una lámpara de tela blanca como las que había en las demás habitaciones. Una ventana por la que entraba una luz natural que iluminaba toda la estancia con unas cortinas del mismo color que la colcha de la cama, y un espacio en una pared ideal para colocar un escritorio. Ya que esa noche decidí que esa sería mi habitación y prostituta mi profesión. Ni con orgullo ni con vergüenza, lo llevé con dignidad y sentí que así pagaba mi deuda con Rosas, oro y diamantes y con Vega, que en paz descanse.

4 de enero de 2013

R.O.D - Capítulo II: Norma

Aquella mañana y el día en general, Maica y Chelo lo pasaron intercambiando miradas de odio. Yo no pude verlo, estaba en el almacén desde que terminamos de desayunar, pero sí pude oír cómo Olga ponía al corriente de lo ocurrido a Juncal.

—Que lo que pasa es que Maica está celosa, pero no es por Paquito.
—Pues no lo entiendo, ¿Maica está enamorada de Paquito o no?
—¡No!
—¿Entonces por qué la pelea de esta mañana?
—Porque ayer Paquito se le declaró a Maica con poema y flores, menudo golfo. Maica pensaba que por fin tendría un cliente habitual, ya sabes... doña Carmita presume a todas horas de su herencia, y a Maica se le pusieron los ojillos como los de un niño el día de Reyes.
—Ya entiendo, y luego va el Paquito y se encama con Chelo, que por si fuera poco, recibe clientes a diestro y siniestro.

Siniestra sí que fue la pelea de aquella mañana, hasta mi madre tuvo que intervenir para calmar las aguas, porque si fuera por Maica... ahora mismo Chelo no tendría ni pelos, ni cabeza. Y es que, me imagino, que para Maica, al igual que para Juncal y Olga, tiene que ser duro que tus únicos clientes sean unos babosos que Chelo, Fabiola y Marianela, se permiten el lujo de no atender. Y para uno que la pobre pensaba que ya era solo suyo, va y descubre que ni tanto así, que el canalla del Paquito ni enamorado ni hostias. Pero claro, tampoco podemos culpar a Chelo, porque ella no sabía nada de los sentimientos que Paquito decía tener, ni tampoco de tener esa belleza tan exótica que vuelve locos a todos los hombres.

Pero no nos engañemos, que la belleza sevillana de Chelo resulte tan atractiva en aquel pueblucho madrileño llamado Almendros, no significa que las otras chicas no fueran igual de guapas. Marianela, por su parte, también tenía un acento andaluz muy acentuado, concretamente ella era malagueña, y no contaba con más de veintidós años. Fabiola venía de Vigo y también tendría entre veintidós y veintitrés años, pero su belleza era de lo más corriente: ojos marrones, pelo castaño, altura media y delgada; pero por lo visto, ser amiga de Chelo y Marianela le ofrecía ese status que le permitía cautivar a cualquier hombre.

Por otra parte, las chicas 'menos privilegiadas', también eran bastante atractivas, aunque mucho más delgadas, y solían vestir con ropas de los sesenta heredadas de sus abuelas o madres. De las tres, la más bella era Juncal, venía de Valencia, tenía los ojos tan negros que no se distinguía el iris de la pupila, eso lo averigüé un día que se acercó mucho a mí para reprenderme por salir del almacén, el pelo lo tenía ondulado y azabache, aunque siempre lo llevaba recogido y de su cuerpo, resaltaban sus pechos que ella pronunciaba con grandes escotes. Maica era extremeña, tenía el pelo castaño, un castaño mucho más claro que el de Fabiola y la melena por los hombros, sus ojos eran color miel, era una de las más altas y delgadas y sus labios permanecían siempre carnosos, aunque pasara épocas comiendo mal y poco. Olga era la mayor, obviamente no mayor que Vega, tenía veintisiete, venía del mismo Madrid, concretamente de Getafe y también era morena, de ojos marrones y de lo más corriente.

Mientras jugaba con mi Merenguita, Vega hablaba con Chelo y con Maica, y aunque, no se le estaba permitido (no existía tal regla, pero ella se las autoimponía todas) Vega se puso de lado de Maica.

