30 de diciembre de 2014

Disunity - IV Capítulo: Indecisión



Acababa de llegar a casa a las 6 de la mañana. Odiaba los turnos de noche, aunque ya estaba acostumbrado después de tantos años en el cuerpo de policía. Era como trabajar en un hospital o ser bombero, se necesita estar alerta las 24 horas. Y en épocas de fiesta como estas navideñas, solía haber demasiadas emergencias.

Nada más cerrar la puerta de mi casa comencé a desnudarme. La comisaría ofrece la posibilidad de cambiarte y ducharte en los vestuarios, pero yo prefería hacerlo en casa. 

El agua caliente me quitó el sudor pegajoso del cuerpo y en seguida me sentí con energías, como si la noche anterior no la hubiera pasado en un control de alcoholemia ni patrullando. 

Al salir de la ducha me dirigí a la cocina y calenté algo de agua para hacerme un té y no irme a la cama con el estómago vacío. Mientras se calentaba el agua preparé unos huevos revueltos y unas tostadas, casi el desayuno americano, faltaba el café que odiaba desde que era adolescente y lo probé por primera vez.


Me senté a la mesa con la toalla con la que me había secado al salir de la ducha aún atada a la cadera y antes de poder darle el primer mordisco a mi tostada, tocaron el timbre. Pensé que sería publicidad, el cartero o algún vecino para pedirme que moviera el coche o algo por el estilo. Lo que menos se me pasó por la cabeza es que fuera Nadia la que estaba tocando el timbre.

Cuando abrí la puerta y la vi mi corazón se aceleró y de pronto sentí como una punzada en el pecho y no pude reprimir una sonrisa. Vestía un pantalón vaquero ajustado y una chaqueta de lana de color rosa con capucha. Y su pelo castaño claro, en verano casi rubio, estaba considerablemente más corto y le caía por los hombros con delicadeza.

La última vez que la había visto fue cuando vinimos aquí después de encontrarnos en la biblioteca, pero sabía que ella estaba indecisa respecto a nuestra relación y había dejado que fuera ella quien tomara la iniciativa de verme. Aunque no habíamos parado de chatear. Y tenerla ahora aquí me daba esperanzas. La invité a pasar y vi como se sonrojaba, no me di cuenta de que estaba semidesnudo.

—¿Te tienes que ir?
—No, en realidad acabo de llegar, ¿y tú, qué haces aquí tan temprano?
—Iba a clase caminando y recibí un correo de la profesora, la clase se suspende y se pasa a otro día y... ya que estaba por aquí —me miró a los ojos con una tímida sonrisa que me calentó el cuerpo, como una oleada de ternura que hacía tiempo que no sentía.
—Bueno, te invito a desayunar, hay huevos, tostadas y té.
—Genial, me apunto.

Mientras cocinaba le pregunté por sus clases, si mis cálculos no fallaban llevaba ya cuatro meses de clases y estaba a punto de empezar sus vacaciones de Navidad. También hablamos de su familia y entonces nos pusimos tensos al recordar a Soraya, su madre, mi ex. Todavía tenía remordimientos por aquello aunque ya hubiesen pasado tres años. Ninguna de las dos se merecía lo que pasó, pero cómo evitar enamorarse de una chica tan guapa e inteligente...

Quise cambiar de tema pero Nadia se cogió una mano y me miró directamente a los ojos. Entonces supe que era el momento: o lo hacíamos formal ahora que ya era mayor de edad o me dejaba definitivamente. Ese era el trato. Pero jugó sucio y cambió las reglas del juego, dejándome a mí la decisión. 

Durante unos segundos no supe qué hacer, si la alejaba de mi vida ella sería más feliz y su relación con su familia, sobre todo con su madre, sería mucho más buena. Y si nos quedábamos juntos, sentiría que la estaba empujando a vivir una vida de pareja que todavía no le correspondía por edad. Necesitaba vivir, ir paso a paso, construirse ella su propia vida antes de empezar a vivir la mía en esta casa tan pequeña y conmigo, todo el día o toda la noche en trabajo.

Me odié a mí mismo por haberme enamorado de ella, porque de no haberlo hecho no estaría sufriendo tanto. Quería quitarle su chaqueta de lana y hacerle el amor sobre mi cama, abrigarla con mis sábanas y mi cuerpo y despertarla con un beso en la frente. Y por otra parte quería alejarla de mi lado antes de que sin darse cuenta hubiera desperdiciado sus mejores años atrapada en una relación con un hombre veinte años mayor que nadie aprobaría y teniendo que defenderse de los insultos o las miradas de sus amigas.

—Te quiero —le dije mirándola a los ojos— y quiero lo mejor para ti que sería el estar sin mí, y ambos lo sabemos o esto no sería tan difícil, pero otra parte de mí quiere poseerte y no dejarte escapar nunca.
—Entonces no me dejes escapar nunca. Han pasado tres años. Tiempo suficiente para mí para madurar, saber lo que quiero, y darme cuenta de que esto no fue un capricho ni un acto de rebeldía. Fue amor desde el principio, desde aquella noche de verano que cumplí los quince ahora ahora. ¿Lo recuerdas?
—Claro que lo recuerdo, nunca podré olvidar aquella noche.
—Empezó en una cocina que se parece mucho a esta, ¿qué me dices?

Entonces sonreímos. La besé y la levanté de la silla. Ella me abrazó con sus piernas y yo la llevé hasta la pared donde le bajé la cremallera de su chaqueta y metí mi mano bajo la camisa. Con sus piernas logró tirar al suelo la toalla que seguía rodeando mi cuerpo y quedé completamente desnudo ante ella. 

Se separó de mí y caminó de espaldas hasta mi habitación. Yo caminaba delante de ella, me sentía expuesto y algo vulnerable, pero a la vez todo en ella era tan erótico que en seguida se notó mi erección. 

Nadia sonrió y tiró al suelo su chaqueta y su camisa, quedando solo con un sujetador violeta precioso. El violeta era su color favorito. Me acerqué a ella y la besé mientras le bajaba la cremallera de sus pantalones y metía mi mano dentro de sus braguitas. Noté su humedad y acaricié su clítoris suavemente aunque era imposible ser delicado de esa manera porque el pantalón apretaba mi mano.

Así que saqué la mano, la desnudé, la tumbé sobre la cama y recorrí todo su cuerpo desde los pies hasta la cabeza con mi lengua. Gimió cuando la besé en el interior de los muslos y cuando lamí sus pezones color chocolate y finalmente cuando mi lengua encontró su clítoris.

No había nada más hermoso que ver su espalda arquearse y sus piernas abrirse segundos antes de hacer que se corriera en mi boca. Sentía que tenía a la mujer más bella en mi cama y entonces nada más importó. Absolutamente nada.

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