1 de enero de 2013

R.O.D - Capítulo I: Declaración

—¿Cómo que ha dimitido? —gritaban aquellos hombres barrigudos mientras fumaban sus puros y llenaban el local de humo.
—Lo que oyes, Paquito, ha dimitido hoy. —Los hombres hablaban de Adolfo Suárez, yo solo tenía ocho años, así que no me enteraba muy bien de lo pasaba.
—Así va España... menuda mierda, se van los buenos, ¿y ahora qué?
—Siempre he dicho: más vale malo conocido que bueno por conocer. A saber a quién nos mandan ahora... a cualquier mindungui que al rey le parezca bien.
—No seas así, Juan... que según leí en el periódico, Calvo-Sotelo se reunirá pronto para buscar sustituto.
—O para adjudicarse el cargo, ¿quién te dice lo contrario?
—Mira, —volvió a hablar Paquito, que tenía unos quince años y se enteraba menos que yo del asunto— sea como sea estaremos mejor que antes, ¿no?
—¡Coño, el Paquito! Pues vas a tener razón, hijo... mejor que con el Generalísimo, seguro.
—Pues yo repito mi refrán...

Recién estrenado el año de 1981, yo estaba muy contenta porque pronto cumpliría nueve años, y estaba nerviosa. Tenía ganas de ver los regalos de mi madre, de mi padre y la fiesta que prepararía con mis amigos... pero llegó el 2 de febrero y ni un felicidades, nada de nada.

A mi madre hacía horas que no la veía, seguía en su habitación con uno de los hombres que había dejado de hablar de la dimisión de Adolfo Suárez, para engañar a su esposa con mi madre. Solo estaban dos chicas libres, Maica y Olga. Y gracias a ellas y al resto de mujeres, sobre todo, a Vega, me enteré a muy temprana edad de lo que consistía el trabajo de una prostituta. A mí nunca me dejaban salir del almacén, allí guardaban los mejores vinos y licores de todo Madrid, o de eso siempre presumía Vega.

Vega era una mujer morena, alta y delgada. Con la piel casi trasparente y algunas arrugas alrededor de los ojos que demostraban el paso de los años y el peso del trabajo, pues, por lo que tenía entendido, ser prostituta no era fácil, pero regentar un burdel, menos. Y ella lo hacía sin rechistar, y si rechistaba, ella misma se obligaba a sonreír... pues, ningún hombre quiere acostarse con una mujer mustia, de carácter agrio y avejentada. Pero ella hacía parecer que sus años, más que una carga, eran una ventaja: la hacían más experta. Y no permitía que la llamaran vieja, sino madura, aún así, si alguien lo hacía, ella sonreía y le devolvía el insulto con algún comentario ingenioso que siempre parecía tener. Algo que admiraba y a lo que aspiraba conseguir para mí misma y así mis amigas no me llamarían gorda nunca más si no querían que yo les dijera algo irónico e ingenioso que las ridiculizara.

Mi madre, Elena, siempre dice que no estoy gorda, que creceré y que me convertiré en una mujer tan guapa como lo fue ella. De lo que no se da cuenta es de que ella sigue siendo guapa. Lleva el pelo siempre recogido, solo dejando unos rizos por fuera. Es rubia, como yo, pero mi pelo es lacio gracias a que lo heredé de mi padre, Felipe, del que no sé nada desde que llegué aquí. Y lo extrañaba, más en un día como hoy.

Así que, como estaba aburrida en el almacén y las chicas del burdel me consideraban una niña, me propuse espiarlas.

—¿Sabes quién vino esta mañana a verme? —preguntó Maica.
—Qué voy a saber si no me dices, ¿me ves cara de adivina? —contestó Olga.
—Joder, siempre igual... se me quitan las ganas de contarte algo...
—Lo siento, es que me jode no tener ingresos en todo el día, mientras las otras están siempre metidas en la cama con uno distinto.
—¿Y te crees que a mí no? Unas mierdas de pesetas que gané esta mañana y ya, ni una cochina perra más para comprar algo que echarme a la boca, así que deja de quejarte de una puñetera vez y escucha.
—Escucho, mi señor. —Olga se llevó a la mano a la frente e hizo el saludo militar.
—Muy bien. Esta mañana, mientras todas estabais en el lavadero, me vino a ver Paquito.
—¿Paquito?, ¿El muchacho de doña Carmita?
—El mismo. Traía un ramo de flores y una declaración de amor y todo, qué te crees, si hasta me emocioné y alguna lagrimita solté. Así que, aunque no le correspondo en sentimientos, me lo lleve al catre... y no veas con el Paquito... menuda pasión no llevaba encima, se notan los años de deseo reprimidos del chával. Un orgasmo tras otro, hasta tres tuve yo... él no sé, pero acabó que no podía levantarse sin marearse, la poca costumbre... yo creo que fue su primera vez.
—Pues vaya, pobrecito, no sé cómo pudiste cobrarle después de que te regalara flores y se te declarara.
—Olga, coño, que somos putas... aquí y en la China, las putas cobran siempre. A doña Carmita le sobran cuartos que a mí me hacen falta, si a través de Paquito puedo conseguir una mínima parte de la fortuna que le dejó su difunto marido, bien estará. ¿O no? No me seas remilgada, que es lo que hay.
—Si tienes razón, lo sabes... pero es que Paquito me da un sentimiento... es como un niño pequeño.
—Es un niño pequeño, ni dieciocho ha cumplido y ya se gasta las perras en putas. Pero no debes verlo como un crío, sino como un cliente. Aunque algo me dice, que a partir de ahora, el Paquito solo va a querer a la Maica.