—Pero Vega, es mi trabajo, ¿qué hubieses hecho tú en mi lugar? —decía Chelo enredando sus dedos con nerviosismo.
—Lo entiendo, Chelo, cálmate. Pero también entiendo a Maica y creo que tiene razón. Durante mucho tiempo has gozado de privilegios y libertades que otras de las chicas que aquí trabajan, se han visto obligadas a renunciar por no querer poner las cartas sobre la mesa y hablar con claridad.
—¿De qué cartas hablas? No te entiendo —seguía preguntado Chelo, esta vez con los brazos en jarra.
—Pues, que tus compañeras tenían que haber venido a hablar conmigo y a quejarse de está situación. ¿O es que creéis que no me doy cuenta de que aquí los hombres hacen cola para verte a ti, a Marianela o a Fabiola, mientras el resto intenta seducirles sin éxito?
—¿Entonces qué propone? —se atrevió a preguntar Maica respetando el usted que se le debe a quién te supera en edad, en experiencia y que encima es tu jefa.
—Pues hacer una lista. Cada día, una lista nueva. Se colgará en la pared e indicará a los hombres que lleguen, cuánto tiempo queda para que la chica que quieren esté libre. Y lo más interesante es que habrá un límite, ninguna podrá atender a más de 9 hombres al día.
—¿Qué? —se rebeló Marianela con el ceño fruncido.
—Lo que oyes. Si otro hombre quiere ver a alguna de vosotras que ya ha estado con 9 hombres, ese hombre tendrá que esperar a mañana o conformarse con otra de vosotras que todavía no haya llegado al límite. ¿Está claro?
—Clarísimo —dijo Olga con una sonrisa de autosuficiencia, ya que, quizás por ser la mayor, era la que menos hombres recibía, no al día sino al mes. La nueva regla rompería eso para siempre.

Las chicas se miraron las unas a las otras, entre ellas, mi madre, que tenía problemas al atender a ciertos hombres. Pero no porque fuera mayor, mi madre tenía veintiséis (me había tenido a mí al cumplir su mayoría de edad) y pronto cumpliría la misma edad que Olga, pero ese no era el problema, el problema eran los escrúpulos. Mi madre nunca me lo contó, soy su hija y como tal, nunca me habló de ello, pero yo la conocía muy bien y sabía que para ella, que seguía enamorada de mi padre y que nunca había conocido más hombre que él, acostarse ahora con otro hombre... debía de ser todo un trance. Y de no ser por la ayuda moral de Vega y Juncal, hubiese sido un trance aún peor por el que pasar.

De repente, una de esas miradas, se cruzó con la mía y escuché mi nombre mientras volvía a toda prisa al almacén a coger a Merenguita y fingir que no había estado allí.

—¡Celia!, que te hemos visto, hija... —dijo mi madre acercándose—. Ya sé que tienes curiosidad, y ahora no hay peligro porque no hay hombres cerca, pero si un día sales de aquí y te ven... te meterás en un lío, ¿sabes? Y también a Vega y a mí, y hasta podrían denunciarnos a la Guardia Civil porque eres menor de edad...
—Lo siento —dije conteniendo las lágrimas.
—Cariño, este es el único trabajo que tengo, si lo pierdo, nos separarán para siempre.
—¿Quiénes? —entonces recuerdo que me asusté mucho y no pude retener por más tiempo las lágrimas que corrieron por mi cara.
—Pues, unos señores que trabajan para los Servicios Sociales —puse cara de no entender y mi madre se sentó a mi lado—. Esos señores se ocupan de familias desestructuradas, entre otras cosas, y como tu padre y yo ya no estamos juntos y tú vives conmigo, si alguien denunciara, podrían venir a ver si es cierto y te llevarían de vuelta con tu padre —entonces puse cara de alegría y mi madre bajó la mirada—. Sé que le echas de menos, lo volverás a ver, te lo prometo, pero no puedes volver a salir, porque yo podría ir a la cárcel, incluso Vega por ser la responsable de este sitio.
—¡Pero aquí me aburro!, ¡y quiero volver a ver a papá! y... —hipé y mi madre me abrazó.
—Estoy reuniendo dinero para comprarnos una casa, con la nueva norma que ha impuesto Vega, conseguiré más dinero antes de que acabe el año. La otra opción, es que vuelvas con tu padre y su nueva familia a Burgos, pero significaría estar lejos la una de la otra... ¿qué prefieres?
—No volveré a salir del almacén, te lo prometo.
—Gracias, cariño —mi madre me besó la cabeza y rompió a llorar por haberla elegido a ella.

