26 de abril de 2013

R.O.D - Capítulo III: Madurez

Una de tantas mañanas, me desperté con la noticia de que un cantante llamado Bob Marley había muerto, por lo visto uno de los hombres que frecuentaba el local, había sido un gran fan del jamaicano. Mi madre tuvo que consolarlo, y no precisamente con palabras, el hombre pidió sus servicios y mientras ella se apuntaba en la lista, yo aparecí por el pasillo que comunicaba las habitaciones. Había salido del baño tras lavarme los dientes y lo menos que esperaba era que apareciera alguien tan temprano por allí.

Sin tiempo a esconderme, el hombre miró asombrado a mi madre y bajó las escaleras corriendo. Gritó a Vega, que secaba con un trapo los vasos y los colocaba de vuelta en su sitio. La señaló con el dedo y comenzó a amenazar a todo el mundo y a decir que estábamos locas. Enseguida todas, incluida yo, entendimos que aquel hombre pensaba que yo era una prostituta más. Se había producido lo que mi madre más temía y era hora de explicarle a aquél hombre quién era yo y por qué estaba ahí siendo aquel lugar lo que era. Pero no hay peor ciego que el que no quiere ver, y aquél hombre se negó a escuchar lo que él calificó de excusas. Se fue de allí soltando una última amenaza más: que llamaría a la Guardia Civil.

Y así lo hizo, según la carta que recibimos de Vega. Pero para entonces mi madre y yo ya no estábamos, ni nuestras cosas. Desaparecimos y no volvimos a mirar atrás. Fue una época dura la de volver a Burgos, pero me reencontré con mi padre, conocí a mi hermano David y mi madre, con el dinero reunido en Madrid, compró un piso para las dos.

El cambio fue raro, una parte de mí se había habituado tanto a aquel almacén que ahora lo echaba de menos. En mi maleta solo tenía unos vestidos, mi camisón amarillo hecho por las chicas, mi sujetador de tela, mi Merenguita y la carta de mi padre junto con unas monedas que Chelo me había dado antes de partir.

Rosas, oro y diamantes pasó a ser lo único que tenía en la cabeza. Gracias al dinero de mi padre que conseguía trabajando hasta tarde, regresé al colegio. Curiosamente, no necesité estudiar demasiado, enseguida aprendía el temario y bordaba los exámenes sacando buenas notas y enorgulleciendo a mis padres. Pero cada noche, escribía en mi diario (regalo de mi padre por mi cumpleaños) cada una de las cosas que viví en aquel local de Almendros y que me han servido como desahogo y escape. Ya que, a pesar de haber vivido dentro de un almacén sin poder salir a ninguna hora, a pesar de las necesidades que viví y a pesar de saber el trabajo que allí realizaba mi madre... echaba de menos aquel lugar, quizá porque allí maduré y me hice la mujercita de la que mi padre hablaba orgulloso en su carta. Allí conocí cosas que desearía no haber conocido.

Desde la inocencia de una niña parece que todo es color de rosa, pero un día, te estampas contra la realidad y descubres que todo era color de rosa porque vivías bajo el amparo de unos padres que así te hacían ver el mundo. Unos nacen sin ese amparo y desde que aprenden a caminar, aprenden también a sobrevivir. Otros, tienen la suerte o la desgracia de no salir nunca de ese amparo y, otros, como yo, descubren la verdad a través de unas cortinas del almacén de un prostíbulo.

Pero los meses pasaron, con ellos lo que quedaba de mi infancia, aprobaba mis asignaturas y pasaba al siguiente curso en un abrir y cerrar de ojos. Mi hermano David aprendió su primera palabra, y para disgusto de Andrea, no fue ni mamá ni papá, sino tata. Yendo cada tarde a visitarles me gané el cariño de aquel niño que había heredado el cabello castaño de Andrea, pero los ojos entre verdes y grises de mi padre. Mi relación con mi padre también mejoró y descubrí, sin necesidad de preguntar, que todavía guardaba un gran cariño hacia mi madre, pero no amor. Eso fue como una puñalada, pero no sabía qué esperaba, si él ya estaba casado y había formado otra familia...