Las chicas se levantaron a atender a otro grupo de hombres que venía comentando nuevas noticias sobre política que habían leído en el periódico. Gracias a esos periódicos, mi madre, una mujer de pueblo y sin recursos, y gracias también, a la paciencia de Juncal, ha logrado aprender a leer. Recuerdo la primera vez que vinimos aquí, en el letrero ponía claramente: Rosas, oro y diamantes. Total discreción. 24 horas de servicio. La pobre no reconoció sino los dos números en los que acertó al pensar que se trataba de un local que abría las veinticuatro horas, un bar para tomarnos algo, pensó en alto, y entramos. También recuerdo su cara de asombro al ver a un hombre festejar la llegada del año nuevo tocándole las tetas a una mujer, concretamente a Juncal, pero por ese entonces no conocíamos su nombre.

Juncal, Maica y Olga eran las tres prostitutas que menos se relacionaban con el resto. Las más cariñosas conmigo eran Chelo, Marianela y Fabiola, pero tanto eran cariñosas conmigo como con los clientes. Así que apenas estaban disponibles, pero eso no hacía del resto malas mujeres, solo competían por los hombres, porque Chelo, Marianela y Fabiola se pasaban el día atendiendo a barrigudos, bigotudos, calvos y sudorosos hombres en sus alcobas. Así que ellas disponían de los mejores trajes, de las mejores comidas, de los mejores peinados,... mientras las otras se peleaban por un puñado de pesetas que no llegaba ni para un plato de comida caliente.

A la noche todo estaba oscuro, solo quedaba un hombre borracho que no lograban sacar del local. Cuando Vega logró sacarlo con la ayuda de Juncal, cerramos el local y cenamos todas juntas. Entonces mi madre bajó de su habitación, se había aseado y traía el pelo mojado y las manos escondidas detrás de la espalda. Se dirigió a mí y antes de sentarse a la mesa, extendió el brazo y me dio algo envuelto en una manta. La abrí y descubrí una muñeca de trapo a la que llamé Merenguita (tenía poco ingenio de pequeña, ya que, en la mesa había merengues para comer y fue lo primero que vi). Me ilusioné cuando todas me cantaron el cumpleaños feliz y Vega se acercó a mí con otro regalo que habían hecho entre todas las chicas: un camisón amarillo con un sujetador de tela, mi primer sujetador.

Esa noche me fui a dormir con mi madre, después de que, como cada noche, ella cambiara las sábanas de su cama. Dormí abrazada a Merenguita y estrenando mi camisón. Hasta que de noche, las ganas de hacer pipi me despertaron y fui al baño sin encender ninguna luz y con mi muñeca en la mano. Para mi sorpresa, no era la única despierta. El servicio de 24 horas debía cumplirse, pues por la noche también había una importante fuente de ingresos. Y ahí estaba Chelo, encamada con Paquito, lo reconocí al instante y no pude evitar dar un salto hacia atrás del susto. No sé si el susto fue porque era la primera vez que veía a alguien hacer el amor, o porque se tratara de Paquito, el chico que decía estar enamorado de Maica.

A la mañana siguiente, como todas las mañanas, las chicas no pueden evitar fardar de la cantidad de hombres con los que se acuestan. Pocas veces, muy pocas, dicen los nombres de esas personas, pues la intimidad y discreción es algo importantísimo. Pero aquella mañana, Chelo estaba radiante, decía haberse enamorado, nada más y nada menos, que de Paquito.

Las miradas entre Maica y Olga se cruzaron al instante y la batalla estaba a punto de explotar ante nuestras narices.

2 comentarios:

  1. Esto se va poniendo interesante.

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  2. Hay un problema en el texto, y es que es enviciante.

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Hello, hello ~ Espero que tu comentario sea igual de picante que mi entrada.

¡Gracias!