Almendros era un pueblo desértico, pocas veces mi madre me sacaba a dar un paseo por las mañanas temprano o por las noches antes de dormir. Tan desértico que daba miedo, aquí podía ocurrir cualquier cosa, que nadie se daría cuenta, porque no hay nadie a kilómetros de distancia. Un robo, un secuestro, hasta un asesinato... nadie oiría ni vería nada. Pero comenzaban a construir cerca, a unos cinco kilómetros, decían los hombres que oía entrar cada día y serían unos edificios altos y grandes.

Agudicé bien el oído durante meses, así que si me concentraba podía escuchar bien lo que hablaban fuera sin que estuvieran muy cerca. Solo a un par de metros de distancia, hablaban en voz alta, pero tampoco gritaban, lo molesto eran las voces de los otros hombres o chicas, yo quería escuchar a aquellos, aquellos que trabajaban en los edificios en los que yo soñaba vivir con mi madre cuando ella reuniera suficiente dinero.

Durante esos meses, la regla impuesta por Vega se cumplió a rajatabla, así, al final del día, cada chica del grupo de las menos privilegiadas se había acostado con más de 5 hombres y las otras, completaban la lista con 9. Pero para Maica, Olga y Juncal, ese número diario representaba un triunfo, y lo mejor, era que repetían unas dos o tres veces al mes. Así, lograban llegar muchas veces a completar la lista con 9 hombres. Incluso, una vez, seis de las siete chicas, en concreto: Chelo, Fabiola, Marianela, Olga, Juncal y mi madre, habían conseguido sus 9 hombres cuando llegó una cuadrilla de trabajadores de los edificios, que reclamó los servicios de Maica (que solo llevaba 7 hombres). Fue tal la emoción que el resto, incluida Vega, tuvo sus ingresos extras aquella noche.

Gracias a la norma, las chicas habían recuperado su peso ideal, porque ahora tenían dinero de sobra para comida, trajes de gala y vestidos de telas finas. De mi padre recibí una carta, que mi madre fue a recoger a la central de Correos en Madrid porque no quería dar la dirección exacta de nuestra ubicación.

La carta rezaba lo siguiente:

Mi niña Celia, 

No sabes cómo te echo de menos, pequeñaja (mi padre siempre me llamaba así) estoy trabajando muy duro para poder mandarte dinero, ya que tu madre me ha referido que necesita unas pesetas para poder comprar un piso en Madrid. 

Nada me haría más ilusión que hacerte una visita cuando estés instalada. Te informo de que Andrea y yo somos muy felices y que pronto tendrás un hermanito o una hermanita con el que jugar. Tu madre no sabe nada de esto, así que te pido discreción. Me gustaría poder contárselo yo mismo.

Sé que me echarás de menos, pero, si te sirve de consuelo, yo a ti más. Ahora que voy a ser padre por segunda vez, no puedo evitar pensar en cuándo Elena estaba embarazada de ti, en tus primeros meses como la bebé más hermosa del mundo y en tus primeras palabras, de hecho, la primera fue 'papá'. 

Estoy deseando darte el regalo que te compré por tu cumpleaños y que no has podido abrir por las circunstancias que estamos viviendo, pero tranquila, sé que has decidido quedarte con tu madre y lo acepto, ella está sola, cuídala y cuídate tú también, pequeñaja. Que ahora estás a punto de convertirte en una mujercita. 

Volveré a escribirte cuando tenga nuevas noticias, ahora se buena. Cuento los días para que tu madre me dé tú ubicación y correr a buscarte. 

Muchos besos, tu padre Felipe.

Sentí muchas emociones variadas al leer aquello: iba a tener un hermano o una hermana y debía ocultárselo a mi madre, eso me emocionaba y me daba rabia a partes iguales. Yo quería a aquel hermanito, pero hubiese querido que mi padre lo hubiese tenido con mi madre, no entiendo cómo pudieron dejar de amarse de un día para otro, o tal vez nunca lo estuvieron y solo se casaron porque mi madre se quedó embarazada de mí. Eso es algo que nunca averigüé, aunque tampoco quise hacerlo, era un tema delicado. Lo que sí sé es que el motivo de la separación fue Andrea, y que ella fuese la madre que aquel bebé que no había nacido y que yo ya quería, provocaba en mí más rabia que nunca.