Por otra parte, mi madre seguía trabajando como cajera de supermercado. Desde que sabía leer y escribir, sus posibilidades habían aumentado y era capaz de hacer trabajos con los que antes solo podía soñar. Ganaba poco, pero lo justo para mantenernos e ir pagando la hipoteca religiosamente cada mes.

De pronto, sin ser consciente de nada, había terminado mis estudios y hasta tenía delante la posibilidad de hacer una carrera. No sabía cómo, pero el año en el que cumplí los dieciocho y se inició una nueva década en la historia, fue el año en el que fui libre para decidir mi camino. Nunca había sentido tanta responsabilidad, el peso de mi decisión era gigante, pero la tuve clara en cuanto abrí el armario en busca de un abrigo y encontré aquel diario que años atrás había terminado de escribir y había escondido con las esperanzas de releerlo para no olvidarme de que, de algún modo, tenía una deuda pendiente con Rosas, oro y diamantes. Ya que, de no ser por mí, nada de lo que pasó habría pasado jamás.

Mi decisión fue irme a estudiar Derecho a Madrid, y aunque Burgos tenía una buena universidad, Madrid me atraía más y logré convencer y engañar a mis padres de mis razones. Lo cierto es que la única razón, era volver al burdel que me transformó en la mujer que soy ahora.

Llegué a Madrid en tren y lo primero que hice fue ir a la Universidad para registrarme y comenzar a descubrir Madrid, sus calles y su gente. Pero en realidad poco me importaba eso, en aquellos momentos lo que sentía eran unos nervios enormes apoderándose de mi estómago a cada paso que daba, sentía un sudor frío por la espalda y calor en las mejillas. Seguía caminando y encontré el barrio de Almendros, más edificado, con muchísima más gente paseando por sus calles de las que recordaba, había incluso zonas verdes con parques para niños, tiendas de ropa, bares y restaurantes y hasta un pequeño hotel de dos estrellas.

Pero no encontraba la calle que buscaba, la recordaba ancha, sin edificios alrededor y desierta. ¿Cómo se supone que iba a encontrarlo?, ¿preguntando a los vecinos? Descarté esa idea enseguida y seguí caminando ahora sin rumbo. Me senté en uno de esos bonitos parques y me dediqué a mirar a los niños jugar en la arena...

De pronto una voz llamó mi atención, me giré y observé la espalda de una mujer que corría detrás de su hijo que casi cruza la calle solo. La mujer le reprendió y sus palabras me sonaron muy familiares, demasiado. Esperé a que la mujer regresara al parque con su hijo para volver a mirarla, cuando lo hice me llevé una sorpresa, era Chelo. De todas las mujeres del local, de todas las que allí trabajan, Chelo era la más guapa y también la más enamoradiza y sensible que conocí. Recuerdo todavía las lágrimas que le vi limpiarse tras las cortinas del almacén pensando que nadie la veía cuando Paquito regresó. Por eso si me hubieran preguntado cuál de todas las chicas de Rosa, oro y diamantes había sido madre, la última en la que habría pensado sería en Chelo.

Me levanté y me acerqué poco a poco, ella no me veía porque estaba ocupada limpiándole la arena de las manos su hijo con una toallita húmeda. El niño sonrió al verme y Chelo giró la cabeza. Intercambiamos miradas y sonreí pensando que me reconocería, pero no fue así, lo cierto es que yo había cambiado mucho. Pasé de tener un pelo rubio y rizado a tenerlo castaño oscuro y liso, mis ojos se ocultaban tras unas gafas de sol negras y obviamente mi cuerpo era el de una chica joven y no el de una niña.

Me levanté las gafas y las puse a modo de diadema sin dejar de mirar a Chelo que se había incomodado. Así que antes de que se levantara y comenzara a correr, le dije mi nombre. Su mirada cambió, sus ojos se iluminaron y se levantó a darme un abrazo.

—Siempre supe que serías una mujercita preciosa, ¿cómo está tu madre?
—Bien, consiguió un trabajo en un supermercado y vivimos de nuevo en nuestra ciudad. Ahora estoy en la Universidad estudiando Derecho.
—¡Vaya! Sí que has crecido eh... ¿cuántos años han pasado ya?
—Diez. Han pasando diez años, ahora tengo dieciocho.
—¡Cuántas cosas no han pasado en estos años!
—Sí, eso parece —miré al pequeño.
—Ahh... sí... este es mi hijo, se llama Sergio y tiene 3 años y medio.

