30 de diciembre de 2014

Disunity - Epílogo



No cabe duda de que mi historia de amor con Alexis nunca fue fácil. La edad era uno de los principales inconvenientes para todos los que nos veían juntos. Aunque con el paso de los años nosotros habíamos aprendido a ignorar las críticas y las opiniones de los demás y los años que nos separaban parecían acortarse porque yo ya no parecía una niña, de hecho comenzaba a teñirme el pelo para tapar las primeras canas.

Mi relación con mi madre nunca volvió a ser la misma, ni siquiera cuando nació mi hija. Para ella no solo había sido una traición de las dos personas que más amaba en la vida, sino una aberración porque por aquel entonces recordemos que yo tenía quince años, era menor de edad, y Alexis tenía treinta y tres.

Con mi padre también fue todo muy difícil cuando decidimos ir en serio. Cada vez que me arreglaba y salía de casa para ir a cenar o a ver una película al cine con Alexis, mi padre intentaba hundirme diciéndome que esa relación nunca acabaría bien, que Alexis solo jugaba conmigo. 

Pensé que con el paso del tiempo mi familia lo entendería, se daría cuenta de que era algo serio y precioso y lo aceptaría. Pero no. Fue todo lo contrario, con el tiempo se fueron distanciando más y más de mí, cada vez que los llamaban siempre decían que estaban muy ocupados y nunca se molestaron en llamar o venir a visitarme. Supongo que por no ver a Alexis. Así que me fui acostumbrando a no tener el apoyo de mis padres y me centré aún más en mí misma, mis estudios y mi trabajo y por supuesto mi relación con Alexis.


Vivíamos en su piso de soltero que yo me había esmerado en decorar para que diera la impresión de amplitud. Una de las cosas que más me gustaba de la casa era el mueble del salón que ocultaba libros, ropa, aparatos eléctricos y todo tipo de cosas que os podáis imaginar. Y quedaba todo oculto y perfectamente organizado. Era una casa peculiar para una familia peculiar.

Mi hija de tres años y medio se llamaba Lola, nuestra Lolita, y la casa se quedaba muy sola cuando Alexis se la llevaba al colegio y yo me quedaba en casa trabajando. Ahora, con treinta y dos años, era dueña de mi propia empresa. Se trataba de una empresa de disfraces y yo llevaba el control de las modistas, de los pedidos o las cancelaciones y muchas veces también era quien hacía las entregas a pequeños comercios o a particulares. Era bastante gratificante, sobre todo en fiestas populares cuando toda una ciudad salía a la calle vestida con mis disfraces.

Ahora mismo trabajaba para una de esas fiestas y prefería hacerlo desde casa. Alexis llegaría a la hora del almuerzo, su horario de trabajo estaba partido para hacerse cargo de la niña por las tardes. Y Lolita estaba encantada de tener a su padre jugando con ella. 

Y así eran la mayor parte de los días de nuestra vida: trabajar haciendo lo que más nos gustaba y jugar con nuestra hija.

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