Lo más duro fue ocultárselo a mi madre,  pero aguanté, como mi padre esperaba de mí. Lo de que mi padre estuviera al corriente de nuestras necesidades económicas, me dio a entender que a pesar de todo, mis padres mantenían una buena relación. Aunque quizá mi madre solo se lo contó para que mi padre nos mandara dinero, y no por tener buena relación con él. Así que eso me dejó confundida.

Que mi padre me hubiese comprado un regalo me hizo recordar lo raro que fue que él no estuviera ese día conmigo, pero me alegraba que se hubiera acordado. Y por último, las ganas de irme con mi madre a ese edificio nuevo cerca de Almendros, aumentaron al saber que mi padre iría allí cuando estuviéramos instaladas.

Y durante esos meses, nada se supo de Paquito, hasta aquel día. Aquel horrible día lleno de hombres con cascos para protegerse en la obra, un día con más borrachos de lo normal y con un intenso olor a humo de puro en cada esquina o ropaje.

Las cortinas que le habían puesto al almacén para que nadie me viera y no tuviera que esconderme demasiado, me permitieron acercarme hasta detrás mismo de las cortinas y escuchar con claridad, aunque no ver.

—¿Qué haces tú aquí? —reconocí la voz temblorosa de Chelo.
—Mi madre ha vuelto para vender la casa que tenemos aquí e irnos a otro pueblo, quizá al sur.
—Bien lejos —esa era la voz de Maica—. Ahí es donde deberías de estar, bien lejos de aquí.
—¡Maica! —ese era Paquito y por su voz supuse que se alegró al verla— Ya te expliqué que lo de aquella noche no significó nada para mí —imaginé el gesto contrariado de Chelo— estaba borracho, por Dios, créeme.
—No jures más por Dios, que si la católica de tu madre te oyera... Y otra te digo, yo trato cada día con borrachos, Paquito, y todos saben perfectamente quién soy yo y quién es la Chelo, para colmo somos bien distintas.
—Lo sé, pero estaba oscuro, ella me abrió la puerta y me lancé sin pensar en si eras tú o no. Lo mismo podría haber sido Chelo que cualquier otra, pero yo te juro que fue sin pensar, que fue efecto del alcohol y que yo te sigo amando —las palabras parecieron sinceras y se hizo un silencio incómodo antes de que Maica contestara.
—No me parece que aquello fuera amor, pero no fue eso lo que me dolió, créeme tú a mí, yo no sentía ni siento nada por ti. Lo que me molestó fue enterarme de que te habías encamado con la Chelo y no conmigo, que era la que más necesitaba las perras en aquella época.
—Todo aquello... ¿por un asunto de pesetas?
—Ya tú ves —dijo Maica en un tono seco y escuché sus tacones alejándose.
—Yo sí que me enamoré... —dijo Chelo— Hasta que descubrí que horas antes te habías declarado ante Maica, eso no se hace, Paquito. Ahora vete... no querrás que tu madre te pregunté dónde andabas.

Entreabrí un poco la cortina por un lado y pude ver a Chelo limpiándose las lágrimas, pero no tuve que esforzarme mucho para seguir viéndola, porque entró ella misma al almacén para esconderse del resto y que nadie la viera llorar. Se limpió las lágrimas y cuando reparó en mi presencia, me miró, me sonrió y me preguntó: "¿Se nota que he llorado?" Negué con la cabeza y ella volvió a salir con cara de triunfadora. En ese momento dejé de sentir lástima por Maica, ella ya había conseguido lo que quería y sin utilizar a Paquito. Pero Chelo, ella seguía ahí, igual que siempre y con el corazón partido, pues no habría llorado de no sentir algo por aquél mentecato.