Saludé al pequeño y comencé a caminar al lado de Chelo mientras hablábamos, descubrí que el padre de Sergio había sido un cliente del local que nunca supo nada del embarazo porque nunca volvió, Chelo ni siquiera se acuerda si se llamaba Ramiro o Ramón, así que decidió criar al niño sola, con la ayuda de las chicas.

Mientras caminábamos hacia el local, también descubrí que Juncal era la nueva dueña tras la muerte de Vega. Vega, a quién tenía especial interés en ver porque sentía que le debía una disculpa, había muerto de cáncer cuatro años después de mi partida. Olga había abandonado la profesión al enamorarse de un hombre mayor que ella que la llevó a conocer Europa. Me alegré por ella, era una mujer bella, aunque no más que las chicas que trabajan ahí hacía diez años, pero también tenía un buen corazón y me gustaba saber que había conseguido ser feliz. Fabiola, Maica y Marianela seguían trabajando allí a pesar de sus treinta años, regentaban el negocio ayudando a Juncal y buscaban chicas nuevas y jóvenes para jubilarse pronto e irse en busca del amor con la esperanza de acabar como Olga.

Llegamos al local y no lo reconocí, Vega había comprado un nuevo local justo al lado antes de morir y cuando Juncal pasó a ser la jefa, decidió tirar la pared abajo y unir ambos locales en uno. Así, nada más entrar había una sala con mesas donde las chicas servían las bebidas y los hombres jugaban a las cartas, una amplia barra de bar tapaba las piernas de Juncal que pasaba las horas haciendo cuentas en su cuaderno y tecleando en el ordenador los horarios de las chicas, cumpliendo así con la norma que Vega impuso diez años atrás. A la izquierda, las escaleras que comunicaban con el segundo piso habían sido remodeladas y ahora estaban ocultas a simple vista, dando intimidad a los hombres que subían y bajaban continuamente. El nuevo local tenía más y más grandes habitaciones y también unos baños que eran para los hombres y no para las chicas, con ducha incluida.

Nada más entrar Chelo me presentó y recibí un abrazo muy sincero y cariñoso por parte de Juncal, quién siempre había cuidado bien de mi madre. Fabiola y Marianela fueron menos efusivas porque con ellas apenas tuve contacto de pequeña, pero Maica me dio dos besos y un abrazo cargado de cariño, igual que  lo habían hecho Chelo y Juncal.

Nos sentamos y hablamos sobre mi madre, sobre mi hermanito, sobre Burgos, sobre la Universidad, sobre las asignaturas que tendría, sobre los chicos que había en mi vida y sobre Vega... esa parte fue la más dolorosa. Recordaba a esa mujer con mucho cariño, era fuerte y parecía que nadie podía doblegarla, tenía sentido del humor y a la vez era estricta y orgullosa. Era la mujer que siempre quise ser. Y para las chicas, hablar de ella también resultaba difícil, pero no cambiamos de tema y seguimos recordándola hasta bien entrada la madrugada. Sergio estaba dormido y había poca actividad esa noche.

Subí a mi habitación que estaba dentro del segundo local que Vega había comprado, estaba pintada de amarilla, tenía un armario de madera de roble muy bonito, una cama de matrimonio con una colcha anaranjada y una mesita de noche con una lámpara de tela blanca como las que había en las demás habitaciones. Una ventana por la que entraba una luz natural que iluminaba toda la estancia con unas cortinas del mismo color que la colcha de la cama, y un espacio en una pared ideal para colocar un escritorio. Ya que esa noche decidí que esa sería mi habitación y prostituta mi profesión. Ni con orgullo ni con vergüenza, lo llevé con dignidad y sentí que así pagaba mi deuda con Rosas, oro y diamantes y con Vega, que en paz descanse.

2 comentarios:

  1. Wow! Qué gran giro ha dado la historia!!

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  2. Que extraña gratitud >_< "Ya que esa noche decidí que esa sería mi habitación y prostituta mi profesión. Ni con orgullo ni con vergüenza, lo llevé con dignidad y sentí que así pagaba mi deuda con Rosas, oro y diamantes y con Vega, que en paz descanse."

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Hello, hello ~ Espero que tu comentario sea igual de picante que mi entrada.

¡Gracias!