1 de enero de 2013

R.O.D - Capítulo I: Declaración

—¿Cómo que ha dimitido? —gritaban aquellos hombres barrigudos mientras fumaban sus puros y llenaban el local de humo.
—Lo que oyes, Paquito, ha dimitido hoy. —Los hombres hablaban de Adolfo Suárez, yo solo tenía ocho años, así que no me enteraba muy bien de lo pasaba.
—Así va España... menuda mierda, se van los buenos, ¿y ahora qué?
—Siempre he dicho: más vale malo conocido que bueno por conocer. A saber a quién nos mandan ahora... a cualquier mindungui que al rey le parezca bien.
—No seas así, Juan... que según leí en el periódico, Calvo-Sotelo se reunirá pronto para buscar sustituto.
—O para adjudicarse el cargo, ¿quién te dice lo contrario?
—Mira, —volvió a hablar Paquito, que tenía unos quince años y se enteraba menos que yo del asunto— sea como sea estaremos mejor que antes, ¿no?
—¡Coño, el Paquito! Pues vas a tener razón, hijo... mejor que con el Generalísimo, seguro.
—Pues yo repito mi refrán...

Recién estrenado el año de 1981, yo estaba muy contenta porque pronto cumpliría nueve años, y estaba nerviosa. Tenía ganas de ver los regalos de mi madre, de mi padre y la fiesta que prepararía con mis amigos... pero llegó el 2 de febrero y ni un felicidades, nada de nada.

A mi madre hacía horas que no la veía, seguía en su habitación con uno de los hombres que había dejado de hablar de la dimisión de Adolfo Suárez, para engañar a su esposa con mi madre. Solo estaban dos chicas libres, Maica y Olga. Y gracias a ellas y al resto de mujeres, sobre todo, a Vega, me enteré a muy temprana edad de lo que consistía el trabajo de una prostituta. A mí nunca me dejaban salir del almacén, allí guardaban los mejores vinos y licores de todo Madrid, o de eso siempre presumía Vega.

Vega era una mujer morena, alta y delgada. Con la piel casi trasparente y algunas arrugas alrededor de los ojos que demostraban el paso de los años y el peso del trabajo, pues, por lo que tenía entendido, ser prostituta no era fácil, pero regentar un burdel, menos. Y ella lo hacía sin rechistar, y si rechistaba, ella misma se obligaba a sonreír... pues, ningún hombre quiere acostarse con una mujer mustia, de carácter agrio y avejentada. Pero ella hacía parecer que sus años, más que una carga, eran una ventaja: la hacían más experta. Y no permitía que la llamaran vieja, sino madura, aún así, si alguien lo hacía, ella sonreía y le devolvía el insulto con algún comentario ingenioso que siempre parecía tener. Algo que admiraba y a lo que aspiraba conseguir para mí misma y así mis amigas no me llamarían gorda nunca más si no querían que yo les dijera algo irónico e ingenioso que las ridiculizara.

Mi madre, Elena, siempre dice que no estoy gorda, que creceré y que me convertiré en una mujer tan guapa como lo fue ella. De lo que no se da cuenta es de que ella sigue siendo guapa. Lleva el pelo siempre recogido, solo dejando unos rizos por fuera. Es rubia, como yo, pero mi pelo es lacio gracias a que lo heredé de mi padre, Felipe, del que no sé nada desde que llegué aquí. Y lo extrañaba, más en un día como hoy.

Así que, como estaba aburrida en el almacén y las chicas del burdel me consideraban una niña, me propuse espiarlas.

—¿Sabes quién vino esta mañana a verme? —preguntó Maica.
—Qué voy a saber si no me dices, ¿me ves cara de adivina? —contestó Olga.
—Joder, siempre igual... se me quitan las ganas de contarte algo...
—Lo siento, es que me jode no tener ingresos en todo el día, mientras las otras están siempre metidas en la cama con uno distinto.
—¿Y te crees que a mí no? Unas mierdas de pesetas que gané esta mañana y ya, ni una cochina perra más para comprar algo que echarme a la boca, así que deja de quejarte de una puñetera vez y escucha.
—Escucho, mi señor. —Olga se llevó a la mano a la frente e hizo el saludo militar.
—Muy bien. Esta mañana, mientras todas estabais en el lavadero, me vino a ver Paquito.
—¿Paquito?, ¿El muchacho de doña Carmita?
—El mismo. Traía un ramo de flores y una declaración de amor y todo, qué te crees, si hasta me emocioné y alguna lagrimita solté. Así que, aunque no le correspondo en sentimientos, me lo lleve al catre... y no veas con el Paquito... menuda pasión no llevaba encima, se notan los años de deseo reprimidos del chával. Un orgasmo tras otro, hasta tres tuve yo... él no sé, pero acabó que no podía levantarse sin marearse, la poca costumbre... yo creo que fue su primera vez.
—Pues vaya, pobrecito, no sé cómo pudiste cobrarle después de que te regalara flores y se te declarara.
—Olga, coño, que somos putas... aquí y en la China, las putas cobran siempre. A doña Carmita le sobran cuartos que a mí me hacen falta, si a través de Paquito puedo conseguir una mínima parte de la fortuna que le dejó su difunto marido, bien estará. ¿O no? No me seas remilgada, que es lo que hay.
—Si tienes razón, lo sabes... pero es que Paquito me da un sentimiento... es como un niño pequeño.
—Es un niño pequeño, ni dieciocho ha cumplido y ya se gasta las perras en putas. Pero no debes verlo como un crío, sino como un cliente. Aunque algo me dice, que a partir de ahora, el Paquito solo va a querer a la Maica.

Las chicas se levantaron a atender a otro grupo de hombres que venía comentando nuevas noticias sobre política que habían leído en el periódico. Gracias a esos periódicos, mi madre, una mujer de pueblo y sin recursos, y gracias también, a la paciencia de Juncal, ha logrado aprender a leer. Recuerdo la primera vez que vinimos aquí, en el letrero ponía claramente: Rosas, oro y diamantes. Total discreción. 24 horas de servicio. La pobre no reconoció sino los dos números en los que acertó al pensar que se trataba de un local que abría las veinticuatro horas, un bar para tomarnos algo, pensó en alto, y entramos. También recuerdo su cara de asombro al ver a un hombre festejar la llegada del año nuevo tocándole las tetas a una mujer, concretamente a Juncal, pero por ese entonces no conocíamos su nombre.

Juncal, Maica y Olga eran las tres prostitutas que menos se relacionaban con el resto. Las más cariñosas conmigo eran Chelo, Marianela y Fabiola, pero tanto eran cariñosas conmigo como con los clientes. Así que apenas estaban disponibles, pero eso no hacía del resto malas mujeres, solo competían por los hombres, porque Chelo, Marianela y Fabiola se pasaban el día atendiendo a barrigudos, bigotudos, calvos y sudorosos hombres en sus alcobas. Así que ellas disponían de los mejores trajes, de las mejores comidas, de los mejores peinados,... mientras las otras se peleaban por un puñado de pesetas que no llegaba ni para un plato de comida caliente.

A la noche todo estaba oscuro, solo quedaba un hombre borracho que no lograban sacar del local. Cuando Vega logró sacarlo con la ayuda de Juncal, cerramos el local y cenamos todas juntas. Entonces mi madre bajó de su habitación, se había aseado y traía el pelo mojado y las manos escondidas detrás de la espalda. Se dirigió a mí y antes de sentarse a la mesa, extendió el brazo y me dio algo envuelto en una manta. La abrí y descubrí una muñeca de trapo a la que llamé Merenguita (tenía poco ingenio de pequeña, ya que, en la mesa había merengues para comer y fue lo primero que vi). Me ilusioné cuando todas me cantaron el cumpleaños feliz y Vega se acercó a mí con otro regalo que habían hecho entre todas las chicas: un camisón amarillo con un sujetador de tela, mi primer sujetador.

Esa noche me fui a dormir con mi madre, después de que, como cada noche, ella cambiara las sábanas de su cama. Dormí abrazada a Merenguita y estrenando mi camisón. Hasta que de noche, las ganas de hacer pipi me despertaron y fui al baño sin encender ninguna luz y con mi muñeca en la mano. Para mi sorpresa, no era la única despierta. El servicio de 24 horas debía cumplirse, pues por la noche también había una importante fuente de ingresos. Y ahí estaba Chelo, encamada con Paquito, lo reconocí al instante y no pude evitar dar un salto hacia atrás del susto. No sé si el susto fue porque era la primera vez que veía a alguien hacer el amor, o porque se tratara de Paquito, el chico que decía estar enamorado de Maica.

A la mañana siguiente, como todas las mañanas, las chicas no pueden evitar fardar de la cantidad de hombres con los que se acuestan. Pocas veces, muy pocas, dicen los nombres de esas personas, pues la intimidad y discreción es algo importantísimo. Pero aquella mañana, Chelo estaba radiante, decía haberse enamorado, nada más y nada menos, que de Paquito.

Las miradas entre Maica y Olga se cruzaron al instante y la batalla estaba a punto de explotar ante nuestras narices.